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Año IV. /

34 años de la muerte de Carrero Blanco. ¿Beatificación?

Sólo por consideraciones personales a un viejo amigo de la infancia de Kevin Vázquez, publicamos la siguiente carta que hemos recibido en nuestro buzón convencional con explícito destino al blog; buzón que muy pocas personas conocen y tan solo por motivos profesionales o por muy personales razones, como es el caso. Por otra parte, la carta no deja de tener cierta actualidad, ya que en el mes de noviembre en el que estamos, se cumple el treinta y cuatro aniversario de la muerte del que fuera presidente del gobierno español Luis Carrero Blanco. Aniversario que nos importa un comino, desde luego, pero que no lo parece así a nuestro curioso corresponsal. Y vamos con la carta…

Hola Kevin, soy R. Carrión, no te digo más porque no hace falta. Sabes que no comparto casi ninguna de tus ideas, si así puede llamárseles, pero aprecio el hecho de que publiques las opiniones diversas y adversas que puedan enviarte algunos o algunas de tarde en tarde. Espero que procedas igual en esta ocasión.
No voy a referirme al tema de las recientes beatificaciones, llevadas a cabo por la cabeza visible de nuestra (nuestra, no tuya) Santa Madre Iglesia. No daré más vueltas al asunto. Quiero romper una lanza en pro de una nueva, cualificada y bien merecida beatificación, que está ahí esperando.
Hablo de nuestro (nuestro, no tuyo) insigne Almirante don Luis Carrero Blanco, presidente que fue de nuestro gobierno, martirizado hace justamente 34 años, en otro noviembre frío y luminoso de 1973.

Hay quienes han insinuado la posibilidad de beatificar a nuestro (nuestro, no tuyo) Caudillo Francisco Franco. No me parece pertinente. Entubado y adolorido sí, pero murió en la cama, rodeado de los suyos, que tanto mostraron apreciarle pese a que, a no mucho tardar, se apresuraron a pactar con sus enemigos: comunistas, socialistas y separatistas… Pero vayamos al tema planteado. La beatificación de jefes de Estado nunca me ha parecido conveniente. No ayuda a la labor pastoral de la Iglesia. No me uní en su momento a la propuesta planteada por determinadas cabezas poco sensatas respecto a la posibilidad de beatificar a Franco. Aunque quizás, no lo niego, tuvieran excelentes posibilidades de lograrlo.

En cuanto a Carrero Blanco, compañero del Caudillo, su mano derecha, el humilde y omnipresente número dos de su régimen, la perspectiva es otra.
Su trayectoria abona su indudable aspiración a la perfección y, tal como yo lo entiendo, a la santidad. Participó en la guerra de Marruecos (1924-1926) contra el Islam que aspiraba a la independencia de las influencias cristianas de España y Francia (de Francia menos, desde luego). Fue perseguido por el ateismo republicano, cuando el comunismo nos declaró la guerra en 1936. En 1937, huyó de Madrid y se unió a Franco ya para siempre. Se convirtió en su hombre de confianza y en su consejero en las cuestiones más delicadas. Ministro de la Presidencia, vice-presidente y, al fin, presidente del Gobierno, en junio de 1973.

Siempre al servicio de España y de la religión verdadera.
Publicó, entre otros variados textos y comentarios, el libro LEPANTO, sobre la famosa batalla contra los mahometanos turcos en que perdió su brazo esa gloria de nuestras letras (espero que tuyas también) Miguel de Cervantes.
Un libro cuyo trasfondo, aparte la anécdota militar, adquiere una asombrosa vigencia en unos momentos en que ese mismo Islam ataca una vez más, esta vez con las armas del terrorismo universal, las bases cristianas de nuestra civilización. Una obra, por qué negarlo, con vetas premonitorias casi milagrosas.
Este hombre, en fin, sufrió su martirio el 20 de noviembre de 1973.
Hombre de mar por su oficio y provincia de procedencia (Cantabria), subió paradójicamente al cielo por vía aérea, haciendo bueno el viejo y castizo aforismo: “De Madrid al Cielo”.

La explosión de la que fue víctima fue preparada y ejecutada por una organización cuyo nombre no repetiré, típicamente anti-española (pues anti-español habría de ser quien se atreviese a atacarle) y, desde luego, nada cristiana.
A manera de señal inequívoca de su llegada al cielo, el automóvil en que viajaba, tras ascender en el aire, con toda esa carga simbólica a que hemos aludido, fue a parar al patio de una residencia de la Compañía de Jesús (vulgo, jesuítas).
Esta ascensión, como gusto llamarla, ¿no es una evocación, en cierta manera santificada por su sacrificio, de la ascensión en cuerpo y alma al cielo del propio Jesucristo y de su Santísima Madre, la Virgen María?
Me perdonarás mi atrevimiento, todo sea por nuestra vieja amistad de la niñez, pero a mi así se me antoja.

No son pues comparables la muerte entubada y encamada del Caudillo, con la ascensión, repito de nuevo, de nuestro (nuestro, sí, no tuyo) Almirante y Presidente.
Además, y esto para todo buen hijo de la Santa Madre Iglesia es de importancia suma, don Luis Carrero Blanco, el día de su sacrificio, acababa de oír misa y comulgar como, por otra parte, acostumbraba a hacer casi a diario. Un hombre, pues, que vivía en permanente estado de gracia y que en estado de gracia murió.
En fin, ya me he alargado más de la cuenta, pero creo que los motivos de mi iniciativa y petición están, al menos, tan claros como en el caso, que claro está me llenó de gozo, de los 498 beatos de días pasados.
Pido, sin más preámbulos, la beatificación de don Luis Carrero Blanco, campeón del amor a la patria, campeón de la lucha contra el ateísmo, el comunismo y el Islam, muerto tras haber recibido al Señor en comunión.

LQSomos. Kevin Vázquez. Noviembre de 2007
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