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Año V. /

Por qué terminé siendo atea

Antes de pasar a la narración quiero hacer constancia que éste pertenece a una gran amiga, conocida en la adolescencia, cuando en aquella época no nos era posible hablar libremente y menos escribir nuestras inquietudes y hechos que hoy aquí constan. Ella me ha pedido que de a conocer lo que le ocurrió, cosa que hago con sumo gusto, narrada con sus propias palabras. Aquí están las experiencias de casi toda una vida, la de ella, pudiéndose decir que también de muchas otras personas, pues unas antes, otras después y algunas nunca jamás, dan testimonio de que fueron engañada vil mente. Hoy podemos denunciar con la cabeza bien alta todo lo que no pudimos hacer en aquellos vetustos tiempos. Los hechos son reales y concretos. Empieza así.

Si dan permiso me gustaría contarles un poco sobre mis experiencias con las religiones, y los motivos definidos del por qué terminé siendo atea. Aunque pensándolo detenidamente siempre lo he sido, lo que ocurría es el no tener la oportunidad de comentarlo, decirlo a alguien por el siempre temor y oscurantismo a que estábamos sometidos. Resulta que nadie nace siendo adepta de una determinada religión, ésta es impuesta y hasta con cierta violencia en algunas situaciones, por lo que no es un hecho natural. A estas alturas de la vida tengo la seguridad de que soy un miembro más de entre millones con la cabeza pensante y clara que habita en el Planeta.

Desde la cuna, pero no hasta la sepultura, lo puedo decir con orgullo, fui educada en la decadente, aunque siempre ha sido, en el seno de la iglesia católica apostólica romana. Y con los derechos de bautismo, primera comunión y muchísimas más, confirmación y cuantas tonterías me fueron impuestas, aún con la desfachatez de que eran por obra y gracia del espíritu santo. Fueron entre los 7 y 16 años en que permanecí en la escuela regentadas precisamente por las denominadas hermanas de la santísima trinidad.

Crecí creyendo en un dios castrado, vengativo y con semblante sombrío, al que muchas veces pedí perdón, hiriendo mis rodillas por el frío del suelo, en largas penitencias impuestas por el confesor – el cura espiritual de la escuela – el que me hacía repetir oraciones como si fuese un loro y así conseguir el perdón de dios por los pecados que jamás pude cometer. Ese reverendísimo padre espiritual, también era conocido por el gallo de las monjas, según cuchicheaban las mayores.

Hoy me pregunto ¿qué tantos pecados podríamos tener unas niñas de entre 7 u 8 años y más mentalizadas en aquellas vetustas paredes conventuales para recibir tales puniciones?

Después fui a estudiar a la Universidad al completar los 17 años, y ya en los albores de un leve cambio de mentalidad no tan retrógrada como en los colegios religiosos. Allí no había curas ni monjas que estuviesen vigilándonos como si fuésemos corderos (que es como ellos nos ven), y aún distribuyéndonos estampitas, besándoles los rosarios, escapularios que colgaban de sus cinturas; y no digamos los curas que consistían en besarles el dorso de la mano derecha, sin saber donde la abría metido... Ni tampoco la obligatoriedad de ir a confesarse semanalmente para la misa y comunión del domingo.

Me sentí inmensamente aliviada...; se podría decir que había salido del auténtico infierno y entrado en la gloria...

Siempre me ha gustado la literatura y fui una alumna ejemplar, modestia a parte, desde la más tierna de las ideas, por lo que me especialicé en Enfermería Medico Quirúrgica. A pesar de llevar una vida familiar normal con los habituales problemas cotidianos, aún continúo devorando libros sin olvidar aquellos que en tiempos pasados estaban prohibidos, malditos, o sea, por el índice del Vaticano, cosa que en realidad no los eran, hoy ya no insisten en esa absurda arbitrariedad.

Soy cuestionadora nata, creo que el punto de interrogación forma parte de mi cadena de genes... Sin embargo, no tuve oportunidad bastante de estudiar los grandes pensadores de la historia universal. Obviamente me obligaron por las fuerzas de las circunstancias a estudiar la “sagrada” Biblia, que de sagrada, en mi modesta opinión, no tiene nada. Con el paso del tiempo intenté conocer lo que las otras religiones o sectas tenían para ofrecer y si eran capaces de alucinar mis indagaciones. Pero resultó ser todas ellas tan absurdas como lo es la católica romana.

Sí, en realidad nuevas decepciones, pues querían por toda ley que yo creyese en algo, o en alguien que no es percibido por ninguno de mis cuatro sentidos: yo no veo a dios; no toco a dios; no siento el olor de dios; no escucho el sonido de su voz. No sito el paladar pues parecería muy extraño sentir el sabor de un dios... Aún más, querían al igual que la católica romana, creyese que el tal ser tiene cualidades como las de omnisciencia (lo sabe todo), omnipresencia (está en todos los lugares) y omnipotencia (él es dueño de todo).

Además, también como la otra, querían que yo creyese que era como esos aparatos de tres en uno, cosa que para la época de Adán, Eva y sus descendientes hebreos y posteriores cristianos, sería un concepto de vanguardia, ¡pero no en plena actualidad!

Ahí busqué respuestas en las filosofías orientales; en el espiritismo, taoísmo y ninguno me aproximaba a ese misterioso e invisible ser, que solo se da a conocer cuando y donde él quiere, que tiene tiempo exclusivo propio (muy diferente del nuestro); que solo es accesible por la ciega fe en cultos extremadamente barulletos, donde llegan en algunos momentos a manifestaciones histérica colectivas o escenas individuales donde la persona llega hasta tener conexiones neurasténicas privilegiadas.

Sinceramente, creo que ese dios, o mejor dicho, sus creadores, dejaron para los seguidores algo así como un recetario de bizcochos, un manual de fabricante, para que la humanidad no se desviase de los caminos dictados por él. Llego a la absoluta conclusión que el libro más vendido, pero no más leído a fondo y con el don natural de la razón, parece una colcha de retales mal cocida que propiamente un libro infalible y de inspiración divina como quieren hacernos creer, así lo afirman aquellos que perdieron la capacidad del conocimiento.

Continúo preguntándome: ¿qué clase de dios es ese que apreciaba tanto los sacrificios de corderos, cabras, aves y otros animales desde el comienzo del denominado viejo testamento hasta su final? Si él es el dueño de todo ¿por qué sus iglesias, tabernáculos, sinagogas y todas esas casas llamadas de oración necesitan diezmos y ofrendas depositadas en arcas especialmente preparadas y en lugares estratégicos dónde los embrutecidos feligreses dejan sus trabajados y sudados dineros a cambio de bendiciones y gracias que jamás serán alcanzadas?

¿Qué clase de dios es ese que en su manual bíblico hace apología al rasismo y del exterminio de pueblos enteros porque eran contrarios a sus absurdos mandamientos?

¿Quién es ese dios que hace que su pueblo, el escogido exclusivamente por él, peregrine por los desiertos durante generaciones condenados y a cuantos de sus hijos a la muerte, en busca de un oasis prometido? Eso sin mencionar a los pobres bebes del sexo masculino que ciertamente morían por cientos de infecciones o hemorragia, victimas de las ridículas circuncisiones.

¿Qué clase de dios es ese que induce a su pueblo a la guerra contra sus semejantes, solamente porque piensan de manera diferente?

¿Qué dios es ese que manda mudar sus propias leyes cuando en la bíblia afirma que en el tiempo de Moisés se vivía la época de la ley y en el nuevo testamento, con la llegada de Jesús, se vive en la época de la gracia?

¿Cómo puedo creer en el dios judío-cristiano, omnipotente, omnisciente y omnipresente, que abandona a sus más perfectas criaturas – hechas a su imagen y semejanza – por tanto tiempo a su propia suerte permitiendo guerras, genocidios y exterminios, destrucciones de preciosos ecosistemas, sin hablar en las barbaries descritas en ese su libro de los libros?

¿Será que él está apreciando todo eso sentado en un trono dorado, jugando al ajedrez con su archí enemigo, Satanás, para así ver quien vencerá la partida?

¿Dónde estaba dios cuando Hitler mató millones de personas en los campos de concentración? ¿Dónde estaba cuando la santa inquisición condenaba a morir en la hoguera, por no creer en su amado hijo Jesús, a muchos cerebros privilegiados que habrían podido acabar con enfermedades e ignorancias unos siglos antes? Y más recientemente, ¿por qué él, siendo omnipotente no impidió que ese loco de Bin Laden, Bush y sus compinches hallan llevado al mundo a una guerra más, usando su propio nombre en vano?

Son estas algunas de los cuestionarios que les hago a mis compañeros de trabajo, la mayoría, católicos romanos, evangelistas, Pentecostés y cultos tan diversos que no sabría mencionar sus nombres.

Y siempre escucho las mismas cantinelas: ¡ es por causa del pecado! ¡Cuantos castigos, solamente por causa del de la manzana y su contenido del conocimiento del bien y el mal! ¡Qué perniciosos han sido siempre, y lo continua siendo, para el hombre recibir los conocimientos!

A todo esto, recientemente resolví dar una oportunidad a ese dios, desafiándole a que curase mi marido, delante de las insistencias de amigos y parientes. Él es portador de esclerosis múltiple, patología para la cual la medicina aún no ha obtenido la cura ni determinó la etimología.

Participamos de dos cultos evangélicos y en el primero, el pastor dice a la multitud presente en el inmenso templo, que había recibido aquella tarde de domingo, un mensaje del espíritu santo, ¡mientras él asistía por la TV el correspondiente partido de fútbol! Uno de los componentes del aparato tres en uno (santísima trinidad), le había dicho al pastor que el valor de las limosnas en aquella noche debería ser entre los 50 y 100 Euros a ser depositados en la urna. ¡Eso ya en el inicio del sermón! ¡¡¡Sin comentarios!!!

Desilusionada aún así fui a otra iglesia de rito protestante, acompañada por un matrimonio adicto a ella. Y allí nuevamente estaba intentando mandar un e-mail para ese dios, desafiando la curación de mi marido a cambio de mi incondicional y eterna fe en él...

Obviamente, otra decepción, pues resulta que en el auge del culto la hija del pastor que era la que lo conducía, exaltó a la multitud para que no parasen de orar y alabar en alto, con buen sonido para que así le pudiese escuchar el altísimo señor, pues sucedió que ella acababa de tener una visión. Decía haber visto una legión de ángeles entrando en la iglesia atándose sus zapatillas para danzar en honor de Jesús, que ricamente trajeado con vestiduras de oro, estaba allí junto al altar contemplando la multitud.

Me volví hacia mis acompañantes y con una mirada de interrogación les pregunté: ¿por qué los ángeles necesitan zapatillas para danzar para ese dios? Y lo que es peor, nosotros no vimos a nadie danzar... ¡Me consideré una imbécil el estar allí!

Salí del local con un tremendo dolor de cabeza y los pies fríos, prometiéndome que jamás me dejaría influenciar por opiniones de amigos fanáticos de cualquiera de las religiones. Todas son iguales, predican el perpetuo engaño y con el inconveniente de limpiar los bolsillos a los incautos creyentes. Prefiero mantener mis propias convicciones, donde los principios morales y éticos están completamente desvinculados de cualquier religión, secta, o creencias con entidades sobrenaturales. Prefiero continuar creyendo en las ciencias y en los factores inclusive siempre cuestionados, puesto que también son factibles y con comentarios cuestionables, puesto que si a sí no fueren tampoco habrían evolucionado tanto.

Si no fuese por esa ciencia y aquellos que la apoyan tal vez la cura de la esclerosis múltiple y otras terribles enfermedades que asolan el mundo, no se podrían combatir, solo ellos con su ciencia podrán ser vencidas. Jamás una sarta de mentiras y absurdos dioses que lo que buscan sus sacerdotes, pastores, etc., es el embrutecimiento y el enriquecimiento a costa de los pueblos.

LQS Zerimar Ilosit. Junio de 2006