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Año V. /
La experiencia comunista. Segunda parte

Algunas lecciones de la historia del P.C.E.

La bandera de la unidad

El triunfo de las fuerzas oligárquicas en las elecciones de 1933 puso fin a las tími­das reformas con que nació la República. Durante los dos años siguientes, el llama­do Bienio negro, la contrarrevolución se organizaría desde el mismo gobierno. Pe­ro éste no fue el único hecho alarmante que tuvo lugar en 1933. La victoria de la reacción en España fue precedida por el asalto al poder del Partido nacionalsocia­lista alemán de Hitler. En este caso, un re­lativo triunfo electoral desencadenó una rápida liquidación de las instituciones democráticas y el inicio de una oleada de te­rror que aplastó en poco tiempo la resis­tencia desorganizada del pueblo alemán.

El avance del fascismo parecía ya incon­tenible: en 1934, más de la mitad de los Estados europeos habían caído en manos de dictaduras fascistas o militares.

La subida al poder de Hitler puso trági­camente en evidencia los errores izquier­distas en que había incurrido la Interna­cional desde su VI Congreso de 1928, y espoleó todos los partidos comunistas ha­cia un cambio radical de táctica que se produjo entre finales de 1933 y el verano de 1935 (VII Congreso de la Internacio­nal).

Gracias a esta rectificación acele­rada, la Internacional Comunista fue la única fuerza en el mundo que supo dar una visión precisa de lo que significaba el auge fascista y proponer los medios para atajarlo. En primer lugar, indicó la natura­leza de clase del fascismo: "la dictadura abierta de los elementos más reacciona­rios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero" (XIII Pleno del Cté. ejecutivo, diciembre de 1933), y ex­plicó su" origen en la crisis política y económica iniciada en 1929, cuyo estalli­do fue capaz de prever:

"En fin, el tercer período es, en el fondo, el de elevación de la economía capita­lista y, casi paralelamente, la de la URSS más allá de sus niveles de antes de la gue­rra (iniciación del llamado período de "re­construcción", nuevo crecimiento de las formas socialistas de la economía sobre la base de una técnica nueva). Para el mundo capitalista, este período es el de un rápido desenvolvimiento de la técnica, un intenso crecimiento de los cartels, de los trusts, de las tendencias al capitalismo de estado y, conjuntamente, el de un poderoso desenvolvimiento de las contradicciones de la economía mundial, moviéndose en formas determinadas en todo el curso anterior de la crisis del capitalismo (mercados reduci­dos, existencia de la Unión Soviética, mo­vimientos coloniales, agudización de las contradicciones internas del imperialis­mo). Este tercer período, que ha agravado particularmente la contradicción existente entre el crecimiento de las fuerzas produc­tivas y la reducción de los mercados, hace inevitable una nueva fase de guerras entre los estados imperialistas, de guerras de es­tos últimos contra la URSS, de guerras de liberación nacional contra los imperialistas y sus intervenciones, de gigantescas bata­llas de clase". ("Tesis sobre la situación y las tareas de la Internacional Comunista", introducción. Resoluciones del VI Congre­so de la IC, julio-setiembre de 1928).

"La marca característica del fascismo es que en el momento del quebrantamiento del régimen económico capitalista y en ra­zón de circunstancias objetivas y subjeti­vas, la burguesía se aprovecha del descon­tento de la pequeña y de la media burgue­sía urbana y rural y aun de ciertas capas del proletariado, para crear un movimien­to de masas reaccionario con el fin de detener en su camino el desarrollo de la revolución", (ídem., punto 24).

En segundo lugar, la Internacional en­tendió que la victoria del fascismo en Ale­mania era el principio de una nueva lucha por la hegemonía mundial entre los agresi­vos imperialistas nazis y las democracias burguesas occidentales, que acabaría por desembocar en una guerra.

En tercer lugar, ante este previsible desa­rrollo de los hechos, señaló el interés coin­cidente del proletariado y los pueblos y de las burguesías occidentales en prevenir la guerra y oponerse a la expansión nazi-fas­cista. Para ello, había que levantar un po­deroso movimiento por la paz cuyas pie­zas maestras serían, por un lado, los trata­dos defensivos entre las potencias occiden­tales y la Unión soviética, y por otro, la formación en cada país de frentes popula­res antifascistas, impulsados por la unidad de los partidos, sindicatos y otras organi­zaciones implantadas en la clase obrera, es decir el frente único proletario.

En España, a lo largo de 1934, los go­biernos formados por el Partido Radical de Lerroux, apoyados desde el Parlamento por los reaccionarios de la CEDA (Gil Ro­bles), atacaron las condiciones de vida de las clases trabajadoras y los derechos de­mocráticos de todo el pueblo. Fue impo­niéndose entonces, para resistir a la ofen­siva derechista, una corriente unitaria que abarcaba desde los anarcosindicalistas de la CNT hasta el PSOE y la UGT, los nacio­nalistas catalanes, y varias sectores repu­blicanos. Destaca especialmente el papel jugado en ella por el PSOE, con su brusco viraje político y el paso de su dirección a manos del ala revolucionaria que desbancó a los Prieto, Besteiro, etc. Francisco Largo Caballero, antiguo dirigente reformista de la UGT y ex miembro del Consejo de Es­tado bajo la Dictadura, encabezó la nueva orientación, impregnada tanto de sincero espíritu revolucionario como de descono­cimiento de los principios de la política marxista.

El PCE permaneció ajeno durante meses a este movimiento unitario que cuajó en las Alianzas obreras, al oponerse a todo acuerdo con los "socialfascistas", mientras el Bloque obrero y campesino (BOC) (1), escisión que en 1930 afectó al Partido en Catalunya, trabajaba, en cambio, activa­mente por su creación. El 4 de octubre del 34, al concretarse la entrada de tres miem­bros de la CEDA en el gobierno, el PSOE, los anarcosindicalistas y varios sectores re­publicanos y catalanistas se aprestaron alanzar inmediatamente, para el día 6 del mismo mes, un movimiento insurreccional con el fin de abatir el nuevo gobierno y parar los pies a la reacción. El PCE, que había superado su actitud sectaria, se inte­gró finalmente en la Alianza obrera que, de esta forma, en Asturias, agrupó a todos los sectores proletarios en un frente único e hizo posible la victoria de la huelga gene­ral contra el gobierno y su transforma­ción en levantamiento armado. El rápido aplastamiento de la insurrección de la Generalitat catalana, a la que no se sumó la CNT, y la debilidad de la Alianza obrera en el resto del Estado, dejaron a Asturias aislada, durante dos semanas, haciendo frente a la Legión.

La derrota sangrienta de los trabajadores asturianos no hizo más que dar nuevo em­puje al espíritu unitario. Por un lado, el pueblo aprendió a conocer mejor a su ene­migo y amplísimos sectores se dieron cuenta del peligro que les amenazaba. Por otro, era vital sumar fuerzas para lograr la liberación de las decenas de miles de pre­sos con que se saldó el levantamiento, y recuperar los derechos constitucionales y las instituciones autónomas catalanas su­primidos. Estas distintas motivaciones alla­naron el terreno para el entendimiento en­tre republicanos, socialistas, anarquistas y comunistas. Sobre esta base nació el Frente popular.

En abril del 35, el PCE lanzó una propuesta de Bloque popular antifascista para hacer frente a la represión, luchar por la paz, y prevenir el golpe militar. De los cuatro puntos iniciales defendidos por el PCE (reforma agraria inmediata y sin in­demnización, autodeterminación para las nacionalidades, mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores, amnistía para los presos políticos y sociales), tan sólo el último fue finalmente aceptado por los partidos republicanos. Por su parte, el PSOE, con posiciones claramente izquier­distas, opuso resistencia a colaborar de nuevo con los republicanos.

La conciencia creciente del peligro nazi, el aplastamiento por el ejército de las mili­cias socialistas austriacas en febrero del 34, los pactos de unidad de acción, firmados en julio y agosto del 34 por los socialistas y comunistas franceses e italianos, el tratado franco-soviético de mayo del 35, y el llamamiento del VII Congreso de la Internacional Comunista a la formación de entes populares fueron otros tantos estímulos exteriores que facilitaron la conclusión en enero del 36 del acuerdo electoral de Frente popular en España. Participaron en él las fuerzas burguesas y pequeño-burguesas de Unión Republicana e Izquierda Republicana, el Partido Sindicalista, el Partido Obrero de Unificación Marxista (trotskista disidente) (2), la UGT, el PSOE y sus juventudes, y el PCE.  

En Catalunya, se extendió a Esquerra Republicana, Acció Catalana, Unió de ibassaires (sindicato campesino), etc. La CNT, aunque no estuvo presente en las listas electorales, apoyó sin reservas el Frente. Merece también citarse el caso del Partido nacionalista vasco (PNV) que, sin subirse a la coalición de Frente popular, mantuvo su lealtad a la República y participó posteriormente en el gobierno de Madrid durante la guerra.

El 16 de febrero, la victoria de las candi­daturas de Frente popular puso fin al go­bierno Pórtela. El republicano Manuel Azaña formó nuevo gobierno; 30.000 pre­sos salieron a la calle; se restablecieron los derechos constitucionales; Catalunya recu­peró sus instituciones. La burguesía financiera, los terratenientes y el alto personal del ejército y la Iglesia no estaban dispues­tos a perder más influencia y poder. El fracaso de la contrarrevolución parlamen­taria, intentada durante el Bienio negro, hizo inevitable la guerra al serle favorable a la oligarquía la situación internacional. De febrero a julio las principales fuerzas sociales se prepararon para un enfrentamiento armado. Los dirigentes reacciona­rios pusieron a punto su golpe de Estado en conexión con Hitler y Mussolini. Los partidos obreros y nacionalistas, y los sin­dicatos organizaron grupos paramilitares. Se desencadenaron oleadas de huelgas y manifestaciones por objetivos políticos y económicos, en particular contra el te­rrorismo fascista destinado a crear el cli­ma de opinión necesario para el golpe y facilitarle incluso su excusa.  

Cuatro tareas del PCE en 1936  

El PCE se fijó cuatro objetivos que sólo se cumplieron en parte:  

Reforzar el Frente popular y convertir­lo en un frente de lucha antifascista. Es decir superar el mínimo acuerdo electoral y hacerlo útil para desbaratar los prepara­tivos militares del enemigo. De febrero a julio, esto no pudo lograrse; ni las inter­venciones de los 16 diputados del PCE, ni las demandas populares exigiendo que se adoptaran medidas firmes para desarticu­lar la conspiración golpista, hicieron mella en un gobierno de liberales empeñados en mantenerse a igual distancia de los reac­cionarios que del proletariado. La imposi­bilidad de forzar al gobierno en la repre­sión de los golpistas fue debida, entre otras causas, a la división del movimiento obrero. Los anarcosindicalistas, una vez li­berados sus presos, pretendían seguir im­pulsando su revolución social. Para el POUM, estaba en puertas una revolución más profunda que la de Octubre del 17 en Rusia, y las tendencias golpistas manifes­taban la resistencia desesperada de la b ur­guesía que podía ser aplastada, si antes el proletariado se hacía con todo el poder. El PSOE, apoyándose en su fuerza, espe­raba la caída del gobierno para coger en sus manos el poder.  

Al predominar en las fuerzas obreras po­siciones políticas izquierdistas y aventure­ras, no se pudo llevar realmente una ac­ción masiva y eficaz de prevención de los manejos contrarrevolucionarios y de trans­formación del Frente popular en un sólido frente de lucha antifascista.  

Extender y vivificar el Frente único del proletariado. A pesar del indudable acer­camiento por la base de las distintas fuer­zas obreras, de la estrecha colaboración es­tablecida en las luchas de octubre del 34, de la acción conjunta, luego, en los comi­tés para la liberación y la ayuda a los presos, el fortalecimiento del frente único proletario sólo podía avanzar con garan­tías si había unidad en cuanto al objetivo principal del momento: desmontar la con­trarrevolución en marcha. Las divergencias respecto a cómo entender la importancia de esta tarea no permitieron forjar entre febrero y julio del 36 una sólida unidad de clase.  

Luchar por la unidad sindical íntegra. Se consiguen dar algunos pasos hacia la uni­dad sindical, pero por las mismas razones antes apuntadas no se logra ningún cam­bio importante en la tradicional división entre UGT y CNT. En noviembre de 1935, la CGTU, impulsada por los comu­nistas, fruto de sus anteriores concepcio­nes sobre los sindicatos rojos, se había in­tegrado en la UGT. En la CNT, se empie­zan a manifestar posiciones más abiertas que permitirán más tarde, en plena guerra, una aproximación con la UGT a través de un comité de enlace entre ambas centra­les.  

Luchar por la unidad orgánica y política del proletariado. Después de los combates de octubre del 34 y de la rectificación de su línea izquierdista, el PCE estaba en condiciones de dar los primeros pasos hacia la unidad orgánica y política del prole­tariado, hacia la formación de un partido único marxista-leninista. La situación es­pañola de 1934 a 1936 fue quizá única en Europa en cuanto a favorecer el éxito de esta tarea: socialistas y comunistas luchan­do codo a codo, incluso con las armas, contra un gobierno reaccionario, la direc­ción del PSOE en manos de un sector re­volucionario obrerista, las aspiraciones unitarias entre amplias capas de trabajadores, el prestigio creciente de la Unión so­viética por sus grandes realizaciones en la edificación del socialismo y su política in­ternacional de paz, la voluntad unitaria expresada por la Internacional comunista desde su VII Congreso.  

Las condiciones de unificación puestas por los comunistas eran las siguientes:  

* independencia de los socialdemócratas respecto a la burguesía.
* unidad de acción.
*reconocimiento de la necesidad de de­rrocar la burguesía mediante la revolución y de la dictadura del proletariado.
*no apoyar a la propia burguesía en ca­so de guerra imperialista.
*seguir en lo organizativo el centralismo democrático.  

Los resultados prácticos de esta labor unitaria se empezaron a manifestar en 1936: comité de enlace entre las juventudes socialistas y comunistas y acuerdo de fusión en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) en abril de 1936 (S. Carrillo, seretario general, y F. Claudín, el prime-proveniente de los socialistas, y el se­gundo de los comunistas, son sus principales dirigentes); y creación del P artit Socialisa Unificat de Catalunya (PSUC) en julio 1936, al final de un proceso iniciado en 1935 en el que, al principio, participaron todas las organizaciones obreras catalanas, pero que poco después quedó reducido al Partit comunista de Catalunya (la sección catalana del PCE), Partit cátala proletari (escisión de los independentistas de Estat catalá), Federación catalana del PSOE y Unió socialista de Catalunya (grupo socialdemócrata que había colaborado estrechame­nte con Esquerra Republicana). Joan Comorera, proveniente de la USC, es el secretario general y permanecerá en cargo hasta 1949. El nuevo partido actuaría conjuntamente con el PCE, pero mantenía su independencia orgánica e, incluso, como primer caso que se daba de reconocimiento de un partido nacional no estatal, tuvo voz propia en la Internacional Comunista (1939).  

La formación de las JSU podía presagiar próxima unidad entre PSOE y PCE. Esta no fue posible por las resistencias del ala reformista del PSOE (Prieto, Besteiro, :.), por las dificultades que ofrecía el infantilismo revolucionario de la corriente encabezada por Largo Caballero y por una insuficiente labor de lucha ideológica por parte del PCE; sin embargo, llegó a actuar durante la guerra un comité de enlace entre ambos partidos. El desarrollo negativo de la lucha militar facilitó el florecimiento de posiciones oportunistas de todo tipo que paralizaron definitivamente el proyec­to unitario. En el caso de Catalunya, en cambio, la relativa autonomía de la Fede­ración catalana del PSOE respecto a la di­rección estatal, y la necesidad imperiosa de contar con una fuerte organización marxista ante la influencia de los anarco­sindicalistas, permitieron superar con mayor facilidad las tendencias sectarias.  

Por último, al mismo tiempo que traba­jaba por la unidad, el PCE se reforzó enor­memente durante el año 36. La consolida­ción ideológica y política operada desde 1934, con el apoyo de la Internacional, le permitió conocer mejor la realidad espa­ñola, desarrollar su línea política en todos los aspectos, homogeneizar su dirección inexperta elegida en 1932, y mejorar su estilo de trabajo. Los resultados organiza­tivos no se hicieron esperar: el Partido multiplicó por tres sus efectivos a lo largo de 1936, hasta alcanzar los cien mil en los primeros meses de la guerra. El PCE consi­guió una implantación militante que refle­jaba la composición del proletariado en España, con el enorme peso de los jornale­ros, y las tendencias revolucionarias de los campesinos pobres y los intelectuales.  

En resumen, podemos decir que el esfuerzo ideológico, político y organizati­vo realizado por el PCE durante los dos úl­timos años antes de la guerra civil dio bue­nos resultados en cuanto a poner el proletariado en condiciones de dirigir la revolu­ción española. Para un partido que no logró romper hasta 1934 su revolucionarismo infantil, falto de experiencia, por tan­to, ante tareas de enorme envergadura, y que no representaba ni de lejos la fuerza más numerosa del proletariado, el balance de aquellos años puede considerarse posi­tivo.

Una batalla perdida

Aunque no es nuestro propósito tratar extensamente aquí sobre la labor del PCE durante la guerra, vamos a dar algunas in­dicaciones al respecto, que son necesarias para entender mejor el alcance de la polí­tica de Frente popular así como sus resultados prácticos. Por lo demás, los textos y discursos de José Díaz reproducidos en "Tres años de lucha" proporcionan bastantes datos respec­to a la actitud del PCE frente al alzamien­to fascista. Hasta 1939 el PCE siguió propugnando el Frente popular, no ya para prevenir el fascismo sino para derrotarlo militarmen­te. La primera tarea revolucionaria era aplastar a los sublevados y, a tal fin, había que subordinar todo lo demás, como el PCE valoró con justeza. El sistema de alianzas que el PCE se esforzó por cons­truir, comprendía básicamente a las clases y fuerzas que integraron el acuerdo electoral del Frente popular más todos aquellos que no se habían sumado al Alzamiento y que estaban contra la sumisión a Alemania e Italia, como era el caso de los nacionalis­tas burgueses vascos del PNV y de los de­mócratas-cristianos catalanes de UDC. En el exterior, la alianza se extendía a todos los gobiernos y partidos en el mundo que se opusieran al fascismo. La plataforma sobre la que se cimentaba tanto la unidad interior como las alianzas internacionales comprendía los siguientes aspectos:  

*La defensa de la República democráti­ca y el respeto a los tratados internaciona­les suscritos antes de la guerra.
*La aplicación de todas las medidas eco­nómicas, sociales y políticas tendentes a facilitar el esfuerzo militar y a satisfacer las reivindicaciones más apremiantes del pueblo, en particular, la expropiación de las tierras, empresas y otros bienes de los que se hubiesen sumado a los fascistas y el control gubernamental sobre la industria.
*La puesta en pie de un ejército popular, dotado de un mando único, que aglutinase todas las unidades creadas por los partidos y sindicatos, así como las fuerzas militares y de seguridad fieles a la República.  

Los objetivos que el PCE se fijó, su polí­tica de alianzas, así como el programa de­fendido, respondían a la realidad española e internacional. Ahora bien, el Frente po­pular, como toda amplia alianza con sec­tores burgueses y pequeño-burgueses, era al mismo tiempo que una plataforma unitaria, un terreno de confrontación entre distintos intereses, entre distintas maneras de enfocar el problema de la guerra y del fascismo. Muy a menudo, el PCE no con­taba con la fuerza suficiente para hacer prevalecer su punto de vista, tal como se vio con extrema claridad en la dirección concreta de la guerra, por lo general en manos de incompetentes cuando no, de elementos vacilantes. Por otra parte, se su­maron dificultades insalvables entre 1936 y 39 que debilitaron el Frente popular hasta arruinarlo por completo. Nos referi­mos, en primer lugar, a la traición de las democracias occidentales que, mediante vergonzosa política de no intervención, cortaron toda ayuda a la República, espe­rando así apaciguar el Eje fascista. Esta actitud demencial culminó en el famoso Pacto de Munich entre Hitler, Mussolini y los gobiernos francés y británico, en septiembre de 1938, que no sólo sentenció a muerte la República española, sino que dio vía libre a Hitler para desencadenar la guerra mundial. En segundo lugar, está la división del proletariado español. No hubo manera de ir mucho más allá de lo que se consiguió entre finales del 35 y julio del 36 al crear las JSU y el PSUC. No se pudo lograr al menos una estrecha unidad de ac­ción entre el PCE y el PSOE, ni tampoco arrancar las masas anarcosindicalistas de su infantilismo izquierdista. La debilidad política de la clase obrera, que soportó el peso principal de la guerra, acabó por de­jar vía libre a la desmoralización y a los entreguistas de derecha e "izquierda" que, a última hora, mediante el golpe de Esta­do de Casado y su Junta, hundieron la re­sistencia y precipitaron la victoria de los franquistas.  

En este último caso, en relación a la uni­dad proletaria, tampoco puede decirse que el PCE realizara un buen trabajo, pero, además, cometió otros errores de distinto tipo. Entre ellos cabe destacar una peligro­sa actitud derechista consistente en desa­rrollar su actuación casi exclusivamente a través del Frente popular, en encadenar demasiado a menudo sus decisiones a lo que estaban o no dispuestos a aceptar los republicanos y los socialistas. Tomemos el ejemplo de la política internacional. El PCE respetó escrupulosamente los trata­dos firmados por los anteriores gobiernos republicanos y, en concreto, el que hacía referencia a Marruecos, al reparto de este país entre Francia y España. El PCE pro­pugnaba entonces la autonomía para el Protectorado marroquí, pero ¿realizó un serio esfuerzo para lograr que al menos és­ta se concretara? La no satisfacción de sus reivindicaciones empujó a los nacionalistas marroquíes a apoyar a Franco esperando con ello lograr lo que el gobierno republi­cano fue incapaz de darles.  

Si bien hay que reconocer la existencia de serios errores derechistas en la táctica del PCE a lo largo de la guerra, carecen, en cambio, de fundamento las críticas que se le han dirigido desde posiciones izquierdis­tas. Según éstas, el PCE traicionó al prole­tariado e, incluso, hizo imposible la victo­ria militar al supeditarlo todo al esfuerzo de guerra. Los que actuaron en 1936 de acuerdo con este punto de vista y, por tanto, agudizaron al máximo la lucha de clases en la zona republicana, hicieron en realidad un flaco servicio a la "revolu­ción": desunieron el pueblo y empujaron hacia la colaboración activa o la simpatía con los franquistas a sectores de pobla­ción que no se habían adherido al Alza­miento o que permanecieron simplemente neutrales.  

En resumen, la justeza de la política se­guida por el PCE, su influencia creciente entre la clase obrera y el pueblo, su desa­rrollo organizativo y sus grandes contribu­ciones al esfuerzo militar no bastaron para lograr que el Frente popular quedara en lo fundamental bajo dirección proletaria. Por el contrario, fueron la pequeña y la media burguesía quienes dirigieron de hecho la alianza desde sus posiciones en el aparato de Estado republicano. En estas condicio­nes, la ruptura del frente antifascista mun­dial, trabajosamente impulsado por la URSS y el movimiento comunista, aisló la República española e hizo estallar los pun­tos débiles del Frente popular. No obstan­te, si éste fue demasiado frágil para ganarla guerra, sí permitió una heroica lucha de tres años. Fue el único ejemplo que hu­bo en Europa, antes de la II Guerra mun­dial, de resistencia encarnizada a la barba­rie fascista.

LQSomos. Ferran Fullà. Enero de 2008
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Primera parte. La experiencia comunista: http://www.loquesomos.org/lacalle/tuopinion/Laexperienciacomunista1.htm

Notas:

(1) La Federación catalano-balear, dirigida por Joaquín Maurín, se separó de hecho del Partido en 1929. En el III Congreso de agosto del 29 se manifestaron divergencias de línea; J. Maurín se negó más tarde a autocriticarse y fue expulsado. Con él se escindió la FCB. Maurín siguió apelan­do a la dirección de la Internacional, sin recono­cer la dirección del PCE. Finalmente, en julio del 31, la Internacional decidió ratificarla expulsión de Maurín por posiciones liberales y derechistas. Mientras, en marzo, la FCB se había fusionado con un grupo llamado Partit comunista cátala (J.Arquer) y se convirtió en Bloque Obrero y Cam­pesino. Este nuevo partido, con una orientación esencialmente pragmática y fuertes influencias bujarinistas, significó un intento de crear una ter­cera vía entre las Internacionales II y III.

(2) En febrero del 35, participó en los intentos de sentar las bases de una unificación entre los dis­tintos partidos obreros en Catalunya, pero a lo largo de este año se inclinó por las posiciones trotskistas de Izquierda comunista de Andreu Nin, con la que formaría en septiembre el Partido obrero de unificación marxista (POUM). El POUM, aunque enfrentado con Trotsky por dis­tintas consideraciones tácticas como por ejemplo el rechazo absoluto de éste al Frente Popular, de­sarrolló en España una línea izquierdista que po­demos calificar sin duda de trotskista. En 1937 protagonizó, junto a sectores de la FAI y la CNT, un levantamiento armado contra la Generalitat, motivo por el cual sus dirigentes son encarcelados y el partido es disuelto. Andreu Nin desapareció segu­ramente en manos de los servicios secretos sovié­ticos. En los años 40, una parte de lo que quedó del POUM forma un grupo socialista en Cata­lunya que hoy milita en las filas del PSC-PSOE