La Calle |
| Año IV. / | |||||
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Tenemos la memoria viva “ CUANDO UNA PARTE DEL TODO DESAPARECE, EL RESTO PELIGRA ” Cuando callejeamos por las ciudades del mundo y deambulamos por los pasillos de los museos y las salas de las bibliotecas, entre esculturas de personajes cuyos nombres hace tiempo la lluvia y el viento hicieron desaparecer, entre pinturas de Goya, Delacroix, Boticelli... tratados de filosofía antigua, páginas y paginas de poesía de ayer y de siempre, arrastrando nuestro cansancio de viajeros sobre los gastados adoquines que quizás más de una vez fueron arrancados para armar barricadas con las que detener invasiones extranjeras o a los esbirros del orden burgués que hacían cabriolas con sus caballos ante los gestos de desafiantes huelguistas. Cuando nos detenemos a saciar nuestra sed en alguna vieja fuente que derrama su canción sobre la piedra desde tiempo inmemorial en cualquier paraje. Cuando a través del flotar de una cortina en la ventana del barrio de Alfama en Lisboa se filtra un viejo fado, uno no tiene por menos que preguntarse qué sería del hombre sin su memoria. Desde aquellos seres primitivos que quisieron dejar constancia de sus costumbres en los muros de las cuevas de Altamira; desde aquellos ancestrales guanches que sembraron estas islas con sus inscripciones en las piedras que tantas veces les sirvieron de refugio para finalmente, una vez traspasado el umbral de la muerte, ocultar sus restos mortales de las aves de rapiña; el hombre siempre se ha esforzado por dejar tras de si una estela que diera testimonio de su paso por la tierra. Escenas de caza, rituales guerreros y religiosos, escenas cargadas de erotismo...Así fue y así seguirá siendo aunque nuestra especie traspase los umbrales de la bestialidad a los que nos está conduciendo el actual sistema capitalista con sus guerras de exterminio, la brutal desigualdad entre los pueblos y la paulatina esquilmación de los recursos del planeta. Durante décadas, estos pueblos que conformamos la realidad nacional de España fuimos condenados a los insondables abismos de la desmemoria. Pero, pese a la brutal represión desatada y prolongada más allá del triunfo de los nacionales , recuerdo con emoción las noches de mi infancia, mientras la familia nos reuníamos en la cálida cocina alrededor de una sartén de gachas y mi padre empezaba a desgranar los recuerdos de su niñez: vendiendo atados de teas en la calle de la Ruda, recogiendo colillas por las calles y vendiendo El Heraldo de Madrid, la vaquería de la calle Monteleón donde trabajó de chico, y ya hombre, en “tiempo normal” (por la anteguerra) adentrarse de día acompañado de mi madre en un sembrado para salir en lo más oscuro de la noche cargados con un saco de espigas para matar el hambre. No faltaban los recuerdos de aquellos días previos a las elecciones que dieron el triunfo al Frente Popular en 1936, cuando las huestes de Gil Robles se dedicaban a comprar los votos de las gentes más humildes a cambio de un colchón; para, inmediatamente, adentrarse en los recuerdos de la guerra antifascista, primero con los confederados de Durruti para, finalmente, ya afiliado al P.C., combatir en los distintos frentes que le tocó. Y entonces recuerdo que aquella humilde cocina del barrio de Usera de Madrid se llenaba de nombres de batallas y de personajes que muchos años después reconocería en los libros de Hugh Thomas, G. Jackson, Pierre Vilar, Tuñón de Lara y tantos otros: los primeros combates en la casa amarilla del Paseo de Extremadura, Somosierra, la toma y sucesiva pérdida de Teruel, los fríos intensos en las trincheras de Lérida, el paso del Ebro, el Segre, Sierra Cabals, Sierra Pandols, Flic, Ascó, la 149 Brigada, Lister, El Campesino, el derrumbe de los frentes en Cataluña, el paso por Portbou al hacinamiento del cruel campo de concentración francés de Barcarés, el regreso a España y depuración en el Campo de la Bota y, como si el peso de la derrota no fuese bastante humillación, volver a aquella fábrica de Gas Madrid de la Puerta de Toledo donde trabajara antes de julio del 36 y tener que oír que, “si quería trabajar de nuevo allí, habría de hacerlo como nuevo, sin reconocimiento de antigüedad alguno, y sino, que no hubiese ido a la guerra”... Y así, hebra a hebra, con los nombres de los héroes de los tebeos de aquellos años unidos a los hechos de los guerrilleros antifranquistas que seguían hostigando al Régimen y que se filtraban hasta nosotros pese al férreo control informativo, con el recuerdo de todas las viejas películas que vi en mi infancia con mi padre en los ya desaparecidos cines Usera, Legazpi, Delicias y Olimpia, entre nombres de cordilleras, de lejanos ríos y enumeración de reyes godos, se fue tejiendo algo así como un tapiz que aún hoy conservo íntegro. Para desgracia nuestra, a España, con Japón y algún otro país que desconozco, no le alcanzó la euforia ni las celebraciones tras el triunfo de los aliados sobre el nazismo aquel mayo de 1945. Fuimos de los pocos pueblos que no pudimos salir a celebrar el anhelado aplastamiento del aparato militar que tantas vidas se había cobrado desde el ascenso al poder del siniestro Adolf Hitler en enero de 1933. A nosotros no nos cupo el gozo de tomar las calles de nuestras ciudades para que nuestras mujeres besaran a los sonrientes soldados libertadores de ciudades, de broncos soldados que hubieran participado en los desembarcos de Sicilia, de Anzio, en Normandía, que hubieran curtido sus pieles los tórridos climas de África frente a las tropas de Rommel; hombres que vieran ondear las rojas banderas del proletariado sobre las calcinadas ruinas de la en otra hora orgullosa cancillería del III Reich; las tropas de una República Española que debió salir victoriosa de aquel primer ¡NO PASARÁN! de julio de 1936 si el mundo se hubiese volcado en apoyo a la primera democracia, el primer pueblo en sufrir la agresión del fascismo internacional. En Madrid, en aquella ocasión no hubo hondear de banderas desde Cibeles a Sol, ni recorrieron las aceras de Uría en Gijón las gozosas multitudes agarradas del brazo de aquellos comuneros de las jornadas de octubre del 34; ni sonaron las sirenas de los barcos anunciando el triunfo en las bocanas de los puertos de Las Palmas, en Tenerife, en el Grao de Valencia, de Alicante, Bilbao, San Sebastián, el Musel, Melilla, Ceuta, Cádiz, Barcelona, Vigo...,de donde debieron zarpar los barcos que llevaran a las tropas republicanas españolas a combatir al fascismo a los distintos frentes del mundo junto al resto de países democráticos; ni se agotaron los percales rojos para atender la demanda de los obreros y obreras del barrio sevillano de Triana; no anunciaron un minuto de silencio por los millones de vidas segadas por el acero de los Krup y la Siemens las sirenas de las fábricas de hilaturas de Cataluña ni las de las minas de Almería ni las de Etrubia. Tampoco doblaron al viento los viejos metales de las campanas de los cristianos templos de Ávila, Segovia ni de Burgos anunciando a las claridades y a los nacientes trigos de Castilla la buena nueva. Nadie pidió un minuto de silencio tampoco en las salas cinematográficas de nuestras ciudades que en esos días pasaban los documentales de ciudades arrasadas, mártires como Guernica, de la vesania nazifascista. París, Nueva York, Moscú, Londres tuvieron sus horas de gloria tras los intensos bombardeos que asolaron Europa. Cartier Bresson, Robert Capa, Hemingway y numerosos novelistas de la época dejarían testimonio del gozoso regreso de las tropas de Montgomery, Zukov, Leclerc y Eisenhower, mientras aquí, las viudas de los “voluntarios” de la División Azul cubrían su dolor con los oscuros percales del luto o esperaban que un milagro les devolviera al hombre que había quedado atrapado por los hielos en la estepa soviética en la “cruzada contra el comunismo” del General Muñoz Grandes. No, que nadie soñara con que los generales fratricidas que estrecharon las manos de Hitler y Mussolini, los que redujeron a cenizas las ciudades, los que se erigieron en dueños de vidas y haciendas, los que recibieron de manos de la Gestapo a Lluis Companys, Julián Zugazagoitia y Fco. Cruz Salido para fusilarlos a sangre fría al pie de los viejos muros de la católica España, los que pusieron ceniza en los ojos y en las bocas de los poetas amados, allí donde nacía la luz más pura, el que fue conducido bajo palio hasta el altar donde eternamente sangra y agoniza el Redentor, no iban a ser juzgados en la ciudad de Nuremberg. No, en aquellas estancias de la hermosa ciudad alemana no serían convocados para rendir cuentas por sus crímenes contra la humanidad ni Francisco Franco Bahamonde, ni Emilio Mola Vidal, ni Gonzalo Queipo de Llano ni José Sanjurjo, ni aunque fuese en ausencia de estos. Aquí no bajaron de las luminosas claridades de las cumbres nevadas ni de las oscuras breñas astures heroicos y victoriosos guerrilleros, de piel quemada y barba de meses y cantando alegres aires populares, para pedir cuentas en las plazas de los pueblos y en juicios populares a los caciques y a los torturadores, chivatos y colaboracionistas por sus delitos contra la población. Diéranse por contentos tanto gañan y tanto sindiós que los vencedores no pasaban la reja del arado a toda aquella tierra, exterminando a los hijos de Pasionaria y aventando su simiente para que, por los siglos de los siglos, no volviera a crecer su simiente en las tierras del apóstol Santiago. Por largos años aún de caralsoles, de tediosos nodos, de severos y marciales desfiles militares y procesiones religiosas, humillantes y amenazadores haces de flechas recibirían a la entrada de los pueblos a cuanto caminante se adentrase por las tierras de Castilla y vigilarían con atenta mirada de águila la labor cotidiana de mansos campesinos que en otra hora escucharan con la boca abierta y los ojos encendidos de fiebre las palabras de los dirigentes de la CNT, del POUM y de Pepe Díaz, de aquellos que incendiaron los pastos con las palabras tierra y libertad , los que cosecharon estas tierras, estas soledades y aquellas mentes con las palabras de Marx, y Lenin. Tendrán que pasar muchos años aún para que sean rescatados los huesos de tanto hombre y tanta mujer sembrados por las tierras de nuestra geografía y que dieron sus vidas por el progreso y la libertad. A algunos cientos, miles quizás, jamás les alcanzará la reivindicación de la salida a la luz de sus restos mortales pero, cualquiera que sea su nombre, su memoria estará viva en tanto los viejos árboles de nuestros pinares y de nuestros hayedos iluminen nuestros campos y nuestro paisaje, en tanto alguien, en su memoria, despliegue la bandera por la que ellos murieron, en tanto tenga sentido para los hombres y las mujeres el verso de Miguel Hernández : para la libertad, sangro, lucho, pervivo ¡¡ VIVA LA REPÚBLICA!! |