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Año V. /

La estaca
Treinta años después...

Siset, ¿no ves la estaca a la que estamos atados? Si no conseguimos liberarnos de ella nunca podremos andar.
La Estaca . Luís Llach

Cuando inicio este artículo aún no he ido a votar… Lo haré esta tarde…

En tanto suena la voz de Luís Llach en el equipo de música, recuerdo ahora las primeras elecciones generales de 1977: las primeras elecciones libres desde la muerte del Dictador y tras la reciente legalización de los partidos de izquierdas. Recuerdo la apasionada campaña de aquellos partidos, la lógica proliferación de siglas que florecieron en torno al PCE, PSOE y UCD tratando todos de abrirse un hueco en los puestos de salida para no quedar relegados definitivamente en aquella carrera de la que tantos hombres y mujeres iban a quedar excluidos, pues, evidentemente, en el mercado de las ideologías, como quedó patente en el curso de los meses que siguieron, no había espacio para tanto: ORT, tanto MC, OIC, PC (ml), POSI, tanto PSP, tanto Eladio García Castro, tanto Raúl Morodo, tanto Eugenio del Río, y tanto y tanto nombre como salió a la superficie tras la salida de la clandestinidad. Recuerdo aquellos días previos a aquel 15 J .Cualquier barrio obrero podía ser bueno entonces para salir a la calle entonces con nuestro pregón:¡Compra Mundo Obrero y vota comunista!

No ganamos aquellas elecciones, dicho en el sentido estricto de la palabra: fue UCD, con el emergente PSOE de entonces en segundo lugar. Pero, sin tomar el Congreso ni el Senado, comunistas y demás gente de izquierdas dimos por derrotado al fascismo, quien, con Blas Piñar en solitario a la cabeza de la extrema derecha, apenas resistió los primeros asaltos parlamentarios en medio del evidente vacío que hasta la derecha civilizada de entonces le hizo.

Mucha agua ha pasado bajo los puentes desde entonces. Cada partido, mejor dicho, lo que se salvó de aquel primer naufragio de la izquierda (y nunca alcanzaremos a confesarnos que entonces dejábamos atrás la inocencia) ha ido posicionándose ideológicamente, dejándose entre las breñas de la espesura de esta jungla, no sólo la inocencia de aquellas jornadas en las que creíamos que nos íbamos a comer el mundo tras el largo túnel, la larga noche franquista que tantas y tantas vidas se había cobrado, como en una cruel y larga cacería, si no nuestra propia identidad como marxistas y republicanos. Las aguas se han ido calmando y la socialdemocracia nos ha ido sentando el pelo a todos aquellos izquierdosos y rojos rabiosos de entonces. La aprobación de la Constitución de 1978 con la renuncia a la República, con las bendiciones de PCE y PSOE, el referéndum de 1986 por la permanencia de España en la OTAN, con la oposición de todo a la izquierda de los socialistas fueron las pruebas de fuego para ambos partidos, algo que dejaba bien claro que los papeles estaban ya repartidos.

Liquidado el régimen anterior y extraviados los papeles de la izquierda real, la izquierda domesticada iniciaba su supervivencia en tan dilatadas como estériles y tediosas ternas.

Nada nuevo hay en estas palabras, otros con mucho más prestigio que yo ya lo han repetido hasta la saciedad y hace muchos años ya.

En tanto las estériles palabras de los líderes del ya olvidado eurocomunismo, que tantos adeptos ganó en el pasado, se han perdido en las aguas que van a dar la mar, que es el morir, que dijo el poeta, siguen sonando en el aire, tan frescas como en aquellos días de los últimos coletazos de un franquismo aún insepulto, las letras de las canciones de ese catalán que aun tiene la capacidad de conmovernos y de hacer que nos reconozcamos a nosotros mismos, en el tiempo y de acera a acera.

La estaca de entonces era aquella maldición que nos había alcanzado a estos pueblos como consecuencia de haber intentado robarle a los dioses en el pasado el fuego de la sabiduría. La estaca actual es que no somos capaces de romper las amarras de aquella vieja nave y que nos atan aún al pasado. Ese viejo barco que, ni se hunde en las turbias aguas del pasado en el que navegó durante siglos, ni zarpa para iniciar una nueva singladura que le lleve a la soñada Itaca. La estaca podrida actual es esa monarquía heredada del régimen anterior que se resiste a desaparecer; en parte fortalecida por aquellos que en el pasado formaban parte de la foto familiar y que un día tomaron partido por la revolución. Aquel régimen de generales traidores y golpistas, de curas y monjas, de cristos en las escuelas, de pueblos analfabetos, de hambrientos campesinos cruzados de brazos en las plazas de los pueblos de Extremadura y de Castilla, de Andalucía y de Levante, esperando pacientes a que despóticos caciques mandasen a sus odiados capataces para sortear el mísero pan de la peonada entre los hombres más sumisos.

La misma España derrotada en Flandes, en América, la que regresaba de Marruecos postrada en tristes parihuelas, victima de la disentería y de las balas de los cabileños y fruto de las aventuras empresariales de S.M. el Rey de España y de los “prestigiosos generales curtidos en el crisol africano”. Aquella España que se negaba a desaparecer tras las bambalinas de la historia y que vuelve de tarde en tarde, envuelta entre el humo de perdidas contiendas y jirones de antiguas banderas que llevaron el terror y la desolación hasta los confines del mundo. La vieja, casposa y rancia España que, embarcada una y otra vez en gloriosas cruzadas, cuando estos sufridos pueblos que laboran los campos, se hunden en el fondo del vientre de las minas y trabajan el verbo y la plomada tomaron la hoz justiciera en sus manos para poner el pan y la instrucción al alcance de todos.

Esa España de agrio olor cuartelero y sacristía pronunció la sagrada y tan socorrida consigna de:¡ARRIBA ESPAÑA!, que remplazaba al:¡SANTIAGO Y CIERRA ESPAÑA! de don Pelayo, y una generosa cosecha de sotanas, de brazos en alto tendidos hacia un sol que jamás había salido si no fue para unos pocos, una copiosa cosecha de acero llegado de Alemania que sembró de dolor y destrucción estos campos y estas ciudades como una maldición, una suerte de Apocalipsis hizo su aparición sobre cuanto ser vivo habitaba estas tierras, sobre el pobre can que en esas horas roía porfiado un hueso a la sombra de la humilde casa, sobre las frescas aguas de los ríos que desde hace milenios copian paisajes de pinos y nevadas cordilleras, rompieron un silencio apenas quebrado por el reclamo del macho cabrío que busca cubrir a la hembra en los roquedales de las azules cordilleras. Un laberinto de prisiones, de campos de concentración que se perdían en el mar, de sacas al amanecer, de estudiantes y sindicalistas torturados por Yagüe, Conesa y Billy el Niño en Sol, de hombres muertos en el fondo de las minas que ni siquiera tuvieron la mortaja de la roja bandera en su último viaje, de pueblos enteros que se vaciaban de hombres y mujeres grises y macilentos para descender en grises y frías estaciones de Europa o en lejanos puertos americanos, buscando un futuro que se les negaba en su propia tierra. Es evidente que, tras la muerte de el innombrable y la llegada de esto a lo que ellos, los mercaderes de la palabra, llaman democracia, muchas cosas han cambiado en este país. Como en la pintura de Giuseppe Pelliza da Volpedo (El cuarto stato) con que arranca la película de Bertollucci, Noveccento, estos pueblos, en 1975, se pusieron en marcha.

Abandonamos el pasado como el difunto que deja tras de sí las tinieblas del sepulcro. Despojándonos de un sudario que nos había acompañado durante siglos fuimos buscando un lugar junto al sol, como cualquier otro pueblo de la tierra. Como aquellos pueblos que, una vez que se libraron del yugo del nazismo, tuvieron que empezar por reconocerse a sí mismos en el espejo. Contamos nuestras bajas en tan larga contienda, desempolvamos las viejas banderas que heredamos de los padres y que permanecían ocultas en los viejos arcones de la memoria e iniciamos la marcha hacia la conquista de la dignidad, de la memoria que nos había sido arrebatada. Beso a beso, dejándonos a veces la piel en el asfalto de nuestras viejas ciudades, iniciamos una marcha que, sin conocer el cansancio ni el fin de la senda, nos llevará allí donde nos propongamos, aunque para ello tengamos que nacer de nuevo.

¡VIVA LA REPÚBLICA!

LQSomos. Ángel Escarpa. Junio de 2007 Islas Canarias.

L´estaca / Lluís Llach (video)
http://www.youtube.com/watch?v=4Zvz2GJaIqI&eurl=http%3A%2