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La Calle
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| Año V. / | |||||
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Los Moriscos Hoy en día que tanto se habla, diríamos que con unas constantes críticas y no precisamente constructivas sobre “los moros” y que algunos “ex ilustres” imbéciles y retrógrados han estado reiterando su más fervientes y católicos deseos de que esos “moros” pidan perdón por aquella invasión que llevaron a cabo allá por el 711 de n. e. y que mirándolo por el lado político, igual que el manifestado, ocurrió precisamente por las incompetencias del entonces gobierno visigodo del rey don Rodrigo. Lo mismo que ha ocurrido hoy día en que estamos invadidos por la “democracia norteamericana” que nos ha llevado a una intervención vergonzosa en un país árabe. Pues bien, ha caído en nuestras manos un libro incompleto, pues es muy viejo y mal cuidado por lo que les faltan algunas hojas, y parece que fue editado en Buenos Aires. Así mismo se ha podido sacar unos trechos en el que retrata la vida de estos españoles moriscos que por la intolerante inquisición unida al reaccionario gobierno de aquella época, ellos fueron arrojados a la incierta vida del exilio, solo porque no eran auténticos cristianos. Veamos algunos párrafos salvados tan conmovedores por sus quehaceres diarios y al mismo tiempo tan tristes por sus trágicos resultados. “Granada entera despierta sobresaltada; las ventanas se iluminan de pronto; los moradores se ponen animosamente en los alfeizares. Como las mujeres son más curiosas, se han precipitado a husmear al suceso sin pensar en su leve atuendo de uso nocturno. La espléndida cabellera de una se desparrama sobre la blanca camisa; otra muestra su blanco pecho y garganta; una tercera, sus torneados y marfiles brazos. Y todo el mundo ve que éste estrepitoso griterío, carreras y sones de añafiles no provienen sino de una lucidísima tropa de bizarros galanes moriscos, a quienes ellos conocen a todas. Bruscamente con la misma presteza y barahúnda con que aparecieron, los amadores y las bellas moras se retiran de las callejas. Y ellas tornan a sus interrumpidos sueños, en el fondo de sus camerinos, en el silencio de sus apartados dominios” La imaginación está ya echada a volar. Ahora ya hemos salido de los íntimos dormitorios. Vamos a los espléndidos y verdes vegas de Murcia, Lorca, Granada. Todo está en sus tierras florecientes y prósperas. Mil acequias, bancales y azarbes las parten con claras cintas de plata; las norias chirrían, y de ellas caen largos filamentos cristalinos; se yerguen pomposos y abundantes los árboles frutales: perales, albaricoqueros, manzanos, granados, con sus pesados frutos. Los encañados sostienen las altas matas de hortalizas; en las balsas anchas y silenciosas se reflejan las blancas nubes que surcan lentamente por el firmamento de un azul intenso; se respira un agradable perfume de habares en flor y de herrenes cortados; de un gran nogal que extiende largamente sus ramas penden gotas de agua. Si dejamos la campiña y entramos en la ciudad nos topamos, allá en algunas callejas, con un tejedor moruno, que va moviendo su telar y tejiendo estos paños recios; los reposteros que ponen en las artesas y sobre el tablero para cubrir los panes que llevan al horno. O bien hablaremos con algún herrero de menudas y toscas obras metido en su negra fragua. O acaso entramos en una alfayatería y contemplamos como va cortando y cosiendo indumentarias diversas para cristianos y moriscos. Entramos en el taller de carpintero moro y lo vemos labrando y puliendo muebles, figuras, asientos y suntuosas puertas de iglesias. Por las calles, los vendedores que van y vienen son también moriscos: morisco es el portador de agua; morisco el que nos ofrece unas babuchas o pantuflas; moriscos el melcochero que engatusa a los chicuelos con golosinas de miel. Todo este mundo de moriscos viven afanosamente, trabaja en el hierro, el cuero, la madera, la lana, cultivan los huertos, abren los caminos, represan el agua, El agua clara, el agua cristalina, el agua que calla y murmura, el agua de los anchos estanques o de los hondos pozos, el agua de Granada llega a su más alta expresión de delgadez y limpieza; el agua es el culto supremo de estos moriscos, diríamos más que a Alá… ¿Cuántas veces estos estanques interiores de palacios árabes y cristianos, en el silencio profundo de los patios, habrán visto mirarse largamente en sus espejos a las beldades moras que en las tersas superficies habrán contemplado sus firmes líneas, sus carnes blancas, sus rotundidades armoniosas? Pues todos esos moriscos, labradores de la tierra, de la industria urbana y el comercio, todos han desaparecido de España. Nos hallamos a principio del siglo XVII. Lo que entonces ocurrió con los moriscos no debemos leerlos en documentos oficiales o en secas crónicas. Pero sí de un tal Pedro Aznar Cardura de su libro: “Expulsión justificada de los moriscos españoles”, publicado en Huesca en 1612. Aznar Cardura presenció la expulsión en Zaragoza durante el mes de mayo de 1611, y durante el mes de junio, en Huesca. Es aquí un breve resumen que se ha podido salvar. A los moriscos nos los pintan abandonando confusa, atropellada y desordenadamente villas, ciudades, aldeas; iban mezclados los de a pié con los de a caballo, “reventados de dolor e de lágrimas”. Resonaba en las callejas el vocerío y el estruendo, iban por caminos cargados con sus niños, con sus viejos, con sus enfermos. Marchaban llenos de polvo, sudando, algunos en carros, apretados allí con sus personas, enceres, alhajas y baratijas. Otros en cabalgaduras, con extrañas posturas rústicas, en sillones, cestillos, ropas, sayas, camisas, etc., cada cual con lo que tenía. Otros iban a pie, rotos, mal vestidos, calzados con una alpargata y un zapato; otros con sus capas al cuello, y otros con diversos envoltorios y líos; todos saludando a los que miraban o encontraba diciendo: “El Señor en de guarde – Señores, queden con Dios”. Era entonces verano, abrasaba el sol en el llano y quiebras de las campiñas aragonesas. Les obligaban a pagar caramente el agua a los moriscos; si descansaban recostándose a la sombra también debían de soltar la pecunia. No había piedad para los pobres desterrados. Muchos perecieron en los caminos, otros fueron asesinados por los fanáticos o salteadores de caminos. Algunos naufragaron y sus cuerpos hinchados eran rematados por las bestias marinas. La empresa nacional dijo: “La permisión de Dios ha sido tal, que hasta en Turquía los infieles, en quienes los moriscos confiaban, los han maltratado y asesinados”. La duda que nos queda es si el aquí citado personaje de Pedro Aznar Cardura, que se lamenta, con todo el corazón y la razón del mundo, del trágico fin que tuvieron unos españoles llamados moriscos , si él es descendiente directo del otro Aznar que tuvimos en el poder y que aún y por muchos años tendremos que lamentarlo más como inquisidor que fue que, como gobernante del país. De ser así, resulta que las diferencias entre ambos, al igual que del protagonismo en el tiempo, son abismales. El primero con un don de hombre humanitario. El segundo, reaccionario, fanático católico que si aún pudiera hacer lo que en su momento hizo aquel gobierno del año 1611, éste Aznar lo volvería hacer. Lo que ocurre es que al no poder hacer esas fechorías sale con la chorrada de que los árabes, parece que en gen eral, quiere que pidan perdón por la invasión de aquellos antepasados de los moriscos. ¿Por qué él y su gobierno no pidieron perdón por aquellos crímenes del 1611 también…? ¡Es la rehostias! LQS . Zerimar Ilosit .Octubre de 2006 |