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El día siguiente, 12 de Marzo de 2004 Vuelvo a casa. Son, como cada día, las tres y media de la tarde. Como cada día, circulo por el carril central de la misma carretera, la M-30. Radio Nacional de España, Radio 5, emite las noticias de en punto, como cada día. El Réquiem de Mozart se convierte de repente, en algo diferente. No es lo de cada día. Pero tampoco la carretera es la misma, ni es la misma hora. Todo ha cambiado. La ventanilla abierta y el sonido tampoco es el de cada día. Llueve. Una lluvia, fina, suave y tenaz cae plácidamente. No llueve, llora. Como yo. Como la conductora del carril derecho, que está parado. Como el conductor que veo desde mi retrovisor, detrás. El Réquiem sigue ahí. Nadie habla en la emisora. No hay nada que decir. La música trasmite de repente, esa forma unánime de sentimiento que sólo tienen los sonidos de un pentagrama. Pena, mucha pena. Ni siquiera rabia, ni miedo, tan solo pena. Entonces toda la angustia, la rabia, el miedo, la pena, brotan como un grito. Lloro, cada vez más. Sollozo. Ahogo un grito que tengo en el estómago y entonces pienso en Marzo, el mes más bello del año. El mes de la primavera. Del olor a días largos. Del sol claro y suave. El mes de mi nacimiento. Y del de Van Gogh. El mes de la Consagración de Stravinski. Qué paradoja. Tanta belleza y tanto horror nacidos el mismo mes. Ahora viene la especulación, la información, la venta de prensa, de especiales, las opiniones, las hipótesis. Pero ya nada importa. 192 personas se han paralizado de repente. Obreros todos. Gente corriente. Como yo. Como mis vecinos. Como el hermano de esa chica que me vende la fruta y a la que le ha cambiado la mirada. Como mi vecina, la del portal 36, que también viajaba ese día en tren. Como mi compañera de baile, que cada noche escucha en el oído que le quedó bien, una explosión seca que paraliza todo lo que hay a su alrededor. Gente normal, como yo, que salían de mi barrio sin mi suerte. Ir en mi coche. A trabajar. Por una vez en mi vida, he tenido cerca la barbarie y el horror. Cerca de mi casa he tenido, y tengo, un santuario espontáneo de flores y lazos, peluches y fotos, camisetas y gorras de los que no están. El 010 del Ayuntamiento lo limpia una y otra vez, pero como, por magia, renace enseguida con flores renovadas. Es la resistencia natural de los que, impotentes y casi locos, no cesan de recordar a su gente, sus hijos, maridos, novios o hermanos, madres, amigos, vecinos o abuelos. Los que no perdimos a "nadie", no podremos olvidar nunca a estos perdidos de otros. No podremos, tan sólo, por respeto a la vida. En memoria y recuerdo de las víctimas del 11 de Marzo de 2004. Paqui |
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La Calle
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| Año V. / | |||||