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Médicos suicidas
Con ese título presenta la revista Newsweek del 28 de abril un comentario de
David Noonan sobre una tragedia "invisible" hasta esa fecha, el suicidio en
USA de 300 a 400 médicos cada año, uno cada día. "Ninguna otra profesión
tiene un índice tan alto de suicidas", anota.
Tras unas 500 palabras en que cita autoridades gringas sobre este problema,
Noonan se apresura a designar la causa primera del mismo, la inescapable
depresión que acosa a millones en el globo.
Para redondear su comentario anuncia que los médicos y las autoridades están
diseñando métodos para detectar la depresión en estudiantes de medicina y
lograr el objetivo de "sane y siga sano", simplicidad que además de infantil
es imposible, como sabe todo depresivo, mal sobre el que me declaro lego
expertísimo.
El atribuir los suicidios a la depresión es también un tonto error. Es como
atribuir el estornudo al resfrío. El nudo gordiano aquí es la causa de la
depresión, de la noia, la saudade, esa "tristeza infinita que siente por la
muerte de su perro alguien que jamás tuvo un perro", definición de este mal
que, aunque usted no lo crea, usan a menudo los médicos y los textos
médicos.
Habiendo alcanzado mi séptima década, cosa que algunos creerán hazaña pero
yo considero a menudo un error, puedo decir con cierta autoridad, sobre todo
a los depresivos, que la depresión no se cura nunca. Añado que, aunque ha
diseminado la infelicidad a diestra y siniestra, es un instrumento muy útil
para los entes creativos, los que a menudo cultivan, alimentan y aprecian su
depresión con harto cuidado.
Pero acá habremos de limitarnos a la depresión que ataca a los médicos de
USA y sus probables causas. No tengo más referencia para estas opiniones que
65 años de experiencia directa con este insidioso enemigo que ahora mismo
asoma sobre mi hombro derecho y me empuja a tirarme de panza y abandonar
estas líneas.
Una de las conclusiones a las que llegué apenas perdí la última cana me dice
que la depresión se alivia en relación directa con la reducción del amor
propio, la vanidad y la importancia que se da a si mismo el paciente. Esto
es, cuanto más fácil es aceptar que uno no es más que uno (nada) entre los
seis mil millones de seres humanos que actualmente molestan a los demás, la
depresión se debilita y se convierte en apenas un malestar. No me considero
un genio por este descubrimiento, pues ya lo enseñaba Buda cuando Jesús era
cadete: la felicidad es producto de la renuncia a todo, hasta a la facultad
de pensar y la conciencia de ser uno en el universo. Así se conquista la
felicidad de que gozan las piedras, idea que me impide hacerme budista.
Pero algo que distingue a los médicos en USA, y no sólo en USA, es el
desmedido valor que se atribuyen a si mismos y ese andar de obispo laico con
que se pasean por los hospitales. Aquí, en el paraíso del trabajador, es ya
evidente los médicos son mecánicos del cuerpo y por tanto no necesitan
hablar ni considerar a sus pacientes como si fueran iguales a un médico.
Usan una infinidad de maquinarias y análisis químicos para conocer el
contenido de cada cuerpo humano y la proporción entre esos componentes,
miran de reojo los informes y hacen su Rx como si inventaran la pólvora, tal
y como hace un mecánico para cargarnos la cuenta antes de avisarnos que dos
bujías necesitan reemplazo.
Antes de continuar debo recordar un error reciente y mío y decir que NO
TODOS los médicos del mundo son iguales. Existen aún esos que llamábamos
médicos de familia cuando yo jugaba fútbol en las calles de mi ciudad
natal y que son como parientes buenos de las afortunadas familias a las que
sirven. Ahora sigo.
Los médicos de familia ya no existen entre los médicos de USA, pues que de
ellos hablamos. Los seguros que deben comprar los médicos en USA contra las
demandas legales por errores ciertos o falsos son tan caros que han acabado
con esa "especialidad". Hoy los médicos trabajan asociados con hospitales y
entidades enormes a las que protege la ley capitalista: nadie puede
demandarlas por los errores que cometen sus médicos y causan más de cien mil
muertes "accidentales" cada año. No es raro que esos médicos miren al resto
de la humanidad como ganado.
Existe otro factor que contribuye a la insensibilidad del médico ante los
sufrimientos de sus pacientes: como los militares, los médicos sufren un
periodo bastante largo en que se someten a un proceso llamado "internado"
que es en verdad un experimento en despersonalización. Todo recluta sabe que
su cabo lo trata como acémila durante un tiempo largo porque lo que busca es
destruir la persona anterior que "vivía" dentro de ese recluta para crearle
otra "persona" capaz de asesinar ancianos in vacilar. Mi lector recuerda la
media docena de películas que ilustran ese fenómeno estos días, la
transformación de un adolescente con acné en una maquina de matar. "En el
Valle de Hilea" es una.
En cierto sentido, también los médicos son máquinas de matar. Si no mataran
no aprenderían su oficio. Tienen la ventaja, como los militares, de que
pueden enterrar sus errores sin gran bulla. Por eso los vemos salir de una
operación en que las cosas salieron mal haciendo lo que Pilatos, se lavan
las manos y nos miran cansados desde detrás de una máscara.
A estas alturas mi lector creerá que yo creo malvados a todos los médicos
del universo. Pues no. Sucede que algunos creyeron en verdad en el juramento
aquel que les impedía hacer daño al prójimo y siguen su oficio como una
vocación, se dedican en serio a tratar de aliviar los dolores humanos. Es
entre estos honestos trabajadores del bisturí que se da la mayoría de los
casos de suicidio.
Un factor tal vez determinante de esta tragedia es la verdad, "invisible"
también, que nos indica que el capitalismo brutal que rige la plutocracia
más grande del planeta impide a esos médicos, los médicos de vocación, el
ejercicio de su oficio.
Lo hace convirtiéndolos en tornillos y tuercas de enormes maquinarias
desalmadas, esas entidades gigantescas que llamamos hospitales y HMO. Estos
HMO son organizaciones a menudo a nivel nacional que han hecho un milagro:
han metido un intermediario entre medico y paciente de modo tal que los
pacientes sufren un pésimo servicio y los médicos son asalariados como
cualquier vecino. El milagro: los intermediarios se han hecho ricos más allá
de toda medida. Además, la medicina en USA es el lujo más caro del universo.
Para los médicos, que no son todos unos lumbreras, la vida se reduce a una
rutina asesina que va privándoles poco a poco de toda esperanza de practicar
su ciencia como alguna vez soñaran que podrían hacerlo. Son, algunos,
agentes de tráfico: reciben al paciente, le dan la lata por nunca más de
quince minutos y lo envían a un especialista. El paciente debe esperar entre
dos y tres semanas para visitar al tal especialista. A menudo está sano ya
cuando lo visita, o muerto.
El especialista dispone de quince minutos para cada caso y practica su arte
haciendo el mudo. Algunos se pasan la vida metiendo un dedo entre los
glúteos de la humanidad para hallarle un cáncer allí, al fondo. Otros
recetan drogas que saben ineptas para curar nada serio: el resfrío, la gripe
y las alergias dominan el mundo, como mi lector sabe. Algunos lo convierten
todo en una payasada y se pasan la vida cuidando de su vestido, su peinado u
su dentadura falsa hasta parecer actores de cine. Los que sirven centros de
psiquiatría parecen más pacientes que médicos, son los que peores
depresiones sufren. ¿Tienen alguna alternativa? No. Si tratan de
independizarse, los seguros liquidan sus ahorros. Si se emplean, la vida
pierde todo sentido aunque ganen salarios más o menos aceptables. Sólo los
de gran prestigio hacen lo que quieren y ganan lo que exigen.
Usted, que es depresivo: no reconoce aquí las causas principales de su
depresión? La primera, la pérdida de toda esperanza en cuanto al futuro.
Sólo basta con aguantar 30 años para jubilarse y salir a jugar golf. Un
médico dedica casi veinte años de su vida a aprender su ciencia.¿ Cómo se
sentirá al ver que quince minutos no le alcanzan ni para conocer el nombre
de su paciente? Pide entonces un análisis químico, exige rayos X, escaneos y
torpedeos atómicos, determina que un cáncer se come posiblemente el pulmón
de ese tipo, se lo pasa a un especialista y se va a casa a comer espaguetis.
En dos palabras, no puede practicar "en serio". Su vida es un absurdo y sus
días una pesadilla. Algunos toman entonces una jeringa, se diagnostican un
ataque de desesperación y despiertan frente a San Pedro.
Si digo que he conocido a mil médicos durante los 65 años de mi depresión y
otros males, doy una cifra baja. Mi espíritu aventurero y juguetón me ha
puesto en situaciones de las mas variadas en cuanto a tiempo y lugar: conocí
los hospitales para pobres, los dedicados a la clase media y los que sirven
a ricachos. He estado en esos lugares a toda hora con diversos males, desde
una herida de bala hasta una venérea contagiada en un convento. Dada mi
edad, mi vida social incluye visitas periódicas a esos lugares. ¿Puedo decir
que tuve la suerte de conocer a un gran medico y apreciar sus milagros? No.
Si algo se hoy es que los médicos no hacen milagros y se contentan con
dejarnos en esa frontera rara entre la enfermedad y la salud en la que todos
nos debatimos. Y apuesto a que la causa de esa depresión que mata médicos es
la frustración ante el fracaso de su vida y la imposibilidad de rebelarse
ante un sistema que le ha convertido en una ficha sin valor ni importancia
alguna.
Pero eso un columnista gringo nunca podría decirlo. Para él, el problema es
la depresión a secas. Buscar la causa de esa depresión en un capitalismo
salvaje le causaría una feroz depresión después de privarlo de su empleo, su
esposa, su hogar y hasta de su celular. Eso es lo que pasa a los periodistas
desobedientes de la prensa de USA. No se haga el inocente. No me diga que no
lo sabía.
Iba a decir que los dentistas presentan índices muy similares a los de los
médicos en USA en cuanto al suicidio, pero no lo digo. Tratándose de
dentistas, hay gente que hasta se pondría contenta al saberlo. En cuanto a
los psiquiatras, mejor ni digo pum.
LQSomos. Arturo von Vacano. Abril de 2008
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