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La Calle
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| Año V. / | |||||
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Inmoralidad divina y Moral de la Infelicidad Hay evidencias de que los primeros humanos de donde descendemos por la vía evolutiva necesariamente tuvieron que avanzar, dejando a un lado ciertos comportamientos agresivos contra sus semejantes -que algunos llaman salvajismo- hasta llegar a razonar y entender que su propia sobrevivencia dependía de acuerdos, de consensos y de negociaciones, en lugar de destruirse los unos a los otros. Digo esto, sin remarcar que en las primeras etapas de la existencia de comunidades humanas no existían los motivos ni las condiciones socio-ecológicas para dar lugar a las discordias y, por lo mismo, no se dieron las bases para la falta de moral. En otras palabras, la moral nació en las entrañas de dicha sociedad antes que su fe religiosa. Bastaría deducir que la fe religiosa es algo que tuvo que aparecer en la sociedad mucho después de la etapa del hombre recolector-cazador (comunidad primitiva). Las mismas necesidades del avance social condicionaron al hombre a reconocer la necesidad de la convivencia pacífica con sus semejantes, de donde surgieron las primeras reglas no escritas sobre moralidad hace cuando menos cien mil años atrás. Las religiones y su consecuente fe en ellas muy probablemente aparecieron en la sociedad ya en la etapa sedentaria, del cultivo de plantas y de la domesticación de animales. Sin embargo, hay que destacar que los conceptos del bien y el mal, centrales en la moral religiosa, nada tienen que ver con la intervención divina que afirman los monoteísmos, toda vez que hay personas que irradian o transmiten bondad y poseen conducta bondadosa independientemente de tener o no tener fe religiosa. Lo mismo puede decirse de la maldad. Esta, nace y se desarrolla en condiciones de injusticia social. Es evidente que las insatisfacciones materiales de unos y la abundancia de otros pudieron dar pie al surgimiento de conductas sociales negativas o animadversiones que desembocaron en la maldad y que perduran hasta hoy, aún en sectores sociales de marcada práctica religiosa. Por lo tanto, si la felicidad social tiene como base la bondad, ¿Qué sentido tiene entonces la creencia religiosa? Para entender mejor este tema, vamos a considerar lo que opina Barker, Dan (2005), quien argumenta que, aún cuando la mayoría de los no creyentes aceptan la importancia de la moralidad, esto no es aceptar que la moralidad existe en el universo como un cuerpo cósmico que espera ser descubierto. La palabra moralidad es solo la etiqueta de un concepto que existe en la mente. Es simplemente el evitar el daño innecesario a un semejante. Dado que el daño es material, el evitarlo también es un ejercicio material. Es así como los organismos sufren cuando chocan con su entorno, y como somos animales racionales, tenemos algunas formas de tratar este asunto. Por ejemplo, si minimizamos el dolor y mejoramos nuestra calidad de vida, entonces somos considerados morales. Si no lo hacemos, seremos considerados inmorales. La manera de ser moral es aprender lo que causa daño social y como evitarlo. Esto significa investigar la naturaleza humana para entender quienes somos, que necesitamos, donde vivimos, como funcionamos, y el porque de nuestro comportamiento. Los seres humanos somos de naturaleza sensible. Esto es, sentimos las dolencias y sufrimientos de los demás, así como de otros seres vivos con los cuales compartimos la existencia sobre el planeta tierra. Por naturaleza, los que somos mentalmente sanos, nos revelamos ante el dolor ajeno, deseando que cese y muchos somos capaces de hacer algo para contribuir al cese de dicho dolor. Muestra de lo anterior fue la formulación del sabio chino Confucio, 500 años antes de la cristiandad cuando dijo: No hagas a los demás lo que no deseas que te hagan. Los hombres a menudo actuamos para detener el dolor de nuestros semejantes y eso es lo que conocemos como COMPASION. Pero la actitud compasiva con frecuencia es más fácilmente expresada por los no creyentes, dado que no estamos confusos por el fatalismo (Pase lo que pase es la voluntad de Dios), el pesimismo (Merecemos sufrir), la salvación (La muerte no es el final), la recompensa (La justicia prevalecerá en la vida eterna), la magia (Ora para pedir ayuda), la guerra santa (Mata en el nombre de Dios), el perdón (No seré tomado como responsable de mis errores), o la gloria (Sufrir por Cristo es un honor). Los no creyentes sabemos que esta es la única vida que tenemos; por ello cada decisión es crucial y, una vez tomada, asumimos nuestra responsabilidad. Los creyentes se las arreglan de mil maneras para enmascarar sus obscuras intensiones como se puede notar en el pasaje bíblico siguiente: Tened siempre presentes a los pobres, dijo Jesús, quien nunca levantó un dedo para erradicar la pobreza, sino derrochando preciosos ungüentos para su propio lujo en lugar de venderlos para alimentar a los hambrientos (Mateo 26:6-11). Para rematar, la Madre Teresa de Calcuta añadió: Creo que es muy hermoso que los pobres acepten su destino para compartirlo con la pasión de Cristo. Creo que el sufrimiento de la gente pobre es de mucha ayuda para el mundo. Pero también podemos considerar que el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, se dedica a rezarle a Dios todos los días para que lo ilumine en sus decisiones político-administrativas como por ejemplo, su pretensión de suspender el programa de acción afirmativa que fue diseñada para compensar el grado de injusticia historia contra los negros. Así es como se manifiesta la compasión de los teístas. Afortunadamente, muchos de nosotros amamos la vida lo suficiente como para protegernos de los que no la aman. Eso nos ha permitido tener legislaciones, vigilancia, intentos de procuración de justicia e instituciones de seguridad. Al mismo tiempo fomentamos acciones bondadosas y éticas, a través de la educación moral y el pensamiento crítico. En su obra DEL LIBRE ALBEDRIO, el influyente filósofo cristiano San Agustín (354-430 e. C.) define la ley absoluta divina como invariable y eterna. Los cristianos que creen en tal regla a veces se valen de pasajes bíblicos (Hebreos 13:8) que implica que Dios no cambia su pensamiento moral. Para tales cristianos, la moralidad absoluta se refiere a un sistema de reglas de conducta denominadas buenas o malas, independientemente de las circunstancias o el tiempo. Si la creencia en un Dios garantiza la moralidad absoluta, entonces deben haber reglas invariables en todas las religiones. Pero la verdad es que las religiones del mundo frecuentemente tienen diferentes conceptos de lo que es bueno y lo que es malo, aún cuando afirman que tales conceptos fueron revelados por el Dios de su religión. Por ejemplo, para el musulmán está perfectamente permitido tener más de una esposa, pero el cristiano conservador cree que eso tiene como destino el infierno. El musulmán cree que si uno no confiesa que Mahoma es profeta de Dios, será castigado por él; pero confesar tal cosa sería mala para un cristiano. Para el hindú, matar una vaca es pecado, no así para un cristiano. Para los judíos ortodoxos y musulmanes es pecado comer carne porcina, no así para los cristianos protestantes. Aún dentro del cristianismo hay grupos como la iglesia episcopal, que permiten la ordenación de homosexuales, mientras que para los demás es una práctica de pecado mortal. Para estos católicos anglicanos, el aborto es permitido, mientras que para los católicos romanos es un asesinato. Los cristianos menonitas se oponían a aceptar a los negros como seres humanos hasta los años sesentas y continúan oponiéndose a la participación en las guerras, mientras que hay otros grupos cristianos que la consideran obligatoria. El testigo de Jehová cree que se pierde la vida eterna al recibir transfusión sanguínea, mientras que otros grupos cristianos consideran esa negativa como un pecado similar a cometer suicidio (Ávalos, H. I., 2007). Cuando el teísmo establece una tesis sobre derechos naturales, a menudo señalan a John Luke, a Thomas Jefferson, y a otros pensadores de la edad de la supuesta razón (la ilustración). Pero es ilustrativo observar que raras veces citan la Biblia, pues casi en ninguna parte de las Escrituras se encuentra un claro reconocimiento de que cada individuo tiene un derecho inalienable a ser tratado con imparcialidad y respeto o que el pueblo en su conjunto es capaz de gobernarse por si mismo. Esto es más que claro, toda vez que la Biblia (“palabra de Dios”) no menciona ni entiende de democracia. En ella los seres humanos son solo pecadores, infames, que merecen condenación; esclavos que deberían someterse humildemente a todos los reyes celestiales y terrenales. En ese mismo sentido, las declaraciones de independencia de los países latinoamericanos en su proceso de liberación de la corona española, es para ellos enteramente antibíblica. Según ellos, más grave aún fueron las leyes de la reforma constitucional introducidas por el presidente Benito Juárez y los reformistas (en México) que separaron a la iglesia del estado. Los creyentes gustan mucho de hablar de la verdad contenida en sus “Sagradas Escrituras”, sin tomar en cuenta las atrocidades descritas en el mismo documento, donde el déspota es Dios. Ese Dios que exterminó grupos enteros de personas que ofendieron su vanidad, ordenando mantener con vida solo a las mujeres jóvenes, vírgenes como botín de guerra para sus sacerdotes y demás privilegiados (Números 31). Ese Dios que afirma: Feliz aquel que tome a sus pequeños y los estrelle contra las piedras (Salmos 137:9). Ese Dios que amenaza a los que tienen una religión equivocada diciendo que “sus niños serán estrellados y sus mujeres embarazadas serán destripadas (Oseas 13:16). Ese Dios que envía osos a atacar a 42 niños que se burlaron de un profeta (II Reyes 2:23-24), que castiga inocentes descendientes hasta la cuarta generación (Éxodo 20:5), que discrimina a los impedidos (Levítico 21:18-23), que promete que padres e hijos se devorarán los unos a los otros (Ezequiel 5:10), que ordena apedrear a todo aquel que se dedique a trabajar el día sábado (Números 15:32-36) y mucho más que sería repugnante para los seres humanos. En ese universo teísta, la moralidad es separada de la realidad y reducida a halagar al todopoderoso. Para la mayoría de las personas con sentido común, la esclavitud es una crasa aberración. Sin embargo, Dios lo plasma como algo normal, aceptable y emite leyes que la regulan (Éxodo 21). En Josué 6:21 se nos relata lo que hizo este jefe militar mandado por el Dios bíblico para destruir a los habitantes de Canaán, con el brutal exterminio inclusive de mujeres y niños. El maltrato y la comercialización de esclavos aparece relatado también en Levítico 25:44-47. Posteriormente Jesús incorporó la esclavitud en sus parábolas como si ello fuera el orden más natural, solo advirtiendo a los dueños de golpear a algunos esclavos menos severamente que a otros (Lucas 12:46-47). La insensibilidad humana de ese Dios deja perplejo a cualquiera, cuando lee en Efesios 6:5 y en I Pedro 2:18 sobre la orden dada a los esclavos de obediencia a sus amos. En Colosenses 3:22 Dios agrega a la obediencia, el temor a él, en actitud claramente amenazante. Estos y otros pasajes bíblicos han sido la justificante para muchos hacendados tenedores de esclavos en los estados sureños de los EUA y que dio origen a la guerra civil de ese país. Pero además, justificó el tráfico y usufructo de esclavos negros en todos los países de América Latina. Hasta los obstáculos al avance de los movimientos pro-derechos civiles estadounidenses fueron motivados por este gran absurdo cristiano. Esto demuestra que la Biblia no es una buena fuente de moralidad. La creencia en ese Dios ha sido la fuente de las macabras inspiraciones sobre la perfección humana de Adolfo Hitler, quien permitió que se retorciera el darwinismo con fines políticos, enmarcando la teoría de la evolución de una manera social. Sus bases morales no fueron tomadas del darwinismo sino de su fe en Dios, como él mismo afirma en su célebre libro titulado “Mi Lucha” (Mein Kampf): Estoy convencido de que actúo como agente de nuestro creador. Rechazando a los judíos, estoy haciendo el trabajo del señor. Para Hitler, Jesús era su fuente de inspiración, cuando en la celebración de navidad de 1926 dijo: Cristo, el más grande de los primeros luchadores en la batalla contra el enemigo del mundo, los judíos… El trabajo que Cristo comenzó, pero que no pudo terminar, yo lo terminaré. Los cristianos afirman que su Dios nunca cambia su forma de pensar de un día para otro, porque Dios es el mismo hoy mañana y siempre. Pero lo curioso es que lo que plasma en las Escrituras en tiempos de Abraham y de Moisés, los cambió después con Jesucristo. Es el caso de la matanza de mujeres y de niños. Por lo tanto si algo es bueno o malo por la pura voluntad de Dios, nunca podría el ser humano saber lo que es bueno para Dios hoy. Veamos una de las mayores contradicciones bíblicas establecidas en II Samuel 24:1,10 y 16: Volvió a encenderse la ira de Jehová contra Israel e incitó a David contra ellos, ordenándole que les hiciera un censo… David se arrepiente de haber mandado a hacer el censo y Dios le castigó por haberlo hecho (¿Cómo es que David es culpable por algo que Dios le ordenó hacer?). En el versículo 16 se dice que Dios se arrepintió de aquel mal. Pero la pregunta es ¿Cómo es que un Dios pueda cometer un mal, siendo bondadoso y todopoderoso? Se suponía que el Dios cristiano es absolutamente bueno, por lo que no comete ningún mal. La verdad es que no se puede escapar de la conclusión de que el ser humano es el único juez de lo que es considerado bueno o malo. Decir que los derechos naturales de los hombres tienen sus raíces fuera de la naturaleza, carece de sentido y, quien encuentre valores morales absolutos en la revelación de una deidad, implica que no ha entendido lo que son. Así por ejemplo los creyentes de la cristiandad se encuentran siempre en el lado opuesto de la disputa sobre los temas trascendentales del mundo contemporáneo, tales como: Pena capital, aborto, derechos de la mujer, divorcio, derechos de los homosexuales, castigos físicos, esclavitud, pacifismo, protección medioambiental, control de natalidad, sobrepoblación, separación iglesia-estado, etc.. El apóstol Pablo alegaba que la deidad bíblica no es el autor de la confusión, aún cuando ningún libro ha causado mayor confusión y divisionismo entre los seres humanos que la Biblia. Si este libro es fuente de orientación moral absoluta, habría que preguntar ¿Dónde está esa moral? Es obviamente claro que la Biblia es una inadecuada guía de comportamiento y que el Dios tiránico de la mitología bíblica nos conduce a la falta de valores. Los seres humanos somos un producto evolutivo con derechos naturales y necesidades materiales comunes y por lo tanto la sociedad en la que vivimos debe honrar el derecho de cada uno a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. En ese sentido, algunos cristianos de noble corazón dicen que deberíamos tratar bien a nuestros semejantes porque todos somos creados a la imagen y semejanza de Dios. Además de ello, dicen que todos somos iguales ante los ojos de ese Dios. Lo curioso es que no explican lo de la imagen de Dios ni el grado de vulgaridad a que han llegado las injusticias sociales. Jesús supuestamente dijo, que Dios es un espíritu. Sin embargo, la palabra espíritu no ha sido definida con precisión, excepto que nos lo definen en términos de inmortal, intangible, incorpóreo, sobrenatural, versátil. Pero hablar de existencias inmateriales es hablar de NADA. Dado que Dios tampoco puede definirse con precisión, mucho menos probado, su imagen no puede ser usada para nada. La naturaleza por su parte, significa algo pues sus leyes han moldeado nuestra existencia, como lo demuestra el darwinismo. Muchos teístas gustan de jugar el juego de destrucción de la naturaleza, al afirmar, que el azar ciego de la evolución es una fuerza bruta incapaz de producir algo tan noble como los humanos. Lo que no entienden es que la evolución de los seres vivos (incluyendo al hombre) no es azar ciego. Es un diseño que incorpora aleatoriedad (contrario a diseño inteligente). Un diseño según las leyes de la naturaleza, mediante un limitado número de formas en que los átomos interactúan químicamente y las moléculas se combinan geométricamente. Es un diseño por selección natural, por la forma en que un entorno cambiante anula automáticamente los organismos incapaces de adaptarse, conservando a los más adaptados. En ese mismo sentido, la aleatoriedad de la variación genética es una fortaleza de la teoría de la evolución, pues provee la posibilidad de que algo sobreviva. En lugar de estar especulando sobre un desconocido creador denominado Dios, deberíamos enfocarnos más en dilucidar nuestros orígenes. La teoría darwiniana nos muestra como la complejidad surge de la simplicidad, mientras que el creacionismo afirma irracionalmente lo contrario. Es decir, el creacionismo pretende explicar la complejidad con más complejidad, lo que solo sustituye un misterio con otro misterio. Si la complejidad funcional requiere de un diseñador, entonces ¿Cómo explican la complejidad funcional de la mente del creador? El concepto darwiniano es empírico, pero muy iluminador y puede comprobarse. Es apropiado para el más avanzado de los animales que habitan este planeta físico. Nos muestra quienes somos en realidad y nos indica claramente que no estamos por encima de la naturaleza sino fruto y parte vital de ella. Somos criaturas naturales en un entorno natural que como toda vida (imperfecta aunque tenazmente persistente) hemos llegado a ser lo que somos a través de un estremecedoramente desordenado, dolorosamente impredecible, en parte aleatorio, en parte determinado proceso de selección natural. La imperfección de la vida es precisamente lo que le da su valor porque se aprecia mejor, es fugaz, es vulnerable, es vibrante y se puede perder. Y como se puede perder nos da motivo para preocuparnos como animales inteligentes y podemos atesorar su brevedad. Por ello debemos preguntarnos, ¿Por qué sugieren que es mejor lo eterno que lo temporal o lo sobrenatural que lo natural? ¿A caso no aumenta y da sentido a la vida la rareza de lo natural? La respuesta es simple. Dios es tan solo una idea, no una criatura natural. Por lo tanto no puede ser más valiosa esa imaginación que nuestra propia naturaleza. No puede tener derecho una supuesta existencia inmaterial -espíritu en el cielo- a decirnos lo que es valioso. La relación real entre el fantasma y lo material solo existe en la mente de algunos. Más ese fantasma no conoce los sufrimientos humanos, sus desventuras ni sus dichas. Si fuimos creados a la desconocida imagen de Dios entonces no tenemos idea de quienes somos. En cambio, siendo moldeados a la imagen de la naturaleza (por decirlo en darwinismo figurado) entonces sabemos quienes somos y podemos saber aún más tanto de, y en la tierra como del universo, pues podemos investigar, estudiar y continuar mejorando las condiciones de vida en este planeta. Basta decir que no fue la fe la que erradicó la malaria, la viruela, el polio o la lepra. Hablar con Dios o contemplar su imagen no curará el cáncer ni el SIDA. La ciencia nos ha dado y nos seguirá dando mucho. La teología nos ha dado lo diabólico y el infierno. La amenaza de la condenación está diseñada para ser un incentivo para las buenas acciones pero en realidad es una falsa moral. Yo pienso que debemos hacer el bien por amor a la bondad y porque el bien, en toda su extensión, implica abogar por la implantación de justicia y la consecuente paz social tan deseada. No creo en hacer el bien por la egoísta perspectiva de cosechar recompensa individual o para evitar ese castigo infernal de una supuesta tortura infinita. Toda ideología que convence amenazando con la violencia es una ruina moral. Lo mismo es el conocido temor a Dios. De los hombres más sanguinarios de la historia figura Hitler en primer término. Pero aún sus crematorios fueron de muerte relativamente rápida, como también lo es la pena capital vergonzosamente legal en los Estados Unidos. El sufrimiento que prometió Jesús en cambio, es un fuego que nunca será apagado. Por lo tanto, todo aquel que cree en el infierno, en el fondo es una persona masoquista y ridículamente amoral, que se valora poco a si misma pues necesita de la amenaza del infierno para ser obligado a ser bueno con sus semejantes. Cuando la única manera de motivar a las personas a que sean bondadosos con los demás sea la promesa del cielo, ello demuestra la grave falta de valores humanos. Debemos admitir que lo que llamamos bueno y malo es una expresión de los intereses y preferencias del individuo y del grupo que condiciona su conducta (sea la familia, el estado, etc.). Para vivir en sociedad, cada persona tiene que someterse, en diferentes grados, a los intereses de los grupos dentro de los cuales vive. Esto es cierto, crea o no en un Dios. La diferencia es que los grupos religiosos usan la idea de Dios para dar autoridad a las reglas que ellos piensan que son correctas, aún cuando no siempre estén conscientes de estar usando la idea de Dios de esa forma. Dado que las diferentes religiones poseen diferentes tradiciones e intereses, eso explica sus contradicciones con respecto a lo que es bueno o malo. Hay personas buenas que a pesar de ser creyentes, toman en serio la popular frase: Haz bien sin mirar a quien. Por supuesto que esa conducta nada tiene que ver con su fe, sino con su naturaleza humana. Los no creyentes decimos: SE BUENO POR AMOR A LA BONDAD, LA JUSTICIA Y LA PAZ. Profesional de las Ciencias Naturales walterchis@yahoo.com 1.- Avalos, Hector Ignacio (26/08/08); “¿Se necesita de un Dios para ser moral? El mito de la moralidad absoluta”; http://www.sindioses.org/simpleateismo/senecesitadeundios.html 2.- Baker, Dan (18/09/08); “¿Cómo puede ser moral un ateo?”; http://www.sindioses.org/simpleateismo/moralatea.html |