La Calle
Los especiales de LQSomos
Campaña: Apoyo a los juicios contra los genocidas en Argentina
La Gavilla Verde
Creative Commons License
Envía esta página
Escribe el e-mail:

MP3
Año IV /
Hasta estas sentinas condujeron la nave de nuestros sueños  

A veces me pregunto qué pensarán de mí las gentes que leen mis colaboraciones en este medio, sobre todo cuando le niego al PSOE cualquier apoyo por parte de nuestra clase: estamos en tiempo de Elecciones y es más que evidente que debemos de esforzarnos en separar el grano de la paja.

Si algo tranquiliza mi conciencia política es el hecho de que, ni pido para cualquier otra formación política mi voto, como lo hiciera en el pasado, ni, sin ser totalmente contrario a ello, pido la abstención o el voto en blanco.  

Es francamente desolador, y lo digo desde este apartado rincón patrio donde todo me parece un yermo, comprobar a qué cuotas de marginalidad política llevó nuestra clase dirigente a los qué aún esperaban algo de todo ese entramado político, ese tinglado que desciende desde la Carrera de S. Jerónimo y todos sus órganos de poder hasta estas aguas y que, dicho simplemente, más nos parece algo así como una inmensa red de atrapar votos para, más tarde, defraudar al personal y hundirlo en la indiferencia más brutal, que el partido en el que pusieron tantas esperanzas los obreros que en el pasado se dejaron la vida en las barricadas de las ciudades y los intelectuales que lo hicieron en las de las ideas, y no fue solamente para ver cómo ahora arrojan a estas masas maniatadas en los brazos de la especulación  y  la explotación más feroz. Resulta cuando menos escandaloso comprobar que la política haya alcanzado tales cotas de miseria política que a la gente de izquierda de este país se le presente la triste disyuntiva de no votar o hacerlo en blanco, debido precisamente a la falta de ética política del partido que en su día tanta influencia tuvo en la clase trabajadora.  

Soy consciente de que me repito en exceso, pero prefiero hacerlo así que instalarme definitivamente en esta realidad que nos aplasta como esa calima procedente de las cercanas tierras saharauis que con tanta frecuencia se acomoda sobre estas tierras.

Al menos el que suscribe estas líneas, no vamos a renunciar a todo aquello que nos llevaba a ocupar las calles de nuestras ciudades en los lejanos tiempos de la Dictadura, y que no era simplemente poder votar, besarnos en las calles sin ser sancionados por los municipales o dejar de estar obligatoriamente afiliados a la CNS de la Avenida de José Antonio madrileña.  

Si he de ser sincero, he de confesar que yo, como supongo miles de obreros que salíamos de la brutal desideologización en la que nos mantenía el Régimen anterior, no tenía más idea de lo que quería entonces que salir de aquel régimen de represión en el que vivíamos desde nuestra infancia, y que de continuo reclamaba su cuota de sangre de estudiantes y obreros para mantenerse en el Poder.  

Habíamos llegado hasta aquellas primeras manis de Sol y de la Glorieta de Atocha, a Uría, a la Plaza de Cataluña y al resto de las grandes avenidas de España  de la mano de las lecturas de Máximo Gorki y de Víctor Hugo, de los dramas de Ibsen, de Brecht y de Alfonso Sastre, los escasos poemas sociales de Miguel Hernández que llegaban a nuestras manos, la literatura de Sender y de Max Aub que se filtraba a través de las ediciones prohibidas que llegaban de Méjico y Argentina, empujados por la injusticia y la represión que se ejercía en Asturias, la miseria que se vivía en las tierras del Sur donde se desarrollaban los dramas de las novelas de Goytisolo, el cine G. Rocha, Buñuel, Bardem, Patino, Saura...y como ocurre al final de todas las pesadillas, un día nos despertamos y una voz en blanco y negro y entre sollozos nos anunció, en aquella misma pantalla por donde pasaban Historias para no dormir, que el Tirano había muerto ( bueno, él no empleó ése término).  

Ni siquiera nos fue dada licencia para disfrutarlo, que cualquier vecino podría oír el ruido del descorche de la sidra y bien podría irse de la lengua de que lo estábamos celebrando.

Podría decir aquí que entonces empezaban los días más apasionantes de nuestras vidas, que quizás lo fueron, pero examinados con la frialdad que nos impone la distancia los resultados, contando los camaradas que no regresaron a sus casas jamás para ver como sus hijos crecían, para verlos incorporados también a la lucha un día cualquiera, contando los siglos de cárcel sumados por tanto Marcos Ana, tantos Marcelino Camacho y tanta Juana Doña que hoy dan testimonio de aquellas tenebrosas cárceles del franquismo, haciendo memoria del despliegue de ilusión que hizo este pueblo esos días y en los años sucesivos, los resultados no pueden dejar de parecernos  más mezquinos.  

Tras casi cuarenta larguísimos años de sangrienta dictadura, (en la que tantas vidas se agotaron) bastaron siete años para que, los que se dijeron los genuinos, los auténticos, los verdaderos, los irreemplazables representantes de la clase obrera tomasen en sus manos los mandos de esta nave llamada Iberia y emprendieran la singladura “más importante” desde que el Genovés de marras partiera del puerto de Palos.

A la ceremonia fueron invitados todos, que nadie pudo quejarse después de que aquello fue excluyente: se extendieron tarjetas para comunistas, (los de SC, que para eso habían sido los que habían puesto toda carne en el asador durante la Dictadura junto a los de la CNT, y los otros, los seis de siempre, que se empeñaban en joder la fiesta con su bandera tricolor); demócratas de toda la vida; (que ya no quedaban franquistas) socialistas de los de Pablo Iglesias y de los de la parte de Suresnes; cristianodemócratas; dos republicanos a los que ni dios conocía; sindicalistas de los que, antes de que se pusiera de moda el tatuaje, ya llevaban grabados en la piel los nombres de los penales de España; empresarios de diverso pelo, monárquicos y, cerrando filas, del bracete de los generales de ese ejército al que, tras la caída de la Dictadura, nadie pidió cuentas por su actuación, ni en la ya lejana guerra, en la que ellos infringieron a este pueblo la mayor derrota y humillación de la historia, ni por la caza y represión de la que fue objeto a lo largo de la sangrienta dictadura que, en connivencia con Franco ostentaron las mayores cotas de poder; una vez más y como siempre: los que nunca fueron olvidados, ni siquiera en la sagrada hora del tiro en la nuca o las ejecuciones en masa en los barrancos, los perseguidos a lo alargo de toda su historia desde los lejanos tiempos de Poncio Pilatos, los que tantos y tantos mártires habían dejado en las cárceles y en las cunetas por el bien de la Humanidad, aquellos sin los cuales la ciencia y la filosofía hoy aún no serían nada, aquellos que desde los tiempos de Jesucristo andaban predicando la paz, el progreso y la solidaridad por los hostiles territorios de Europa, África, Asia Oceanía y América, los que marcharon junto a los desterrados y los perdedores en las grandes migraciones que produjeron las guerras de todos los tiempos, los que siempre predicaron la igualdad entre los sexos, aún con riesgo para sus vidas, aquellos que jamás conocieron mantel ni otro lujo que la humilde ropa talar.  

Sí, bastaron cuatro años para que, los que sometían a la palabra a importantes procesos de investigación en las redomas de los centros de poder, entendieran que se cerraba una etapa en la historia de estas tierras y sus islas adyacentes.

 Dejábamos de ser el furgón de cola de Europa, que lloraban algunos intelectuales que aún no habían sido comprados con el Premio Planeta o no habían sido invitados a participar en el Club Siglo XXI, para entrar por la puerta grande del Mercado Común que tan celosamente había permanecido cerrada para el régimen anterior. Y todo esto del bracete de aquel zagal que, desde el palacio que le había regalado el Dictador, nunca se olvidaba de mandar sus bendiciones cada fin de año a sus súbditos, aquel humilde rebaño en el que el flamante monarca tenía todas sus complacencias y que tanto le debía.  

En aquellos primeros cuatro años ellos se emplearon a fondo en “modernizar” el país; con sus remodelaciones y sus privatizaciones; celebraron su prometido Referéndum, aunque con la ligera modificación de que, desde el triunfo del prestigioso partido obrero instalado en el Poder, éste ya no pedía un no rotundo para nuestra integración en el Bloque Atlántico, si no un sí que nos reafirmase en nuestra inequívoca vocación europea, que, teniendo en cuenta los innegables apoyos que los jóvenes estrategas españoles se habían granjeado entre los prestigiosos socialistas europeos, no era cuestión de hacer memoria y pedir cuentas al mundo por los pecadillos de un pasado que quedaba circunscrito a los recintos de los museos y a la memoria del papel encuadernado en las bibliotecas y para lucro de editoriales. El mundo, tras el hundimiento de aquella República de utópicos aventureros, tras el triunfo de lo que ellos sancionaban como democracias sobre el nazismo, había dejado de ser un vasto planeta para convertirse en un pañuelo. Aquel triste ruedo donde en su día se lidió a la joven democracia española hasta darle muerte, donde los Churchill, los Truman y los Adenauer de la época pedían desde las gradas con sus pañuelos el rabo del toro picassiano para el glorioso triunfador en el ruedo hispano, la gloriosa y limpia espada que tenía en su haber, no solo la derrota del moro en tierras de infieles y el restablecimiento del orden en las tierras astures, si no el que venció y supo mantener a raya mientras este vivió a la hidra marxista, adornándose con verónicas y soberbios pases de pecho, ejecutando con mano diestra a hombres y mujeres, a grises y anónimos obreros y a poetas que cantaban a las tardes de lluvia y a los dorados trigos, administrando con mano de hierro el solar de los utópicos idealistas de Azaña, de Pasionaria y de los apasionados anarquistas que recorrían las estepas y las minas hispanas, explotadas por ingleses, alemanes y viciosos terratenientes que dilapidaban sus fortunas en los lupanares y los garitos de Francia. La tierra de bandoleros y de guerrilleros, pintada mil veces por Goya, por Velázquez y Sorolla, donde George Borrow, Hemingway y Gerald Brenan se perdían para introducir la Biblia y rasgar el espeso velo de bruma que lo separaba de la moderna Europa, de la noche a la mañana dejaba de ser la rebelde, la indoblegable, la asilvestrada España de siempre para convertirse en tierra de promisión de las florecientes Coca Cola, Westinghause, los Levis 501, la Ford y la comida rápida; transformándonos a nosotros, de esclavos de los eriales y los pastos, de pastores de ganado y recolectores de naranjas, vides y olivas ajenas; en los camareros de Europa, los que corríamos con la desportillada palangana de un cuarto a otro, los que disponíamos la hamaca para que el rubio noruego se tostara bajo los saludables rayos de sol de la patria de Luis Candelas, y tapease y degustase la fresca sangría por la agreste y gris geografía de Baroja y de Aldecoa, entre rasguear de guitarras y  singulares carnavales.  

Jamás en su historia estuvo más extraviada la clase trabajadora que hoy. Si hay algo más demoledor que comprobar esta triste realidad es ver que la inmensa mayoría del personal vota promesas electorales, contra el PP, lo menos malo dentro de lo posible, aunque mañana nos tengamos que arrepentir de ello, aunque estemos completamente hastiados de ver una y otra vez esos rostros gastados en las pantallas del televisor, aunque nos suenen a música rancia sus palabras. Porque nadie ni nada nos sacará ya de este marasmo si no conseguimos enamorarnos de un proyecto hecho en casa, por decirlo de alguna manera. Y estos señores, estos profesionales de la política que  raptaron la palabra del sagrado templo donde se hallaba oculta mientras duró el secuestro de la voluntad popular, especulan con el verbo pero nos llevan por las mismas viejas sendas que tan solo sirven para que nos extraviemos en el camino, hasta que, bien lejos de nuestros objetivos, no seamos capaces de reconocernos a nosotros mismos.  

Violentada por las leyes de un mercado laboral agresivo, atrapada en la sociedad de consumo, sometida por unos sindicatos entreguistas y perdidos los papeles de su labor histórica, la clase obrera devino en  siervo de un sistema en el que, lo único que se le exige es que gane más dinero, para adquirir más cosas que le aten cada vez más a un régimen que cada vez necesita de más policía para protegerse de aquellos que llegaron tarde al banquete. Y así hasta no distinguir entre sus aliados y sus verdaderos verdugos, entre los que le distraen para así seguir engordando un sistema destructivo y aquellos le exigen que levante la cabeza del polvo a que redujeron sus sueños.

La solución a este crucigrama no la hallaremos entre las palabras de estos magos de la palabra que se echaron a los camino para comprar nuestra voluntad con unas monedas, como en la obra del Dr. Fausto,  porque si hoy embargamos nuestro porvenir a cambio de esas cosas que se exhiben en los escaparates de su sociedad de librecambio, mañana, pasado lo más tardar nos avergonzaremos de nosotros mismos, o quizás otros lo hagan por nosotros.  

Pongamos en marcha toda la maquinaria de nuestros sueños, echemos a rodar y liberemos todo ese caudal de ilusiones, echémonos a caminar solos, sin la tutela de estos que dicen tener la fórmula para todos nuestros males pero que en el fondo no son si no los asalariados de un sistema que nos reduce día a día al tamaño de las monedas con que ellos fueron comprados.  

¡¡VIVA LA REPÚBLICA!!  

LQSomos. Ángel Escarpa Sanz. Marzo de 2008
Más artículos del autor