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Son Historia
Se lo oí a una entrevistada callejera, efímera estrella televisiva, musa
fugaz del profesional de la información, cuando éste le pidió su opinión
sobre la retirada de símbolos franquistas en los edificios públicos
estatales, prevista en la tímida, más bien pusilánime con visos de cobarde,
Ley de Memoria Histórica.
"La ignorancia es muy atrevida. Esos símbolos son Historia" respondió
lapidariamente la susodicha estrella ocasional, filósofa ella de profundidad
abisal que, tal y como se desprende del insulto que nos espetó a quienes no
opinamos como ella y del porte y vestimenta de que hacía gala, me
inclinaban a barruntar un cierto tufillo de inequívoca pertenencia a la
casta del más rancio "facherío" nacional-católico-apostólico-romano y de las
jons.
Que sí, señora mía, que sí. Que la ignorancia es muy, pero que muy atrevida;
sin ir más lejos, la suya en particular raya en la temeridad, por supina.
Porque vamos a ver: si los símbolos son Historia, también deberían serlo los
de épocas anteriores ¿O solamente merecen ese calificativo los del
franquismo? ¿Por qué, a partir del 39, se eliminó de un plumazo todo lo que
oliera a República y no se mantuvieron nombres de calles dedicadas a Azaña,
o a Largo Caballero, o a la Pepa, pongo por caso? Que yo sepa, hasta el
primer Gobierno socialista tras la Transición, con el inicio de la
modernización del Estado, no comencé a ver calles rotuladas con nombres que
no tenían nada que ver con los ínclitos generales y demás especímenes
adictos a la rebelión del ínclito entre los ínclitos "Generalísimo" Franco;
mientras que en la actualidad, en cambio, seguimos soportando, "porque son
Historia" nomenclaturas y mobiliario urbano impuestos durante la dictadura.
La postura de esta señora no viene a descubrirnos nada nuevo, realmente.
Forma parte del detestable, cansino, monótono y archiconocido discurso que
venimos oyendo a la derecha durante tantos decenios -¿o son siglos?- en pos
de su permanencia en la poltrona y en defensa de sus trapicheos, privilegios
y prebendas –entiéndanse éstas como "Oficio, empleo o ministerio lucrativo y
poco trabajoso"-
No hay más que atender a los comentarios de la derecha –por llamarla de un
modo que suene un poco a civilizado- oponiéndose sistemáticamente a toda
iniciativa del Gobierno -al que incluso niegan legitimidad- con toda suerte
de repugnantes calumnias, insultos, mentiras y descalificaciones que, al
menos a mí, me provocan náuseas por lo rastreros y vergüenza ajena al
comprobar la falta de dignidad, sensatez y escrúpulos de que hacen gala y
que por lo visto han convertido en su bandera de combate. Eso sí: disfrazado
todo de "patriotismo" -¿quién dijo que el patriotismo es el último refugio
de los miserables?- cuando lo cierto es, puesto que nos toman por estúpidos
y nos tratan con su tan habitual desprecio, que su único deseo es que
permanezcamos sumidos en la ignorancia y embrutecimiento en que siempre ha
estado hundido este pueblo bajo los auspicios, claro, del fanatismo de la
medieval santa iglesia católica, para poder ellos disfrutar en paz de su
cortijo y sus chanchullos; justamente lo que ocurría con anterioridad al
intento de subsanar tal situación por parte de la II República y que muy
oportunamente cercenó de raíz el golpista Franco.
Y para conseguir sus objetivos no reparan en nada: Mienten, intrigan y
confabulan; furibundos, piden dimisiones a troche y moche, cuando ellos
jamás han dimitido de nada ni por nada; con el mayor de los cinismos y total
desvergüenza, critican al Gobierno justamente lo que antes ellos mismos
habían hecho; y viceversa: compárese la investigación del 11-M con la del
accidente del metro de Valencia –aunque podría poner infinidad de ejemplos-
En el primer caso no parece que vayan a desistir hasta que encuentren un
resquicio, por irrelevante que sea, que los conduzca a ETA. Pero el caso del
metro de Valencia es totalmente distinto: en menos de treinta días, sin
haber aportado toda la documentación y tras haber rechazado a los expertos
que ellos consideraban contrarios a sus intereses, han liquidado el tema
autoexculpándose a sí mismos de toda responsabilidad y descartando
cualquier dimisión, puesto que ellos todo lo han hecho bien –fueron los"sociatas" los que lo planearon mal hace dieciocho años- y no se equivocan
nunca. (Ahora que caigo: ¿Alguien está buscando a dios y no lo encuentra?
Pues la respuesta es obvia: si la derecha lo hace todo bien y no se equivoca
nunca, ¡¡LA DERECHA ES DIOS!! ¡¡¡ALELUYA!!!)
No pienso que, tras este último comentario y por cuestiones de identidad, se
cree un conflicto de intereses entre la derecha y la iglesia católica: son
lo mismo.
Quizá la balanza se incline desfavorablemente para la troglodita iglesia
católica, pues mientras que el poder que anhela la derecha es material y
para conseguirlo expone todos sus trucos y artimañas disfrazándolos con mil
y un artilugios -aunque su trasfondo real se nos muestre de manera
totalmente diáfana- la iglesia, aun persiguiendo lo mismo, se escuda en lo
espiritual y predica unos preceptos que en manera alguna cumple. El más
sangrante es el de amarás a tu prójimo (teoría) y dejar morir de hambre
anualmente a millones de desheredados (práctica). Por cierto: ¿estos señores–quiero decir el clero- se han preguntado alguna vez, en lugar de
presentarse como víctimas de la intolerancia y como reclamantes de "libertad
para su iglesia", cuál es la causa de que se les persiguiera y se les
quemara iglesias y conventos? No trato de justificar semejante barbarie –hay
iglesias y conventos que son verdaderas joyas del arte- pero ¿de verdad
creen aquello de que son las fuerzas infernales aliadas con los rojos que
bla, bla, bla? ¿No contemplan la posibilidad de que el personal estuviera
harto de soportar tanta hipocresía y tanto apoyo –en su beneficio, claro- a
las fuerzas conservadoras en perjuicio del pueblo?
Con frecuencia se argumenta –argumentan ellos- que todas las posesiones de
la iglesia, invertidas en paliar las situaciones de injusticia, resultarían
totalmente ineficaces porque no alcanzarían a mitigar ni un porcentaje
mínimo de lo injusto. No lo sé… aunque ese patrimonio alcanza la cifra de
muchos miles de millones de dólares. Pero aun suponiendo que así fuera, la
sola posesión, ostentación y disfrute de esas riquezas ya constituye de por
sí una obscenidad. Y un insulto a los pueblos que carecen absolutamente de
todo.
Samuel Johnson dijo que el patriotismo es el último refugio de los
miserables; yo me veo obligado a añadir que Dios es la última coartada de
los canallas.
Se me podrá refutar comentando que la corrupción no es predicamento
exclusivo de la derecha. Tristemente, así es. Recurriendo al tópico, toda
persona, también la de izquierdas, por supuesto, tiene su precio. Todo es
cuestión de tiempo, permanencia y ocasión, hábilmente manipulados.
La diferencia –y sin que esto se tome como justificación: tan indigno y
despreciable es el corrupto de derechas como el de izquierdas- estriba en
que la izquierda, al ser "los malos", no necesita después ir a misa a darse
golpes de pecho –no es el caso de la derecha- ni asistir a procesiones ni
acudir a besar el trasero al papa de turno. Es, por así decirlo, su actitud"natural", en opinión de la derecha. Lo malo es que esa actitud no excluya
el engaño y la hipocresía, al terminar estos corruptos de izquierdas
revolcándose en la misma mierda que furiosamente recriminaban a los otros.
La ventaja que le veo a la izquierda –y no me refiero a ningún Partido en
concreto- consiste en que no engañan a nadie al proclamar, por ejemplo, que,
en un Estado aconfesional, quieren una escuela laica en la que, como mucho,
se enseñe todas las religiones como hechos sociales y no exclusivamente la
católica como confesión. Tampoco engañan a nadie al declararse –aunque no
todos- republicanos. Ni cuando avisan de que pretenden relegar a la iglesia
católica y al resto de confesiones al lugar que les corresponde: el ámbito
de la opción personal, sin intromisiones en la vida pública y sin la
financiación estatal actual. No engañaron cuando promulgaron las leyes del
divorcio y del aborto, de las que salieron beneficiados buen número de los
de derechas, sobre todo aquellos que tenían que esperar largo tiempo la
decisión del Tribunal de la Rota, o de aquellas hijas de papá que iban a
Londres "de compras" un fin de semana y ya que estaban allí aprovechaban
para abortar. Esto, si no aparecían "madres" que realmente eran abuelas y"hermanas" que fisiológicamente eras madres. Por cierto, que en los años de
mayoría absoluta "derechil" no se les ha ocurrido derogar esas leyes a las
que tanto criticaron y a las que se opusieron tan ferozmente por ir en
contra del cavernario pensamiento de la iglesia. Tampoco podemos decir que
muchos de sus miembros han puesto demasiados reparos a la ley de matrimonio
homosexual. Incluso alcaldes de derechas se dedican a oficiar uniones entre
parejas del mismo sexo –y de su mismo Partido-. Hipocresía pura y dura.
Ahora, con total coherencia, la derecha se ha negado a condenar el
franquismo como acaba de hacer no sólo el resto de partidos sino la UE en
pleno, incluyendo a los de su tendencia política –a buenas horas, mangas
verdes- y digo lo de la coherencia porque cómo podríamos esperar que
condenaran a sus padres o abuelos, si la mayoría proviene de adictos a la
dictadura…
Incomprensiblemente, cuentan con mucho apoyo popular –además del capital, la
sotana y el sable- a la hora de las votaciones. En épocas pasadas se
entiende que la clase obrera, obligada por la patronal, la Iglesia afincada
en el siglo XV, la ignorancia y la necesidad, votara a la derecha. Pero
aquellos tiempos de penuria económica y cultural no se dan en la
actualidad, al menos y afortunadamente, en la misma medida. El pueblo ha
estudiado más o menos, ya no es la masa analfabeta del 36 y no me consta que
haya excesiva presión patronal –aunque sí eclesiástica- que les inste a la
abstención o al voto en contra de sus convicciones.
Pienso que el problema de los que no votan derecha, es la desidia a la hora
de acudir a las urnas. Pasan de política, parece que no creen necesario su
voto o consideran iguales a todas las tendencias pensando que todos van a"llenar el cazo". O puede que no encuentren atractiva la oferta de los
programas de izquierda y, en muchos casos, tienen toda la razón: algunos son
impresentables y faltos de la menor coherencia, excepto para sus
correligionarios. Lo que no se puede pretender –y menos con los cuatro votos
de ERC, pongo por caso- es darle la vuelta a un Estado considerándolo cual
simple calcetín. No se puede pretender que de la noche a la mañana España
sea republicana ni federalista, si antes no se ha razonado, enseñado y
convencido a la población de las posibles ventajas o desventajas que tales
cambios reportarían; si antes no se destierra definitivamente la idea de que
los "rojos" son el monstruo de siete colas que siempre nos han presentado.
Ya me gustaría a mí una anarquía –no la de las bombas, sino la basada en
solidaridad responsable- pero soy consciente de que ello no se alcanzaría en
una legislatura ni en treinta y cinco: lo más probable es que no se alcance
nunca; pero pienso que merece la pena difundir la doctrina. Tengamos en
cuenta que la idea generalizada que se tiene sobre los progresistas es la
que tan hábilmente se ha encargado de recordarnos y reprocharnos la derecha
durante tanto tiempo: masa de analfabetos –gracias a ellos, que se ocuparon
de no alfabetizar mínimamente a la población para mantenerlos sojuzgados-
cegados por tal odio a la iglesia y al capital, que los inducía a la quema
de bienes y personal del clero, a la eliminación de latifundistas y
"señoritos" que los trataban prácticamente como a animales y a la ejecución
de toda clase de tropelías. Que las cometieron, sin ningún género de dudas,
aunque no siempre por los motivos aludidos; y en cualquier caso, hasta la
finalización de la contienda.
No así el bando rebelde vencedor, cuya trayectoria de represiones y crímenes
por simples razones de ideología se impuso a lo largo de casi cuatro
décadas, como conocemos todos sobradamente.
La izquierda, a diferencia de la derecha, no cuenta con unidad de criterio.
Cada partido pretende imponer sus ideas sobre las de los demás, a algunos de
los cuales, con frecuencia, niegan incluso su pertenencia a la izquierda;
cuando lo deseable sería definir una ideología progresista, consensuada, sin
prisas ni ambiciones partidistas ni personales, -"convenciendo" más que"venciendo" y con "vivas a la inteligencia"- y que nos condujera a un Estado
moderno, libre, tolerante, laico, republicano, culto y con bienestar justo y
suficiente para todas las clases sociales.
Tristemente, lo considero casi tan inalcanzable como la anarquía. Pero si no
se procura un entendimiento de ese tipo, la izquierda no gobernará nunca por
largos períodos consecutivos. Se le permitirá que lo haga esporádicamente,
lo suficiente para que promulgue leyes progresistas de las que se
beneficiará la derecha, pero que no se atreven ellos a promulgar debido a la
repugnante hipocresía que les es tan característica.
Hipocresía como la que demuestran en multitud de ocasiones: ante los
brutales y sospechosos incendios forestales gallegos, tachan de inmoralidad
la sola mención de la existencia de una conspiración –por si a alguien se le
ocurre involucrarlos-. No dicen lo mismo con respecto al atentado que les
costó el pase a la oposición, pues aún continúan mareando la perdiz en busca
de descabelladas y descerebradas implicaciones que les permita quedar en
posición algo más airosa que en la que les sumergió la tremenda metedura de
pata en que incurrieron.
Una derecha que se proclama cristiana, católica, apostólica y romana, pero
que no tiene el menor empacho en apoyar guerras injustas como la de Irak y
que justifica la barbarie judía con el pueblo libanés aduciendo "defensa
contra el terrorismo". Eso sí: se sintieron ofendidísimos por un pañuelo
palestino al cuello del Presidente del Gobierno.
Una derecha cristiana que guarda un infinito rencor hacia los terroristas y
que no perdona. Comprendo que la pérdida de seres queridos es muy dolorosa.
Pero los muertos no resucitarán aunque sus miserables asesinos se pudran de
por vida en la cárcel. Si existe la posibilidad de que no vuelvan a
producirse más víctimas, de que no se incremente el número de familias
destrozadas, ¿no merecería la pena darle una oportunidad a la paz, aunque la
lograra la izquierda? ¿Es preferible anteponer los intereses partidistas a
los del pueblo al que tanto dicen defender? Quien vote eso merece todo el
desprecio de sus conciudadanos.
Toda esta situación nos lleva irremediablemente – a pesar de que se nos diga
que no todos son iguales- a la triste conclusión de que la política, los
políticos, sea cual sea su signo, son una mierda. Lo siento, pero no me
están demostrando otra cosa.
Lo que ocurre es que, gobernando la derecha, además, nos podemos despedir
para siempre de cualquier atisbo de modernidad y progresismo. La derecha se
ocupa únicamente de adecentar el cortijo en su propio beneficio, cambiando
algo para que todo siga igual. Y no nos olvidemos de que la derecha vota.
Vota en bloque sin faltar ni uno, porque sabe perfectamente lo que se juega.
Haríamos muy bien los progresistas en no dejar pasar ni una sola de las
oportunidades y no abstenernos en ninguna votación. La abstención, sin
ninguna duda, beneficia a la derecha. Y aunque no nos convenza ninguno de
los programas de los partidos de izquierda, el votarlos siempre nos dará
opción a disponer de leyes progresistas, a mayor libertad, a mejor
educación, por lo menos laica, a un gobierno del pueblo y para el pueblo,
desechando, por inútil, el caduco sistema monárquico, descabalgando la
intromisión del clero en los asuntos temporales y remitiéndolos a sus
iglesias, que es donde deben ejercer su ministerio, liberándonos del letargo
en que hemos estado sumergidos por el fanatismo religioso durante tantos
siglos.
Y es misión de todos, incluyendo el sistema mediático –tal como hacen en la
derecha- la difusión y el adoctrinamiento de estas ideas. Las mentiras de la
derecha ya se las están creyendo hasta ellos mismos. Pues ya va siendo hora
de desmentirlos y luchar por un pueblo tolerante, libre y en paz.
Antonio Pulido. Agosto 2006
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