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La Calle
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| Año V. / | |||||
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Murcia. Desaguar «El calor me hizo despertar al filo de la medianoche. Y el sudor. El cuerpo de aquella mujer hecho de tierra, envuelto en costras de tierra, se desbarataba como si estuviera derritiéndose en un charco de lodo. Yo me sentía nadar entre el sudor que chorreaba de ella y me faltó el aire que se necesita para respirar» Cuenta Galeano que oyó decir en la costa colombiana del Pacífico que la hormiga, al principio de los tiempos, no tenía la cintura finita: era redonda y estaba toda llena de agua. Pero dios, habiendo olvidado regar el mundo, le estrujó la panza y de ella nacieron los siete mares y todos los ríos.
Esta última frase, en tono triste y con la templanza que dan los años, fue pronunciada por la anciana de pelo blanco recogido en un digno moño que me encontré cuando daba un paseo por la margen del Segura, a la altura de El Raal. Aquella tarde de abril, contradiciendo las palabras del refrán, parecía haber despejado de su techo cualquier mota de nube que pudiera traer una lluvia breve. El sol se afanaba por juguetear entre mis ropas mientras me hacía cosquillas al barnizarme la piel. Al borde del camino, una higuera de buena sombra me atrajo hasta su regazo para descansar del paseo. Al poco de estar allí sentado, apareció por la senda una viejecica de pelo nácar que contrastaba con el luto cerrado que guardaba. A pesar del silencio que me regalaba la tarde, no había oído sus pasos ni había visto su figura en el camino. Con una mirada dulce me saludó, se acercó a la sombra y acepté su compañía con la complicidad de quien espera escuchar palabras embadurnadas de memoria y piel curtida. De su delantal sacó un rosario de madera del que iba acariciando cada una de sus cuentas. Al roce de sus dedos, la madera adquiría un brillo especial. Así como si el tacto de su piel manchada de experiencia, alumbrara cada uno de sus movimientos. Una leve brisa trajo sus palabras pausadas. Me contó que estaba hilando lágrimas por la muerte de un campesino que si bien aun no había muerto, sí padecía de la despedida de quien se está apagando. Extrañada y sin hallar explicación a aquel caso, me explicó que era la primera vez que había aparecido una peste tan desoladora como aquella. Había puesto todos sus medios adivinatorios y por más que consultaba a su memoria, no le llegaban recuerdos de una enfermedad parecida. No se había dado en los días de su tierra un germen tan dañino y maligno. Varios médicos habían acudido para salvar al señor, pero ninguno era capaz de dar explicación a tales síntomas, no había conocimientos convencionales capaces de catalogar tal mal. Ahora, me susurró, la familia desesperada iría en su búsqueda, como última esperanza. Se aferrarían a sus conocimientos, pues si bien en otro tiempo la catalogaban de vieja chiflada y cuentista, ahora pondrían su fe en ella con tal de hallar un remedio que alivie el padecimiento del viejo. Ella ya tenía conocimiento del caso sin necesidad de haber visitado al enfermo. La huerta le había revelado lo que las palabras después propagarían por el viento. Había leído en los meandros del río el desafortunado suceso. Había interpretado los surcos que dejaba el río en sus márgenes y se lamentaba de que no era un caso aislado, pues la corriente débil del río representaba una cadencia penosa; una cadena donde campesino tras campesino, día a día, caía en aquel dolor. El pueblo huertano, amante, siervo y bienhechor de su entorno, estaba condenado a padecer la grave fiebre atípica a la que lo sometía esta nueva plaga. El cuerpo de quien ya la estaba padeciendo se iba endureciendo. La piel se deshidrataba e iba convirtiéndose en una superficie áspera, seca y rugosa. Perdía la oxigenación que hacía mantener la vigorosidad del cuerpo curtido a base de azada soleada y tandas de riego lubrificadas con relentes de lunas serenas. Envuelto en esta fiebre desaguadora, el cuerpo huertano representaba el paralelismo que estaba sufriendo la tierra. De ambos era extraída hasta la última gota de agua. Se convertían en una superficie infértil, inhabitable; desolado paisaje de un hombre que se desaguaba en su cama, consumiéndose su cuerpo al compás que se consume su huerta, su tierra. El carácter y la cultura de su pueblo, su medio, su vida. La anciana clavándome una mirada fría de desconsuelo y compasión me reveló que aquel líquido que se desagua del cuerpo del huertano, fluye desde su lecho de muerte, traza regueras guiadas en medio de la noche por la guadaña de un silencio desolador. Al amanecer el reguero de agua sincera huertana se ha convertido en hilo de ambición traidora que aparece en otra cama, mojando otras sábanas. Es el sueño dorado, la incontinente micción nocturna de todo el conjunto de especuladores inmobiliarios, políticos, constructoras y demás comisionistas que se despiertan excitados después de soñar con enladrillar el último paraíso. LQSomos. Adrián Ballester Cerezo. Noviembre de 2007 El Raal, Murcia. |