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Año V. /

La Venganza de la Pachamama

La buena noticia es que el calentamiento del planeta no significa el fin del mundo. La mala, es que anuncia el fin de la especie humana. La peor, que nada podemos hacer ya para evitar el Diluvio Universal en su última versión.

Cuando la Tierra cambie los Polos por el Ecuador, ahogue el Africa y las Américas, renueve el perfil de sus montañas y cordilleras hundiendo las que conocemos para erigir otras nuevas donde menos se nos ocurra, no hará otra cosa que cambiar de traje, alterar apenas su superficie y liberarse de la plaga más feroz que ha conocido como si tal plaga fuera un polvo de moscas.

Esa plaga, esa pandemia y ese horror es, claro, lo que llamamos, porque somos el único animal que ríe y sabe del buen humor, Homo Sapiens, el Hombre que Piensa. Esa plaga somos usted y yo multiplicados por seis mil millones y dedicados a comernos el planeta.

Una de las pruebas más sólidas de que Dios no existe estriba en que ningún Dios bueno, sabio y justo pudo haber creado una peste tan horrenda como la raza humana, esta marabunta. Los miles de años durante los que hemos ocupado este maravilloso planeta, un parpadeo geológico en realidad, son la etapa más triste de su devenir: una sola especie, la más cruel y feroz, ha destruido en ese mínimo lapso miles de otras especies, ha envenenado las aguas de los mares, ha ensuciado las nieves de las grande montañas y ha destruido los bosques y selvas hasta convertirlo todo en un erial. Ahora se dedica a envenenar los cielos.

Si los animales pudieran hablar, otra señal de que Dios no existe porque los animales deberían tener el derecho de hablar, condenarían a la especie humana con las expresiones más desesperadas, más indignadas y más tristes, y reclamarían justicia elemental a ese Dios ciego, mudo e indiferente que dizque se dio el gusto de crearnos al sólo pensarnos.

Pero, he aquí, los dados están lanzados y nada puede alterar ya la venganza de la Pachamama. Pues que nos ha soportado durante milenios y jamás hicimos otra cosa que destruirla, odiarnos unos a otros y asesinar por placer la vida donde fuera que la encontráramos, el instante en que luchará por sobrevivir y por conservar esa vida en forma de diminutos entes, los mismos que la iniciaron sólo Gaia sabe cuantas veces antes, está próximo, es ley del Universo, y nada puede alterar ya la llegada de ese amanecer diferente en que el sol saldrá por otro lado.

¿Merecemos ese destino?

El último sábado 10 de marzo anunciaba el Washington Post en su página A-15 que "durante una reunión de dos días en Bruselas, las gobernantes de la Unión Europea acordaron medidas con fuerza legal para reducir las emisiones de gases que causan el efecto invernadero y que aumentarán el uso de energía renovable".

Ese mismo día y en su primera página, anunciaba el Washington Post la construcción de cincuenta plantas destinadas a convertir el carbón en energía, plantas que son la causa principal y más peligrosa del efecto invernadero. Las nuevas plantas se construirán en el estado de Iowa y son parte de un grupo de 150 plantas que se construirán hasta 2030.

Antes de que condene usted a esos gringos malditos, enemigos de la humanidad, es necesario que se pregunte hasta dónde está dispuesto usted mismo a luchar contra ese efecto invernadero y el calentamiento del planeta.

No se vaya usted por peteneras haciéndose el inocente. Ya nadie es inocente.

Usted también tiene la culpa del fin del mundo, y lo sabe. No intente eludir su responsabilidad.

Pruebas al canto.

- ¿Está dispuesto usted a renunciar a su automóvil ahora mismo, reducirlo a chatarra a golpe de mazo y cambiarlo por una bicicleta aunque su centro de trabajo quede a cien kilómetros de distancia de su cómodo hogar?

¿Cuántos años hace que usted viene y va en su viejo cacharro y por la misma ruta, envenenando el ambiente y sólo porque no le gusta pedalear?

- ¿Por qué hace comilonas semanales al carbón con sus amigos y en su jardín si sabe que está emponzoñando el ambiente con cada balde de carbón? ¿Está dispuesto a renunciar a ese único placer burgués que se permite con tantos sacrificios, sólo para salvar al planeta?

- ¿Está dispuesto a renunciar al jabón de afeitar, los perfumes y otras sonzeras que usa su mujer y que vienen en esas latas tan lindas que hacen ¡Fisss! cuando les aprieta el ombligo?

- ¿Está decidido a dar la vida para impedir la muerte de un árbol la próxima vez que vea a algún idiota serruchando el tronco de esa pobre planta?

- ¿Decidió ya que preservará el agua hasta el punto de bañarse una vez al mes, beber tres sorbos al día y no regar nunca más su jardín?

- ¿Está listo para lanzar una campaña dedicada a destruir todas las máquinas que queman gasolina, diesel, petróleo o cosa parecida donde sea que se encuentren y sean de quien sean?

Si es así, pero dudo de que sea así, usted morirá con la conciencia tranquila cuando las aguas enfurecidas de cualquier océano le alcancen mientras corre como liebre con fiebre tratando de refugiarse en la punta del monte más cercano.

Y si no es así, y estoy seguro de que no es así, ambos deberemos concordar en que merecemos nuestra suerte individual y común. ¿Para qué decir más?

Tenga usted un buen pasar.

LQSomos. Arturo von Vacano. Marzo de 2007