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Bolivia. Un estado plurinacional
La derecha recobró su tono de patrón: a grito y patada. La persuasión
no le va, porque no le va el derecho ni la razón; en nombre de ellos
miente y agrede, manipula y mete miedo. Pero en su tono actual enseña
algo más: la grosera soberbia del mandón. Porque dice su "generosidad"
que ahora reconoce nuestra pluralidad cultural pero no la nacional:
habíamos sido buenos para bailar tinku pero no para proponer un
Estado. Sólo el patrón, exclama este iracundo, decide qué derechos
reconoce a los siervos ("l'Etat c'est moi" proclama y sentencia que
estos sólo tienen derecho a obedecer): el "consenso" sólo funciona si
los siervos están de acuerdo en ser dominados. Mientras no se atrevan
a exceder el espacio que el patrón les "brindó", entonces pueden
enarbolar la democracia (que el patrón considera su propiedad) y en
nombre de ella aceptar voluntariamente su servidumbre. En eso consiste
el moderno Estado-nación. Es la imposición violenta de un proyecto
cuyo fin consiste en la conservación de la desigualdad humana; una vez
racializada la víctima como inferior entonces la violencia del verdugo
se justifica y toda emancipación se declara atentado contra la
democracia (del que manda).
Ese proyecto es el que asumen las oligarquías en toda la historia
republicana y las consecuencias son funestas: no sólo que no se
desarrollan ellas (en el orden económico mundial mandan otros
patrones) sino que subdesarrollan a sus sociedades. Así condenaron a
un país a perseguir un proyecto ajeno, pensado para perpetuar la
dependencia y el subdesarrollo; así se naturalizó una mentalidad
limosnera, cuya máxima la expone ahora la oligarquía camba: exportar o
morir. El dependiente piensa de ese modo, pues sólo atiende a las
necesidades ajenas como necesidades propias y renuncia a la soberanía
tozudamente, presto a firmar tratados en contra de su propio país,
porque lo único que le interesa es la ganancia inmediata.
Hay proyecto propio si este se desprende de una historia también
propia, es decir, nuestra. Y nuestra historia es la paulatina
exclusión de los sectores nacionales que son, en definitiva, las
naciones originarias. Reconocer nuestra historia es reconocer esa
exclusión y la reparación, como la propuesta coherente a semejante
injusticia, supone la restauración. Y esto significa la
autodeterminación. Todo reconocimiento es postizo si no reconoce por
principio la dignidad absoluta de las víctimas a su autodeterminación.
Lo contrario es la subordinación racista "ilustrada": los indios deben
someterse al dictamen de la "razón", es decir, al proyecto
moderno-blanco-occidental. En 1550 Gines de Sepulveda justificaba la
violencia del conquistador desalmando al indio; ahora es más
sofisticada: sólo el proyecto moderno es "universal", "verdadero" y"racional". En eso consiste el eurocentrismo (y su determinación
actual como eurogringocentrismo): en la adopción, como dogma de fe, de
que sólo la etnia europea, como particularidad cultural, es capaz de
universalidad. La devaluación de las demás culturas y civilizaciones
resulta una devaluación racista: si la víctima aparece como inferior
entonces la violencia aparece como emancipación, si la víctima se
resiste entonces es la víctima la culpable de la violencia que se le
administra.
La "ilustración" muestra su verdadero carácter en la imposibilidad
objetiva de sus pretensiones; si la emancipación es en realidad la
adopción de su proyecto entonces no hay emancipación alguna y todo
consiste en el sometimiento voluntario a la "razón" del dominador. Y
todo consiste en la subsunsión paulatina de la otredad (subordinada
como inferior) en la homogenización performativa del sistema
dominante: son sin-religión-verdadera ergo hay que convertirlos, son
sin-educación-verdadera ergo hay que educarlos, son subdesarrollados
ergo hay que desarrollarlos, son anti-demócratas ergo hay que
democratizarlos. El criterio de verdad recae únicamente en el
dominador, de modo que todo lo que haga, incluso la violencia, se
justifica. La subsunsión es infausta y propone su imposibilidad
objetiva en tres modos:
"Los indios no pueden vivir con nosotros, a no ser como subordinados";
como no se puede atropellar eternamente la dignidad humana del
distinto entonces recurren a la segunda opción: "Los indios no pueden
vivir entre nosotros"; así aparecen las reservaciones o una especie de
apartheid, donde se confinan quienes no se adaptan, pero esto no es
solución, pues la desigualdad permanece, entonces aparece la tercera
opción: "Los indios no pueden vivir". Y esa es la opción que muestra
la Junta Autonómica, adonde se refugia la derecha más reaccionaria de
este país. Su opción es fundamentalista y tiene los tintes
apocalípticos de las sectas milenaristas: la liberación de los pobres
es obra del demonio, pues consideran el orden global moderno, la
injusticia mundial hecha naturaleza humana, como un orden divino. Es
una adopción irracional, pues confunde una determinación epocal e
histórica como algo eterno; por eso aparece en el dólar: "in god we
trust", "novus ordo seclorum". Son las consignas de todo imperio, que
se cree eterno y divino y justifica su ley con el dios al que se
postra, el fetiche moderno: el capital.
Un Estado que sostiene la desigualdad humana se sostiene sólo por la
fuerza. Esa es la opción que presenta la "media luna" (el emblema
croata que adoptan los descendientes de la Ustacha y otros grupos
fascistas radicados en Santa Cruz). Quienes se aferran a la autonomía
y persigue un proyecto ajeno no saben ser autónomos, porque adoptando
la conservación de lo mismo adoptan en realidad la desigualdad como
programa de vida. Y se merman la posibilidad de proyectar algo con
sentido porque han arrancado de su subjetividad toda posibilidad de
remediar la injusticia (el sinsentido al cual nos enfrentamos
siempre).
Autonomía quiere también decir autodeterminación y consiste en el
desarrollo de la conciencia como autoconciencia; es decir, cuando la
conciencia toma conciencia de quién es, como examen histórico, es
capaz de proyectar lo que puede ser. Autonomía no es el libertinaje
irresoluto del díscolo, que es aquello que aparece en las delirantes
declaraciones de la Junta Autonómica, se trata más bien del desarrollo
de la conciencia nacional; esta aparece como proyecto político que se
propone la superación de las contradicciones históricas. La
contradicción permanente ha sido la adopción de modelos ajenos que
realizaron, del modo más idóneo, nuestro subdesarrollo, pues
precisamente nuestra postergación en beneficio de intereses ajenos ha
sido el propósito por el cual fueron realizados. La superación de
nuestras contradicciones pasa entonces necesariamente por la adopción
de modelos que se deduzcan de nuestros problemas y nuestra realidad. Y
nuestra realidad es diversa. La frágil unidad que constituyó este país
no pudo sostener siquiera la integridad territorial, porque era una
unidad postiza, inventada por los doctorcitos que copiaban, con puntos
y comas, los dictámenes de sus admirados: los que nos colonizaron.
Su desidia no podía sino traducirse como desprecio, pues aquel que no
es capaz de proyectar nada, a no ser el remedo de lo que se produce en
otros lados, termina por despreciarse. Este desprecio, de aquel que
sólo sabe golpear a la embajada (ahora gringa) para saber lo que debe
hacer, germinó el auto-desprecio de una mentalidad criolla mestiza
que, a modo de descargar esa maldición, escupe su auto-desprecio como
desprecio hacia aquel que le recuerda su origen. Su maldición entonces
la deposita sobre el que carga todo el peso de esa condición colonial:
el indio. Y descarga en este todas las desgracias que produce esta
mentalidad colonizada, persistiendo tozudamente (herencia también
colonial) en un proyecto que perpetúa nuestro subdesarrollo. Más de
180 años de perseguir un proyecto ajeno no les basta, ni las crisis
que se riginaron, ni la miseria a la cual fuimos destinados, pues
para ellos sólo tiene sentido el proyecto moderno: el Estado-nación.
Una invención teórica que nunca fue una opción sino una imposición:
Castilla y Aragón unifican el Estado español sometiendo a Cataluña,
Galicia, el país Vasco, lo mismo sucede con Inglaterra, que es la
imposición de los ingleses obre Escocia e Irlanda, etc. En esta parte
del mundo la situación fue todavía más cruel, pues el racismo añadía
siempre una dimensión insensata a ese tipo de ordenamiento.
En el norte del Nuevo Mundo, las naciones originarias se propusieron
una forma política que después fue copiada por los gringos e hizo
posible el actual Estado Unidos, lo cual demostró que aquellos
despreciados tenían opciones más civilizadas y racionales para la
convivencia mutua. El sistema de confederaciones supuso la convivencia
política más adecuada para la diversidad existente de aquellas
naciones indígenas. Nuestro país pasa por ese tipo de contradicción,
que sólo puede resolverse por la aceptación de aquella realidad.
Sucede que las naciones originarias fueron agregadas violentamente en
esta entidad llamada Bolivia, fueron las verdaderas víctimas de un
proceso de subordinación política a los centros de poder. Nunca fueron
consultadas y, sin embargo, fueron siempre las más afectadas. Una
unidad real supone una comunidad y esta supone una igualdad de
derechos políticos. En nuestro caso, lo común es nuestra historia y en
esta lo que mueve el corazón del pueblo es una cosmovisión que ha
sobrevivido precisamente porque gracias a ella hemos sobrevivido. El
alimento, la medicina, la cultura, la identidad, fueron posibles por
una cosmovisión, en uno y otro lado, no extirpada por la modernidad.
Es la que ha desarrollado las posibilidades que tiene un pueblo de
poder realizarse hasta sus últimas consecuencias: condición que posee
un pueblo que nunca ha capitulado. Por eso el proyecto no es algo que
se le añade a una realidad sino que es lo que permanece y da sentido a
la liberación de un pueblo; cuya determinación, en nuestro caso, no es
unívoca sino diversa y esa es precisamente la riqueza que poseemos.
Nuestra miseria, en todo caso, es un ciego desconocimiento de lo que
somos, por tanto, de lo que podemos ser. Un Estado plurinacional nos
abre la posibilidad de pensarnos, por vez primera, como unidad en la
diversidad. Algo que nunca ha pensado la modernidad occidental, porque
su hegemonía sólo pensó la reproducción de lo mismo, sin opción
posible, o sea, sin libertad ni emancipación real. Los resultados
políticos son evidentes: la fragmentación y el enfrentamiento
fratricida, como consecuencia, también intencional, han prácticamente
descompuesto comunidades humanas milenarias. Curiosamente la
disgregación nacional no procede de las naciones originarias sino de
quienes se oponen a ellas. Por eso los autonomistas amenazan,
reproduciendo la intolerancia moderna como defensa histriónica del
insensato; quien declara abiertamente, como los cínicos de Santa Cruz:"no existe las naciones indígenas, son un invento de escritorio". Ese"invento" ha resistido en toda la colonia la violenta invasión de
estas tierras y en la república el indigno sometimiento de las
oligarquías a los intereses ajenos y, desde fines del siglo pasado,
han marchado en todo el país reclamando una nueva constitución, más
justa y más digna, que aquella que nos gobernaba sin jamás tomarnos en
cuenta.
LQSomos. Rafael Bautista S. La Paz, junio de 2007.
rafaelcorso@yahoo.com
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