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La Calle
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| Año IV / | |||||
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Recuerdos: La cal del olvido Primera parte ...que miran, callan y piensan, que saben porque no beben el vino de las tabernas. Ayer volví a pasar por la calle del General..., uno de los que ganaron aquella guerra.
Estas placas, como digo, tienen la propiedad de permitirnos leer en ellas (Otros lo hacen en los posos del café). A mí en particular me hablan de un impenetrable tejido de comisarías y centros de confinamiento en todo el territorio nacional; me hablan de hambres sin cuento, de mujeres que, habiéndolo perdido casi todo, vendían lo único que les quedaba ya: su honra, en las calles, en los descampados, en los cines, en los lugares más tristes y sórdidos de la ciudad; me hablan de rígidos militares y graves matronas que acompañaban a Jesús del Gran Poder en los días de Semana Santa, entre hachones y olor a cirios quemados y a cuartel; de portales con olor a repollo hervido y a humillación, a derrota y a orines; de seres ausentes, de oscuras colas de gente famélica, mutilada por dentro y por fuera, con pobres prendas de vestir y brazaletes de luto, a las puertas de cuarteles; de tiendas de ultramarinos apenas abastecidas de harina de almortas y sardinas arenques y alumbradas por un bote de carburo; de austeros escaparates de librerías con las obras de Pemán y del padre de los Panero, Mi lucha, los discursos de José Antonio, Centinela de Occidente, el Diario de una Bandera; novelas de Carmen de Icaza, de García Serrano, dramones de El Caballero Audaz y de Pedro Mata, misales y libros piadosos, los volúmenes de Nuestra Cruzada..., junto a una pequeña cartulina adornada con los colores monárquicos, donde bien claro podía leerse: Adicto al Régimen ¡¡Viva Franco!! ¡¡Arriba España!! Para quien quiera detenerse a escuchar, de estas placas se desprenden ecos de himnos que hablan de imperios, de historias de tétricos legionarios estrechamente emparentados con la muerte, canciones con olor a prostíbulo, el humillante ya hemos pasao de Celia Gámez, el patriótico y repetido hasta la saciedad Sitio de Zaragoza y el Romance de la Chata en receptores de radio a los que, desde el más allá, raramente alcanzaba poco más que las ondas de Radio Andorra y la música de Radio Tánger; películas banales en salas cinematográficas encharcadas de cáscaras de pipas de girasol y con fuerte olor a sudor, a derrota y cansancio, mezclados con el zolopino y estrechamente vigiladas por policías de perfil enfermizo oculto tras las eternas gafas oscuras; concursos de radio al servicio verbal de los Boby Deglané y otros “ilustres” del Régimen; “brillantes desfiles” de despedida, en porticadas y antiguas plazas castellanas, de tropas llegadas hasta aquí desde la Alemania de Goethe y las tierras del poeta Virgilio para dejar caer desde sus pesados aviones las mortíferas cargas sobre las ciudades y los campos donde, una vez más, moría España, crucificada por crueles guerreros africanos traídos desde el Atlas por los generales cristianos, con el dinero de un rey traidor y el de un millonario sin escrúpulos, penetrando el acero de los siniestros obuses en las alcobas donde minutos antes se amaban los recién casados, sobre los aún tibios colchones donde lloraba el recién nacido, sobre aquel comedor burgués en el que, quizás a esa misma hora, oraba la familia católica en torno a una humeante sopera de Sevres, haciendo saltar por los aires los sueños, el retrato de boda colgado en la sala de aquellos antepasados, amortajados ambos en el sepia de una foto de antes de que él partiera para la guerra de Cuba o de Marruecos, sobre el anuncio de Nitrato de Chile y la jaula donde se desesperaba el pajarillo buscando inútilmente la salida y que alegraba la vida de la casa cercada por la rutina y la maleza. Estas placas nos devuelven los ecos de los disparos de los desesperados suicidas del Puerto de Alicante, aquellos que, en los últimos días de marzo del treinta y nueve, y no confiando ya en la salvación de los barcos que podrían rescatarlos de la segura muerte ante un pelotón de fusilamiento franquista, optaban por la inmediata fuga hacia la eternidad. Ahí están inscritos los nombres de los campos de concentración de Albatera, Barbastro, el Campo de la Bota, San Pedro de Cardeña, Fiffes, Gando, con sus miles de prisioneros hacinados y esperando a que, en cualquier momento, uno de aquellos oficiales del ejército vencedor se acercase a ellos con un papel en la mano y pronunciara un puñado de nombres, los nombres de aquellos que, fatídicamente, no verían las luces del nuevo día; los que trabajaban, rodeados de la mayor humildad, las plataneras y los ricos campos de la Isla de La Palma y que, tras siete días de resistencia en aquellos campos de tabaco y aguacates, descendieron al fondo de la tierra de Fuencaliente, con un trozo de plomo donde días antes se albergaban sueños de libertad y de justicia, ahí están inscritos también los nombres de los tristes barcos. Desbordando los márgenes de esas placas, los nombres y la sangre de los leales que resistieron aquellas primeras horas de julio en la Isleta, en la Aldea de San Nicolás y que fueron cazados en las montañas y en las cuevas, aún habitadas por los espíritus de aquellos aborígenes que fueron exterminados aquí por los conquistadores cristianos que tomaron estas islas hace quinientos años, se precipitan al vació hasta confundirse con los gritos de terror y los ¡VIVA LA REPÚBLICA! de los que, en esas mismas horas, caían acribillados por las balas de los generales sediciosos en Badajoz y en Castuera, en la carretera de Carmona, en Sevilla y en Granada, en Coruña y en Valladolid, en Mallorca en Salamanca, en Paterna; se confunden con los que eran arrojados y, aún con vida, eran cubiertos de cal, en la sima de Jinámar y en los pozos de Arucas, esos y otros grito se mezclan y suben aún hoy a la superficie de la tierra en un clamor, junto al grito de ¡ATIS TIRMA! que envolvía a aquellos que, hace siglos, se arrojaban por estos riscos antes que ser esclavos de los Católicos Reyes. Ese y otros rectángulos de chapa que dan nombre a las calles de nuestras ciudades, nos cuentan historias de españoles en países lejanos, involucrados en heroicas batallas contra el nazi invasor, conviviendo con hombres y mujeres que quizás nunca habían puesto sus pies en estas tierras de luminosos aceites y oscuros templos, en Francia, en Rusia, en África, en Noruega... pero con los que compartían un mismo sueño de libertad y de fraternidad; hablan de los siniestros campos de concentración que hicieron tristemente famosos aldeas, paisajes y regiones antes apenas mencionados en los mapas: Dachau, Mathausen, Gussen, Buchenwald, Barcarés, Djelfa, Argelés-sur-Mer, Saint Cyprien, Prats de Mollo donde, junto a judíos, rusos y polacos, apuraron la última gota del cáliz que el mundo tenía reservada para los republicanos españoles que no se sometieron a la bota de un rey ni a la de Burgos, Roma ni Berlín. Estas placas hablan, gritan, vocean, repiten, proclaman al viento una y otra vez, para todo aquel que tenga oídos y se pare ante ellas, los nombres de todos aquellos que un día lejano descendieron al fondo de la tierra, algunos, rodeados de una aureola de gloria que habían ganado en cien batallas contra las fuerzas de la represión que les hostigaba en los montes de Galicia, de Cuenca, de León, de Gredos, otros, confundidos en el anonimato de los dieciocho años que les llevaron a compartir su suerte con Caraquemada, Massana, Facerías, Girón, Juanín, Cristino, Pinocho y otros legendarios antifascistas. Repiten, hasta hacer saltar el pulido esmalte de su superficie, los nombres de los lideres obreros que llevaban las consignas de Lenin y de Pablo Iglesias hasta el vientre de las minas de la más brava y explotada Asturias, y que más tarde serían arrojados a lúgubres prisiones; los nombres de los poetas, los nombres de los autores de aquellos libros quemados, sacrificados todos al dios del capital, del militarismo y de la Santa Sede; los nombres y los apellidos de los niños que, mientras aprendían el valor de 2 más 2 en la pizarra de un colegio de Getafe, un avión, posiblemente fabricado por aquellos mismos obreros que combatían en esas horas en los campos de este apartado rincón de Europa, dejaba caer su mortífera carga sobre la escuela para poner a aquellos infelices tendidos boca arriba sobre la tierra, sin vida, definitivamente raptados de los juegos de la infancia por la temprana muerte, listos para la foto que daría la vuelta al mundo en los periódicos de gran tirada del día siguiente, definitivamente ciegos y sordos para todos los libros, todas las músicas y todos los juegos; los nombres de aquellas 13 jóvenes mujeres que, una vez acabada guerra tan cruel, ya devastadas las ciudades, en plena actividad de depuración, en la hora sublime de la más cruel venganza del vencedor y firmado el último parte de guerra que daba por concluida la última batalla, aquel cinco de agosto de 1939 teñían el suelo de su amado Madrid, bajo las balas de un pelotón de ejecución, al pie de las tapias del cementerio del Este y a pocos metros de la cárcel de mujeres donde, otras como ellas, aguardaban la misma suerte, simplemente por haber defendido la causa de aquella República, aquella España en la que ahora el bando vencedor se emborrachaba con la sangre de los derrotados. Estas placas, esos monumentos nos hablan de poblaciones devastadas por la guerra y definitivamente desaparecidas del mapa, donde apenas si se pudo decir después: aquí estuvo el cementerio, ahí estaba el poyo y la parra donde se sentaba la madre antes de todo aquello para echar soletas a los calcetines, eso era el corral, aquello el horno, ahí nací yo, de esa puerta salió fulano para casarse un día con mengana, ahí estaba el pilón donde abrevaban las bestias, antes de que, todo esto que antes era un país que solo quería salir de su atraso milenario, fuese sembrado de Marte, del acero, de la muerte y la destrucción, de los cantos guerreros, campos de sangre que clamaba por más sangre; hablan de niños militarmente formados cantando el Cara al sol con el brazo extendido a la puerta de los colegios; de oscuros negocios en despachos oficiales, presididos por el Crucificado flanqueado por los retratos del Fundador y del Generalísimo, (que nos recordaban las ilustraciones de los libros de texto, con los dos ladrones flanqueando la figura del Cristo en el Gólgota) donde se traficaba con el hambre y la salud de un pueblo; del miedo cerval instalado en aquella sociedad de la posguerra que, en el 36, en los días del fervor revolucionario, había votado mayoritariamente al Frente Popular; de los que habían tenido la osadía de significarse en los días que siguieron, socializando empresas y colectivizando campos, o simplemente desplegando una bandera constitucional en el balcón de la casa el 18 de julio, cuando cundió la noticia del golpe militar; nos hablan del que echó abajo la puerta de la ya inútil iglesia del pueblo para convertir ésta en granero del común; de carreteras atestadas de la población civil que, huyendo de la barbarie “cristianizante”, trata de poner a salvo los pobres enseres y las vidas de las criaturas que salvaron de los bombardeos vaticanofascistas sobre las ciudades, perseguidos en su huida por las balas de la aviación de los “salvadores de la patria”. LQSomos. Ángel Escarpa. Febrero de 2008 |