Esclavos felices

Transcribo un artículo referido al ensayista y académico Eduardo Gruñes, de una claridad absoluta a la hora de explicar las perversidades que genera este sistema inmundo, que controla la difusión y los medios de modo que lleva a muchos a pensar la realidad fragmentada de modo de adaptarse -según el patrón funcional-globalizado-neoliberal- y ser "funcionales" al sistema. Recuerdo -y recomiendo vehementemente la lectura de Aldous Huxley en su libro "Un mundo feliz"- a los esclavos felices producidos en serie en un mundo cuyo Dios Ford generaba humanos adoctrinados desde sus primeros días de vida con repeticiones ad livitum de lo que debían pensar ("sesenta y cuatro mil repeticiones hacen una verdad").

Mónica Oporto

Durante las dos últimas décadas y tal vez un poco más, el campo cultural elaboró más de una teoría funcional al propósito de desarticulación de los lazos sociales perseguido por el capitalismo neoliberal. La visualización de la historia como una sucesión de pequeños relatos azarosos y sin relación alguna entre ellos, estuvo entre esas teorías. Esa concepción alcanzó rango académico en distintos trabajos que, bajo la protección de ese rótulo abarcador que dio en llamarse "postmodernismo" -y que sirvió tanto para un fregado como para un barrido- convocaron al abandono de cualquier mirada totalizadora y crítica del mundo. De esa visión ciegamente particularista se dedujo la existencia de un universo de partes fragmentadas y en soledad que reemplazó los vínculos con el pasado o de la solidaridad por la celebración fetichista del presente y la renuncia a toda forma de proyecto histórico compartido. ¿Qué forma de pensamiento podía servir mejor a un modelo económico impulsor de un individualismo desenfrenado, el consumo ostentoso, la laxitud ética o la indiferencia por la suerte de los que no poseen?.

Esa imagen posmoderna de una coexistencia aislada pero pacífica entre culturas que podían vivir en un clima de tolerancia donde cada una cultivaba su fragmentariedad particularista prescindiendo del otro, fue una de las primeras víctimas de los atentados a las Torres Gemelas del 11 de septiembre del 2001. A través de este hecho, el mundo se volvió súbitamente a totalizar. Y, de la peor manera: la del retorno a un discurso imperial grosero y prepotente. De golpe, se volvió al binarismo más primario del blanco o negro., del amigo/enemigo que exige definiciones dogmáticas, sin matices intermedios. En la estrategia del presidente George W. Bush, la globalización -lejos del carácter pluralista y de diversidad cultural que le atribuían los posmodernistas- empezó a mostrar su verdadera cara, la de la creciente homogeneización del discurso dominante.

Eduardo Grüner es el vicedecano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, y autor de varios ensayos notables tales como: "Un género culpable", "Las formas de la espada" y "El sitio de la mirada". El libro en el que Grüner aporta mas al debate con el postmodernismo es, sin embargo, "El fin de las pequeñas historias", que se transformó en poco tiempo en uno de los textos de cabecera del ámbito intelectual por su agudo análisis del debate cultural en el mundo contemporáneo y por su consistente aporte al pensamiento crítico.

Grüner, en discusión con la teoría poscolonial y la corriente académica denominada de los estudios culturales, les propone a ambas su inscripción en una "macroteoría histórica" mas consistente, al modo como podría ofrecerla, aun con las limitaciones que tenga y las reservas que merezca, la teoría del sistema-mundo representada por nombres como los de Immanuel Wallerstein, Samir Amin o Giovanni Arrighi. "A nuestro entender -dice Grüner- sólo esa inscripción permitirá un análisis totalizador (y defendemos a rajatabla esta noción) de los "multiculturalismos" y las "poscolonialidades" erigidas como las grandes novedades teóricas de las últimas décadas.

Obviamente Grüner, a pesar de aceptar algunos de los planteos de estas dos orientaciones teóricas, las acusa de estar empantanadas en la encrucijada de los "pequeños relatos" y no poder alcanzar debido a ello el horizonte totalizador que les daría su dimensión realmente crítica. La construcción de una teoría, de un nuevo gran relato que permita reingresar en la densidad de los tiempos históricos y de analizarlos bajo una perspectiva cuestionadora es un enorme desafío de estos tiempos.

Pero no es esa la única crítica que Grüner hace a la teoría poscolonial y a los estudios culturales, señala que las corrientes de pensamiento posmodernas -que justifican su nacimiento en la impugnación que hacen del modernismo como el "gran relato" que precipitó al mundo en el fracaso- se equivocan al "considerar a la modernidad como una visión homogénea y cerrada sobre sí misma", como una mirada que respondería fielmente y sin fisuras a ese discurso que ha intentado presentarla como una era de progreso indefinido, de mejoramiento de la sociedad humana, de imperio de la razón y de la ciencia. "Esa fue, en efecto, una imagen que la modernidad intentó dar de sí misma durante todo el siglo XIX y de la que somos herederos, la imagen que podríamos llamar dominante. Pero no es la única que se elaboró sobre esa modernidad. Ese gran relato del que se habla no es homogéneo ni completo. Le faltan muchos pedazos para que lo sea. Eso debido a que ese gran relato oculta muchas de sus fisuras".

¿Qué fragmento o aspectos oculta esa imagen que el relato dominante de la modernidad pretendió dar de ella?

El siglo XIX, que es el que genera ese gran relato de la modernidad -si bien parcialmente heredado del iluminismo del siglo XVII- es el mismo siglo de la explosión de lo que Marx llamaría la lucha de clases, motivada por la consolidación del capitalismo industrial, moderno, con todas las consecuencias de explotación que trajo. Y es el siglo también, por nombrar sólo las dos cosas más evidentes, de la profundización sangrienta, genocida, del colonialismo. Es, por ejemplo, el período del gran reparto de África. Estas son las partes que quedan veladas en ese gran relato, porque son las que demuestran que no todo fue mejoramiento de la sociedad humana en la modernidad ni predominio de la razón. Y quedan veladas no porque no se hable de ellas, sino porque la constatación de su existencia no parece tener efectos sobre la imagen homogénea que da de sí misma la modernidad. Este es un problema si se quiere filosófico, vinculado a la relación conflictiva entre la parte y el todo, como lo plantea en su libro el propio Grüner. Una parte de esa supuesta totalidad se tapa, se desplaza o queda subalternizada en el discurso, a fin de no descubrir su falta de armonía. Sólo ocultando esa parte sucia, la modernidad puede aparecer como una totalidad pretendidamente sin heridas. El positivismo del siglo XIX expone la historia como una corriente homogénea y lineal, válida para el universo en su conjunto, para lo cual debe ocultar muchas otras historias alternativas o paralelas. Y como se sabe hay muchas historias, muchas temporalidades diferentes. Esto es un tema muy trabajado en la antropología y en las teorías historiográficas.
Entonces, si esa visión armónica del gran relato modenista tiene tantos agujeros, ¿qué se les critica a quienes la impugnan, a los posmodernistas? ¿No tienen acaso razón?.

Es que en su libro no niega pertinencia a las críticas que hacen los mejores pensadores posmodernos o postestructuralistas-refiriéndose sólo de éstos y no a algunos burdos propagandistas de los intereses del establishment globalizador- a esa imagen de imperio de la racionalidad conque se presenta la modernidad, a esos logros infalibles de un sujeto cartesiano de pura transparencia y completud. En eso tienen absoluta razón. Para Grüner ya en la propia modernidad esa crítica existía. A partir del siglo XIX se generan núcleos de pensamiento de lo que Grümer llama una modernidad autocrítica, representada por nombres como el de Marx, Nietzche o Freud. Ellos muestran una imagen fracturada, conflictiva y desgarrada de la modernidad. Una imagen que está en el otro polo del discurso dominante sobre ella. La pregunta es ¿cómo se puede criticar el gran relato de la modernidad cuando ese gran relato no existe, cuando está incompleto, no está terminado, está oculto, está partido?. De ahí que parece que esa crítica al gran relato de la modernidad se queda corta, no es lo suficientemente radical. Más aún: ha servido para escamotearle a la modernidad su otra cara, la más cuestionadora, y por eso esa supuesta "crítica" posmoderna es objetivamente reaccionaria, o al menos conformista.

Como hipótesis sostiene que hay una sobrereacción contra lo que podríamos llamar la ultra sofistificación de una cultura argentina siempre muy atenta a las novedades y a las modas provenientes de las academias del Norte. Cierta izquierda, no toda, ha reaccionado, lo cual -según Grüner- está bien como principio, contra estas corrientes incluidas, desde luego, las versiones mas fuertes del neoliberalismo y también del llamado postmodernismo que tienden a ocultar el carácter conflictivo de la sociedad moderna, actual. Esa izquierda ha reaccionado contra esa tendencia, pero mal, porque lo ha hecho acantonándose, haciéndose fuerte en las recetas mas tradicionales, por decirlo de una manera rápida. Han adoptado esa posición en lugar de pensar en algo que es de fundamental importancia. Ninguna ideología por fea que sea miente todo el tiempo. Para que una ideología tenga un mínimo de eficacia, aun la peor de ellas -por ejemplo el nazismo o el fundamentalismo neoliberal- tiene en algún punto que decir alguna verdad, recoge un sentimiento. Una necesidad. Y por supuesto, la deforma y la pervierte. Eso está demostrado históricamente. A menudo se enuncia la famosa frase de Marx acerca de que la religión es el opio de los pueblos sin recordar un dato que debería agregarse a esa afirmación que el opio es un calmante del dolor y que si se aplica es porque hay un dolor real, un sufrimiento auténtico en algún lugar. Entonces, se puede ser ateo, agnóstico o lo que se quiera, pero no dejar de admitir que la existencia misma de la religión o de cualquier ideología es siempre un síntoma que expresa un núcleo de verdad. Un momento de verdad, diría Adorno, que está en algún sitio. Aceptado esto, de lo que se trataría es de hacerse cargo de esos núcleos de verdad y, por supuesto, pensarlos desde una perspectiva que no sea celebratoria de la posmodernidad o de la globalización -y Grümer lo dice desde su posición de hombre de la izquierda-.

A esa izquierda que es mas afín a la repetición de clisés, es posible que la realidad de los últimos tiempos, tan cambiante, los obligue -nos obligue- a todos, no solamente a ese sector de la izquierda a repensar verdaderamente las cosas. Hace mucho que se viene hablando de la necesidad de reformular todas nuestras categorías. En esto sería cauteloso. Por lo siguiente: no es cuestión de tirar por la borda toda nuestra biblioteca, sino que, en todo caso, volver a leerla con atención y desde una perspectiva mas abierta. Se trataba de hacerse cargo de estas "novedades" pero sin perder el rumbo en cuanto a que es necesario tener una posición firme, un lugar desde el cual leer esas novedades y sin encandilarse pensando que todo lo anterior "ya fue". Muy por el contrario, cada vez debe uno volverse más clásico -según Grüner- en muchos sentidos, pues estas lecturas deben ser estimulantes.

Releer a Marx, que desnudó mejor que nadie la esencia del capitalismo puede ser una tarea en tanto no desaparezca el capitalismo. Esto no quiere decir que Marx por sí sólo baste para entender todo el universo contemporáneo que es sumamente complejo. Porque no se trata de los contenidos, sino de cierta lógica desde la cual se piensa que puede ser la lógica de Marx, la del psicoanálisis o la que cada cual encuentre. Los contenidos son sumamente cambiantes, lo importante es la posición desde la cual son leídos.

En historia, por suerte, nunca hay nada definitivo, siempre se producen sorpresas. Los últimos años abundan en ejemplos que confirman esta afirmación. Nada está escrito de antemano. Sí uno puede detectar o identificar ciertas tendencias mas o menos generales. Estamos en un momento muy particular, referido al mundo en su conjunto. Es casi una perogrullada trivial decir que estamos en una etapa de tremenda crisis. Sería más dramático: estamos en un punto de inflexión muy fuerte donde las consecuencias de lo que ocurre pueden ser realmente catastróficas. No es necesario citar Irak; esa guerra tiene que ver con las reacciones de lo que ahora con cierta ligereza se llama el imperio, con su propia crisis y lo que determinadas personas han calificado como manotazos de ahogado, que por lo demás son sumamente peligrosos. Una actitud de algunos sectores de la izquierda es la de encabalgarse en esta crisis con un cierto espíritu de optimismo acerca del derrumbe del imperio. Hay una reacción cada vez mas consciente pero desordenada, heterogénea y que sufre avances y retrocesos. Las décadas de imperio neoliberal con los lastres que dejó no fueron simples años de pasividad de la gente, fue algo peor: se trató de un período donde muchos sectores sociales importantes se identificaron con las teorías y con las prácticas del neoliberalismo (y no se trata de sectores sociales dominantes). Fueron décadas de totalitarismo. El totalitarismo no es nada mas que una dictadura que aspira a que la gente esté pasiva y no reaccione, es una situación política y social que promueve moviliza a la gente a favor de sus intereses particulares. Esto es lo que consiguió el neoliberalismo.

Grüner sostiene que Tony Negri , en su libro "Imperio" se refiere al lado positivo de la globalización o del imperio, en tanto serían un resultado del deseo de las multitudes.

Gruñer arriesga el concepto de "indecidible" como un momento trágico, en el sentido de que ninguna de las partes logra imponerse sobre la otra. Gramsci hubiera puesto este tiempo bajo la sombra de su famosa fórmula: "Lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer". Es un momento de vacío y tensión trágica en que ninguno de los polos termina por imponerse al otro. Y entones hay que ser firme, abrir el pensamiento a una radicalidad crítica.
No hay posibilidad de transformación de la realidad sin una dosis de optimismo, ese sentimiento necesario. Optimismo de la voluntad y pesimismo de la razón.

La penetración ideológica del neoliberalismo ha logrado un grado de alienación muy grande. La globalización -término que no es del agrado de Grüner- ha creado una suerte de trivialización de lo real, de pasaje de lo real a ese estado que algunos posmodernos denominan el simulacro. Es como si viviéramos en un mundo de puro simulacro donde la conexión de lo real con el cuerpo vivo de las personas parece haberse perdido. El episodio de las Torres Gemelas es la más clara demostración de que nos pasamos horas enteras viendo la misma escena del derrumbe sin que nos muestre un cadáver o un herido y, sin embargo, lo real transcurre y de manera bien trágica, bien dramática. Los miles de niños que mueren de hambre evitable todos los días es un ejemplo incontestable, que uno siempre vacila en citar porque parece un recurso sentimental fácil. O se destruyen ciudades enteras como las de Irak. Estos hechos se repiten con frecuencia desde la llamada Guerra Fría. Esta manipulación de lo real a lo que hay que prestarle mayor atención.

La trivialidad ha narcotizado la sensibilidad.

Entrevista de Alberto Catena a Eduardo Grüner publicada en revista CABAL de Dic.2004.

 

 

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