A los 30 años de la legalización del PCE

En memoria de aquellos días de lágrimas, sol, risas, canciones y banderas. Memoria a su vez de otros días que están por escribirse.

En breve se cumplirán 30 años de la legalización del PCE tras la restauración de la Monarquía (que no de la democracia) en España. Dejaré para los analistas políticos lo que esto supuso para el Partido y para la Nación en su conjunto.

El PCE, con su legalización (y nadie se rasgue las vestiduras) se precipitaba ya hacia su sepultura desde el momento mismo en que renunciaba a su carácter revolucionario, esto es: desde que renunció al marxismo-leninismo y a su vocación republicana.

Despojado este de su herencia ideológica, o sea: de su ADN político y sometido por una Constitución que sacralizaba la economía de mercado y la figura de una monarquía de tan triste memoria para la historia de España, es como si se hubiese sometido al Partido a una profunda depuración (que no fueron otra cosa los 40 años de franquismo que dejábamos atrás).

Evidentemente, tras la muerte del “extinto”, estos pueblos, tantas veces glosados por sus poetas y por tantos cantos de ciegos, ya no eran los mismos páramos que recorrían los apóstoles de las Misiones Pedagógicas, La Barraca y Las Guerrillas del Teatro. Innumerables autopistas habían contribuido a laminar la memoria de estas tierras y sus gentes. España había cambiado. Ya no era aquel pueblo que había barrido de un escobazo a un rey miserable y sátrapa que gobernaba su país como administraban sus fincas los viejos amos de la España del XIX. Ya no eran sus obreros y sus intelectuales aquellos que se fundieron en un bloque en el Frente Popular para traer el socialismo. La “progresía” tomaba los montes, acampaba en Picos de Europa y al pie del pantano de S. Juan o en cualquier otro lugar, y no era ya para hostigar a las fuerzas represivas del Régimen, como hicieran nuestros padres, sino para ponerse ciegos a follar y fumar canutos contemplando las “insondables” aguas de la Laguna Negra mientras leían a Khalil Gibran o a Herman Hesse. En tanto, los espesos volúmenes del Presidente Mao, W. Reich y Lenin pasaban de mano en mano, las armas para una hipotética revolución se oxidaban en la memoria de cuatro stalinistas y los “posters” de el Che Guevara, Ghandi y de los Beatles arrinconaban las Sagradas Cenas de latón de nuestros padres.

El capitalismo, con sus frigoríficos donde mantener fresquita la gaseosa, sus coches, que nos arrastraban a las playas y a Londres, a Paris e Italia, para ver el David de Miguel Ángel, Noveccento, El último tango en Paris o Enmanuelle; las flamantes yashicas, con las que penetrábamos en los hermosos templos (y ahora no era para incendiarlos) para fotografiarnos bajo los bellos claustros; el sistema, digo, había tenido la habilidad de convertirnos a todos, en mayor o en menor medida, en cómplices, simples habitantes de un paraíso artificial que, poco a poco, se va transformando en un infierno. Un sueño, como el americano, que va camino de convertirse en pesadilla, pues, en este sistema, no caben los sueños sino como tales. (Puede que sea el precio por vivir rodeados de tanto excluido).

Y podéis estar en desacuerdo conmigo, pero esto no da más de sí: o se esta con “ellos” o se está contra ellos. Aquí no caben zonas intermedias. Si alguna enseñanza se puede extraer de lo acontecido en este país entre 1931 y 1939 es que, como dijo el Che: “en una revolución, si es verdadera, se triunfa o se muere”. Y esto es algo más que una frase. España años treinta, Vietnam años sesenta, Chile años setenta, Cuba, Nicaragua, El Salvador, Venezuela, todas las causas populares de América Latina y de África se erigen como claros ejemplos para la clase trabajadora. Sepamos aprovecharlos antes de que nos practiquen a todos la lobotomía y se nos cure de rebeldes.

Si a esa empresa de servicios que lleva las mismas siglas del partido de Pablo Iglesias (PSOE) hay que reconocerle hoy un mérito, es el de haber desactivado políticamente su discurso, amaestrando a sus bases hasta hacer desaparecer cualquier carácter de clase de sus reivindicaciones; haber dividido a la clase trabajadora de nuestro país entre demócratas y hombres y mujeres que no creen en otra alternativa que socialismo o barbarie. Nos dividieron entre hombres y mujeres, como si la causa de la mujer trabajadora no estuviese estrechamente vinculada a la causa de los trabajadores en general. Y, por si fuera poco, los nacionalismos de izquierdas y de derechas están desplazando las reivindicaciones hacia lo regional, para disolvernos y confundirnos un poco más si cabe, enfrentando a trabajadores vascos contra trabajadores españoles, hasta el punto de encontrarnos, en las entrañable tierras de nuestro admirado Castelao, pintadas del talante: CADA ESPAÑOL, UNA BALA (menos mal que, unos metros más allá, una piadosa mano ¿libertaria? le responde: NACIONALISMO = FASCISMO)

Negar al socialismo su carácter internacionalista es tanto como negar la teoría de la relatividad o la inclinación de la Torre de Pisa, pero creo que, en tanto un trabajador canario, por poner un ejemplo, distrae sus energías llamándonos godos a cualquier español no nacido en estas islas que desembarque aquí, no está sino contribuyendo a su propia confusión. Conforme la roja bandera de los trabajadores ha ido perdiendo espacio entre las filas del proletariado, han ido cobrando protagonismo las de las comunidades autónomas, aunque a estas mismas se abracen los Zaplana y los chicos y chicas Fraga y Aznar.

Por eso nosotros, los que creemos en un proyecto de república federal para el Estado español, no vamos a caer fácilmente desvanecidos al pie de cualquier bandera que nos mueva de nuestro: EL PUEBLO, UNIDO, JAMÁS SERÁ VENCIDO.

Perdonadme esta digresión pues, en realidad, yo solo quería recordar aquí a los jóvenes Carlos González, Mary Luz Nájera, Arturo Ruiz y Yolanda González , a los abogados laboralistas asesinados en el despacho de la calle de Atocha, y a tantos y tantos que vieron segadas sus vidas por plantarle cara a la represión ahora hace treinta años. En cumplimiento de una vieja promesa que hicimos al pie de sus tumbas de no olvidarles jamás. Y recordar aquí también aquellas horas en que recorrimos las calles de nuestras ciudades, celebrando con canciones y con banderas la legalización del Partido. ¿Te acuerdas, Arcadio, donde quieras que estés ahora? Tú te subiste a un balcón de una casa de el Pozo del Tío Raimundo, en Vallecas, (ni más ni menos que como harían otros dirigentes del Partido en otros barrios obreros de este país) y desde allí aventaste unas breves palabras que alentaron a los que te escuchábamos abajo. Quizás luego nos fuimos a ver a Juan Margallo que entonces estaba con lo de El Gallo vallecano por allí. ¿Te acuerdas tú también, Carlos Álvarez?, firmando libros en la Feria del Libro de la Plaza Vieja con chiquillos gritando en el recreo y el perfume de los “canutos” confundiéndose con el humo de los churros que penetraba en las casetas hasta hacer sonreír al mismísimo don Antonio Buero Vallejo que también firmaba sus libros de Austral, Cátedra y Escélicer.

Quiero creer que, aparte de lo que de hermoso tuvo el viaje para los que sobrevivimos y seguimos al pie de las mismas banderas de entonces y bajo las cuales nos seguimos reconociendo los que no desertamos jamás del viejo republicanismo de siempre, estos tiempos pasarán y vendrán otros en los que, la juventud y la clase obrera, unidos de nuevo por la ilusión, vuelvan a tomar de nuevo esas calles y todas las plazas de nuestro país, esta vez para instalar donde corresponde las banderas que abran un futuro de esperanza y de proyectos, que no pase necesariamente por los salones de los consejos de administración ni por los grandes templos de decisiones del planeta ni por los mercados de la palabra. Un futuro donde nuestra gente no busque refugio, huyendo de la frustración, en los campos de fútbol y en los grandes templos del consumo de Ikea, Carrefour o Alcampo. Porque jamás nos resignaremos a ser administrados por una tropa de políticos profesionales, como si fuésemos una finca o meros espectadores de una mala comedia. Queremos ser arquitectos de nuestro propio futuro.

Allí estaremos.
¡¡Viva la República!!

LQS. Ángel Escarpa Sanz. Febrero de 2007
Islas Canarias.

 

 

La Calle
Los especiales de LQSomos
Campaña: Apoyo a los juicios contra los genocidas en Argentina
La Gavilla Verde
Creative Commons License
Envía esta página
Escribe el e-mail:

MP3
Año V. /