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La Calle
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| Año V. / | |||||
| Latinorama: un perfil de los latinos en Estados Unidos (1ª parte) “Pues si quieres apoyar a las tropas, no puedes apoyar la guerra” “Ha sido uno de los más grandes privilegios liderar el Departamento de Justicia” “En las iglesias los pastores predicaban devoción a la bandera y al país, y en favor de nuestra noble causa imploraban ayuda al dios de las batallas con una elocuencia tan efusiva y fervorosa que conmovía a todos los oyentes” De España a Estados Unidos Después de haber vivido la primera mitad del año 2007 en Alcalá de Henares, el regreso a mi lugar de residencia en Estados Unidos, al norte de Ohio, resultó inesperadamente dinámico. De plano, la idea de volver a respirar aire fresco —es decir, sin tabaco— en un lugar cerrado, resultaba agradable: ¿cómo olvidar aquellas primeras semanas a finales de diciembre de 2006 en la península, cuando la violencia del tabaco comercial, saturado de químicos, agredía unas mucosas nasales vírgenes, hace mucho tiempo desacostumbradas a ese tipo de toxicidad cautiva? Durante el semestre que me pasé respirando el tabaco de los demás, no me quedó otra alternativa; tuve que enfrentar las consecuencias de algo que, grosso modo, resultaba poéticamente justo: si la mitad del tabaco que se fumaban los españoles parecía ser de marcas usamericanas, entonces, que un ciudadano de ese país —en este caso, yo— se tragara una parte de ese veneno, era lo mínimo que se podía esperar en virtud de la complicidad que me conectaba al rizoma de los exportadores. ¿No dicen que a lo hecho se le mete el pecho?Más allá del humo, el impacto del regreso a Estados Unidos, después de haber tejido seis meses en la realidad española —desde el 11 de marzo de 2004, una realidad empalmada con la estadounidense— resonó con mucha más contundencia en el ámbito de la migración, sobre todo, en el desplazamiento de brazos indocumentados, que es donde más duro pega la realidad de la globalización que marca a los latinos en los Estados Unidos. Por un momento, la idea de que los latinos en España estaban viviendo una realidad parecida a la de los latinos en Estados Unidos, resultaba un tanto aterradora. El propio lenguaje — los latinos de España — registraba algo de ese eco insospechado. ¿Cómo es posible que en Olite, como si se tratara de Miami, me atendiera una mesera colombiana y que en el Valle del Baztan, como si se tratara de Nueva York, me sirviera la comida un mesero boliviano? ¿Es la ausencia de un contingente trabajador puertorriqueño, pelándose el culo, una de las diferencias que, a nivel macro, más separa el perfil de la latinidad peninsular del de la latinidad en Estados Unidos? ¿No repitió Alcorcón en 2007 escenas de Chicago en los años sesenta? Si bien en ocasiones parecía que el mundo laboral español repetía realidades de la latinidad estadounidense, también era claro que las diferencias entre esos espejismos resultaban notables. Por ejemplo, el español manejaba el tópico de la migración, ahora desde el novedoso punto de vista del país receptor, con una frescura que, por una cuestión histórica, no se daba en Estados Unidos, país receptor por antonomasia. Para muchos españoles —menos para los falangistas— el tópico de la migración traía ecos de fugas no muy antiguas hacia Alemania, hacia las Américas, lo cual, en términos generales, los predisponía a aceptar con más humanidad el influjo hacia su país de indocumentados desesperados, sacudidos por la mundialización. De ahí que, en la mayoría de los casos, la postura de los españoles sonara así: que los que lleguen al país se busquen su lugar, que en España se tiene que hacer espacio para todos . Viniendo de Estados Unidos, esa franqueza española resultaba sorprendente, pues, en el país de Mark Twain, la información que se difunde en los medios masivos, como es el caso de Lou Dobbs en CNN, acusa frenéticamente a los trabajadores indocumentados de ser los causantes de muchos de los problemas sociales y presupuestarios que acosan al país. La idea es vieja: para Dobbs, los más pobres son los responsables del caos (que provocan los más ricos). En la conferencia anual número veintiséis que celebró la Asociación de Estudios Latinoamericanos de Estados Unidos (LASA) en 2006, la historiadora puertorriqueña Silvia Álvarez-Curbelo, hastiada del atropello, le dedicó una ponencia al señor Dobbs. En la televisión española se ventilaban causas económicas y políticas sobre la migración que parecían más reales que las que se ventilan en la televisión de Estados Unidos, donde casi nunca se habla del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN), firmado por Clinton en 1994, como un convenio destructor de la agricultura mexicana y por eso mismo, como un motor expelente de brazos mexicanos para la economía del norte. Desde el TLCAN, la pregunta clave es ésta: ¿quién trabaja por menos? Donde los españoles hablaban de los inmigrantes como responsables del pago de la seguridad social para los jubilados —según los españoles, los inmigrantes contribuyen al bienestar económico del país; en las navidades de 2006, se habló del creciente consumismo español estimulado por las tarjetas de crédito— en Estados Unidos la prensa proyectaba una imagen del trabajador indocumentado —¿uno de los seres más indefensos del planeta?— como si se tratara de unos vividores que abusaban, ordeñando la vaca , de la bondad del sistema que los amamanta con servicios públicos. La realidad de que el inmigrante indocumentado que viene del sur es, entre otras, una función del libre comercio establecido por el TLCAN, y de que, si esos trabajadores pudieran no cruzar la frontera hacia el norte, Estados Unidos los tendría que ir a buscar —por variar un poco, ¿a punta de pistola?— es una realidad ante la cual la prensa corporativa estadounidense prefiere el silencio. De esas cosas sólo hablan los antiamericanos, nunca los patriotas interesados en que Estados Unidos gane, sea como sea, sus guerras. Quien opte por la justicia frente a la victoria, se considera un traidor. De vuelta en Ohio a principios de junio, con un lenguaje nuevo — los latinos de España —buscaba una aproximación fresca al panorama de los latinos en Estados Unidos, desde esta pregunta: si fuera necesario trazar una figura de esa presencia latina estadounidense desde la segunda mitad del año 2007, ¿cuál sería su forma? En lo que sigue, se plantea una respuesta a esa pregunta desde la figura del círculo; es decir, los latinos orbitan al centro de la realidad usamericana — ¿un caldero a punto de explosión?— desde cinco esferas salientes: la económica, la constitucional, la judicial, la militar y la histórica. LQSomos. Francisco Cabanillas. Septiembre de 2007 |