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La Calle
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| Año V. / | |||||
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La Santa Iglesia de la Madre de los Tomates La imagen de Pedro es una insignia en la memoria. El rigor de su traje negro eterno, su gorra en aura de reverendo en propiedad, pues estableció su iglesia basada en el amor real, la rebeldía y en la solidaridad, pues así podía visitar en las cárceles a sus amigos de los diferentes movimientos sociales como "Young Lords" y "Panteras Negras", los que se negaron a ir a Vietnam, les visitaba como su consejero espiritual en el encierro. Tras un breve vistazo al resto de la página de www.rebelión.org, casi a punto de meterse en el blog de Mosca Cojonera ( http://fliegecojonera.blogspot.com/ ), el internauta se tropezó de refilón con el artículo que motiva esta reflexión: “De jesuita a militante revolucionario del campo popular,” una entrevista que Marcelo Colussi le hace a Javier Arrúe (1934), español acriollado en Ecuador, donde estudió filosofía, y, desde hace muchas décadas, residente en la zona de la Guayana venezolana, a la que representa en la Asamblea Nacional desde hace algún tiempo, a la vez que continúa su trabajo comunitario y su militancia política en torno a las comunidades campesinas. Con la mayor lucidez del mundo, el ex jesuita planteaba en la entrevista dos ideas interesantes. Primero, que a partir de la década de 1950, en las comunidades de base se viene operando una transformación importante en torno a la religión: en vez de ejercer la función opresora que la caracteriza desde hace quinientos años, en esas comunidades la religión se había tornado liberadora. ¿Cómo? Eliminando de la ecuación a la Iglesia. Cuando el pueblo asume los Evangelios sin la presencia “secuestradora” de los curas (quienes se roban el espíritu liberador del cristianismo), la recepción de los textos es liberadora. Porque se siente cada vez más cristiano, Arrúe reafirma la distancia que lo antepone a la Iglesia. La segunda idea que plantea el ex jesuita es que la textualidad de los Evangelios no se limita al espacio bíblico: de ahí que lea la constitución de la República Bolivariana como una extensión de los Evangelios. Las respuestas de Arrúe, ¿más interesantes que los planteamientos de la Teología de la Liberación?, democratizaban la institucionalidad religiosa, a la vez que increpaban el ateísmo incondicional, ese que, amparado en la razón crítica, se caga en Dios sin pestañear. Igual que las fábricas recuperadas por los trabajadores argentinos después del Apocalipsis neoliberal, la lectura de los textos sagrados liberaba en su vitalidad intersubjetiva. De la entrevista con el revolucionario hispanovenezolano, a quien, con la perversidad del que cede ante la tentación de golpear al caído, no podía dejar de contrastar con el nuevo espiritualismo de Daniel Ortega en Nicaragua, ¿surgía esta doble metamorfosis: la del antiguo opresor (la religión) convertido en liberador por un lado y por el otro, la del antiguo liberador (el revolucionario) convertido en opresor? Religión y política, siempre en tándem: ¿pero no descartó ya Ernesto Cardenal la espiritualidad de Daniel? ¿No lo hizo también Gioconda Belli? La imagen del revolucionario religioso, Hugo Chávez, se cruzaba con la sobriedad del ateísmo fidelista y sesentista; y a la derecha de este cruce, como corrupción tanto de la postura cristiano-revolucionaria como de la atea, aparecía la imagen sucia de Ortega, negociando con la derecha católica posturas neomedievales que nadie le debe perdonar ni en el presente ni en el futuro. Si Chávez retoma la crítica de Fidel en el nuevo milenio, ¿renace Monseñor Romero del detritus neoliberal? La entrevista con el revolucionario hispanovenezolano obligaba a un ajuste cuentas, después de todo, todavía llegaban ecos del estallido del Tratado de ateología (2005) de Michael Onfray, una joya del mejor y más calibrado hedonismo materialista inmanente; una de esas propuestas que, como la de León Ferrari en Civilización-cristiana occidental (1965), arremetía contra el imperialismo cristiano desde el militarismo que le es consustancial. El dulce olor del ateísmo Dios es la proyección neurótica de la frustración ante nuestros límites: nosotros somos mortales, él, inmortal; nosotros, finitos, él, infinito; nosotros, imperfectos, él, perfecto. La propuesta que plantea Onfray en Tratado de ateologia resulta por un lado gustosamente iluminadora, y por el otro, repentinamente opaca. ¿Quién en su sano juicio se atrevería a desmentir que, como plantea la ateología, el cristianismo está marcado por una pulsión de muerte, fácilmente traducible en etnocidio, genocidio, colonialismo, imperialismo? ¿Quién se atrevería a desmentir que en la base de los tres monoteísmos ha reinando desde hace varios milenios el odio? ¿A quién no le interesa reemplazar el oscurantismo con las luces de la razón? ¿Quién defiende la ortodoxia sostenida por el ejército, la policía y el poder? ¿A quiénes les interesa volver a la teocracia? Frente al fundamentalismo cristiano y musulmán, ¿quién se resiste a optar por Nietzsche? ¿Quién no se conmueve al enterarse de que, el primer ateo en plantear un mundo moderno fue, en 1636, el jesuita portugués Cristovao Ferrari? ¿A quién no le interesa superar el nihilismo de la posmodernidad liberal con un proyecto de cuerpo, de goce y de una sociabilidad sustentable? ¿Por qué no puede la ética reemplazar la religión? El ateísmo de Onfray implica un hedonismo racionalista: una propuesta de vida desde la materialidad perecedera del cuerpo, la intersubjetividad dialógica de la razón y un sentido de plenitud democrática que no depende ni del infierno religioso ni del paraíso marxista. Como persigue liberar al sujeto de la mentira, de la superstición, de la fantasía trascendente de la metafísica, Onfray no cesa hasta descristianizar, siguiendo a Nietzsche, la episteme en la que nos movemos todavía en el siglo XXI, de modo que el sujeto pueda disfrutar del cuerpo, el placer, la vida y el amor pleno libre de la coacción que, desde la moralina cristiana, aprieta hasta al sujeto laico. Sobre toda la evidencia irrefutable que desmiente la ingerencia divina en la tierra, Onfray dice ¡basta! Además de estupidizar al sujeto, el monoteísmo lo somete, lo esclaviza, lo violenta y lo engaña: no es posible continuar en la mentira cristiana. La atelogoía plantea cortar sin más con esa tradición para construir un imaginario poscristiano que no repita las violencias religiosas, sino que, en vez, viabilice el surgimiento de nuevas subjetividades dispuestas a bregar con la realidad en términos materialistas, hedonistas, dialécticos, intersubjetivos, descontstructivistas, inmanentistas. No hay en la ateología excepciones: tanto Monseñor Romero como ahora Arrúe se engañan y de paso nos engañan. La teología no puede por definición liberar al sujeto; los Evangelios no pueden por la episteme que los marca promover una cultura de vida, justicia e igualdad. Tácitamente, la constitución de la República Bolivariana está destinada a morderse la cola. ¿Por qué? Porque al cristianismo hay que deconstruirlo para poder empezar a crear una nueva historia fuera de su tradición de muerte, histeria, abuso, violencia y poder. La liberación sólo se puede dar fuera de la teología; de eso Onfray no duda. En este sentido, por más a la izquierda que lleve a Nietzsche, la ateología choca de frente con la Teología de la Liberación, uno de los latinoamericanismos más importantes del siglo XX. La dimensión social que la lectura latinoamericana rescató del cristianismo, la ateología ni siquiera contempla. Por esa dirección, mutis: para la ateología el cristianismo progresista no es una posibilidad. Desde la ateología, la Teología de la Liberación supondría un paralogismo; en vez de lucha, los teólogos latinoamericanos perpetuaron un oxímoron. Ese logro latinoamericano fue en verdad la continuación de un largo y costoso error. Como a Dios en el siglo XIX, al sujeto cristiano hay que deconstruirlo en el XXI; sólo así se consigue una física de la subjetividad, la ética, la bioética, el derecho, libre del lastre metafísico-destructor del monoteísmo judeocristianismo. ¿Sujeto poscristiano o postburgués? El buen samaritano constituye una imagen bien plástica de lo que es el sujeto posttburgués. El traqueteo entre el sujeto poscristiano y el postburgués se enardece. El filósofo desmiente al sociólogo. ¿Se trata de cauterizar la episteme cristiana o de negociar lo que de ésta pueda reciclar el nuevo socialismo? ¿Supone la tenacidad poscristiana un rechazo esencialista? ¿Una tachadura totalitaria? ¿Supone la continuidad postburguesa una ingenuidad filosófica? ¿Un infantilismo sociológico? El traqueteo entre el sujeto poscristiano y el postburgués no es frontalmente político; ambas subjetividades se posicionan a la izquierda de Nietzsche. Más bien, se trata de un traqueteo entre la filosofía y la sociología: el sujeto poscristiano desmonta la sociabilidad postburguesa, reemplaza la subjetividad samaritana con el filosofeo hedonista, dialéctico e intersubjetivo. Para el filósofo, la metáfora cristiana está agotada (en nombre del amor se ha matado mucho): el sociólogo necesita salirse de esa tradición (que tanta sangre ha vertido). En vez del sacrificio del buen samaritano, el filósofo plantea el goce del cuerpo, La razón del gourmet (1999), una intensidad democrática. ¿Gana el hedonismo filosófico o la reciprocidad postburguesa? ¿La estética o la ascética? ¿Se equivoca sociológicamente la filosofía? Desde el legado de Freud y de Marx, otro filósofo, un incrédulo argentino judío, sale al paso de la ateología, cuando se preguntaba, en La cosa y la cruz. Cristianismo y capitalismo (1996), “si todo el fundamento religioso cristiano no es necesariamente fundamento de dominación en lo que tiene precisamente de religioso.” Tras un análisis de las Confesiones de San Agustín, León Rozitchner, como Onfray, no duda. De hecho, aclara el silencio de la ateología frente a la Teología de la Liberación: “Nos preguntamos si es posible que cada creyente, con el contenido del imaginario cristiano, pese a sus buenas intenciones y aunque esté inscripto en la Teología de la Liberación, pueda hacer una experiencia política en su esencia diferente a la política que combate.” En ese mismo sentido, el sujeto poscristiano es claro: “Entre todas esas teologías de abracadabra, prefiero recurrir a los pensamientos alternativos a la historiografía filosófica dominante: las personas con humor, los materialistas, radicales, cínicos, hedonistas, ateos, sensualistas y voluptuosos. Pues ellos saben que sólo existe un mundo y que toda promoción de los mundos subyacentes lleva a la pérdida del uso y beneficio del único que hay. Pecado realmente mortal…” Que hable el Reverendo Pietri: la Santa Iglesia de la Madre de los Tomates Dios es… una amalgama… de varias personalidades en un personaje. La tensión entre estas personalidades hace a Dios difícil, pero también lo hace apremiante, hasta adictivo. Jack Milles. God: A Biography (1996) De 1944 a 2004, Perdro Pietri transitó por la tierra, primero en Ponce, Puerto Rico (1944-47), y el resto del tiempo en Nueva York. De 1969 en adelante, emblematizó la poesía nuyorican fundacional, esa que capta el cruce entre la oralidad y el texto. Nadie como él, en los sesenta y sesenta, personificó al poeta puertorriqueño de Nueva York, un poeta proscrito, experimental y “dúsmico” (transformador de energía negativa dirigida contra uno, en carga positiva y en amor). Su texto emblemático, Obituario puertorriqueño (1973), lo es también de ese movimiento nuyorican. Pedro vivió plenamente inscrito en el espacio de la poesía callejera nuyorican, desde el que mitigaba el absurdo de las relaciones de poder; una realidad marcada por la asimetría política del sujeto colonizado puertorriqueño, incrementada en la experiencia nuyorican sobre todo en términos de clase, raza, cultura y lengua. Ante la disyuntiva del suicidio por un lado y por el otro de resignarse a ser mano de obra barata para la economía de Nueva York, Pedro escogió la poesía como manera de vivir. Poeta al cuadrado: escribía poemas y era en sí mismo una instancia de lo poético. Vestido siempre de negro (hábito que le dejó la muerte), con sombrero y muchas veces pañuelo negro en la cabeza, Pedro se convirtió en el “Reverendo Pietri”: un personaje de la realidad nuyorican que, entre otras, se cagaba en la religión, el colonialismo, la guerra y la explotación. Un personaje que decía las cosas como eran y que vivía como lo que era: un vidente de la contrariedad nuyorican. El Reverendo solía caminar por las calles de Nueva York con una biblia protestante en un estuche de cuero negro, donde llevaba entre las páginas sagradas la marihuana que lo acompañó hasta el final de sus días. Solidario con la política del barrio nuyorican, apoyó la lucha por los reclamos básicos que la ciudad (Nueva York) les negaba a los pobres. Crítico del colonialismo estadounidense en Puerto Rico (en Vietnam, en Irak), el Reverendo Pietri era en el fondo un anárquico que se valía de lo poético para pulsar contra una realidad en el fondo absurda. Por eso defendía la paz y la poesía; por eso fundó la Santa Iglesia de la Madre de los Tomates. En el Obituario puertorriqueño , el sujeto postburgués se encarga de la dimensión comunitaria; el amor del buen samaritano en el caso del Reverendo se manifiesta como una crítica doble. Por un lado, crítica al desamor del sistema que oprime a los puertorriqueños en Nueva York; por el otro, crítica a esa comunidad puertorriqueña que se deja engañar por el oropel del sistema. Como sujeto postburgués, el poeta se hace Reverendo para decir la verdad económica, política, social, racial, cultural y religiosa; una verdad que, por desconocida, mata al puertorriqueño de Nueva York. Como Reverendo, el poeta revienta contra la religión del sistema, la explotación que, de muchas maneras, se encubre bajo promesas falsas, ante la cual el poeta demanda una respuesta en el limite del buen samaritano: superar el quinto mandamiento y matar “al” sistema. Como Reverendo, el poeta plantea que la religión del opresor sólo conlleva al engaño; como poeta, el Reverendo exige otra religión: la que emana del alma latina (“latino” en el sentido estadounidense), una entelequia más cultural que religiosa. Como sujeto postburgués, el Reverendo Pietri se movía fuera de la iglesia, a menos que, como en los sesenta y setenta, la iglesia no se convirtiera en un cuartel de reivindicación social y poética. De otra manera, la iglesia suponía una religión sin techo, otra superstición que no ofrecía ninguna protección. Como sujeto postburgués, el Reverendo legitimaba la defensa cultural sin por eso reivindicar la guerra, actividad que consideraba propia de los poderosos. Guerrillero sí, matón nunca: por eso criticó Vietnam y celebró su falta de pericia como mercenario de esa guerra. Desde el amor al próximo, el Reverendo se resistió a ofrecer la otra mejilla. Como un teólogo de liberación bajo los efectos del cáñamo, trascendió la teología y se dio a la dimensión comunitaria sin la metáfora de dios. La única salvación que predicaba el Reverendo: vivir con plena conciencia el absurdo existencial a la izquierda de la ecuación opresora. Como sujeto poscristiano, el Reverendo se valió de la poesía y el performance (¿sus dioses?) para vivir su anarquía de la liberación, un universo en el que reinaba el humor, el materialismo, la radicalidad, el cinismo, el hedonismo, el ateísmo, el sensualismo y la voluptuosidad, todos los atributos que persigue el ateólogo. Sin embargo, la propuesta del Reverendo no persigue la descristianización del episteme cristiano sino su articulación crítica. En un trabajo conjunto con el artista Adal Maldonado http://www.elpuertoricanembassy.org/ ), el universo postburgués del Reverendo cobra forma tangible. Finalmente vemos fragmentos de la Santa Iglesia de los Tomates, como el altar, el certificado de bautizo, el santo patrón, un calendario de la última cena, una monja con las tetas al aire asegurándonos que de eso nada. La propuesta de Adal resalta la dimensión humorística que, desde la poesía, parecería más centrada en el cinismo a secas, como si la aparición de la imagen visual mitigara un poco el ateísmo cortante del Reverendo, ¿teñido a veces de severidad calvinista? En la Santa Iglesia de la Madre de los Tomates la centralidad de Dios es reemplazada por la de una fruta (un tomate) con un ojo al centro prendido en una eterna llama de fuego. El certificado de bautizo establece que el sujeto ha vuelto a nacer otra vez fuera de foco, mientras que la imagen del santo patrono, Santo Borroso, establece que es el santo de todos los feligreses de la Santa Iglesia de la Madre de los Tomates, sujetos todos fuera de foco. En la imagen de la última cena, una reconstrucción comercial de un calendario del año 2001,Jesucristo aparece solo, sentado a la mesa frente al plato, listo para consumir la madre de los tomates que tiene frente a sí: ese ojo en llamas que no deja de mirarnos desde su tomatisidad infinitamente irrisoria. Desde el sujeto postburgués y el poscristiano, el Reverendo Pietri se cagaba en todos los dioses del monoteísmo: el judío, el cristiano, el islámico, el de los filósofos, el de los místicos, el de los reformadores. Ya de frente a la sentencia de muerte que lo condenaba a morir a los sesenta años de un cáncer estomacal contraído en Vietnam, el Reverendo reafirmaba la única espiritualidad que conocía: esa que, en comunión con lo vivo, incluida la marihuana, reafirmaba la voluntad de ser en un mundo absurdo viciado por el poder. LQS.Francisco Cabanillas. Enero de 2007 |