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La Calle
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| Año V. / | |||||
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Mensaje en una botella (De litro) Todos estaremos de acuerdo en que en los últimos años vivimos una crisis social en la que los valores, las normas, la moral y la ética en general están perdiendo enteros hasta el punto de ser prácticamente inexistentes en muchos de los que hoy son jóvenes y en los que ya no son tan jóvenes y que suelen ser sus padres. La mayoría de los niños y niñas que trato a diario no tienen ninguna idea de lo que está bien y lo que está mal, no hay distingos porque nadie se los ha enseñado, y ahora no se trata de buscar culpables sino de reflexionar por qué ocurren estas cosas, por qué el respeto a los demás nos parece de débiles, una mojigatería y algo tan sencillo como ceder un asiento en un autobús puede hacernos quedar como imbéciles, porque ahora lo que se premia socialmente, "lo más", es la chanza y el saltarse la ley a la torera ante impasibles miradas de unos y perplejidad de otros. Tenemos noticias a diario de las nuevas modas, hace pocos días hablaban en televisión de esa gran diversión que consiste en grabar con el móvil palizas a quien se ponga por delante y una chica comentaba que alguna vez le había recibido uno de esos vídeos y que les resultaban graciosos, a mí me parece un disparate. Desde hace algunos años me dedico a la educación, la educación y no tanto la enseñanza es el motor de mi vida, no sólo porque es mi profesión sino porque inunda también otros aspectos de mi cotidianidad, mis sentidos son especialmente vulnerables a todo lo que tenga que ver con ella y como creo que todos de un modo u otro somos, hemos sido o seremos modelos de alguna criatura en algún momento de su desarrollo, considero que la educación va más allá de la escuela, de la familia y de la televisión, toda la sociedad es responsable de su futuro como personas. Estas breves reflexiones y algunas más que podrían dar para escribir varios libros de sociología, acudieron a mí después de un simple incidente. Un viernes por la noche aparqué mi coche en una calle donde lo había aparcado mil veces y cuando llegué a cogerlo tenía una multa, efectivamente me la merecía pues habían puesto una señal de prohibido aparcar que yo no había visto. Hasta aquí es un acontecimiento insustancial que no merece ser contado más que como una anécdota del fin de semana y sin embargo ya verán que da para una reflexión. En esa calle han puesto esta señal: prohibido aparcar con una aclaración debajo, viernes y sábados. Al subir a mi coche me di cuenta que el tráfico estaba cortado, al llegar al final de la calle me detuve a mirar: seis policías municipales charlaban amigablemente, probablemente alguno de ellos escribió mi multa; sentados en las aceras, tirados en el suelo entre vasos, bolsas de plástico, vómitos y botellas cientos de jóvenes, la mayoría de ellos con aspecto de no llegar a los dieciséis años, eran las doce y media de la noche, yo me llevé mi multa y estos jóvenes la aprobación de todos los mayores a su comportamiento: emborráchate sin problemas. No quiero que esto se convierta en una moralina, esta palabra que tanto contribuye a peyorar lo que es correcto, sin embargo hagamos un alto para pensar qué mensaje estamos transmitiendo a los jóvenes, multamos a los que osan aparcar en la zona de "botellona", licitamos unos comportamientos insanos en personas que aún no están fisiológicamente desarrolladas, les hacemos creer que eso es el no va más de la diversión, no le mostramos otra alternativa, y es que esto no es más que la punta del iceberg de un problema que en estos días ha estado, y en el futuro estará, de actualidad. Tal y como yo lo veo en mi ciudad, hay tanta permisividad con estas actividades porque al Ayuntamiento le resulta mucho más rentable que planificar y presupuestar alternativas de ocio para los jóvenes de cualquier tramo de edad, que en realidad no saben qué hacer, por eso se dejan llevar tan fácilmente, por eso no tienen cultura musical, por eso no saben hablar, ni elegir ni defender lo que les gusta , simplemente porque lo que les gusta es lo que les gusta y hacen los demás y esta imitación y modelaje que podía aprovecharse para educar, sencillamente se deja pasar, eso sí con debates y preocupaciones absolutamente inútiles de los políticos de turno en los medios de comunicación porque si realmente les preocupara estarían haciendo algo al respecto más allá de prohibir, los jóvenes no saben divertirse sencillamente porque nadie se lo ha enseñado, no es que estemos maleducando, es que estamos ineducando. Yo, de momento, pagaré la multa, trataré de luchar contra molinos de viento en mi pequeña parcela educativa y seguiré pensando que un mundo mejor es posible aunque con estas sentencias siempre rememoro el título de un libro: "matando dinosaurios con tirachinas". LQS Aixaferra. Marzo 2006 |