La Calle |
| Año IV. / | |||||
|
Las voces de la desolación Para los vencedores de la Guerra Civil el 1 de abril de1939, representó el inicio de una nueva fase en su “Cruzada” contra el marxismo ateo y los enemigos de España que requería otra metodología: cárceles, fusilamientos, deportación, aislamiento social… La dictadura de Franco se mostró implacable con los vencidos. Circunstancias que no se deben ignorar para comprender a quienes padecieron, por tiempo prolongado y en condiciones infrahumanas, exilio y deportación. Sacar a luz estas historias anónimas de sufrimiento y desolación es tarea necesaria, con “Ley de la memoria” o sin ella. Vicente Rodrigo Andrés ejemplifica lo dicho. Nacido en el barrio de Marchalenes el 24 de diciembre de 1910, era un humilde peón de albañil y militante anarcosindicalista al producirse la rebelión militar que condujo a la guerra, en la que combatió como miliciano y soldado. Con la derrota vino el exilio y fue internado en el campo francés de Argelés, donde fue reclutado para trabajar en la construcción de la Línea Maginot, una fortificación militar tan aparatosa como inútil para frenar a las tropas de Hitler. Prisionero de los nazis desde junio de 1940, Vicente fue enviado primero al campo de Ziegenhain cerca de Frankfort, para ser trasladado en abril de 1941 a Mauthausen adonde fue inscrito con el número 4053. Un informe de la Federaction National de Deportés, Resistants et Patriotes, certifica que trabajó en el campo auxiliar de Steyr (al sur de Linz) en una fábrica de armamentos y pertrechos para la aviación germana hasta el 14 de abril de 1945, fecha en la que, evacuado de nuevo a Mauthausen, se produjo la liberación de esos campos por las tropas estadounidenses. Vicente fue “repatriado” y enviado al hospital Bicêtre en París con el cuerpo destrozado y escasas ganas de vivir. En su situación no era factible ni prudente el retorno a la tierra que le vio nacer, donde Franco no consideraba como tales a los españoles prisioneros de los nazis. El estado francés, por contra, le reconoció como deportado político, y tras un exhaustivo examen médico que certificó hasta 11 enfermedades, estableció su invalidez total. Se le adjudicó una pensión militar, como víctima civil de guerra, con la que pudo subsistir hasta su fallecimiento en enero de 1979 a los 68 años de edad. Vicente Rodrigo Andrés, vivió con dignidad su exilio interior y exterior, pese a las tremendas secuelas que le dejó su paso por los campos de la muerte. Al filo de los anos setenta, con “mucho miedo en el cuerpo y pasaporte francés”, nos cuenta su sobrino Josep Medina, cruzó la frontera y se trasladó a Valencia para visitar a sus familiares. Al parecer siempre guardó un escrupuloso silencio sobre su pasado. “No quería hablar nunca del asunto y se pasaba las noches chillando y soñando con todo lo que había pasado” ¿Se puede imaginar mayor desolación? La evocación de las pesadillas nocturnas es, sin embargo, frecuente en estos relatos. El escritor judío-italiano Primo Levi, deportado en Auschwiz, explicó la suprema dificultad en sobrevivir a los campos. “No hay –escribió en Los hundidos y los salvados- prisionero que no lo recuerde”. Tal vez obsesionado por estos recuerdos Levi se suicidó, probablemente, en 1987. Más artículos del autor El Punt del País Valenciá
Carné del deportado Vicente Rodrigo (1949) / Archivo familiar.
|