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Año IV. /

Visita al Pardo
Piedras y sombras en la memoria                                                                                                                                                                           
  “Yo soy el centinela que nunca se releva, el que recibe los telegramas ingratos y dicta las soluciones; el que vigila mientras los otros duermen” (Palabras de F. Franco a los militares en el Museo del Ejército el 7 de marzo de 1946)

Con motivo de un viaje a Madrid el pasado mes de noviembre tuve ocasión de  hacer una escapada al Palacio de El Pardo, última morada en vida del general Franco, quien lo habitó con su familia desde octubre de 1939 hasta su deceso en 1975.
Eran los últimos estertores del otoño y una auténtica fiesta de colores se celebraba en aquellos jardines que, durante décadas, habían sido testigos mudos del largo invierno que tuvo que padecer este país durante los 36 terribles años que duró la ocupación de esos aposentos por parte de tan siniestro personaje.

Ya todos, o casi todos, sabemos como administró este individuo (que pareciera escapado de la obra de Bram Stocker) la finca patria que, mientras escribo este artículo, aún llamamos España. Y cuando hago alusión al temido Conde no lo hago gratuitamente: cómo explicarse si no que hoy, 32 años después de fallecido el hombre que convirtió en tinieblas y lugar oscuro el país de las claridades, el país de la luz, de las generosas cosechas de manzanas flores y naranjas, aún hoy tengamos que leer en la prensa que, por poner un ejemplo, en la isla de Tenerife (donde tuvo sus orígenes el día de la bestia y donde se da mayor número de monumentos y de placas franquistas de todo el país) la mitad de la población se opone al desmantelamiento de tales símbolos, por no hablar aquí de la domesticidad de una clase sindical y política que parece que a lo único que aspiraba, tras la muerte de la Dictadura, era a un saneado sueldo de funcionarios y que ha llevado al hastío y a la pasividad a una clase obrera con una dilatada tradición de lucha y actividad obreras.

Evidentemente, no es exagerado afirmar aquí que este país fue parcialmente vampirizado por quién durante décadas secuestró sus libertades y domesticó sus conciencias hasta reducirnos a meros productores, un término tan del gusto de los jerarcas del régimen. 
Paseo por estos pasillos y por estas galerías y, junto a las innumerables imágenes que se me agolpan en el recuerdo de nodos en los que el General en cuestión inauguraba pantanos, pescaba voluminosos atunes, era aclamado por nutridas multitudes en plazas y avenidas de nuestra ancha geografía, mientras exhortaba a las tropas que durante los grises años de su Dictadura, en compañía de los fieles camisas azules, fueron máximos garantes de la paz establecida a raíz del triunfo del glorioso movimiento nacional del 18 de julio de 1936; junto a los brillantes desfiles por el Paseo de la Castellana hacia los que tan aficionado se mostraba, se me vienen a la memoria también arrugados rostros de ancianas madres, de macilentas esposas, rostros surcados por las privaciones de los duros años de ancianos campesinos que escriben al Generalísimo una petición de clemencia para aquel hijo que abandonó un día aquel pueblo para combatir en la sierra por la República y por la reforma agraria y que, en las horas aciagas de la derrota, esperaba en capilla por habérsele encontrado en el hombro señales de haber disparado un fusil. Ni en cien años que viviéramos los que, habiendo nacido aún con la bandera la República ondeando sobre los cielos de nuestras ciudades, tuvimos la desdicha de conocer el periodo más largo de paz social en España. Ni en cien ni en doscientos años que se nos diera vivir lograríamos apartar de nuestras mentes los largos años de humillación y de silencio que trajo aparejada la interrupción del proceso democrático por parte del ejército.

Paseo por este despacho en silencio, limpio ahora de aquellas montañas de documentos del pasado, definitivamente huérfano de su inquilino, aquel que, al decir de sus hagiógrafos, era el último español en apagar la luz de su despacho para velar por el bienestar de los españoles y por todo Occidente, para que la hidra marxista no penetrase de nuevo en la finca patria;  ya definitivamente apagada la pantalla de la sala de proyección y del primer televisor que iluminó las oscuras vidas de aquellos españoles que no habían aún logrado escapar del cepo patrio hacia la emigración, como definitivamente silente permanece el teclado de la máquina de escribir con la que se defenestraba a ministros y directores generales, a catedráticos montaraces, Quizás lo que en aquel despacho del viejo General  más impone es el silencio instalado entre aquellos viejos muebles y bajo aquellos muros, en otra hora impenetrables para aquellos que buscaban acabar con la espada más acrisolada de la Cristiandad.

Atrás, entre hermosos tapices, realizados algunos a partir de cartones del genial sordo de Fuendetodos, entre lujosas lámparas y frescos de afamados pintores, van quedando los ecos de los himnos patrióticos de las grandes concentraciones de sus incondicionales ante el Palacio de Oriente, cuando los gobiernos, que no comprendían el peligro que les acechaba ante la inminente invasión de las hordas del marxismo asiático, retiraban momentáneamente a sus embajadores para regresar años después y disculparse por la ausencia. Atrás quedan los viejos y fieles aliados y los abrazos en Hendaya y Bordiguera con Hitler y Mussolini, el Pacto Ibérico con Portugal, las masivas peregrinaciones marianas a Covadonga para rogar a la Virgen que velase para que Pelayo no envainara jamás su espada en defensa de España; el negro automóvil blindado (regalo del Führer) que avanzaba suntuoso y formidable por las amplias avenidas de aquellas ciudades reconquistadas para el Sagrado Corazón de Jesús.
Atrás, en definitiva, queda todo aquello que no le será necesario para la eternidad que le aguarda, montando guardia junto a los luceros, junto a los que cuyo destino estaba por encima de las pasiones y lo material, lejanos y oxidados en el recuerdo los nombres que tanta gloria dieran a España en el pasado: Marruecos, la Legión Extranjera, Millán Astray, los luminosos días la Academia de Zaragoza, Asturias, Mola, Sanjurjo, la liberación del Alcázar de Toledo, la Batalla del Ebro, el Congreso Eucarístico de Barcelona y los tedeums con saludos a la romana de los obispos, la estrecha amistad con el rey Abdullah de Jordania y del hermano marroquí, Mohamed V, quién no esperó a que expirase el anciano General para iniciar con sus tropas y su pueblo la voraz Marcha Verde,  la Virgen del Pilar, los palios, las radiantes sonrisas y los apretones de manos de complicidad de los que ya veían en Él al Jefe Supremo de la Cruzada en aquel día del verano tinerfeño del asadero del Monte de la Esperanza en 1936, las piezas cobradas en las monterías de las crestas ibéricas, el Pazo de Meirás, el Azor y su encuentro con aquel pretencioso Borbón que, después de brindarle su colaboración en 1936 para combatir en el bando nacional, tuvo la veleidad de pedirle que dejase el poder y accediera a que, él, el auténtico sucesor de Alfonso XIII, fuera repuesto como rey de España; los reyes y reinas de Europa que se extenuaban en agradecer al Dictador que a su muerte, ni un día antes, fuese repuesto en el trono aquel nieto del que un día fuese expulsado del país por su pueblo. Como desvaneciéndose en la distancia, entre el polvo de los días del pasado, van quedando también los nombres de aquellos que no alcanzaron la gracia de comprender su misión en la tierra, los eternos enemigos de España, los que sembraron la cizaña en el solar patrio y, después de incendiar con sus consignas la casa común, huyeron al extranjero para unirse en contubernio para quebrar la paz social reinante en España para envidia de propios y extraños.

Cuesta reconocer en este palacio la atalaya donde se asomaba Aquel a quién nada se le escapaba, Aquel que tenía la potestad de oír crecer la hierba por las noches aún en el lugar más apartado de sus dominios, El que era puntualmente informado de los pasos de cualquier caminante que, extraviado, penetrase en sus tierras, aquel lugar cuyo nombre en la antigüedad las gentes más sencillas solo se atrevían a pronunciar en voz baja, y siempre para bien, por si los servicios de inteligencia, siempre atentos, pudieran oír una palabra desafecta al régimen; sin permiso de El o de sus ejércitos de espías nadie abandonaba estas tierras sin peligro de caer en las redes de la temida Guardia Civil. Nada o muy poco se escapaba a su control, pues incluso tiempo hubo en el que no se recogía una espiga sin que esta fuera antes supervisada por el Servicio Nacional del Trigo. Podría decirse que, sin el permiso del Señor de las Batallas, El Señor de las Cosechas, El que era fielmente informado de lo que se leía y de lo que se comía, el tamaño del cabello de sus súbditos y hasta la longitud de las sayas de las mujeres; sin su aprobación, no descendían en su suave caída las hojas de los árboles en otoño ni bendecía los campos la necesaria lluvia del invierno. Decreto a decreto convirtió sus tierras en un lugar fuera del planeta, y si alguien quería expresar un pensamiento ajeno al Fuero de los Españoles o contar un chiste sobre Él o sus instituciones, más le valiera hacerlo en el vientre de una mina o en la soledad de un cementerio, pues nada escapaba a sus agudos oídos ni a sus ojos. Hasta la lejana Francia se prolongaron sus invisibles tentáculos para perseguir a sus enemigos del pasado, que buena memoria para los números y buen pulso si que tuvo hasta el final de sus días para administrar, el trigo de sus tierras y el hierro que aplico a sus eternos rivales, que fueron numerosos los que se le escaparon cuando, apuntando el alba de aquel día de julio de hace setentaiún años en que su pasión cinegética le llevó a emprender la mayor cacería de que tengan memoria estas tierras, trazó con su flamígera espada una raya en la tierra que marcaba el límite de sus posesiones y juró sobre el brazo incorrupto de Santa Teresa que España, mientras Él viviera, no volvería a ser tierra de promisión para el liberalismo y otras pendejadas.   
    
Me alejo de este lugar en el que ya no se oyen desde hace años sobre el pavimento los marciales pasos de la fiel Guardia Mora. Contra estos muros en otra hora temidos se estrellaron las peticiones de conmutación de pena para las Trece Rosas, aquí, una y otra vez, naufragaron las peticiones de indulto para Julián Grimau, para Salvador Puig Antich, para Agustín Rueda, las del Obispo Pildain a favor de El Corredera, agarrotado en la prisión de Barranco Seco, a tan solo unos minutos de donde son escritas estas líneas. Aquí se daba una y otra vez el ENTERADO para la ejecución de Lluis Companys, de Francisco Cruz Salido y Julián Zugazagoitia. Cuántos siglos de cárcel sumados entre los hombres y mujeres de este pobre país, cuánta sangre derramada inútilmente en ambas orillas de estas dos Españas para que yo pueda ahora deambular por estos ámbitos, con un pañuelo con los colores  republicanos anudado a la bolsa de la cámara que un vigilante muy correcto me impide utilizar.

  Me alejo con la convicción de que, aunque desaparecido el inquilino de esta mansión, el peso de su sombra permanecerá aún largos años en las conciencias de una parte importante de este pueblo que se niega a enterrarlo, y que cree que su irrupción en la historia de España fue providencial. Permanecerá por largos años para ejemplo de lo que puede ocurrirnos si nos excedemos en soñar, si nos empeñamos en borrarle definitivamente de nuestra memoria y del paisaje de nuestras vidas y de nuestro horizonte. Porque en tanto una sola institución impuesta por el viejo General en vida de éste, como la Monarquía, permanezca, no habremos liquidado el franquismo en este país; en tanto ese mausoleo del Valle de los Caídos no adquiera el carácter democrático que desde el pueblo llano se exige, no habremos expulsado al último demonio del jardín de nuestra infancia. En tanto una sola decisión que mandó al paredón o a la cárcel en su día a un hombre o una mujer, en nombre de aquellas leyes surgidas del nefasto alzamiento fascista de 1936, no sea revocada condenada y puesta al margen de las leyes de este país, es más que manifiesto que aún vivimos bajo la tutela del ejército y de las leyes surgidas de la mano de los golpistas de entonces. En tanto aquella República cuajada de virtudes y de defectos no sea restablecida, no seremos dignos de que nos sean restituidos los restos mortales de aquel viejo poeta antifascista y republicano que fue a sembrar sus huesos al otro lado de la frontera y que nos dejó tan bellos como contundentes versos:

Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios,
que una de las dos Españas ha de helarte el corazón 
              
                                                                        ¡¡VIVA LA REPÚBLICA!!

LQSomos. Ángel Escarpa Sanz. Diciembre de 2007.  Islas Canarias
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