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Año V. /

Tiempos líquidos e incomunicación permanente en una sociedad veloz y voraz

Llevo tiempo leyendo a Z. Bauman y escribiendo ciertas reflexiones sobre sus libros. Yo no creo que vivamos relaciones líquidas; más bien creo que estamos inmersos en relaciones  gaseosas, tan efímeras y profundamente superficiales y huecas que ni siquiera nos pueden bañarnos o impregnarnos con cierto aroma, con cierta relajante fragancia. Son pocas las relaciones que dejan huella y nos marcan de manera positiva, amable, dichosa, pues la velocidad, la prisa por acumular "noviazgos", "amistades", "sensaciones", "experiencias"... son la meta de la mayor parte de las personas (y no quiero emplear la terminología de masa para no herir susceptibilidades.

La prisa, la velocidad es la verdadera, la única diosa y señora de nuestros tiempos es la que domina toda "relación", todo vínculo. Realmente, si uno se detiene y medita con calma, sabe bien bien que no hay existencia inútil. Puede que la anterior afirmación venga dada por un exceso de educación humanista. Lo que es indudable y verdadero, casi una certeza inmutable en los tiempos actuales es que es el dinero, el éxito y la creación de círculos de poder y prestigio lo que se exalta, se busca, se quiere, se desea, se anhela... con una ansiedad fulminante y total.

Algunos ingenuos pensamos que el ser humano tiene valor en sí mismo, independientemente de lo que sea, de lo que haga, de lo que pueda ofrecernos, de lo que pueda sentir... Eso dice Kant con palabras mucho más exactas y amables. Ese alemán metódico y amable es uno de los pocos filósofos que estuvo al margen del Poder, de los poderosos durante toda su vida... pero esa regla de oro no es llevada a la vida real y cotidiana por nadie, pues en la Universidad, en las organizaciones empresariales, políticas, sociales... todos (casi todos) buscan un sitio cerca del dorado Poder, de la Silla, de ese único dios verdadero que es y será siempre el dinero y ser el protagonista de los actos oficiales e institucionales.

Algo nos pasa a todos cuando adoramos la velocidad y la acumulación de amores, amistades, poder, prestigio... despreciando e ignorando la calma, lo mínimo, lo sencillo, lo elemental. El arte de amar, el arte de vivir, el arte de ser y gozar de lo mínimo y sencillo sigue siendo una asignatura pendiente para la gran mayoría. Y aunque somos conscientes de nuestras carencias y miedos, seguimos negándolo. Nadie quiere aparecer vulnerable ni débil ante el resto. Sin embargo, la verdadera fortaleza y dignidad se obtiene y se mantiene cuando uno puede y sabe reconocer que es igual que ese árbol que crece en el parque...

Nos hemos convertido en objetos de consumo y todo lo reducimos a una mera conquista comercial. Triste pero cierto. Hacemos inventario de nuestras relaciones tal y como hace Florentino Ariza en "El amor en los tiempos del cólera". Y hacemos esa lista para no tener que reconocer que no sabemos ni tenemos el valor para luchar por obtener y vivir ese amor, esa pasión con el ser o los seres que realmente son o pueden ser recíprocos... esos seres que pueden y saben compartir nuestros miedos, secretos, alegrías, llantos, sonrisas, deseos...

Malos tiempos para la lírica en una sociedad donde corre todo tanto que no hay tiempo de fijar un beso, de perderse en un abrazo, de tener la paciencia necesaria para demorarse en una mirada a la luz de unas velas.

Tiempos vertiginosos y apresurados, donde lo superficial domina hasta lo vital y necesario, donde el amor tiene fecha de caducidad y la amistad es simplemente unas soledades desesperadas que se unen para no sentir miedo ni dolor, para no saber que siempre hemos y estaremos totalmente solos, incapaces de comunicarnos de tanto que usamos el lenguaje formal y oficial.

Menos palabras y menos listas. Un poco de silencio y un paseo cerca de esa piedra que se sabe igual que el agua, que no necesita de la velocidad y del éxito para sentirse corazón y luz.

Seguir el juego de moda produce una acumulación de frustraciones invisibles, de pequeñas tristezas que van minando nuestro ser. Y la velocidad no nos va a salvar de nuestro final, ese final que es nuestro hermano gemelo.

LQSomos. Antonio Marín Segovia. Enero de 2008
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