|
La Calle
|
| Año IV / | |||||
|
…Y ahí sigue permaneciendo la jodida placa, como desafiando a los que sobrevivimos y a la siguiente generación, a las lluvias y al sol, a la nieve y al granizo. Desapareció el campo de concentración, donde tantos cayeron sin dejar el menor rastro, ni siquiera una modesta piedra y donde, desde entonces, como un milagro de la naturaleza, cada primavera, la lluvia y el sol hacen el prodigio de una generosa siembra de rojas amapolas. Murieron (en sus lechos) los generales sublevados y se extinguieron en el olvido los nombres de sus subalternos, los de los jerarcas y los de los torturadores; regresaron los pobres diablos que marcharon a Rusia con la División Azul para “combatir al comunismo“; pasaron los “tiempos del cambio”, con sus amnistías, sus gobiernos, sus ayuntamientos democráticos y su Constitución, que inauguraban las amplias autopistas por donde penetrarían las voraces multinacionales para convertir este país en tierra de promisión y de pastoreo de transnacionales sin escrúpulos, hasta convertir Iberia en un inmenso supermercado donde todo está en venta, y enterrado definitivamente Marx por los magos de la palabra, los nuevos flautistas de Hamelín, aquellos que ahora bostezan en los tibios aposentos del poder. Entretanto, un ejército de zombis, que viajan eternamente en los vagones del Metro de las grandes ciudades, se encaminan hacia un trabajo embrutecedor, ya lejanos los sueños de la utopía y la autogestión. Tres veces ardió el pinar en estos treinta y dos años, otras tantas se le secaron a la parienta las plantas del balcón con los fríos, cuatro perros se me murieron, regresaron los tres exiliados que sobrevivieron al Señor del Pardo; salieron de donde estuvieron ocultos, mientras éste vivió, los “topos” que le sobrevivieron, varias veces parieron las que fueron mozas cuando lo fui yo y más de una falleció ya, asfaltaron las calles y la carretera, trajeron el teléfono, la luz, el agua, que antes había que acarrear desde el caño de la plaza, la televisión y el Internet; extrajeron la vieja peña de la plaza, allí donde paraba el coche de línea, para que puedan aparcar ahora los coches de los forasteros que vienen a comer a lo de Lucio y a hacer fotos a la iglesia vieja del barrio de San Juan, (donde murió abrasado por un rayo el Aurelio mientras fornicaba con la Dionisia, qué ya le manda, como si no tuvieran otro sitio.) La lluvia, el sol y el tiempo tornaron gris plata la madera del abandonado colmenar y las puertas a las que llamábamos de chicos con un villancico para pedir una perra por las Pascuas, y en las que no se enmarcarán ya los que un día tomaron el camino de la ermita y el cementerio; desapareció el viejo lavadero, donde lavaban las mujeres y se apañaba más de una boda. Ardió el viejo molino donde acudíamos de chicos al crepúsculo para iniciarnos en el dulce arte de la masturbación, mientras contábamos las estrellas e identificábamos en el firmamento las constelaciones de Orión, y la Osa Menor, o nos fumábamos aquellos primeros pitillos de picadura mal liada que les robábamos a los padres; la nieve cubrió un año tras otro la sierra; desapareció la fragua del herrero en cuanto murió el tío Zacarías...pero la placa, ¡hay!, les sobrevivió a todos. Esa placa, que reemplazó a aquella otra que trajo El Cacharro un día de la capital en su bici, y que él mismo clavó en la esquina de la calle Real, que a partir de ese momento paso a llamarse, por consenso general, Calle del 14 de Abril, un día en el que los balcones reventaban de color y de aromas, y en el que el maestro de la escuela, acompañado por el Benito, que malinterpretó con la armónica el Himno de Riego, recitó un poema muy aplaudido por el pueblo: los treinta y cinco escolares, las mujeres, unos pocos labradores que abandonaron por una hora las labores del campo y el alcalde que salió de las elecciones del doce de abril, que leyó unas palabras para exaltar los valores republicanos y ciudadanos y con la sola ausencia del cura, aquel año en el que parió la Juana y se casó con el Miguel, por lo civil Todo pasó. Años después, aquel día de julio, no se me olvidará mientras viva, la cigüeña, asustada por los disparos, dejó de anidar desde entonces en la torre de la iglesia, junto a la veleta y el pararrayos, la cigüeña que anunciaba con su presencia en aquellos campos la primavera, precisamente a partir del día que “ellos” mataron al Ciriaco, por pintar una noche en la fachada de la iglesia, con hollín de la fragua: BIVA LA REPÚBLICA, ABAJO EL CLERO (sic) (que para poeta no iba pero cojones no le faltaban).
Casi se pueden oír aún, desde la distancia de los días, los cantos patrióticos y los formidables taconazos de los camisas azules formados marcialmente cuando regresaron al pueblo, quienes, tras mandar al pobre Florencio (el de los seis zagales y la mujer siempre preñada) destrozar con una maza la placa de la calle 14 de Abril, éste fue obligado a sustituirla por otra con el nombre del general sublevado. Un día del Segundo Año Triunfal, que decían ellos, entre redobles de tambores, metálicos sonidos de trompetas, y arribaespañas que nunca se les caían de la boca, ni siquiera antes de empezar el nodo en el cine. Porque a “ellos” no les bastó con vencer y derrotar a la “anarquía reinante y a la masonería” (palabras algunas de ellas desconocidas por estos pagos entonces), ellos vinieron para quedarse, con su “cultura” de canciones fascistas para amedrentar a los labriegos montaraces, con sus aceites de ricino, sus campos de concentración y sus “pozos del olvido”, sus lustrosas trinchas y sus bigotitos franquistas; sus cosechas de monumentos a los Caídos acompañadas de interminables relaciones de falangistas y siempre encabezadas por el eterno: JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA, ¡PRESENTE! y el CAIDOS POR ESPAÑA Y LA REVOLUCIÓN NACIONAL SINDICALISTA, en cuanto cementerio y fachada de iglesia encontraron a su paso, que fueron numerosas, (aunque aquí no se le tropezase la ropa ni siquiera al puto cacique de don Gabriel, que todos los que fueron a su “cruzada” lo hicieron movilizados por la fuerza y cayeron en Teruel, en el frente de Madrid y en Cataluña, porque aquí pudo más el miedo a los treinta falangistas que vinieron en camionetas y armados hasta los dientes desde la capital que los discursos de don Liberto, el maestro, al que dieron el “paseo” por leernos en clase poemas de Machado y de otros “rojos”. sus amenazadores mazos de yugos y flechas presidiendo las vidas de los lugareños y las entradas de los pueblos, para aviso de caminantes; sus marciales desfiles con sus boinas coloradas, (casi lo único rojo que se toleró en esos años en el paisaje de nuestras tristes vidas) entre el polvo de las calles sin empedrar y en medio del estupor general, entre pobres críos descalzos con el culo al aire y ladridos de famélicos perros, mientras Ginesito, el tonto del pueblo, arrastraba del extremo de una soga el retrato de don Manuel Azaña que habían descolgado del Ayuntamiento, entre las risas, las tímidas manos tendidas al frente y los aplausos del pueblo para que no se nos notase el pavor, que era mucho. Desapareció también aquella entrañable chapa ovalada que pusieron sobre la puerta del colegio, junto a aquella hermosa bandera tricolor de mi infancia, y donde aprendí a deletrear un día: MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚBLICA. ESCUELA NACIONAL DE PÁRVULOS, con el escudo de la República en el centro... Aquellas tejados de mi niñez bajo los que anidaban entonces, además de los vencejos que tejían allí sus nidos, los sueños de aquellas gentes humildes y laboriosas, con su casino y su ropa blanca tendida al sol, la barbería de Pacuco, donde los labriegos acudían los sábados a raparse la barba; el colmado de la Sabina, donde lo mismo se compraba una de aquellas ya desaparecidas y doradas hogazas de entonces que una hoz, o el ajuar de una novia; el abrevadero donde acudía el ganado a beber a las cinco de la tarde, cuando salíamos los críos como una exhalación por la puerta de la escuela. Amable territorio del paisaje de mi infancia, envuelto entre el hilo del humo de la leña que se consumía en los hornos de cocer el pan y en las viejas hornillas y que se elevaba sobre un pacífico cielo azul, entre los quejidos de los ejes de las ruedas de los carros de labranza, entre cacareos de aves y mugidos del manso ganado que un día sería acribillado por la aviación enemiga y elevado por Picasso hasta su Guernica; entre el tibio aroma del puchero, con el cocido hirviendo a la lumbre sobre las trébedes, y el tañer de la campana de la iglesia. Y todo aquello envuelto en las placenteras claridades de los días dulces de la ya lejana infancia. Qué duro ver esa y otras placas desafiando a los tiempos. Ni un solo arañazo de una vieja pedrada da testimonio de la ira de un vecino que se rebelase contra tal insulto… También podría haber sido yo el de la pedrada o el que, armado de una “pata de cabra”, trepase hasta la placa y la hiciera saltar por los aires, cualquier noche de esas en que ni la luna fuese testigo. Pero he preferido que permaneciese ahí, como testigo del terror colectivo que descendió como una inmensa boina sobre los pardos tejados de este pueblo, sobre las adormecidas conciencias de estas gentes, de nuestra cobardía ante un tiempo de infamia y de cruel silencio, aquel miedo que descendió del cielo, como esas malas nubes que inquietan al ganado en los días de tormenta, y que atrapó a la gente en un pesado mal sueño. Y, muerto Franco, (en la cama, que mayor oprobio no pudo caer sobre nuestras conciencias) ya a nadie pareció importarle gran cosa esta placa, que daño no hacía, dijeron algunos. Primero fue testigo del cómplice pánico que se instaló sobre nuestras vidas para, más tarde, cuando empezaron a llegar los frigoríficos y los cachivaches de plástico, la olla a presión y el tergal que desahució a la pana, cuando nos deslumbraron con sus lavadoras automáticas, sus tractores, los molinillos eléctricos que arrinconaron el almirez, la vieja plancha de ascuas y hasta el ganado; dar fe de nuestra cobardía, de la desidia, la desmemoria y la indiferencia. Y las generaciones siguientes no hicieron si no cubrir con un tupido velo de silencio lo que nunca conocieron, que el fulano en cuestión ya no era si no un desconocido para ellos. Bien lejos fueron a morir los pobrecitos que, no sabiendo si no de mieses y de ganado, de sementeras y de trillas, del acarreo de serones de naranjas, de la zafra del maíz o del vareo de la oliva, de aventar a mano el grano en verano en las eras, de grises tardes bañadas por lienzos de mansa lluvia que bendecían esta tierra, arreando al borrico cargado de leña desde el frondoso pinar; de lejanos amoríos en el río cercano..., los que olvidaron el camino de regreso a casa, fueron enterrados, quizás en la misma zanja donde cayeron muertos de la metralla y preguntándose aún qué sería de la tierra, de la mujer y de los chicos sin sus brazos; aquellos por los que, el único dolor colectivo que se nos permitió, fue no encalar el pueblo durante largos años, que ni para cal hubo en aquellos tiempos de penuria. Tampoco volvió el matrimonio de gitanos que cada año se instalaba en la plaza a tocar la trompeta y a hacer trepar a la seca cabra por una escalera al son del tambor; ni volvieron más aquellos hombres y mujeres de las Misiones Pedagógicas que daban cine de Charlot detrás de la iglesia y llenaban el casino con pinturas traídas de lejos; ni volvió a saberse de aquel cuyo nombre no nos fue desvelado nunca, que aparecía por el pueblo periódicamente para capar a los marranos y volvía por la matanza para alegrarnos la Navidad, entre los terribles berridos del marrano debatiéndose bajo el afilado cuchillo y los ojos asombrados de los más chicos; ni volverá ya jamás aquel hombre medio enfermizo que, acompañado de su hijo, recorría los pueblos vareando la borra y la lana de los colchones. Aún volverían por aquí los descendientes de “el Ausente” para pedirnos el voto en las elecciones del setenta y siete, con sus coches, sus camisas azules, sus negros guantes de cabritilla y sus banderas. Aún pensarían que rebañarían algún voto de éste pueblo desmemoriado. Cualquier día de estos, como si nada hubiera pasado, un empleado del Ayuntamiento, provisto de su escalera del alumbrado tan moderna y de una orden de la capital, retirará la mentada placa para poner otra en su lugar, ésta con el nombre de cualquier otro “benefactor”, aunque tal vez éste ya no tendrá en el haber la muerte de varios miles de obreros y campesinos de aquel. Y el bigardo que el Señor de Meirás amamantó a sus pechos, para seguir pacificando estas tierras y domesticando a sus gentes desde el palacio de la Zarzuela, sobrevivirá a esta historia para administrar tanta derrota, tanta herida oxidada, tanta vileza y tanta miseria histórica, a mayor gloria del país de Goya, de Riego y Pasionaria; de la Pineda, Quico Sabaté, Durruti y Rosario la Dinamitera; de Pablo Iglesias, de Manuela Malasaña y El Corredera, de Falla... Porqué será que ya no oigo el canto del grillo en la noche, los aullidos de los perros que ladran a la luna, el pitido de los trenes rasgando el silencio y la oscuridad, ni el roce de las hojas de la parra que arañan el muro de la casa, cuando no puedo conciliar el sueño, mientras repito una y otra vez los nombres de la hija, el de aquella mujer que en mi infancia hacía a mano aquellos lebrillos y aquellas horzas de barro, bruñidos hasta el agotamiento, para los embutidos; los nombres de aquellas hierbas aromáticas que, entre canciones y risas, cogíamos en la ladera del monte para darle sabor al puchero. Reconstruir en la memoria aquella imagen de la juventud, con toda la familia junta faenando en las eras bajo un sol despiadado. Y Repetir, repetir una vez más en la oscuridad los nombres de todos aquellos que un día tomaron el viejo camino de grava hacia la nada; antes de que el viento del Alzheimer arrase con la última hoja del recuerdo. No darle cuerda al recuerdo...¡para qué vivir este tiempo si no! ¡Viva la República! LQSomos. Ángel Escarpa. Febrero de 2008 |