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La Calle
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| Año V. / | |||||
Visitar la pobreza o la vida es vivir“La vida es vivir” resumía un hombre en el tren de retirada a casa. Visitar la pobreza a diario no te permite salir ileso, cuando las imágenes impactantes de ojos desolados se ponen en movimiento, el abismo de la impotencia se abre en el estomago con la misma fuerza que te hace agarrarte a la roca de la supervivencia. Es un acto reflejo de aferrarte a la vida y patear extendiendo los brazos hacia cualquier mano que quiera atraparte. La mañana comenzó con el “si tu supieras lo que yo vivo” de Lola, diecinueve años en el extremo de la carencia, la posesión como objeto y deseo de cualquiera que mire con el saber de la debilidad de ser pobre, con el pantalón desabrochado por la incipiente tripa que crece al margen de sí misma, el embarazo vomitoso que pone en marcha su sabiduría de urgencias hospitalarias, con el animo de que la expulsión del óvulo sea llamada “natural” como su primera vez. Dos veces llega la ambulancia a la infravivienda donde duerme en un colchón rodeada de sobras. Una fue hospitalizada pero no hubo suerte, resulto de alta al amanecer después de estabilizarla y certificar las ocho semanas de embarazo. Llamar a los recursos establecidos para resolver embarazos no deseados y conseguir la gratuidad de la operación, se resolvió con una llamada telefónica y una cita que milagrosamente por conjunción de astros y abalorios contra el mal de ojo, llego a su termino con una carta que certificaba: el aborto dentro de los supuestos establecidos por ley. Ella se debatía entre el bien y el mal de “la culpa” marcada con el fuego de la tradición oral y de haber asistido a demasiados olvidos de sangre familiar en Centros de Protección a la Infancia y tíos que no constaban en el árbol genealógico. La decisión de abortar le sangraba como “la maldita regla” que no venia, se prendía al “posible novio” que la chuleaba, amorataba y le arrancaba las bragas mientras le introducía la mano en la vagina, para tratar de arrancar lo que no tenia que ser suyo. Lola, juraba que no tomaba drogas y perjuraba que tal decisión era un coste sobrehumano, si todo lo que la rodeaba giraba en torno al como conseguir las dosis diarias para seguir aguantando las nauseas de la nada. Cualquier olor a dinero de la miseria atrae como “buitres leonados” a la red de la pobreza que mantiene el acecho. Su subsidio por excarcelación que no alcanza los 400 € duraba el soplo del día diez de cada mes, donde ella entraba al banco y “los allegados” la esperaban fuera para despojarla de cualquier intento de volar con “El Cuento de La Lechera ”. Ese Salario de Inserción que debe estirarse como un boleto premiado de lotería y gestionado como el mejor experto en bolsa, complicaba la explicación de solicitar ayudas de urgencia. “Tu no sabes nada de mi vida” el vomito la retorcía como un ovillo mientras escupía ascos dentro de una bolsa de plástico, “Tengo que salir de aquí, ayúdame por favor”. Y de la desesperación, con la rapidez del rayo que no cesa, pasa a la ingenuidad de la risa mientras saca del bolso un llavero con un muñeco de peluche “a que es bonito”. Y la inmediatez de la respuesta se hizo eterna porque el sistema establecido no contempla “la culpa” de la eliminación de lo que debe ser abrazado, motivado, comprendido como partes ligadas las unas a las otras. La responsabilidad social de favorecer la integración social de lo que se destina a ser excluido. El ofrecer la certeza de que va a caer y levantarse mil y una veces como un “estilo de vida” impreso en algún código secreto de la penuria, la rentabilidad social del derecho de volver a intentarlo una y otra vez de cualquier ser humano. Acompañar a Lola a la clínica, se convirtió en una visita al abismo del “Cielo de Madrid Capital”. La pobreza, el miedo, los nervios y la ignorancia se unieron en compañía y la comitiva de dos se convirtió en cinco por un ataque de solidaridad familiar de una hermana de dieciocho años, su marido de diecinueve y su hijo de nueve meses que se encontraban de visita en el apaño de la infravivienda. No se pudo convocar a la ambulancia y el coche privado fue prohibido, con la disculpa de las posibles responsabilidades del trabajador y del servicio social en caso de accidente. La consigna fue el ahorro económico y usar el transporte público mientras se pudiera. Así las cosas, los usuarios del tren de cercanías asistieron mudos a los vómitos continuados en la bolsa de plástico, donde se depositaron los restos de todo lo que debía haber ayunado y una frase nueva que alumbro el resto del día “odio ser mujer”. Hacer uso del “metro que vuela” en horario masivo nos pareció poco integrador dado el estado de la “portadora del anillo”. Parar el primer taxi, en la estación de Atocha nos dio la medida de lo que nos esperaba en la ciudad que se abre al mundo en plena obra. El segundo taxi, nos llevo a la clínica con un juego de escondites de los excluidos, negociada la subida de todos con la promesa de ser urbanitas y no manchar nada. El joven taxista nos dio la respuesta, al bipartidismo interioriorizado en la calle, al preguntar por qué nadie nos quería llevar: En su gremio también había “personas buenas y malas”. Cuando llegamos al Centro Hospitalario, continuamos dando la nota y Lola se tumbo en el suelo de la sala de espera, hecha una nausea, hasta que una enfermera se la llevo hasta la hora de la intervención. La tarde paso entre mujeres secretas, solas y acompañadas, adolescentes, jóvenes y en plena madurez, entrando según eran llamada y saliendo por su pie con la mirada y el enigma de la tristeza. A ultima hora la enfermera vino a buscarnos diciendo que se encontraba bien y dada de alta pero se negaba a dejar la cama “de allí no se movía”. Invitados a entrar en la zona de quirófanos con la misión de convencerla, la vimos tapada hasta las cejas en sabanas limpias y se nos escapo la risa nerviosa ¿quién desearía salir de allí hacia la miseria? Se levanto, fallido el último intento de pasar una noche en sabanas blancas y salimos del recinto escuchando a su hermana “no puedes quitarte las bragas con cualquiera”. Al salir, el cielo de Madrid nos reboto como un cuerpo extraño, entre llantos, risas, insultos y espumas, enfurecidas las hermanas gritaron “Os creéis los mejores pero nosotros somos una raza superior”. El montante económico del día, en dinero en efectivo, fue de unos 70€ que dieron para los billetes de ida y vuelta del tren, tres taxis, un potito y dos yogures para el niño, dos comidas frugales en el bar más cercano, compresas, antibióticos, cuatro refrescos, un paquete de tabaco para calmar el ansia, un bocadillo de jamón y un helado (antojo de Lola que salió muerta de hambre) Sin contar el coste de la operación y el tiempo empleado por el educador. Todo un derroche en el mercado de las comisiones inmobiliarias, venta de terrenos, parquímetros a metros, comidas de trabajo, obras al por mayor, dietas extraordinarias, negocios de guerra, beneficios de oro y grandes operaciones de dinero virtual. Lola a la mañana siguiente fue al juzgado a quitar la denuncia por maltrato, que había puesto dos días antes, en la noche visitaron la infravivienda un grupo de allegados al “posible novio” con amenazas inconfesables para ella y su familia. “La vida es vivir” y nosotros habitamos el coma inducido de la ausencia, mientras a nuestro alrededor se da la resistencia de la existencia. Permanecer al calor del otro que envuelto en éter se convierte en una barricada, que contiene la misma vida que te empuja a sobrevivir. Contener, encerrar dentro de si aquello que no debe desbordarse porque pondría en evidencia las maldades del sistema, los abusos, la extorsión, el engaño, la esclavitud organizada del bienestar que se vende a plazos de insalubres realidades. LQS Turón Valle. Junio 2006 |