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La Calle
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| Año V. / | |||||
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¿Qué hacemos con España? Hace un par de años volví a Galicia para pasar unos días y, además de emocionarme visitando sus hermosos paisajes, los lugares donde descansan los restos mortales de Rosalía, el hermoso lugar donde se erigen las piedras de el Bosque de los Ausentes en memoria de los fusilados y desaparecidos por la represión franquista, recorrer la costa da morte, comer sus pescados y beber sus deliciosos vinos, tuve también el placer de contemplar una bandera republicana decorando el bacón de una céntrica calle compostelana. Hasta ahí todo bien. Quizás la imagen más triste de esa visita fue en Lugo, donde, a pocos pasos de sus murallas, una pintada pedía en letras bien claras: CADA ESPAÑOL, UNA BALA. Sería muy didáctico para todos hoy conocer la opinión al respecto de aquellos antifascistas que los días 18 y 19 de julio de 1936 se echaron a las calles de Vigo y de Coruña pidiendo armas para sofocar la rebelión. También la opinión de los generales Caridad Pita y Salcedo, la del almirante Azarola que, tras prometer fidelidad a las autoridades del Frente Popular, fueron arrestados por las fuerzas nacionalistas triunfantes. Y, como no, la opinión de los trabajadores que cayeron acribillados en esas horas tristes, cuando el capitán Carreró Vergés, después de leer en la Puerta del Sol de Vigo la proclamación del estado de guerra, y ante los gritos de ¡¡muerte a los traidores!! de los leales al Gobierno, mandó disparar sobre la multitud. La opinión de todos aquellos antifascistas gallegos que se hundieron en el anonimato de los montes, al pie de las de aguas de cualquier corredoira , con una bala que les arrebató definitivamente de la memoria el dulce nombre de su tierra natal; los que fueron apresados en el buque Almirante Cervera mientras huían de la represión desatada al pie de las generosas cosechas de vino para ser posteriormente ejecutados. Los que murieron en tierra americana, esperando infructuosamente con Castelao y tantos otros intelectuales la muerte del Dictador y el regreso de las libertades y de la República. Menos mal que, tan solo unos pasos más allá, otra grafía anarquista, más generosa que la anterior, proclamaba bien rotundamente sobre la piedra: NACIONALISMO = A FASCISMO. No me duelen prendas al decir que yo fui al día siguiente del atentado contra Carrero Blanco, con mi hija todavía pequeña aún, para contemplar el boquete de la calle Claudio Coello desde donde ascendió a los cielos el almirante, entre la curiosidad, el estupor y la esperanza de que, tras este atentado, nada sería ya igual en nuestro país, si no que entrábamos en una nueva etapa que ponía al Régimen al pie mismo del abismo. Posteriormente, habría muchas ocasiones en las que los obreros, estudiantes, mujeres, minusválidos, sindicalistas, intelectuales, campesinos, actores, cantantes y ciudadanos en general tendríamos reiteradas citas en las calles de nuestras ciudades antes de que cayera la Dictadura, e incluso mucho después. Yo acudí, como tantos otros, a todas aquellas que me fue posible: para exigir una y otra vez el cese de la represión, para pedir ¡¡AMNISTÍA!!, para acompañar al cementerio los restos mortales de sindicalistas, estudiantes y abogados asesinados, bien por la Guardia civil o bien por la extrema derecha, para dar tierra en el Cementerio Civil de Madrid al poeta Blas de Otero... Sería laborioso detallar aquí las innumerables ocasiones que tuvimos los antifascistas y la gente progresista para salir a la calle para mostrar nuestro rechazo hacia el franquismo. Atrás quedaban ya aquellos lejanos años sesenta en que, en Madrid al menos, tomábamos posiciones en las esquinas de la Glorieta de Atocha, previendo las cargas de los numerosos grises a caballo y a pie, los guardias civiles de paisano y los secretas , al pie del entrañable cine San Carlos y del bar la Ochava, quemando periódicos del Régimen y pidiendo a gritos ¡¡LIBERTAD!!; perseguidos por las gomas de los temidos grises y literalmente volando sobre el asfalto de aquellas calles de la Alameda, de Espoz y Mina y Doctor Mata que se sacudían el polvo del miedo y del tedio que flotaban sobre ellas desde que se arrió por última vez aquella bandera tricolor y en su lugar los falangistas pusieran la del águila. Atrás quedaban las primeras películas de Buñuel y de Polanski, de Glouber Rocha, de Bergman, de S. Eisenstein y de Antonioni en las inolvidables salas de Arte y Ensayo de los cines California, Bellas Artes, Infantas, Alexandra, Galileo; los teatros donde nos asomábamos por primera vez para aplaudir una y otra vez las obras de J. P. Sartre, de Sean O·casey y de Peter Weis, Casona y Bertold Brecht, los interminables aplausos a las primeras representaciones de la Yerma de Lorca en la Comedia, el caluroso recibimiento de Sender en el Ateneo... la lectura de los primeros libros de Ruedo Ibérico, el deslumbrante descubrimiento de Machado, de Hernández, de León Felipe y de Celaya, de Goytisolo y de Brassens, que nos habían sido negados hasta entonces y ahora en las voces de Paco Ibáñez y de Adolfo Celdrán. Atrás dejábamos también nombres de trabajadores que con su caída se incorporaban a esa larga nómina de luchadores que daban su vida por la libertad de los pueblos de España sin exclusiones: Ruano, Patiño, Granados, Grimau..., nómina ésta que no tardaría en incrementarse con los nombres de Salvador Puig Antich y los 5 antifascistas que serían ejecutados antes de que el Dictador entregase su negra alma. Como cada vez que uno echa mano de los recuerdos para escribir algo, no puede resistir la tentación de extenderse, con el riesgo de convertir en un libro de memorias lo que en origen no era más que un simple artículo. Así, éste artículo no puede por menos que ser memoria de lo vivido. Es inevitable, al menos para aquellos que vivimos con la pasión del momento esas páginas de la historia de España que van desde el principio al fin de tan sangrienta dictadura, recuperar la memoria de lo vivido entonces, con sus luces y sus sombras, junto a los nombres de los que no alcanzaron a vivir los días de gozo por la recuperación de las libertades, con canciones de Violeta, de Pablo Guerrero, de Chicho Ibáñez, de Rosa León y de Víctor Jara. Recuperar la ilusión y las ganas de empezar todo de nuevo de ese aparente limbo en el que se almacenan los días del pasado. No tanto por vivir del recuerdo como por no olvidar de donde procedemos. Porque nosotros encarnamos los sueños de varias generaciones que se pierden en la memoria de estas tierras y sus gentes. Por eso la batalla por la memoria histórica tiene tanta importancia , porque no solo se trata de recompensarnos por posibles pérdidas de seres queridos y bienes confiscados en un pasado reciente, si no de afirmarnos como lo que somos, el resultado de una lucha por salvaguardar nuestra identidad, nuestra independencia y nuestra libertad. Ninguna indemnización alcanzará para pagarnos los largos días de la pasada dictadura, sobre todo porque nadie nos devolverá a los seres queridos que nos fueron arrebatados de los brazos, mientras tal vez un niño llora en la oscuridad del fondo del hogar campesino, despertado por las órdenes de los falangistas de refulgentes correajes y el llanto desconsolado de esas dos mujeres a las que les arrebatan al hijo y al esposo amado que, con el pantalón remendado de la faena y la camisa sudada de las tareas del campo, orienta ya sus pasos hacia aquellos agrietados muros del cementerio donde aquel día lejano embarazó a la Juana el día de la Fuencisla y mientras los mozos aplaudían en la plaza de toros de pueblo; aquellos muros sagrados y siempre escrupulosamente enjalbegados que recibirán, junto al plomo de las balas, la sangre de él y de Liberto, con los gritos de: ¡¡VIVA LA REPÚBLICA !! y ¡¡VIVA LA ANARQUÍA!! respectivamente en los labios. No, nadie nos devolverá los días de miedo robados cuando los botes de humo sobrevolaban nuestras cabezas para estrellarse en la frente de cualquier estudiante, cuya foto aparecería al día siguiente en los periódicos con una nota del forense. Tal fue el final de los jóvenes Yolanda González, Arturo Ruíz, Carlos González, asesinados por la policía en aquel Madrid de hace solo treinta años. Sin olvidar los nombres de Gladis del Estal ni de los asesinados en esa hora en Granada, en Vitoria, en Montejurra... Javier Verdejo, asesinado vilmente mientras escribía en una pared andaluza: PAN, TRABAJO Y LIBERTAD, palabra esta última que no alcanzó a ver la luz. Nadie nos devolverá los libros robados por la policía en los registros y en las detenciones. No habrá indemnización posible por aquella colección de periódicos de la República y de la guerra civil que la policía se llevó impunemente de nuestro domicilio. No habrá indemnización por los largos años de represión en las escuelas, con cristos en la pared y tediosas tardes de sábado rezando interminables rosarios, por la represión moral de que fuimos objeto y que nos privó de disfrutar de un amor más pleno en nuestra juventud, cuando se nos sancionaba con una multa un beso en un parque a nuestra pareja. Sin embargo, tras tan dilatada convivencia juntos, tras compartir el amargo pan de la derrota y el vino de las celebraciones por la recuperación de las libertades, ahora hemos de asistir al penoso espectáculo de leer en los muros de algunas de nuestras ciudades palabras como PUTA ESPAÑA y otras del mismo estilo literario. Causa estupor ver que tantas luchas, tanta represión de siglos sobre el pueblo trabajador y sobre filósofos e intelectuales en general no haya sido capaz de armar un tejido de convivencia que permita que todos estos pueblos, que hicieron travesía tan larga juntos, no encuentren ahora el territorio propicio para su convivencia, precisamente ahora que las palabras de José Saramago se tienden como un puente para buscar lazos de unión con Portugal. Desconozco el número de países que se enfrentan al problema del independentismo y no pretendo ser un especialista en análisis políticos pero, si hemos de enfrentarnos al reto de una república federal en España, bueno sería que cada uno de nosotros nos esforzásemos en buscar qué nos une y no qué nos separa en ese proyecto. Vuelvo a hacer memoria y recuerdo ahora alguna de las manis del 86, cuando nuestro candoroso progresismo nos impulsaba a salir a la calle a gritar:¡¡GORA ETA MILITARRÁ!! en solidaridad con el país vasco y como forma de rechazo hacia un PSOE que nos había defraudado con su referéndum de la OTAN. Hoy, que aún sigo creyendo en la autodeterminación de los pueblos, no uniría mi voz a las de los que reclaman la independencia para ésta o aquella comunidad autónoma, y no solo porque no lo contemple una Constitución que no voté. En principio porque los que están detrás de tanta barbarie están actuando de disolvente contra un posible entendimiento entre estos pueblos que creemos en un proyecto republicano en igualdad de derechos para todos y cada uno de los pueblos que componen este país. En segundo lugar porque, si algo tenemos claro algunos de los que salíamos a la calle en el pasado contra la Dictadura, era para acabar con aquella tradicional España del verdugo, del garrote vil, de Cuadernos para el Dialogo y Triunfo secuestrados, de las “muertes accidentales” en comisaría Si algo aprendimos de aquella cruel guerra como ninguna, es que no vamos a consentir nunca más ni Paracuellos, ni Guernica. Si hemos de construir un proyecto nuevo sobre los escombros del pasado no será con las manos manchadas de la sangre de ningún trabajador, si no con el consenso de todos y cada uno de los ciudadanos que poseemos un carné de identidad español o cualquier otro que nos acredite para votar. Si hoy exigimos diálogo a Zapatero con los del Norte, no es solo por que intuimos que detrás de cada proyecto independentista se ocultan los privilegios de los que en el pasado decidían sobre las vidas de estos pueblos y sus gentes frente a las palabras de Marx y de los ideólogos del proletariado militante. Ya aprendimos bastante los obreros con la sangrienta desintegración de la antigua Yugoslavia y de la URSS, en la que los trabajadores tan poco tuvieron que ganar. Que sea el diálogo y en el ruedo político donde se debatan las cuestiones que nos preocupan a todos. Ésta, evidentemente, no es la democracia en que soñábamos durante aquellas interminables reuniones de célula de la clandestinidad, y vamos a seguir luchando para alcanzar ese modelo social más justo y participativo en el que creemos, pero no será asesinando a otros trabajadores ni aterrorizando a la población con nuestros métodos. Que no sea el terrorismo el que nos divida a los demócratas y a los trabajadores si por tales nos tenemos. Los que murieron en el pasado frente a un pelotón de ejecución con la palabra LIBERTAD en los labios, como Torrijos, Mariana Pineda, Riego o las <<Trece Rosas>>, así nos lo demandan. ¡¡ VIVA LA REPÚBLICA!! LQSomos. Ángel Escarpa. Noviembre de 2007 |