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La Calle
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| Año V. / | |||||
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Para Iñaki y todo el equipo de LQS, para Luis Pastor y todos los resistentes de Vallecas. Yo también soy vallecano Creo que, la primera incursión que hice en Vallecas, fue hacia 1949. Acompañaba yo entonces a mi padre para recoger un receptor de radio, uno de aquellos viejos aparatos con válvulas de entonces, que había mandado fabricar a un hombre que se dedicaba a montarlos entonces en su casa. También recuerdo que, todos los meses, nos acercábamos los dos hasta la calle de Arregui y Arueg, a fin de pagarle al dueño el alquiler de la casa en que vivíamos en el barrio de Usera. En dicha calle, recuerdo, este señor tenía una ebanistería. No pagaríamos más allá de 100 pesetas mensuales, ya que mi padre, entonces, no ganaba más allá de 7 pesetas diarias. En 1955, un día de septiembre, aparecí por el Banderín de Enganche que la Legión tenía entonces en la calle Picos de Europa y me alisté por 3 años. Así, durante 15 días, dormí en aquel acuartelamiento, acudí a comprar viandas en el mercado de Martínez de la Riva para los nuevos reclutas y para el personal que administraba el banderín, y asistí a las charlas que se nos daban para iniciarnos en la vida castrense. Todo hasta que, un día, nos metieron en un vagón de ferrocarril en la estación de Atocha en dirección a Melilla. Una vez licenciado pocas veces recalé de nuevo por Vallecas, si no fue para ver ocasionalmente alguna película en los cines París, Venecia etc. con la avenida de la Albufera siempre invadidas sus aceras de gente camino de su trabajo , de compras por aquellas tiendas de ultramarinos de entonces, con aquellos tipos medio siniestros siempre apoyados en la balaustrada de hierro de la estación del metro, aquella calle que llevaba al mar de Alicante, la vieja carretera que había conducido al Gobierno de la República a Valencia el invierno de 1936. En 1976, con motivo del Iº de Mayo, el rojerío nos dimos cita en el Campo de fútbol de el Rayo Vallecano para escuchar un mitin de Marcelino Camacho que finalmente fue prohibido. Era un día muy soleado y la avenida de la Albufera estaba atestada de obreros, estudiantes y gentes de diversa condición. En un momento dado la calzada fue tomada por la policía y, a los que los grises nos sorprendieron tomando el sol, nos calentaron las espaldas bien para que no se nos olvidara volver al año siguiente. Después, nos perdimos por aquellos campos, entre rejales de ladrillos, y nos dedicamos a mentarles la madre y de arrojarles piedras a los maderos que nos vigilaban. Más tarde, nos enteraríamos de que habían cargado en otros barrios, pero ya la gente optó por disolverse. En 1977, un grupo de librerías populares (Pantós, Jarcha, País, La Colmena, Calatrava, Fuencarral, El Buscón, Blanco...) del cual formaba parte la mía (Miguel Hernández), nos propusimos montar una feria del libro en Vallecas, y una mañana de mayo aparecimos por la Plaza Vieja cargados de libros, posters y otros enseres a fin de tomar aquella plaza. En unas horas llenamos de libros las casetas que nos fueron montadas al efecto. Quizás lo que más nos sorprendió fue que se nos acercaran unos tipos a ofrecernos chocolate. Luego llegamos a la conclusión de que se trataba de hachís, una sustancia que empezaba a instalarse entre el personal. Recuerdo que cada caseta estaba especializada en un tema distinto: Pensamiento no autoritario, Poesia, Bricolage y tiempo libre, Infantil, Narrativa española, Narrativa extranjera...así hasta unas 15 casetas, más o menos. Ni que decir tiene que por allí pasaron a firmar su obra D. Antonio Buero Vallejo, Gloria Fuertes, el filósofo Javier Sádaba, el profesor Lafourcade y otros autores, faltaría más. Nosotros, como libreros de izquierda, pretendíamos demostrar que se podía hacer una feria del libro popular y alternativa. Así que, a medias en pérdidas y ganancias y con un importante capital de entusiasmo, en los días que siguieron desarrollamos actividades diversas al aire libre. Recuerdo la presencia de Luis Pastor, nombramos hijo predilecto del barrio a El Rey del Pollo Frito y a Dolores Ibárruri. Un día apareció por allí un individuo que nos cantó una canción popular rusa ¡en ruso!, sin más acompañamiento que el murmullo de los pájaros entre los árboles: evidentemente, estábamos en Rusia. En el bar donde acudíamos a comer veíamos a Santiago Carrillo en la tele en plena campaña electoral, comicios que nos situarían a los comunistas con 21 diputados en las primeras elecciones generales después de la Dictadura, con Rafael Alberti y Pasionaria en el hemiciclo, en tanto que Blas Piñar acudía en solitario por los fachas . No cabía pedir más. Así que, como colofón, el último día de la feria nos fuimos a una fiesta que organizó el Partido y pasamos de abrir las casetas. Al año siguiente,1978, repetimos la experiencia, y aunque los resultados económicos no fueron muy sustanciosos, quedamos como amigos y con la satisfacción de habernos echado un pulso con los molinos de D. Quijote. Algo de nosotros mismos se quedó para siempre en aquella plaza, bajo aquellos árboles. La siguiente cita fue en septiembre de 1982. Las milicias libanesas de la extrema derecha habían perpetrado una masacre en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, con el visto bueno de Ariel Sarón, y habían asesinado a numerosas personas, además de haber arrasado estos campamentos. La izquierda tenía una nueva cita en la avenida de la Albufera, para condenar la barbarie una vez más. Esa avenida por donde salió el Gobierno de la República camino de Valencia el invierno de 1937. Creo recordar que el PSOE ya no participaba en estas movidas, pero se reconocían las caras de la gente, siempre solidaria, de MC y otros partidos de izquierda. Al final de esta carta, me pregunto si se seguirán colgando banderas republicanas en el Puente por el 14 de abril. LQS. Ángel Escarpa Sanz. Enero de 2007 |