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Año V. /
Latinorama: un perfil de los latinos en Estados Unidos (2ª parte)

(Visitar la primera parte)

La labor. Como creadores de riquezas, la mano de obra latina es fundamental en la economía del país, sobre todo para la agricultura y para la industria de la construcción. Pero el cuento no termina ahí; la latinización del trabajo se expande a muchas más industrias, como la de la carne, según demostró Eric Schlosser en su libro Fast Food Nation (2001),  llevado a la pantalla en  2006: retrato del lado oscuro de la industria de la carne, una maquinaria de hacer dinero incapaz de controlar el apetito de mano de obra barata que los latinos le proveen a la industria, una de las más peligrosas en términos de accidentes, como carne de cañón. En otra película, A Day Without a Mexican (2004), el añorado día sin mexicanos que, como un punto ciego, añora el imaginario xenófobo de California, termina en una pesadilla económica: todo paralizado, la comedia de Sergio Arau se ríe del nativismo de poco alcance, ciego, que, ante la inmovilidad total que produce la ausencia de inmigrantes, se ve forzado a celebrar el regreso de los mexicanos, cuya presencia hace que la vida cotidiana vuelva a la normalidad. También como consumidores, la presencia latina se ha hecho central: para el año 2010, según algunos, uno de cada seis estadounidenses tendrá ascendencia latina, un mercado difícil de menospreciar. La importancia que, en la esfera internacional, tiene el mercado chino para Estados Unidos, en la esfera nacional, según expertos de mercadeo, la tiene el latino, un mercado que las grandes compañías están decididas a conquistar en inglés, en español y en spanglish. Desde el norte de Ohio, cuya economía del pepino y del tomate exige brazos latinos cada verano, el tirón del TLCAN se ha hecho sentir. En cuatro décadas de trabajo sindical,  el Comité Organizador de Trabajadores del Campo —FLOC, por sus siglas en inglés— viene notando este patrón en la necesidad de los brazos que requiere la agricultura del estado: donde antes la mano de obra hispanoparlante que hacía el trabajo agrícola venía mayormente del estado de Texas, desde que se firmó el TLCAN en 1994 el tirón laboral llega hasta los rincones más recónditos de la república mexicana. En la décima convención trianual que FLOC celebró en el verano de 2006 en Toledo, Ohio, se escuchaba el cuchicheo de los trabajadores migrantes por las calles del centro: a veces en español y otras en lenguas prehispánicas venidas del sur más profundo de México. Por otro lado, en el mercado de la religión, los latinos empiezan a ingresar seriamente las filas del protestantismo. Un cuarto de los latinos en Estados Unidos se define como protestante; entre éstos, 85% son evangélicos pentecostales.

La marginalidad más céntrica. Simultáneamente a la centralidad económica, la presencia latina orbita alrededor de la tradición constitucional estadounidense, dos veces centenaria. Desde 2002, el Caso Padilla le viene dando vueltas a la garantía de los derechos civiles que ha protegido a los estadounidenses de los abusos del poder indiscriminado del gobierno, perforando la continuidad de esa tradición con la suspensión del habeas corpus. José Padilla (1970), un puertorriqueño de Chicago convertido al Islam en la cárcel, una marginalidad doblemente ostensible en el paisaje usamericano —boricua y musulmán, ¿una ecuación peligrosa?—  ha pasado a ocupar tras el estallido del 11 de septiembre de 2001, el centro de los derechos civiles del país: José es el primer ciudadano estadounidense que, en medio de la llamada guerra contra el terrorismo, pierde una garantía constitucional central para todos los estadounidenses.  Desde una marginalidad triple —pobre, boricua y musulmán— Padilla encarna la dialéctica de la libertad perdida de todos los demás. El margen se ha movido hacia el centro: a todos los estadounidenses los podrían tratar como a un boricua de tez oscura que no es cristiano. Después de más de cien años de relación colonial entre Puerto Rico y Estados Unidos, el Caso Padilla parece invertir —pero es sólo una ilusión— la relación de subalternidad entre las partes: lo que el gobierno le ofrece a Padilla,  un colonizado, en el año 2004, se lo da para poder quitárselo a los demás ciudadanos cuando sea necesario.  La dialéctica del Caso Padilla, tal como la delinean algunos defensores de los derechos civiles, se inscribe en el absolutismo presidencial que persigue la administración Bush. Cuando el gobierno decide en 2004 permitirle a Padilla asesoría legal —un derecho que nunca debió quitarle, como venía haciendo el gobierno desde el año 2002— lo hizo como estrategia para prevenir que el Tribunal Supremo tuviera que considerar el asunto. De esa manera, el gobierno ganaba lo que quería: la posibilidad de poder encerrar a cualquier ciudadano sin asesoría legal en el futuro, durante la cantidad indeterminada de años que le tome al Tribunal Supremo resolver la legalidad del asunto.  A Padilla le hicieron el favor de devolverle una fracción de sus derechos constitucionales para retener el poder de quitárselos durante un tiempo significativo a cualquier ciudadano que necesite ser ajustado. Lo que es bueno para José, pone en peligro a los demás. Padilla puede ser el próximo estadounidense que se salga de la raya; por eso, en vez de invertir la relación de subalternidad, el Caso Padilla se la extiende a toda la ciudadanía: bajo Bush, cualquier estadounidense puede llegar a ser puertorriqueño o musulmán. Para los boricuas, el Caso Padilla no deja de ser inquietante, ya que, en parte, Padilla está donde está por ser puertorriqueño pobre. Además, el Caso Padilla evoca en el imaginario boricua la violencia institucional que, durante la década de 1950, se alega que sufrió Pedro Albizu Campos, nacionalista puertorriqueño sometido por el gobierno federal a dosis encubiertas de radiación. Si al independentista le pudrieron el cuerpo, al musulmán boricua la inteligencia militar lo ha desquiciado sistemática en cinco años: de 2002 a 2007.

El nuevo orden neomedieval. La centralidad de Padilla asusta: primer ciudadano estadounidense desprovisto a plena luz del día — ¿en calzoncillos?— de las garantías constitucionales, bajo la premisa enclenque, llena de hoyos, de la guerra contra el terrorismo. ¿Se abarata, con la caída del dólar, la ciudadanía estadounidense, justo cuando alrededor de doce millones de latinos indocumentados inscritos con el sudor de su frente a la economía del país, la reclaman? Si así fuese, ¿tendrá Chomsky que repensar lo que siempre ha subrayado sobre la amplitud y la solidez de las libertades civiles estadounidenses? Padilla es el primer latino que, después del 11 de septiembre, vale por todos los usamericanos: todos los estadounidenses pueden en cualquier momento convertirse en José. Por su parte, para nada desconectado del atropello contra Padilla, después del 11 de septiembre, el ex Procurador General del Estado (2005-07), Alberto Gonzáles, constituye el último de todos los latinos: el hijo de un trabajador migrante que, a partir del año 2005, además de ser el primer latino en ocupar ese prestigioso cargo, pasó a ser el procurador que, según se ha reportado, más trabajadores migrantes ha encarcelado.  ¿Nuevo Torquemada latino? A nivel internacional, como consejero de la Casa Blanca, Gonzáles maniobró todo el aparato legal para que la administración Bush, montada en la retórica de la guerra contra el terrorismo, obviara las estipulaciones del Convenio de Ginebra (1949), legitimando de esa manera los episodios de tortura en Abu Ghraib y Guantánamo. A nivel nacional, Gonzáles se ha encargado de podar el camino legal para poner a funcionar la maquinaria que ha llevado a Padilla a la locura; manipulando los hilos de la Ley Patriota, Gonzáles ha logrado cagarse en las garantías constitucionales de todos: por eso al gobierno se le ha hecho muy fácil espiar, arrestar, procesar y encarcelar a sus ciudadanos, muchos afroamericanos y latinos y otros más, críticos de la guerra en Irak. Si en Padilla se corporiza la precariedad constitucional del ciudadano estadounidense frente al nuevo poder neoconservador del país, en Gonzáles se concreta una cagada mayor. Por el trabajo de cirugía que ha perpetrado en los derechos civiles más preciados de la modernidad estadounidense, al mexicoamericano se le acusa de aguafiestas generacional: con él terminaría el llamado sueño americano —del que dijo al resignar como Procurador General, ser un ejemplo emblemático— de las libertades civiles subrayadas por Chomsky. Como en el caso de Condoleezza Rice, una excrecencia en la historia afroamericana de la segunda mitad del siglo XX, Gonzáles constituye un esperpento en la historia social de los latinos en Estados Unidos: la otra cara —ahora grotesca, podrida, hecha mierda— del líder de los trabajadores del campo, César Chávez (1927-1993), cuya memoria profana el fiel acólito de Bus, conocido como Al.

Una rebelión privada.  Si el legado de Gonzáles ensucia la historia de lucha que han tejido los latinos —como portavoz de los oligarcas que lo manipulan, Alberto se caga en la Humanidad a nombre del beneficio descomunal de un 1% de los estadounidenses— la rebelión personal de Camilo Mejía, soldado norteamericano nicaragüense, nacionalizado costarricense, de Miami, irrumpe en el panorama de la guerra como contragolpe a la gran cagada del Procurador General del Estado: la de Camilo será la primera protesta de un soldado ante la guerra en Irak. Se trata de un sargento reservista latino —ni siquiera estaba nacionalizado— que, a raíz del 11 de septiembre, se ve catapultado a Irak  desde el contrato que había firmado a finales de los noventa con la Guardia Nacional de Miami. Camilo es un soldado interesado en la psicología, criado por una madre y un padre sandinistas,  a quien, después de haber peleado seis meses en Ar Ramadi, la guerra en Irak le parece una masacre en dos direcciones. Primero contra los iraquíes y después contra los soldados como él y sus compañeros, tropas de poco rango militar, peones con armas, explotados impunemente por el propio sistema que defienden a quemarropa, una maquinaria que a menudo los expone insensiblemente a la muerte. Complicidad crítica, la que Mejía establece con el ejército está marcada por la dimensión económica que tiñe a muchos latinos pobres; pero además, esa complicidad está marcada por una dimensión moral que problematiza la masacre y que se resiste progresivamente al matadero indiscriminado de tanta persona inocente, un negocio que brutaliza moralmente a los que sobreviven la pesadilla de saberse mercenarios. Ante nada, pues, Mejía necesitaba purgarse de los seis meses que estuvo en Irak, trabajando como soldado de las grandes compañías de petróleo; para salvarse, tenía que reclamar decisivamente la humanidad que la guerra en Irak le exigió como soldado. Por eso, el reservista Mejía se levantó contra la guerra y no volvió a coger el fusil: fue acusado de desertor en 2004. Como la latinidad de Padilla, la de Mejía se proyectó hacia toda la usamericanidad: Camilo, nombre de revolucionario colombiano, se convirtió en la moral estadounidense contra la guerra de Irak desde el propio ejército, Camilo Ernesto, nombre que heredó del Che, fue sentenciado, por negarse a matar inocentes, por negarse a engañar a su tropa con ideas falsas sobre la guerra, por negarse al trueque del mercenario, a un año tras las rejas por una corte militar.

En medio de la violencia neoliberal desatada por la cuadrilla de Bush, la rebelión personal del sargento Mejía —un complejo heredero del legado progresista centroamericano— le da otra luz a la latinidad que Alberto Gonzáles venía oscureciendo con su brutal y homicida asesoría legal, producto de una lealtad inapelable —no diré enfermiza— al presidente del país que Gore Vidal llama, los Estados Unidos de la Amnesia. Del primer latino en legitimar como Procurador General del Estado la tortura del enemigo extranjero y doméstico, pasamos, en el contexto de la privatización a quemarropa —¿por obra y gracia a un eco inesperado de Sandino?— al primer soldado de la guerra contra Irak que se niega a matar por los intereses privados de las compañías. Gonzáles y Mejía quedarán como las antípodas latinas de la masacre de Irak: el verdugo educado en Harvard contrapuesto a la conciencia del individuo moral educado en un colegio comunitario de una ciudad —Miami— políticamente reaccionaria. ¡Latinorama! La sanidad mental que, desde la legalización de la tortura, Gonzáles le arrebató a Padilla —un ciudadano inofensivo— Mejía recupera, desde su mortificación personal, para el beneficio de todos los que condenan la brutalización del mundo a nombre de la privatización corporativa. Como testimonio de su odisea personal y militar, Mejía deja un libro importante, Road From Ar Ramadi: The Private Rebellion of Staff Sergeant Camilo Mejía (2007), un buen contrapeso a la pluma tóxica de Gonzáles y a la enajenación mental de Padilla. Desde una rebelión muy influida por lo femenino —una madre sandinista y una hija pequeña, con quien el reservista ha podido compartir poco— Mejía le infunde a la latinidad estadounidense una buena dosis de la humanidad que Gonzáles, un lacayo de patas cortas, se pasó por el culo.

Ecos de Mark Twain. Si a la mano latina le ha tocado proveer la plusvalía que el sistema, a fuerza de unos tratados de libre comercio cada vez más injustos para muchos trabajadores domésticos e internacionales, demanda a gritos, a Padilla le ha tocado ser la víctima silenciosa de todo el atropello contra los derechos civiles que, desde un lacayismo a fin de cuentas simplón, neófito, Gonzáles, el verdugo, ha digitado con lealtad de perro, a Mejía le tocó desempeñar el papel de líder moral, como si se tratara de un nuevo Bartolomé de las Casas enfurecido por la destrucción de Irak. En este relevo de rebotes latinos se pasa fácilmente por alto en los medios de Estados Unidos una referencia histórica que, desde finales del siglo XIX, ha marcado la presencia latina en el país de Twain: la llamada Guerra Hispano-cubano-americana de 1898, en función de la cual el Tratado de París legitimó, entre otras medidas injustas, el traspaso de Guantánamo a manos estadounidenses, justamente donde, después de más de cuarenta años de crítica estadounidense a la política de los derechos civiles de la Revolución Cubana, Bush-Gonzáles han puesto en práctica su violencia contra el terrorismo que han fomentado a raíz de la invasión y de la tortura a quemarropa, digna de los mejores entrenamientos sistematizados en la Escuela de las Américas. Desde el silencio que omite la referencia histórica —la mayoría de los estadounidenses desconoce por qué tiene Estados Unidos una base militar en Cuba— resulta imposible no escuchar los gritos de Twain, un gringo que, al leer el Tratado de París, se hizo antiimperialista. Ensordecedores, los ecos del escritor, autor de “La oración de guerra” (1905), se hacen insoportables, sobre todo porque hay muchos —todos los usamericanos que andan pidiéndole a Dios que bendiga a las tropas y al país— que ni siquiera se han enterado de que, como país invasor, según Mark, no vale pedirle a Dios que proteja a los agresores. En “La oración de guerra,” Twain, reaccionando ante el atropello de 1898 en Cuba y en las Filipinas, se hacía cargo de esa religiosidad imperial: como cristiano, plantea el cuento, pedirle a Dios por la bendición de “nuestros” soldados constituía una brutalidad, pues violentaba la santidad del enemigo, cuya derrota o muerte Dios no podría celebrar. Sin duda alguna, en esta nueva agresión de la república imperial, Twain se aliaría con Padilla y con Mejía; a Gonzáles lo haría mierda.

LQSomos. Francisco Cabanillas. Septiembre de 2007
Bowling Green State University
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