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La Calle
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| Año V. / | |||||
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La Infelicidad por la Muerte de un Ser Querido
No hay ser humano pensante que no experimente la infelicidad cuando se le muere alguien para el que guarda un sentimiento singular. El temible e incurable cáncer le arrebató la vida a una de mis queridas hermanas en los momentos en que se encontraba gozando de la plenitud de su edad adulta y prácticamente libre de la responsabilidad de atender a sus tres hijos. Paradójicamente, mi hermana era la más religiosa, la más creyente, devota y aplicada a las actividades de la fe cristiana a lo que le dedicó al menos cuarenta años de su vida. Al igual que un servidor, ella había sido bautizada y confirmada en la religión episcopal-anglicana, pero tuvo la fortuna de casarse con un gran hombre, un abnegado evangélico y ministro de la denominada Iglesia de Cristo, y por lo mismo fue convertida a esa práctica de la fe que ejercitó durante más de 30 años. En ese lapso de tiempo mi hermana llegó a ganarse el aprecio de sus correligionarios por su nobleza de corazón y su carácter altruista que de por si la caracterizaba desde muy niña. Ella era una inusual combinación de rigor disciplinario con una admirable dulzura de carácter y de sonrisa que generaba confianza a la vez que respeto de parte de todo aquel interlocutor que llegó a conocerla. Solía ser seria en los momentos necesarios y apacible en otros, pero también muy alegre y encantadora en otros momentos. Todo este comportamiento era muy propio de ella y su actividad eclesiástica solo fue el escenario que utilizaba para exteriorizar una genuina forma de ser. Su muerte ha consternado a todos los miembros de la familia, pero su esposo, sus hijos y mi madre son los más afectados por la dolorosa pérdida. No obstante, tenemos que admitir que mi hermana se ha ido para nunca más volver y eso para mí es aún más doloroso, porque a diferencia de los de más, tengo muy claro que jamás la volveré a ver, mientras que ellos mediante el autoengaño, abrigan la esperanza de poder reunirse con ella en otra supuesta vida celestial. Su muerte ha sido considerada por ellos como algo injusto de parte de su Dios, toda vez que mi hermana había estado recibiendo multitudes de rezos, cánticos, plegarias, súplicas al todopoderoso de diferentes países y regiones del mundo, al tiempo que los médicos se esforzaban en darle los mejores tratamientos disponibles. Cuando mi madre vio que ni los tratamientos médicos ni los rezos la podían salvar, le pidió a su Dios que la dejara descansar para librarla del enorme sufrimiento que le ocasionaban los dolores producidos por la enfermedad. La doctora encargada del tratamiento de quimioterapia decía que ya no había nada más que hacer para tratar de salvar a mi hermana y que solo el poder de Dios podía curarla. Mientras tanto yo me decía: Si eso fuera cierto entonces ¿Dónde está ese Dios que no viene a salvarla? Otra hermana decía: ¿Por qué Dios es tan injusto con ella? ¿Por qué no se lleva a los malhechores que abundan en las calles neoyorquinas, en lugar de mi hermana? Todo ese ritual de rezos, súplicas y las evidentes desilusiones de mis familiares por la impotencia ante lo inevitable eran para mí de nuevo la confirmación de la falsedad de la existencia de ese ser creador. Lo único que me consuela es la firme decisión de hacer que su memoria se mantenga viva a lo largo de las generaciones de mi descendencia, por la bondad ejemplar que había en su corazón. Como hermanos, tuvimos nuestros desacuerdos de infancia y disgustos pasajeros de adultos, ninguno de los cuales fueron motivo para menguar el extraordinario afecto que nos sentíamos el uno por el otro. Yo fui personalmente afortunado por contar siempre con sus favores más que ella con los míos, toda vez que fui el único hermano de sangre con el que realmente convivía, por lo que la relación existente entre nosotros siempre fue muy estrecha. La cercanía de edad (ella la cuarta y yo el tercero de la familia) nos permitía socializar y realizar actividades que fortalecían nuestra relación de hermanos, aunado al aspecto del gran parentesco físico que nos mantenía aún más unidos. Entre otras cosas, recuerdo con agrado las anécdotas y las experiencias tenidas cuando juntos hicimos nuestro primer viaje en avión. Íbamos a fiestas y a bailes juntos. Nuestros gustos y hábitos alimenticios eran similares. Quizá por casualidad de la vida, ella constituía el centro geométrico de todos los siete hermanos y del mismo modo también el factor de unidad entre nosotros, el punto de concordia, de entendimiento y de reconciliación. Por todo eso me sigue doliendo su partida y tengo que hacer el esfuerzo por superar la infelicidad que ahora me embarga. Debo resignarme porque la vida lleva la muerte implícita y no hay poder alguno que pueda evitarla. A propósito de su práctica religiosa, debo admitir que tanto ella como su esposo han sido muy respetuosos conmigo sabiendo de mi posición atea, aunque intentaron infructuosamente de incorporarme a su fe evangélica. Incluso han sido uno de los mayores motivadores de mi pasión por la escritura, mediante sus elogios, admiraciones y presunciones acerca de mis trabajos entre su círculo de amistades. Ellos fueron una pareja ejemplarmente feliz, debido principalmente a su genuina bondad y de mutua comprensión. Su vida de pareja no estuvo exento de conflictos -como otros quisieran suponer considerando su fe religiosa- pero supieron sortear favorablemente sus dificultades por la vía del razonamiento combinado con su amor mutuo y su noble corazón. Sin eso no hubiera habido religión alguna en el mundo que los hubiera podido mantener juntos ni por todos los días y horas de su vida que se hubieran dedicado a rezar. Yo siempre he dicho en el sentido figurado y no clerical que: tanto ella como mi cuñado son un pan de Dios. Y es que los dos siempre estaban dispuestos a ayudar a otros, aún cuando ellos se encontraban en las peores dificultades en sus vidas. Su bondad era y sigue siendo algo innato ajeno a su fe y solo son creyentes porque sus padres y abuelos (en el caso de mi cuñado) les inculcaron que había que creer en ese Dios por tradición familiar. Durante la ceremonia del velorio, la gente que acudió en multitud hasta saturar el recinto, rezaba plegarias deseando que el alma de mi hermana fuera elevada al cielo para estar con ese Dios. Sus amistades y conocidos de la fe episcopal-anglicana y la católica se hincaban frente al féretro, haciendo la señal de la santa cruz antes de rezar por el descanso de su alma y gentilmente daban el sentido pésame a los miembros de la familia. Pero mi madre murmuraba en silencio que desearía que mi hermana estuviera viva en lugar de estar recibiendo las condolencias que la deprimían aún más. Al día siguiente se llevó a cabo el acto fúnebre, iniciando con un cortejo de limosinas, en la primera de las cuales iba el féretro desde la casa hasta el nuevo edificio adquirido para ser el templo de la Iglesia de Cristo, para el que los militantes de la congregación habían trabajado arduamente. Ahí, se dio inicio al acto religioso. Yo acudí, no para participar del culto, sino por el simple hecho de rendirle el último tributo a mi hermana, por respeto a su memoria y en solidaridad con los demás miembros de la familia. Hacer acto de presencia y de acompañamiento a mi madre era moralmente necesario, más no tomé parte en los ritos, cánticos, y alabanzas a la supuesta divinidad que la había llamado a su lado. Entre tanto, yo miraba el cadáver de mi hermana que yacía en el ataúd y me preguntaba ¿Cómo es posible que todas estas personas piensen que ella resucitará algún día y estarán reunidos con ella en un lugar imaginario llamado cielo? Me incomodaba el hecho de que el ministro que ofició la ceremonia y sus feligreses decían que el alma de mi hermana seguía vivo en algún lugar y que se reencarnará en el día del juicio final. Esas eran dos contradicciones que se hicieron presentes durante el evento. Sin embargo, hubo un momento de lucidez que se expresó en la voz de la coordinadora del acto fúnebre por parte de la funeraria, quien al momento del cierre de la tumba nos dijo a todos los asistentes, mientras le depositábamos flores: Piensen que ella no está aquí. Ella está ahora en su mente y en sus corazones. Ahí seguirá viviendo. Eso fue lo más sensato que escuché durante todo aquel lúgubre y lluvioso día. Ni siquiera resultaba convincente la multi-mencionada frase: Que descanse en paz, puesto que es un sinsentido hablar del descanso de la materia inerte. Lo que quedó sepultado fue tan solo la materia orgánica de lo que fue mi hermana; y con ello también su alma, porque el cuerpo y el alma son parte inseparable de una vida humana. Destrozados por la dolorosa pérdida, cada uno de nosotros estuvimos obligados a armarnos de mucho valor para reanudar nuestros quehaceres, esperanzados en sobreponernos a la infelicidad simplemente porque la vida sigue. De nada pueden servirnos ahora los lamentos ni los falsos consuelos vertidos en el sentido de que ella nos está mirando y guiando nuestros caminos desde algún lugar desconocido. La hemos llorado y la extrañamos todos: Mi madre, su esposo, mis cinco hermanas, sus tres hijos, sus nietas, sus sobrinas y sobrinos, sus vecinos, sus compañeros de trabajo, sus correligionarios, sus amistades de la infancia y de la adolescencia, sus parientes políticos y todos los que alguna vez se relacionaron con ella o que su vida fue influenciada positivamente por ella. El impacto de su fallecimiento ha sido para mí tan fuerte que he quedado sin palabras, tanto que ni siquiera pude pronunciar un discurso en su honor, puesto que me hubiera ganado el llanto. He aquí una manifestación de la infelicidad de su hijo (mi sobrino) ante la ya inminente muerte de su madre expresada en poema días antes de su fallecimiento: Júbilo… Orgullo… Refugio y seguridad… 1000 palabras y 3000 palabras más no son suficientes, Para describir lo que significas para mí.
Tú me has moldeado. Me has guiado con rigurosa disciplina. He vivido para complacerte. La ineficiencia me produce un tormento interior.
Habiendo dicho eso… Añoro tu aprobación, para estar seguro… Por todas las enfermedades que he tenido, Tu has tenido la cura.
Me siento más cerca de ti ahora. Pero hubiera deseado mayor comunicación. Hubiera deseado que me dijeras tu dolor. Desearía ser tu medicamento.
Te amo. Entre lágrimas escribo estas palabras. Ahora te digo esto todos los días, Casi como si nunca lo hubieras escuchado.
No obstante, te demostraré, Que te amo por toda la eternidad. Nadie más pudiera haber hecho tu trabajo. Nadie más puede igualarte.
Sin embardo, Dios te ha puesto una prueba, Tan difícil de soportar. Yo te extiendo mi mano, Para que sientas que siempre he estado aquí.
Yo no entiendo a Dios. Pero me esfuerzo por no cuestionar. Quieres que siga teniendo fe. Por lo tanto, haré lo que sea tu intención.
Así, continúo rezando y rezando por tu salud… Por tu fuerza. Aprecio todos los momentos que hemos tenido. Tanto en el pasado como en el presente.
La muerte de un ser querido afecta nuestra psiquis, nuestra conducta en formas que reflejan lo difícil que es admitir que todos vamos a morir. Refleja nuestro gran temor a la muerte, quizá porque en el fondo muchos creyentes dudan de la existencia de la otra vida que se supone existe y que les ha sido prometida. Pero como materialistas, tenemos que admitir la imposible eternidad. Lo único cierto es que mi hermana se nos fue para siempre y tenemos que esforzarnos por lograr una vida feliz como ella hubiera deseado que lo hiciéramos. Pero a propósito de la infelicidad causada por la muerte de un ser querido, el estupor no deja de invadir a la persona sensata cuando lee lo que piensa y escribe la conocida columnista María Marín en El Diario/La Prensa (NY, USA, sábado 5 de enero de 2008) a cerca de que la muerte de un familiar refuerza la fe, y que a la letra dice: “En estos días recibí una dolorosa noticia que me hizo reflexionar sobre mi fe en Dios. Yesenia, la hija de mis grandes amigos Elizabeth y Miguel Orozco, falleció en un accidente automovilístico el pasado 16 de diciembre, cuatro días antes de cumplir 27 años. Cuando me enteré, no podía creerlo. ¿Por qué le pasa esto a una familia tan amorosa, generosa y creyente en Dios? ¿Por qué tiene que terminar la vida de una muchacha tan joven, llena de vida y que apenas empezaba a expandir sus alas? Cuando una muerte inesperada sucede o una enfermedad grave ocurre en nuestras vidas, todo el mundo trata de buscar una explicación que nos consuele. Algunos dicen: Esto es una prueba que Dios ha enviado para probar tu fe. Otros expresan: Dios sabe lo que hace y no debemos cuestionarlo. Y muchos aseguran: De este sufrimiento algo bueno saldrá y aprenderás a ser más fuerte. Están respuestas tienen algo en común: Ninguna aplaca la pena ni provee satisfacción. Entonces, al no encontrar una explicación que calme el sufrimiento, desesperadamente buscamos un culpable. Hay quienes culpan a Dios por permitir esta tragedia, mientras que otros se condenan ellos mismos porque piensan que de alguna forma pudieron evitarlo, y en el caso de Yesenia, habrá los que culpen al conductor que manejaba el auto en que ella viajaba. Sin embargo, tratar de encontrar un razonamiento válido solo lleva al abatimiento y la depresión. La paz emerge dejando a un lado los sentimientos de rabia o culpabilidad que nos separa de nuestra espiritualidad. Mi amiga Elizabeth tendría todo el derecho de reprochar a Dios por la muerte de su hija; no obstante, ella me enseñó que lo importante no es entender por qué sucedió, sino reconocer que se puede encontrar refugio en Dios. En medio de su agobio y tristeza me dijo: María, si no fuera por mi fe, no podría sobrellevar este sufrimiento. Dios es quien me da la fuerza. Admiro a Elizabeth por su fe incondicional; con ella aprendí que no importa cuan destrozado esté nuestro corazón, siempre podremos encontrar fortaleza y consuelo en nuestro creador”. Me he visto en la necesidad de incorporar este artículo a este ensayo porque lo considero una auténtica declaración de fe cristiana de una latinoamericana. Es una fe ciega, incondicional, sin cuestionamientos, conformista, sufrida, inmovilizadora, sumisa, atónita, ignorante e irracional. Pero veamos los detalles del porque es una fe irracional sin entrar en detalles de rigor científico que pueden confundir aún más a ciertos lectores:
LQSomos. Walter Chisholm. Enero de 2008 |