La experiencia comunista. Segunda parte
Algunas lecciones de la historia del P.C.E.
La bandera de la unidad
El triunfo de las fuerzas oligárquicas en las elecciones de 1933 puso fin a las tímidas reformas con que nació la República. Durante los dos años siguientes, el llamado Bienio negro, la contrarrevolución se organizaría desde el mismo gobierno. Pero éste no fue el único hecho alarmante que tuvo lugar en 1933. La victoria de la reacción en España fue precedida por el asalto al poder del Partido nacionalsocialista alemán de Hitler. En este caso, un relativo triunfo electoral desencadenó una rápida liquidación de las instituciones democráticas y el inicio de una oleada de terror que aplastó en poco tiempo la resistencia desorganizada del pueblo alemán.
El avance del fascismo parecía ya incontenible: en 1934, más de la mitad de los Estados europeos habían caído en manos de dictaduras fascistas o militares.
La subida al poder de Hitler puso trágicamente en evidencia los errores izquierdistas en que había incurrido la Internacional desde su VI Congreso de 1928, y espoleó todos los partidos comunistas hacia un cambio radical de táctica que se produjo entre finales de 1933 y el verano de 1935 (VII Congreso de la Internacional).
Gracias a esta rectificación acelerada, la Internacional Comunista fue la única fuerza en el mundo que supo dar una visión precisa de lo que significaba el auge fascista y proponer los medios para atajarlo. En primer lugar, indicó la naturaleza de clase del fascismo: "la dictadura abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero" (XIII Pleno del Cté. ejecutivo, diciembre de 1933), y explicó su" origen en la crisis política y económica iniciada en 1929, cuyo estallido fue capaz de prever:
"En fin, el tercer período es, en el fondo, el de elevación de la economía capitalista y, casi paralelamente, la de la URSS más allá de sus niveles de antes de la guerra (iniciación del llamado período de "reconstrucción", nuevo crecimiento de las formas socialistas de la economía sobre la base de una técnica nueva). Para el mundo capitalista, este período es el de un rápido desenvolvimiento de la técnica, un intenso crecimiento de los cartels, de los trusts, de las tendencias al capitalismo de estado y, conjuntamente, el de un poderoso desenvolvimiento de las contradicciones de la economía mundial, moviéndose en formas determinadas en todo el curso anterior de la crisis del capitalismo (mercados reducidos, existencia de la Unión Soviética, movimientos coloniales, agudización de las contradicciones internas del imperialismo). Este tercer período, que ha agravado particularmente la contradicción existente entre el crecimiento de las fuerzas productivas y la reducción de los mercados, hace inevitable una nueva fase de guerras entre los estados imperialistas, de guerras de estos últimos contra la URSS, de guerras de liberación nacional contra los imperialistas y sus intervenciones, de gigantescas batallas de clase". ("Tesis sobre la situación y las tareas de la Internacional Comunista", introducción. Resoluciones del VI Congreso de la IC, julio-setiembre de 1928).
"La marca característica del fascismo es que en el momento del quebrantamiento del régimen económico capitalista y en razón de circunstancias objetivas y
subjetivas, la burguesía se aprovecha del descontento de la pequeña y de la media burguesía urbana y rural y aun de ciertas capas del proletariado, para crear un movimiento de masas reaccionario con el fin de detener en su camino el desarrollo de la revolución", (ídem., punto 24).
En segundo lugar, la Internacional entendió que la victoria del fascismo en Alemania era el principio de una nueva lucha por la hegemonía mundial entre los agresivos imperialistas nazis y las democracias burguesas occidentales, que acabaría por desembocar en una guerra.
En tercer lugar, ante este previsible desarrollo de los hechos, señaló el interés coincidente del proletariado y los pueblos y de las burguesías occidentales en prevenir la guerra y oponerse a la expansión nazi-fascista. Para ello, había que levantar un poderoso movimiento por la paz cuyas piezas maestras serían, por un lado, los tratados defensivos entre las potencias occidentales y la Unión soviética, y por otro, la formación en cada país de frentes populares antifascistas, impulsados por la unidad de los partidos, sindicatos y otras organizaciones implantadas en la clase obrera, es decir el frente único proletario.
En España, a lo largo de 1934, los gobiernos formados por el Partido Radical de Lerroux, apoyados desde el Parlamento por los reaccionarios de la CEDA (Gil Robles), atacaron las condiciones de vida de las clases trabajadoras y los derechos democráticos de todo el pueblo. Fue imponiéndose entonces, para resistir a la ofensiva derechista, una corriente unitaria que abarcaba desde los anarcosindicalistas de la CNT hasta el PSOE y la UGT, los nacionalistas catalanes, y varias sectores republicanos. Destaca especialmente el papel jugado en ella por el PSOE, con su brusco viraje político y el paso de su dirección a manos del ala revolucionaria que desbancó a los Prieto, Besteiro, etc. Francisco Largo Caballero, antiguo dirigente reformista de la UGT y ex miembro del Consejo de Estado bajo la Dictadura, encabezó la nueva orientación, impregnada tanto de sincero espíritu revolucionario como de desconocimiento de los principios de la política marxista.
El PCE permaneció ajeno durante meses a este movimiento unitario que cuajó en las Alianzas obreras, al oponerse a todo acuerdo con los "socialfascistas", mientras el Bloque obrero y campesino (BOC) (1), escisión que en 1930 afectó al Partido en Catalunya, trabajaba, en cambio, activamente por su creación. El 4 de octubre del 34, al concretarse la entrada de tres miembros de la CEDA en el gobierno, el PSOE, los anarcosindicalistas y varios sectores republicanos y catalanistas se aprestaron alanzar inmediatamente, para el día 6 del mismo mes, un movimiento insurreccional con el fin de abatir el nuevo gobierno y parar los pies a la reacción. El PCE, que había superado su actitud sectaria, se integró finalmente en la Alianza obrera que, de esta forma, en Asturias, agrupó a todos los sectores proletarios en un frente único e hizo posible la victoria de la huelga general contra el gobierno y su transformación en levantamiento armado. El rápido aplastamiento de la insurrección de la Generalitat catalana, a la que no se sumó la CNT, y la debilidad de la Alianza obrera en el resto del Estado, dejaron a Asturias aislada, durante dos semanas, haciendo frente a la Legión.
La derrota sangrienta de los trabajadores asturianos no hizo más que dar nuevo empuje al espíritu unitario. Por un lado, el pueblo aprendió a conocer mejor a su enemigo y amplísimos sectores se dieron cuenta del peligro que les amenazaba. Por otro, era vital sumar fuerzas para lograr la liberación de las decenas de miles de presos con que se saldó el levantamiento, y recuperar los derechos constitucionales y las instituciones autónomas catalanas suprimidos. Estas distintas motivaciones allanaron el terreno para el entendimiento entre republicanos, socialistas, anarquistas y comunistas. Sobre esta base nació el Frente popular.
En abril del 35, el PCE lanzó una propuesta de Bloque popular antifascista para hacer frente a la represión, luchar por la paz, y prevenir el golpe militar. De los cuatro puntos iniciales defendidos por el PCE (reforma agraria inmediata y sin indemnización, autodeterminación para las nacionalidades, mejoras en las
condiciones de vida de los trabajadores, amnistía para los presos políticos y sociales), tan sólo el último fue finalmente aceptado por los partidos republicanos. Por su parte, el PSOE, con posiciones claramente izquierdistas, opuso resistencia a colaborar de nuevo con los republicanos.
La conciencia creciente del peligro nazi, el aplastamiento por el ejército de las milicias socialistas austriacas en febrero del 34, los pactos de unidad de acción, firmados en julio y agosto del 34 por los socialistas y comunistas franceses e italianos, el tratado franco-soviético de mayo del 35, y el llamamiento del VII Congreso de la Internacional Comunista a la formación de entes populares fueron otros tantos estímulos exteriores que facilitaron la conclusión en enero del 36 del acuerdo electoral de Frente popular en España. Participaron en él las fuerzas burguesas y pequeño-burguesas de Unión Republicana e Izquierda Republicana, el Partido Sindicalista, el Partido Obrero de Unificación Marxista (trotskista disidente) (2), la UGT, el PSOE y sus juventudes, y el PCE.
En Catalunya, se extendió a Esquerra Republicana, Acció Catalana, Unió de ibassaires (sindicato campesino), etc. La CNT, aunque no estuvo presente en las listas electorales, apoyó sin reservas el Frente. Merece también citarse el caso del Partido nacionalista vasco (PNV) que, sin subirse a la coalición de Frente popular, mantuvo su lealtad a la República y participó posteriormente en el gobierno de Madrid durante la guerra.
El 16 de febrero, la victoria de las candidaturas de Frente popular puso fin al gobierno Pórtela. El republicano Manuel Azaña formó nuevo gobierno; 30.000 presos salieron a la calle; se restablecieron los derechos constitucionales; Catalunya recuperó sus instituciones. La burguesía financiera, los terratenientes y el alto personal del ejército y la Iglesia no estaban dispuestos a perder más influencia y poder. El fracaso de la contrarrevolución parlamentaria, intentada durante el Bienio negro, hizo inevitable la guerra al serle favorable a la oligarquía la situación internacional. De febrero a julio las principales fuerzas sociales se prepararon para un enfrentamiento armado. Los dirigentes reaccionarios pusieron a punto su golpe de Estado en conexión con Hitler y Mussolini. Los partidos obreros y nacionalistas, y los sindicatos organizaron grupos paramilitares. Se desencadenaron oleadas de huelgas y manifestaciones por objetivos políticos y económicos, en particular contra el terrorismo fascista destinado a crear el clima de opinión necesario para el golpe y facilitarle incluso su excusa.
Cuatro tareas del PCE en 1936
El PCE se fijó cuatro objetivos que sólo se cumplieron en parte:
Reforzar el Frente popular y convertirlo en un frente de lucha antifascista. Es decir superar el mínimo acuerdo electoral y hacerlo útil para desbaratar los preparativos militares del enemigo. De febrero a julio, esto no pudo lograrse; ni las intervenciones de los 16 diputados del PCE, ni las demandas populares exigiendo que se adoptaran medidas firmes para desarticular la conspiración golpista, hicieron mella en un gobierno de liberales empeñados en mantenerse a igual distancia de los reaccionarios que del proletariado. La imposibilidad de forzar al gobierno en la represión de los golpistas fue debida, entre otras causas, a la división del movimiento obrero. Los anarcosindicalistas, una vez liberados sus presos, pretendían seguir impulsando su revolución social. Para el POUM, estaba en puertas una revolución más profunda que la de Octubre del 17 en Rusia, y las tendencias golpistas manifestaban la resistencia desesperada de la b
urguesía que podía ser aplastada, si antes el proletariado se hacía con todo el poder. El PSOE, apoyándose en su fuerza, esperaba la caída del gobierno para coger en sus manos el poder.
Al predominar en las fuerzas obreras posiciones políticas izquierdistas y aventureras, no se pudo llevar realmente una acción masiva y eficaz de prevención de los manejos contrarrevolucionarios y de transformación del Frente popular en un sólido frente de lucha antifascista.
Extender y vivificar el Frente único del proletariado. A pesar del indudable acercamiento por la base de las distintas fuerzas obreras, de la estrecha colaboración establecida en las luchas de octubre del 34, de la acción conjunta, luego, en los comités para la liberación y la ayuda a los presos, el fortalecimiento del frente único proletario sólo podía avanzar con garantías si había unidad en cuanto al objetivo principal del momento: desmontar la contrarrevolución en marcha. Las divergencias respecto a cómo entender la importancia de esta tarea no permitieron forjar entre febrero y julio del 36 una sólida unidad de clase.
Luchar por la unidad sindical íntegra. Se consiguen dar algunos pasos hacia la unidad sindical, pero por las mismas razones antes apuntadas no se logra ningún cambio importante en la tradicional división entre UGT y CNT. En noviembre de 1935, la CGTU, impulsada por los comunistas, fruto de sus anteriores concepciones sobre los sindicatos rojos, se había integrado en la UGT. En la CNT, se empiezan a manifestar posiciones más abiertas que permitirán más tarde, en plena guerra, una aproximación con la UGT a través de un comité de enlace entre ambas centrales.
Luchar por la unidad orgánica y política del proletariado. Después de los combates de octubre del 34 y de la rectificación de su línea izquierdista, el PCE estaba en condiciones de dar los primeros pasos hacia la unidad orgánica y política del proletariado, hacia la formación de un partido único marxista-leninista. La situación española de 1934 a 1936 fue quizá única en Europa en cuanto a favorecer el éxito de esta tarea: socialistas y comunistas luchando codo a codo, incluso con las armas, contra un gobierno reaccionario, la dirección del PSOE en manos de un sector revolucionario obrerista, las aspiraciones unitarias entre amplias capas de trabajadores, el prestigio creciente de la Unión soviética por sus grandes realizaciones en la edificación del socialismo y su política internacional de paz, la voluntad unitaria expresada por la Internacional comunista desde su VII Congreso.
Las condiciones de unificación puestas por los comunistas eran las siguientes:
* independencia de los socialdemócratas respecto a la burguesía.
* unidad de acción.
*reconocimiento de la necesidad de derrocar la burguesía mediante la revolución y de la dictadura del proletariado.
*no apoyar a la propia burguesía en caso de guerra imperialista.
*seguir en lo organizativo el centralismo democrático.
Los resultados prácticos de esta labor unitaria se empezaron a manifestar en 1936: comité de enlace entre las juventudes socialistas y comunistas y acuerdo de fusión en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) en abril de 1936 (S. Carrillo, seretario general, y F. Claudín, el prime-proveniente de los socialistas, y el segundo de los comunistas, son sus principales dirigentes); y creación del P
artit Socialisa Unificat de Catalunya (PSUC) en julio 1936, al final de un proceso iniciado en 1935 en el que, al principio, participaron todas las organizaciones obreras catalanas, pero que poco después quedó reducido al Partit comunista de Catalunya (la sección catalana del PCE), Partit cátala proletari (escisión de los independentistas de Estat catalá), Federación catalana del PSOE y Unió socialista de Catalunya (grupo socialdemócrata que había colaborado estrechamente con Esquerra Republicana). Joan Comorera, proveniente de la USC, es el secretario general y permanecerá en cargo hasta 1949. El nuevo partido actuaría conjuntamente con el PCE, pero mantenía su independencia orgánica e, incluso, como primer caso que se daba de reconocimiento de un partido nacional no estatal, tuvo voz propia en la Internacional Comunista (1939).
La formación de las JSU podía presagiar próxima unidad entre PSOE y PCE. Esta no fue posible por las resistencias del ala reformista del PSOE (Prieto, Besteiro, :.), por las dificultades que ofrecía el infantilismo revolucionario de la corriente encabezada por Largo Caballero y por una insuficiente labor de lucha ideológica por parte del PCE; sin embargo, llegó a actuar durante la guerra un comité de enlace entre ambos partidos. El desarrollo negativo de la lucha militar facilitó el florecimiento de posiciones oportunistas de todo tipo que paralizaron definitivamente el proyecto unitario. En el caso de Catalunya, en cambio, la relativa autonomía de la Federación catalana del PSOE respecto a la dirección estatal, y la necesidad imperiosa de contar con una fuerte organización marxista ante la influencia de los anarcosindicalistas, permitieron superar con mayor facilidad las tendencias sectarias.
Por último, al mismo tiempo que trabajaba por la unidad, el PCE se reforzó enormemente durante el año 36. La consolidación ideológica y política operada desde 1934, con el apoyo de la Internacional, le permitió conocer mejor la realidad española, desarrollar su línea política en todos los aspectos, homogeneizar su dirección inexperta elegida en 1932, y mejorar su estilo de trabajo. Los resultados organizativos no se hicieron esperar: el Partido multiplicó por tres sus efectivos a lo largo de 1936, hasta alcanzar los cien mil en los primeros meses de la guerra. El PCE consiguió una implantación militante que reflejaba la composición del proletariado en España, con el enorme peso de los jornaleros, y las tendencias revolucionarias de los campesinos pobres y los intelectuales.
En resumen, podemos decir que el esfuerzo ideológico, político y organizativo realizado por el PCE durante los dos últimos años antes de la guerra civil dio buenos resultados en cuanto a poner el proletariado en condiciones de dirigir la revolución española. Para un partido que no logró romper hasta 1934 su revolucionarismo infantil, falto de experiencia, por tanto, ante tareas de enorme envergadura, y que no representaba ni de lejos la fuerza más numerosa del proletariado, el balance de aquellos años puede considerarse positivo.
Una batalla perdida Aunque no es nuestro propósito tratar extensamente aquí sobre la labor del PCE durante la guerra, vamos a dar algunas indicaciones al respecto, que son necesarias para entender mejor el alcance de la política de Frente popular así como sus resultados prácticos. Por lo demás, los textos y discursos de José Díaz reproducidos en "Tres años de lucha" proporcionan bastantes datos respecto a la actitud del PCE frente al alzamiento fascista.
Hasta 1939 el PCE siguió propugnando el Frente popular, no ya para prevenir el fascismo sino para derrotarlo militarmente. La primera tarea revolucionaria era aplastar a los sublevados y, a tal fin, había que subordinar todo lo demás, como el PCE valoró con justeza. El sistema de alianzas que el PCE se esforzó por construir, comprendía básicamente a las clases y fuerzas que integraron el acuerdo electoral del Frente popular más todos aquellos que no se habían sumado al Alzamiento y que estaban contra la sumisión a Alemania e Italia, como era el caso de los nacionalistas burgueses vascos del PNV y de los demócratas-cristianos catalanes de UDC. En el exterior, la alianza se extendía a todos los gobiernos y partidos en el mundo que se opusieran al fascismo. La plataforma sobre la que se cimentaba tanto la unidad interior como las alianzas internacionales comprendía los siguientes aspectos:
*La defensa de la República democrática y el respeto a los tratados internacionales suscritos antes de la guerra.
*La aplicación de todas las medidas económicas, sociales y políticas tendentes a facilitar el esfuerzo militar y a satisfacer las reivindicaciones más apremiantes del pueblo, en particular, la expropiación de las tierras, empresas y otros bienes de los que se hubiesen sumado a los fascistas y el control gubernamental sobre la industria.
*La puesta en pie de un ejército popular, dotado de un mando único, que aglutinase todas las unidades creadas por los partidos y sindicatos, así como las fuerzas militares y de seguridad fieles a la República.
Los objetivos que el PCE se fijó, su política de alianzas, así como el programa defendido, respondían a la realidad española e internacional. Ahora bien, el Frente popular, como toda amplia alianza con sectores burgueses y pequeño-burgueses, era al mismo tiempo que una plataforma unitaria, un terreno de confrontación entre distintos intereses, entre distintas maneras de enfocar el problema de la guerra y del fascismo. Muy a menudo, el PCE no contaba con la fuerza suficiente para hacer prevalecer su punto de vista, tal como se vio con extrema claridad en la dirección concreta de la guerra, por lo general en manos de incompetentes cuando no, de elementos vacilantes. Por otra parte, se sumaron dificultades insalvables entre 1936 y 39 que debilitaron el Frente popular hasta arruinarlo por completo. Nos referimos, en primer lugar, a la traición de las democracias occidentales que, mediante vergonzosa política de no intervención, cortaron toda ayuda a la República, esperando así apaciguar el Eje fascista. Esta actitud demencial culminó en el famoso Pacto de Munich entre Hitler, Mussolini y los gobiernos francés y británico, en septiembre de 1938, que no sólo sentenció a muerte la República española, sino que dio vía libre a Hitler para desencadenar la guerra mundial. En segundo lugar, está la división del proletariado español. No hubo manera de ir mucho más allá de lo que se consiguió entre finales del 35 y julio del 36 al crear las JSU y el PSUC. No se pudo lograr al menos una estrecha unidad de acción entre el PCE y el PSOE, ni tampoco arrancar las masas anarcosindicalistas de su infantilismo izquierdista. La debilidad política de la clase obrera, que soportó el peso principal de la guerra, acabó por dejar vía libre a la desmoralización y a los entreguistas de derecha e "izquierda" que, a última hora, mediante el golpe de Estado de Casado y su Junta, hundieron la resistencia y precipitaron la victoria de los franquistas.
En este último caso, en relación a la unidad proletaria, tampoco puede decirse que el PCE realizara un buen trabajo, pero, además, cometió otros errores de distinto tipo. Entre ellos cabe destacar una peligrosa actitud derechista consistente en desarrollar su actuación casi exclusivamente a través del Frente popular, en encadenar demasiado a menudo sus decisiones a lo que estaban o no dispuestos a aceptar los republicanos y los socialistas. Tomemos el ejemplo de la política internacional. El PCE respetó escrupulosamente los tratados firmados por los anteriores gobiernos republicanos y, en concreto, el que hacía referencia a Marruecos, al reparto de este país entre Francia y España. El PCE propugnaba entonces la autonomía para el Protectorado marroquí, pero ¿realizó un serio esfuerzo para lograr que al menos ésta se concretara? La no satisfacción de sus reivindicaciones empujó a los nacionalistas marroquíes a apoyar a Franco esperando con ello lograr lo que el gobierno republicano fue incapaz de darles.
Si bien hay que reconocer la existencia de serios errores derechistas en la táctica del PCE a lo largo de la guerra, carecen, en cambio, de fundamento las críticas que se le han dirigido desde posiciones izquierdistas. Según éstas, el PCE traicionó al proletariado e, incluso, hizo imposible la victoria militar al supeditarlo todo al esfuerzo de guerra. Los que actuaron en 1936 de acuerdo con este punto de vista y, por tanto, agudizaron al máximo la lucha de clases en la zona republicana, hicieron en realidad un flaco servicio a la "revolución": desunieron el pueblo y empujaron hacia la colaboración activa o la simpatía con los franquistas a sectores de población que no se habían adherido al Alzamiento o que permanecieron simplemente neutrales.
En resumen, la justeza de la política seguida por el PCE, su influencia creciente entre la clase obrera y el pueblo, su desarrollo organizativo y sus grandes contribuciones al esfuerzo militar no bastaron para lograr que el Frente popular quedara en lo fundamental bajo dirección proletaria. Por el contrario, fueron la pequeña y la media burguesía quienes dirigieron de hecho la alianza desde sus posiciones en el aparato de Estado republicano. En estas condiciones, la ruptura del frente antifascista mundial, trabajosamente impulsado por la URSS y el movimiento comunista, aisló la República española e hizo estallar los puntos débiles del Frente popular. No obstante, si éste fue demasiado frágil para ganarla guerra, sí permitió una heroica lucha de tres años. Fue el único ejemplo que hubo en Europa, antes de la II Guerra mundial, de resistencia encarnizada a la barbarie fascista.
LQSomos. Ferran Fullà. Enero de 2008
Más artículos del autor
Primera parte. La experiencia comunista: http://www.loquesomos.org/lacalle/tuopinion/Laexperienciacomunista1.htm Notas:
(1) La Federación catalano-balear, dirigida por Joaquín Maurín, se separó de hecho del Partido en 1929. En el III Congreso de agosto del 29 se manifestaron divergencias de línea; J. Maurín se negó más tarde a autocriticarse y fue expulsado. Con él se escindió la FCB. Maurín siguió apelando a la dirección de la Internacional, sin reconocer la dirección del PCE. Finalmente, en julio del 31, la Internacional decidió ratificarla expulsión de Maurín por posiciones liberales y derechistas. Mientras, en marzo, la FCB se había fusionado con un grupo llamado Partit comunista cátala (J.Arquer) y se convirtió en Bloque Obrero y Campesino. Este nuevo partido, con una orientación esencialmente pragmática y fuertes influencias bujarinistas, significó un intento de crear una tercera vía entre las Internacionales II y III.
(2) En febrero del 35, participó en los intentos de sentar las bases de una unificación entre los distintos partidos obreros en Catalunya, pero a lo largo de este año se inclinó por las posiciones trotskistas de Izquierda comunista de Andreu Nin, con la que formaría en septiembre el Partido obrero de unificación marxista (POUM). El POUM, aunque enfrentado con Trotsky por distintas consideraciones tácticas como por ejemplo el rechazo absoluto de éste al Frente Popular, desarrolló en España una línea izquierdista que podemos calificar sin duda de trotskista. En 1937 protagonizó, junto a sectores de la FAI y la CNT, un levantamiento armado contra la Generalitat, motivo por el cual sus dirigentes son encarcelados y el partido es disuelto. Andreu Nin desapareció seguramente en manos de los servicios secretos soviéticos. En los años 40, una parte de lo que quedó del POUM forma un grupo socialista en Catalunya que hoy milita en las filas del PSC-PSOE |