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La Calle
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| Año V. / | |||||
| Argentina: Enterrar un mito
“En un principio, los hombres adoraron el trueno y el relámpago e inventaron ingeniosas historias para calmar la angustia ante un mundo amenazador y distante, cuyos mecanismos no podían comprender. Dibujaron dioses con cabeza de león, hermosas diosas con vientre de perro e imaginaron barcas que recorrían el cielo estrellado. Cazaron animales y los sacrificaron para apaciguar la ira de esos dioses y alejar el peligro de la tormenta o conseguir el beneficio de la lluvia. Los mitos nacieron con la toma de conciencia del humano; cuando deja de ser sólo hombre y traspone esa frágil línea que lo separaba y pasa a “ser” Humano. Cuando el proceso de hominización se enlaza con la humanización.
El mito fue, entonces, una explicación humana basada en creencias: “nos muestra el proceso del razonamiento, y pone al descubierto las raíces mas íntimas del pensamiento humano. Mito es el compendio de los conocimientos basados en leyendas, cuentos, historias y religiones. Estos conocimientos provienen generalmente de fuentes que se pierden en el remoto pasado. De manera que la comprobación de los hechos, resulta imposible”(2) Pero el mito no siempre es una buena fuente para explicar o brindar seguridad. Bien lo dice Moledo, [los hombres] “un día descubrieron la manera eficaz de explicar el mundo y la llamaron ciencia”. Dejando de lado criterios cuasi positivistas para explicar el comportamiento social, al peor estilo spenceriano, podríamos decir que un día, por fin, crecimos, y pudimos vivir sin explicaciones infantiles, sin pueriles mecanismos para perder el miedo. Entonces entramos en la edad adulta. La edad de las explicaciones coherentes, concretas, fundamentadas. La etapa de la memoria y del análisis, del razonamiento y del criterio. Entonces pudimos analizar fechas, lugares… 20 de junio de 1973, Ezeiza. Cuántos argentinos ilusionados por el regreso de quien, en la memoria popular y colectiva, en el recuerdo y frente a todos los cimbronazos sufridos, resultaba agigantado por el contraste con lo que vino después y porque, a la distancia, todo tiende a desfigurarse, a desdibujarse, a perder contornos, a transformarse en mito. Pero Ezeiza fue una muestra profética de lo que sobrevendría. Una plaza en la que, por mi edad pero no por una elección ideológica, me hubiera hallado dentro del sector de los considerados “imberbes que gritan”, (aunque por razones de género no tenía –ni tengo- barba). Los durísimos términos provenían, precisamente de quien, desde Madrid, había fogoneado a los jóvenes (imberbes luego) para que le allanaran el camino del regreso del mito a la historia, aunque después, piláticamente, les soltó la mano, o mejor dicho, endureció la mano asesorado mágicamente por José López Rega. La figura míticamente forjada en el tiempo y la distancia cuando se hizo presencia no sirvió de bandera de unión. El mito, que para muchos servía para mantener viva la llamita de la fuerza, de las ganas, de la lucha,.. se transformó en pesadilla. Mañana será enterrado el mito y la historia de un político que para muchos “marcó una época” pero con cuyo icono no se puede seguir lucrando con votos. Ni pasear sus restos hasta el lugar donde quedará depositado, con la mediática intención de revivir el mito, sacarlo a la calle y capitalizar adhesiones partidarias. Mañana se depositarán en la Quinta 17 de Octubre los restos de Perón. Sí, los restos. Lo que de él queda. Lo demás permanecerá en la memoria de todos los argentinos, de los que lo siguieron, de los que lo insultaron, de los que lo aman o lo odian, de los que aun lo siguen, de los que lo conocieron y de los que sólo escucharon de él en las clases de historia o en los comentarios hogareños. Pero son restos, nada mas, de alguien que “fue”, y que se murió el 1º de julio de 1974 aunque algunos pretendan que continúe vivo. Juan Pablo Feinmann, en una memorable contratapa de Página 12, y analizando los mitos en la historia nacional, razonaba la forma en que la no-presencia de un determinado sujeto histórico crecía de manera proporcional a las devaluadas conductas de sus sucesores, los que se hallaban en la historia, en el “hoy”. Así San Martín o Sarmiento prefirieron el mito, ambos murieron lejos de su tierra, empobrecidos. Ambos decidieron quedarse en ese mito que se habían forjado con todo lo hecho más su ausencia, lo que engrandecía sus figuras en el recuerdo de los compatriotas. Pero no volvieron a la historia, prefirieron morir en el mito. ¿Qué habría ocurrido si hubiesen decidido volver a la historia?. No es posible saberlo, aunque sí se puede conjeturar que, dadas las circunstancias posteriores de la historia nacional, tal vez hubieran quedado sepultados por los hechos, y salido malparados ante situaciones desbordadas. Perón (¿o su entorno?), en cambio, no resistieron los cantos de sirenas que le reclamaban la necesidad de su regreso para la salvación de la patria. Entonces volvió a la historia desde el mito en el que había vivido desde el exilio, en Puerta de Hierro, y aterrizó en la historia, o en Ezeiza, o en la Casa de Gobierno. Debió haberse quedado en el mito, pero prefirió volver a la historia. Después la historia se rompió en 30.000 pedazos que aun no se pueden recomponer. Hemos recorrido un largo camino. A treinta y dos años de la muerte de un ex mito, con el duelo ya resuelto, hay que dejar que los muertos descansen en su lugar. Que descansen en paz si pueden. Pero que no descanse la memoria. LQS. Mónica Oporto. Octubre de 2006. Buenos Aires, Argentina. (1) Moledo Leonardo De las tortugas a las estrellas. (prólogo) |