La Calle |
| Año IV. / | |||||
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¿Qué hacemos con la memoria? Lo peor que tiene la memoria es que nos juega estas malas pasadas. No sé exactamente a qué obedecen todas esas sonrisas ni esas muestras de agradecimiento por la visita de tan “insignes señores”, que supongo dirán los políticos que les rodean de abrazos y les colman de “llaves de la ciudad” y de medallas de oro. A fin de cuentas, estos últimos, empaquetados ellos con sus trajes de participar en las procesiones de Semana Santa junto con los obispos y los marciales militares, los mismos ternos y las mismas sonrisas estereotipadas con que nos hacen promesas desde sus televisiones, los mismos gestos y alabanzas con que se recibía en el pasado al dictador, (con abundantes guardias civiles, bajo palio y con los “rojos” recogidos en las comisarías, por si acaso alguno tenía la tentación de repetir el intento de eliminar al “extinto”), estos, los que burlándose de los años de cárcel y de la abundante sangre que derramó este pueblo en los heroicos años de la guerra y en los durísimos años de la Dictadura; estos, se encumbraron sobre los sueños de los que un día lo dieron todo por la República, en los frentes, en las calles y allí donde les tocó bregar Creo que fue el historiador A. J. Toinbee el que dijo:”en toda ciudad hay siempre varios miles de personas dispuestas a recibir al primer conquistador que se presente a sus puertas.” Algo así ha ocurrido estos días en que hemos sido “honrados” con tan regia visita. ¿Os habéis puesto a pensar alguna vez cual habría sido la actitud de este personal si, en lugar de estos señores, acompañados por todas las autoridades locales, hubiera sido el general Primo de Rivera o el “innombrable” quien nos visitase?
Desgraciadamente, los sueños de nuestro pueblo volaban bien bajo entonces: nos bastaba con vivir en paz y en libertad, votando una vez cada dos o tres años. Pero algunos de los que tomábamos las calles entonces, aún nos preguntamos dónde estaba este señor, macizo ahora y de sonrisa fácil, cuando fusilaron a Julián Grimau, cuando agarrotaron a Salvador Puig Antich y a El Corredera. ¿Qué hacía nuestro joven Príncipe la madrugada del 17 de agosto de 1963 mientras el verdugo les ajustaba el corbatín del garrote vil a los anarquistas Joaquín Delgado y Francisco Granados?, ¿estaría orando por sus almas o hacía pesas ya?, ¿o tal vez ya conducía su potente máquina de dos ruedas sobre el asfalto de la piel de toro? Nunca trascendió una palabra de condena del joven Príncipe cuando se ejecutaba a los guerrilleros que combatían en la sierra para traer la democracia a España. Qué buenas oportunidades de congraciarse con su pueblo perdió este estudiante al no mezclarse con los universitarios que corrían entre los caballos de los grises, enfrentándose a los fachas de las facultades, haciendo pintadas contra el dictador, que expulsaba de las facultades a los profesores antifranquistas y que quería ejecutar a los vascos del proceso de Burgos; pintadas condenando el asesinato de Pedro Patiño y Agustín Rueda, pintadas por la libertad, por la amnistía y por la autodeterminación de lo pueblos de España: pintadas contra la represión. Si al menos, en lugar de ser vitoreado en compañía del Dictador en la plaza de Oriente aquel 12 de octubre, después de que éste ejecutase a los 5 antifascistas un 27 de septiembre, hubiese estado con su pueblo en esas difíciles horas, por lo menos, y aunque no hubiésemos votado su Constitución, hoy gozaría de nuestro respeto. Tuvo que estar el viejo general bajo una importante mole de granito, rodeado de tantos y tantos que conocieron el rigor de sus largos años de gobierno, para que este joven Borbón abandonara su encierro y su mutismo, (su prudencia, que dirían tantos.) Pero claro, este hombre estaba destinado a más altas misiones. También a él se le podía haber escapado aquello de: mi reino no es de este mundo... Claro que, los que no estamos nunca entre esas multitudes para que más tarde se nos vea en la tele, algunos de los hijos y nietos de aquellos que en los años heroicos sembraban de octavillas los barrios obreros y las zonas industriales en la noche franquista pidiendo a los obreros que se movilizasen contra la Dictadura y por la República, los que, y según palabras del General, “sembraban la cizaña entre los obreros”; los que no nos vamos a reconciliar jamás con las regalías de un sistema que permite que cientos de niños mueran de inanición mientras SS. MM desayunan mansamente en los cálidos aposentos del poder, los que tenemos clavados en la memoria cada uno de los nombres de los estudiantes que, como Ruano, fueron defenestrados por la policía en la noche por los patios, y el de la joven Gladis del Estal, que fue asesinada por los disparos a bocajarro de la Guardia Civil, la misma que acribillaba en esos días a Javier Verdejo mientras este escribía en un muro PAN, TRABAJO Y LIBERTAD; los nombres de los abogados laboralistas asesinados en su despacho de la calle de Atocha de Madrid; nosotros, los que perdimos nuestro trabajo tras la última reconversión industrial, aquellos que vimos fundida nuestra modesta librería por la voracidad de las multinacionales que invadieron nuestro país, los que tras bucear todo el día en los contenedores de la basura en busca del sustento diario y arrastrando por las calles un carrito de Carrefour con cartones que nos sirven en las noches para protegernos del frío dormiremos esta noche también en cualquier estación de metro, eso sí, “en libertad...”, los que rozamos la clandestinidad desde Internet y las Radios Libres, los que ocupamos y resistimos porque algo queda, los que sobrevivimos con no más de 500 euros mensuales de pensión, los que salimos a las calles en su día para gritar una y otra vez ¡OTAN NO. BASES FUERA!, los que exigimos una y otra vez la descolonización del Sahara, los que condenamos una y otra vez en esas mismas calles o en otras las agresiones terroristas de Israel contra el Pueblo palestino y las intervenciones militares del Sr. Bush en Irak, el bloqueo de Cuba y sus amenazas hacia los que no comen en su mano, los que arrastramos la pesada carga del fracaso sobre las duras playas de asfalto de las ciudades; ninguno de nosotros, señor, estaremos en esa fotografía nunca, agitando su banderita monárquica de plástico. ¡VIVA LA REPÚBLICA! |