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Año V. /

Huellas de la memoria

¡Mueran los intelectuales!

El 12 de octubre de 1936 se celebró en la Universidad de Salamanca una sesión conmemorativa del descubrimiento de América, efeméride que sería exaltada por el franquismo como “Día de la Hispanidad” y “Fiesta de la Raza”. Su rector, Miguel de Unamuno , ejercía la presidencia escoltado por Carmen Polo y monseñor Plá y Daniel, acompañados por el general Millán Astray , jefe de Prensa y Propaganda del nuevo estado regido por Franco y el escritor José Maria Pemán , cantor de sus afanes imperiales… Unamuno , persona de orden se pronunció, en los inicios de la guerra, en favor de los militares sublevados. Pronto comprobó su error. El asesinato de sus amigos: Atilano Coco (pastor protestante), José Andrés Manso (diputado del PSOE), Salvador Vila (rector de la Universidad de Granada) y el alcalde de Salamanca, Casto Prieto, le abrieron los ojos. Las atrocidades en la retaguardia nacional pronto superaron, en número y consideración oficial, a las de la retaguardia republicana.

Es difícil saber, con exactitud, lo ocurrido en el incidente por el que Unamuno fue cesado y puesto bajo arresto domiciliario hasta su muerte, acaecida en diciembre, apenas dos meses después. La amarga decepción recibida y la sensación de haberse equivocado gravemente le acompañaron hasta la tumba. No existen referencias documentales ni relatos periodísticos de lo acaecido en el paraninfo por orden expresa de la feroz censura franquista. Diversos historiadores, desde Hugh Thomas a Paul Preston , en base a las notas ológrafas tomadas por el propio filósofo (que se conservan en su casa-museo) han reconstruido aquellas palabras. Alberto Reig Tapia en Memoria de la Guerra Civil. Los mitos de la tribu (Alianza, 1999), explica que Unamuno no pensaba intervenir, sin embargo, tomó la palabra, indignado, ante el tratamiento despectivo de vascos y catalanes (él era vasco) por el profesor Maldonado y la apología de Pemán sobre la misión de España, como “pueblo de Dios”, en defensa de la civilización cristiana. Siguiendo a Luciano González, Reig , reconstruye lo que Unamuno , más o menos dijo, con rabia apenas contenida: “A veces quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia (…), la nuestra es solo una guerra incivil. (…) Vencer no es convencer y hay que convencer sobre todo (…), y no puede convencer el odio que no da lugar para la compasión… Millán Astray , que perdió un brazo y un ojo en las guerras africanas, interrumpió el discurso con sus aullidos fascistas; “Mueran los intelectuales”, “Viva la muerte”, secundado por un ensordecedor griterío. Pero hay dos versiones.

Otra supone que Unamuno contestó a la necrófila invocación con unas palabras y fue de nuevo increpado por el “caballero mutilado”, esta vez el anatema contra intelectuales traidores. Incluso hay quién afirma que fue Pemán , el agitador. Pero, volvió a la carga el rector, para sentenciar: “Este es el templo de la inteligencia. Y yo su sumo sacerdote. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto”, y añadió que le parecía inútil pedirles que pensaran en España, lógicamente, desde la consideración franquista de que vascos y catalanes eran la anti -España.

José Antonio Vidal Castaño. Noviembre de 2006
Traducido por el autor para LQS
”El Turia del País Valenciá ”