La peste en América latina

José Mercado compra todo importado
Lleva colores, síndrome de Miami.
Alfombras persas y muñequitas de goma
olor a Francia y los digitales.
Hering, Chanel, Disco Show.
José Mercado para ahorrar el pasaje
se fue en un charter del gurú Maharahi.
Volvió con cosas para la oficina
y ni noticias de la luz del día.
..., Hong Kong, Disneyworld.
Pide rebaja antes de ver el prospecto
viaja a Marruecos pero no le hace efecto
José es licenciado en economía
pasa la vida comprando porquerías.
Yo también.
Taiwan, Visa, D.G.I.

JOSE MERCADO. SERÚ GIRÁN

No hay dudas de que las ideas del sector que poderoso de una sociedad son las ideas que, también, prevalecen o se imponen de manera hegemónica en una sociedad en un momento dado.

Pues que si hay un sector de la sociedad que ejerce el control de las áreas álgidas -tales como la economía, los medios de comunicación-, de ese modo impone sus criterios, que son los que organizan las relaciones de todo tipo en un momento dado.

Es así como cualquier cambio, intento, o tal sólo un proyecto de cambio en cuanto a las ideas que organicen una sociedad, será visto como un problema a resolver, un grave conflicto a que dar fin, un desorden a ordenar, una subversión de valores.

No hemos avanzado demasiado desde aquellos postulados que en el siglo XIX marcaron el nacimiento de una ciencia de tanta importancia como la sociología , influida por el pensamiento positivista, que lamentablemente, la hizo nacer como disciplina que analiza procesos humanos y su relación con el poder en un determinado contexto social, aunque regida por las leyes de las ciencias naturales.

La sociología nació en un contexto de crisis social derivado de la segunda revolución industrial, de las relaciones inconfesables, carnales e incestuosas, entre el mercado (creado y sostenido por el liberalismo) y la clase capitalista, a mediados de ese siglo XIX, que se constituyó en ahijado dilecto del Capitalismo; en el contexto de una sociedad marcadamente industrialista, individualista, egoísta… en la que la aparición de un nuevo actor social: el obrero -parte del proletariado fabril cuya situación de pobreza, de explotación económica- dio lugar a dos vertientes opuestas, antitéticas, a la hora de interpretar la situación de los mas desprotegidos dentro del mundo laboral: de una parte el socialismo utópico y científico, del otro la sociología clásica.

De esta última parte la crítica a los movimientos sociales que reivindican la situación del trabajador. Los reclamos representan, en la particular visión “positiva” de la sociedad, un caos, un desorden. Y es ese orden-equilibrio-social que deben mantener, de manera imprescindible, para que el statu quo general permita que no se vean afectados los intereses de los sectores dominantes. ¿Pero cómo harán para conseguirlo?

La lucha de clases descrita y profetizada por Marx se descubre como inevitable, inexorable, ineludible. Hay intereses irreconciliables. Hay gobiernos que gobiernan para un sector y descuidan a otros, en el mejor de lo casos…

Mientras, la sociología clásica, explicando estos hechos, resulta funcional a la ideología dominante en tanto propone un orden, equilibrio, y sistematiza la posibilidad de tomar a la sociedad como objeto de conocimiento, aplicándole criterios propios de las ciencias naturales. Entonces la sociedad - comparada con un organismo vivo, analizada en sus partes (morfología o anatomía) y en su funcionamiento (fisiología)- es estudiada como cualquier otro elemento de la naturaleza, aplicándole el método científico de la biología.

Para quienes utilizan este procedimiento, la sociedad indefectiblemente, -en la medida en que pase por procesos de cambio- debe ser controlada; los cambios se deben dar dentro de un orden, es decir, encontrando las leyes por las cuales se podrán producir dichos cambios en armonía, bajo estricto y riguroso mandato. En caso contrario, se producirían lo que se consideran “desviaciones” (conflictos sociales) los cuales deben ser corregidos pues son tomados como agresiones a ese “organismo vivo”, que, tal como es agredido un organismo por una enfermedad, debe ser “curado”. Para ello se combatirá y extirpará el órgano afectado.

Semejante carga ideológica que imponen los sectores dominantes, se utiliza como mecanismo de “defensa” contra cualquier intento de cambio social. Se intenta fosilizar las relaciones sociales, se impone el congelamiento de cualquier intento de cambio. Todo tiende a evitar cuestionamientos y cambios en los cuales deban ceder y, por lo tanto, perder parte de sus privilegios de sector dominante. Esto último conlleva la no aceptación de que el gobierno esté en manos de quienes, a no dudarlo, gobernarán tomando en cuenta los intereses de los más desprotegidos.

Pero los nuevos vientos que soplan en América Latina han reavivado los temores de clase que –y siguiendo la teoría simplista neopositivista- estimanque lo que no sigue “un orden establecido” viene a provocar un caos social que terminará tirando al piso la estantería del stablishment. Entonces truenan y levantan los brazos al cielo clamando por la ayuda divina que venga a conjurar los mil demonios desatados y, básicamente, con criterio “científico”, intentan levantar un “cordón sanitario” para que el contagio no avance por América Latina.

¡Y que no se extienda! esta “Peste”, término peyorativo, que dio título al artículo escrito por David Viñas en Página 12.

LQS.Mónica Oporto. Febrero 2007
Buenos Aires. Argentina.

“Peste"

Anacrónico me resulta el argumento del escritor chileno. Su alusión a lo contagioso implica una suerte de diagnóstico, entre inquieto y defensivo, cargado de ecos médico-higienistas que remiten a criterios presuntamente científicos muy difundidos, desde México al Río de la Plata, al filo del 1900. “Continente enfermo” o “colectividades viciosas” eran, entonces, las opiniones más vulgarizadas por ciertos discípulos de Lombroso que proyectaban categorías biologizantes sobre el plano de la sociología positivista.

Se trataba de descalificar a los indios, en los países andinos y bajo el porfiriato, o apuntando a rebajar, en las regiones de fuerte impacto inmigratorio de origen europeo, las reivindicaciones libertarias.

Ya no es ningún secreto: el contagio –fundamento al que apelaban las oligarquías criollas y que, actualmente, repone en circulación Jorge Edwards–, segregaba un virus proliferante frente al cual se postulaban diversas terapias: la más conocida en la Argentina fue la ley Cané, 4144; otra mediación, más viril, solían ponerla en práctica, notoriamente, los llamados “cosacos” a las órdenes del coronel Falcón. En el Brasil, la república velha, para no perder su prestigio latinoamericano, la ley Gordo se la empardó al autor de Juvenilia.

Es que el contagio, pestífero, era portado por los otros, los diferentes, o sea por “las clases peligrosas”. Muy al día, Jorge Edwards no se refiere, hoy, a un problema clasista sino a países peligrosos. Y dibujando algunas cabriolas de una sutileza oxidada, se encarniza con Cuba: ¡ojo con la virosis caribeña! Y nos alerta superponiendo, casualmente, semejante ademán con la reedición de su libro Persona non grata. Embajador del gobierno de Salvador Allende (y sin explicar aún la contradictoria peligrosidad de su propio país socialista al que representaba), Edwards publica su profecía sobre el presente “contagio populista en América latina” en La Nación de Buenos Aires.

Edwards no está solo en esta cruzada. Se inscribe en una serie. En ese matutino tan liberal, especializado en el virus cubano –y la contagiosa secuela latinoamericana representada sobre todo por la Venezuela de Chávez–, Andrés Oppenheimer, del Miami Herald, y Marcos Aguinis, otro enjundioso novelista, no sólo se declaran perturbados ante la misma endemia continental, sino que se han perfeccionado aventurando un remedio riguroso: contra la infección populista en América latina nada mejor que privatizar a la bartola y convocar a los inversores más esclarecidos.

–Jorge Edwards no está solo: la reedición de su Persona non grata enriquecerá a un coro alarmado.

Hace años Osvaldo Dragún estrenó una pieza llamada La peste viene de Melos. Era una parodia. Cierto. No me olvido: Camus escribió un texto titulado La peste. Una alegoría. Reposadamente le preguntaría a Jorge Edwards: la Bolivia del indio Morales en plan de socialización, ¿ha sido penetrado por el virus populista? Y qué es el populismo, Edwards. Como dicen algunos lingüistas: ¿una polvareda de significantes que aturden al concreto significado? Y del proyecto del Ecuador del reciente Correa, qué. ¿También es una víctima de las toxinas propaladas por Chávez? Edwards, Edwards: le pregunto. ¿Me permite? Desde ya que sí; usted es un caballero. ¿Por qué no utiliza categorías históricas más complejas y rigurosas en lugar de pregonar arcaicos vocabularios de un simplismo biologizante? Edwards podría argumentar, y con razón, que él se ocupa de sincronías. Sincronías. Sea. Pero, hacia 1810, y apelando a una historia utilizable: O'Higgins y San Martín, y Morelos y Artigas y Bolívar, ¿encarnaron, acaso, una sincronía que implicó también otro contagio?

Edwards, novelista al fin, conoce de pe a pa En la sangre de Eugenio Cambaceres. Y por supuesto que sí puede opinar sobre el supuesto contagio, allá por 1880, distribuido por el naturalismo argentino. Contra el peligro representado por los inmigrantes. Cocoliches y conventillos. Ahá. ¿Y cómo enjuicia a El roto, tan conflictuado, de Edwards Bello? Su pariente hacia atrás. Supongo. ¿Quizás apostando a El Mercurio como clásico remedio para exorcizar al actual contagio latinoamericano?”

Por David Viñas Fuente: diario "Página 12 -
Más información:
www.pagina12.com.ar

 

 

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