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Año V. /

¿Qué hacer con el Valle de los Caídos?

Lo primero y principal es explicar bien lo qué es y representa. Veamos.

Por ser la ostentosa tumba del Caudillo y la de José Antonio Primo de Rivera; por sus dimensiones arquitectónicas y significación política, el Valle de los Caídos es, sin duda, el monumento público más representativo de la memoria franquista. El dictador escogió el emplazamiento de Cuelgamuros en la sierra de Guadarrama, pero, es dudoso que alumbrase la idea de utilizar los presos “rojos”, que llenaban cárceles y campos de concentración, como mano de obra gratuita para su fúnebre empresa. La decisión brotó de manera “natural” de la doctrina del padre jesuita Pérez del Pulgar, miembro del Patronato para la Redención de Penas por el Trabajo y cerebro del insólito sistema penitenciario que de él emanó: “el mejor exponente del espíritu en que se inspiró la Cruzada”. Su objetivo era tratar de “arrancar de los presos y de sus familiares el veneno de las ideas de odio y antipatria” para devolverles a la sociedad sin poner en peligro “la victoria alcanzada a costa de tanto sacrificio”.

Daniel Sueiro, en un libro publicado en 1975, constató el esfuerzo y la sangre vertidos (18 muertes directas y varios centenares de muertos afectados de silicosis) entre los 20.000 obreros, vencidos de la Guerra Civil, artífices de su construcción; así como el despilfarro de inmensas sumas de dinero, invertidas en aquellas interminables obras que implicaron a 65 empresas (Agromán y Banús, las más fuertes) y que se prolongaron hasta 1958. Las delirantes justificaciones “humanitarias” para ocultar los costes económicos del Valle de los Caídos tiene sus hitos: Cuando más desesperante era la hambruna y la miseria de posguerra, un decreto dispuso que “los gastos que origine la compra del lugar y la realización de los proyectos serán con cargo a la suscripción nacional (…) sujeta a éste fin”; en 1941 se autorizó a disponer de “aquellas otras aportaciones que el Gobierno juzgue conveniente destinar a la misma”; el arquitecto Diego Méndez llegó a declarar que la obra no había costado nada al Estado español ni a sus presupuestos, y que había sido totalmente sufragada por los ahorros del Caudillo , provenientes de cuantiosos donativos de personas adictas… Sin comentarios. Pero, los papeles de Méndez registran una cifra de más de 1.086 millones de pesetas, que Sueiro traduce a unos 5.500 millones de pesetas de 1976.

En fin... ¿Qué hacer, pues, con el emblemático monumento?

En primer lugar, explicarlo bien y explicarlo in situ con placas y paneles informativos, publicaciones escritas, foros de debate, producciones audiovisuales; con una exposición permanente que recoja su historia y las memorias que en él se concitan. Transformar, en un proceso complicado, el actual Mausoleo fascista en un Memorial Democrático . Y ello, implicará debatir y resolver el traslado de los restos de Franco y José Antonio a sus panteones familiares, así como el uso adecuado para la faraónica Basílica “menor” amparada por las inmensas esculturas de Juan de Ávalos, un socialista exiliado en Portugal y requerido para su realización en 1950.

LQSomos. José Antonio Vidal Castaño. Octubre de 2007
franquismeimemoria@ono.com

Una memoria silenciada
Los hombres y mujeres que se acogieron al sistema de Redención de Penas por el Trabajo, se dejaron la piel en minas, túneles, pantanos, edificios públicos… para reducir sus condenas carcelarias.
El Punt del País Valencià