Bush, o el dedo que tapa el sol

Con un discurso ramplón, demagógico, repetitivo y, en definitiva, simple, George W. Bush, el Presidente de los Estados Unidos, se presenta diaria o semanalmente a la opinión pública nacional y mundial. La respuesta y reacción entre los que no somos sus partidarios es rápida y clara: concluimos con que nos encontramos ante poco menos que un subnormal; nos planteamos cómo es posible que tal elemento haya conseguido llegar a dirigir la Casa Blanca, etc. Las críticas, ataques y bromas contra el Presidente yanqui se reproducen por doquier en casi todos los círculos: todo el mundo parece estar en contra del mandatario. Lamentablemente, en la mayoría de las ocasiones, las críticas y burlas hacia Bush no son más complejas o profundas que las afirmaciones que éste nos suele regalar. La crítica y el insulto bien podrían convertirse en un fin en sí mismo, en un entretenimiento y pasar, de este modo, a integrarse perfectamente en el sistema.

Tener un chivo expiatorio en la Casa Blanca -alguien en quien puedan reflejarse las contradicciones y decisiones más extremas del gabinete- puede resultar una ventaja para el Partido en el poder y, por supuesto, para las instituciones e intereses económicos que se encuentren detrás de éste. Dentro de veinte años recordaremos la invasión a Iraq como un acto tramado por el tonto-malvado de George Bush, y no como la consecuencia de una política imperial agresiva y sin escrúpulos que cumple ya muchos lustros y que continuará cuando el dirigente republicano abandone la presidencia.

Al criticar a Bush, al demonizar al burócrata-percebe, perdemos la oportunidad de observar las fuerzas que operan detrás del portavoz. La industria militar, los distintos intereses empresariales, así como una tradición de invasiones pasadas, quedan eclipsados por cuatro estúpidas frases lanzadas diariamente por un orador que cuenta con una formación académica tan alta como la de su rival en las filas demócratas.

Pensar en Bush como en el peor de los demonios y el causante de todos los males terrestres (guerra en Iraq, cambio climático, amenaza a Irán,…) nos hará prácticamente venerar a pasados presidentes como Clinton, Kennedy o Ronald Reagan -causantes todos ellos de estupendas invasiones y desastres a la americana- y aliviarnos al ver que un Kerry, un Gore, o, incluso, Cheney o Rice alcancen la presidencia. Quedándonos en la burla a Bush será fácil entender la historia como consecuencia de las decisiones de ciertos individuos y no como un proceso más complejo. Probablemente, entre algunos de los críticos anti-Bush se encuentren los mejores partidarios del modo de hacer de los Estados Unidos: se ha conseguido crear un tonto para dirigir las acciones más tontas de la nación más poderosa, por lo que se corre el peligro de que éstas queden así justificadas. Muerto el perro, la rabia cundirá tanto o más que antes.

LQS Andrés Villena. Abril 2006

 

 

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