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La Calle
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| Año V. / | |||||
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Jesucristo ¿actor mediocre? ¡Verifiquémoslo! Pero ante todo dejar constancias que la historia oficial, la no comprometida con el cristianismo, sus evangelios y dogmas, no hacen mención de que él haya podido existir físicamente, por lo que al llegar aquí tendríamos que dejar de escribir, por supuesto, si esa y todas las ramas religiosas que ha originado no existiesen… Sin embargo, pudo haber existido un personaje al que achacarle todo el tinglado que ese cristianismo-catolicismo ha venido montando durante dos mil años en el teatro del mundo. Mirándolo desde este punto de vista estaremos ante la presencia de un dios redentor, o solar. Jesús, a través de los evangelios puede ser Brama, Buda, Krishna, Mitra, Hórus, Júpiter, Serapis, Apolo, etc. Según la época en que supuestamente apareció ahí le pusieron otras ropas y otra muerte por la costumbre en Palestina bajo el dominio del Imperio Romano. El Cristo narrado por Juan, el evangelista, se aproxima más a esos dioses redentores que a los otros narradores amanuenses. Fue “concebido” como un nuevo dios oriental, luchando para prevalecer en oriente como antes habían luchado para imponerse sus antecesores. Él es un nuevo subproducto oriental que disputa esta vez el prevalecer en occidente. Es por eso que crearon a Jesús divino, no por causa de sus pretendidos milagros, pero por ser el Logos, el Verbo hecho carne. Esa supuesta esencia divina es que posibilitó los milagros. Es un dios antropomorfo, hecho conforme múltiples figurines idealizado por el clero oriental. Jesús no hizo milagros, él es el propio milagro… Resulta que nació de un milagro, vivió de milagros y fue para los etéreos cielos milagrosamente, de cuerpo y alma, realizando así una vez más las viejas pretensiones de los creadores de religiones: la inmortalidad del ego humano. Considerando a Jesús como un milagro, no ha podido llegar a ser histórico, por no haber sido un hombre normal, común pasando por la vida haciendo las necesidades básicas de la misma. Él fue idealizado exclusivamente para dar cumplimiento a las profecías del judaísmo; es lo que se puede verificar a través de los evangelios. Todo cuanto él tenía que hacer ya estaba predicho, mucho antes de su nacimiento. El personaje de Jesús surgió en el escenario del mundo, no como autor de la tragedia de su propio romance, pero sí y solamente como actor para representar la pieza escrita, no sabiéndose bien donde, en Alejandría, Palestina o tal vez Roma. El judaísmo colaboró con el enredo, y el Vaticano se quedó con los beneficios taquilleros. Y aún más, para garantizar el éxito total de la pieza teatral hasta hoy representada, la iglesia, ya denominada católica (o protestante), estableció un riguroso control policial desde la platea hasta el gallinero, a través de la confesión auricular. Ni el marido podía escapar a la denuncia de la esposa e hijos y viceversa. La libertad de pensamiento, o de crítica, fue transformada en delito de muerte; y entonces los derechos de las personas, desde la cabeza a los pies, fueron humillados junto al propio ego. Nunca la mentira fue (aún perdura) impuesta de manera tan salvaje como ha ocurrido durante siglos con los dogmas elaborados por el cristianismo en general. A la menor sospecha, la policía tonsurada invadía el recinto domiciliar y arrebataba el osado para un oscuro y nauseante calabozo donde las más infames torturas eran infligidas a los acusados. Después de haberles sacado el demonio del cuerpo, o mejor dicho, de haberles torturados y descoyuntado todos sus miembros, eran arrastrados a las plazas públicas para ser quemados vivos, actividad que al mismo tiempo causaba mucho placer y entusiasmo en el fanático e ignorante pueblo católico -o cristiano, si estos hechos eran también acometidos en países protestantes-. De ese modo, las iglesias se volvieron unos verdugos deshumanos ejerciendo sus poderes de manera impiedosa e implacable, al mismo tiempo que se escribía una más de las muchas y terribles páginas de la historia de la humanidad. Durante siglos el sentimiento de humildad estuvo ausente en Europa, con el agravante que fue importado al Nuevo Mundo, por lo que las mentiras triunfaban sobre las verdades. Millones de infelices fueron sacrificados porque osaban decir la verdad o no acataban los actos deshumanos. Este conocimiento de la vida y de las ciencias nos ha demostrado que las religiones para afianzarse se han valido mucho más de las fuerzas brutas que de la fe, rezos o letanías que para ese fin fueron inventadas. En relación a las “verdades eternas”, estas no han existido ni existen en sus proposiciones básicas; de esta manera Anubis, Alá, Jehová y tantos otros no son mas que otros nombres de la trinidad católica. Estas citaciones serían suficientes para probar que Jesús jamás ha existido. Ese personaje es apenas un producto de las mentes clericales, las cuales compusieron toda esa historia basada en mitos y leyendas sin olvidar el terrorismo que les siguieron. LQSomos. Zerimar Ilosit. Diciembre de 2007 |