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Año V. /
La noche eterna de Israel

Mi madre –que era judía alemana y perdió a sus padres en Auschwitz, esto es a mis abuelos-, cuando yo era muy pequeña me contaba este cuento judío antes de dormirme:

“Un viejo rabí preguntó a sus discípulos:
- ¿Quién de vosotros sabría decirme cómo se puede distinguir el momento en que termina la noche y empieza el día?
- Yo diría –contestó el primero- cuando viendo un animal de lejos, uno no sabe distinguir si es oveja o perro.
- No –le contestó el rabí.
- Podría empezar el día –dijo otro- cuando viendo de lejos un árbol no se puede decir si es una higuera o un manzano.
- Tampoco –insistió el rabí.
- Entonces –preguntaron los discípulos-, ¿cómo podemos saber cuándo termina la noche y empieza el día?
- Cuando mirando el rostro de un hombre cualquiera ves que es tu hermano –contestó con solemnidad el rabí-. Porque si no logramos ver esto, cualquiera que sea la hora del día será siempre de noche."

Mi madre me enseñó que no hay que dar cabida al odio en nuestro corazón ni en nuestra mente, porque es una enfermedad mortal que destruye a quien la padece y a su entorno; y porque nuestra mente y nuestro corazón están hechos sólo para el amor. Me enseñó que ninguna religión puede erigirse en un muro de separación porque si es así, no es una religión sino un veneno. Me enseñó que, le llamen como le llamen, sólo hay un único Dios, y si éste no es amor, entonces no es nada ni existe. Me enseñó que, si Dios existe, este habita en el alma humana sea cual fuere su grupo étnico y su color; su estatus y su origen; porque el alma humana es el único templo posible de ese presunto Dios, no los templos de piedras y ladrillos. Me enseñó también, que el único pueblo elegido por Dios es la vida; la humana, la animal y toda vida; y que el respeto y el amor por la vida es el único lenguaje posible para dirigirse a ese Dios. Y me enseñó que el único interlocutor válido para Dios es el corazón de quien ama y respeta la vida, ya que no son necesarios los intermediarios para hablar con ese presunto Dios; y que sacerdotes, rabinos, mulais, etcétera, etcétera, estaban muy desviados y errados en eso de constituirse en instituciones “al servicio de Dios”, ya que la única institución que Dios, si existe, reconoce, es la del amor entre hermanos, esto es entre todo lo viviente; porque Dios es un Dios de vivos, y que no había que hacer caso de esos rabís, sacerdotes, mulais, etcétera, que llaman al odio, a la destrucción y al genocidio, en lugar de llamar a la fraternidad, a la vida, al amor y a la paz; ni darles la importancia que ellos recababan para sí.

Seguramente, las personas adultas de Israel, esas que bombardean sin piedad –días pasados a la sociedad civil libanesa- a mujeres, niños, niñas, ancianos y demás civiles palestinos; esas que están construyendo un muro de cemento parecido a las murallas de Jericó que in hilo tempore derribaron, esas genocidas y exterminadoras del pueblo palestino que parecen haber olvidado las impiedades del genocidio al que fueron ellas mismas sometidas; esas que poseen los corazones, las almas y las mentes constreñidas y encerradas por muros de crueldad y de ceguera criminal; esas pues, también tuvieron madres que les contaban cuentos cómo éste, y a buen seguro, también tienen hijos a los que cuentan cuentos cómo éste… Pero me pregunto dónde habrá quedado la moraleja. Porque ahora, el único pueblo elegido por su diosito privado, son ellos. Y tanto es así, que por la muerte de uno de ellos, tienen que morir cientos. Porque ahora, cuando sufren una agresión, lo llaman “acto criminal terrorista”, pero cuando ellos agreden con el ciento por uno con misiles, a eso lo llaman “error técnico”. Porque exigen que las resoluciones de naciones unidas contra sus enemigos se cumplan a rajatabla, pero ellos, vetan –o las vetan EEUU que para el caso es lo mismo- toda resolución que censure mínimamente sus actos criminales. Porque todo el mundo que no comparta sus puntos de vista son sus enemigos y sus perseguidores, pero ellos pueden matar impunemente porque tienen bula gallega o, mejor dicho, rabínica.

Mi madre, que era una sabia mujer, me enseñó muchas cosas, pero yo no las aprendí todas; y entre las que no aprendí, se encuentra el reconocimiento y la aceptación de la existencia de algo o alguien que se llame “Dios”.

Mi madre, que era judioalemana, y que sufrió en su propia vida la violencia genocida nazi, me enseño el respeto por la vida, por el amor y la fraternidad universal, por la libertad y la igualdad. Y yo me pregunto: ¿Dónde están las madres de Israel?


LQS. Hannah. Noviembre de 2006
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