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Carta a los obispos Por el derecho a rechazar la religión impuesta: La teocracia, más o menos encubierta, impuesta por la Iglesia a lo largo de siglos, ha situado a los señores obispos en una especie de paraíso terrenal, mucho más tangible, fructífero y cercano que esa entelequia que predican como posible premio en un hipotético más allá. Tan es así, que cualquier movimiento que tan siquiera huela a revisión de sus parcelas de poder o, lo que es peor, a su bolsillo, los pone de los nervios. Alarmados y revueltos, recaban
firmas, -a pesar de que la Iglesia no se rige por el número de
firmas, según manifestó uno de ellos (doblevara de medir)-;
animan manifestaciones -aunque no las convocan- y caldean los ánimos
del rebaño -de fieles- a golpe de pastoral en la que nunca manifiestan
el verdadero motivo de su inquietud, sino que apelan a los derechos
de no sé cuántas historias o a los tabúes de otras
tantas: los padres con respecto a la educación religiosa de los Poca confianza tienen en sus fieles. Quizá piensen que no serían tan fieles si tuvieran que sufragar ellos solos mediante el rascado de su bolsillo el mantenimiento de lo que ahora costeamos entre todos, creyentes y no creyentes. ¡Por supuesto que los padres
tienen derecho a dar a sus hijos la educación religiosa acorde
con sus creencias! Que yo sepa nadie niega ese derecho. Pero también
reivindico el mío a que no reciban mis Si Cristo, tal como predican, volviera a la tierra, me temo que se tendría que dedicar a arrojar a muchos mercaderes del Templo y a tildar nuevamente de sepulcros blanqueados a muchos fariseos actuales. Están en su pleno derecho los señores obispos de continuar con su proselitismo y de engrandecer cada vez más su imperio. Pero por favor, dejen de imponer su criterio a la totalidad; respeten a esa gran minoría que componemos los que no comulgamos con sus ideas y acepten el hecho de que a lo mejor preferimos condenarnos pero bajo nuestro criterio y nuestra responsabilidad, sin notas a pie de página y sin el dirigismo de su Iglesia. Se niegan los señores obispos
a aceptar el matrimonio entre homosexuales, cuestión que suscita
en mí únicamente el respeto por una opción personal;
exactamente el mismo respeto que pueda sentir Condenan los señores obispos la adopción de hijos por parejas homosexuales, preocupados por la educación de los infantes y por su posible futuro como continuadores de la saga homosexual. Curiosamente, no suscita en los señores obispos la misma preocupación y alarma el futuro de los menores que son objeto de los frecuentes casos de pederastia en el seno de sus parroquias. Se oponen los señores obispos al divorcio, cuestión perfectamente comprensible si tenemos en cuenta que por una causa de nulidad, en el tribunal eclesiástico cobran actualmente quinientos sesenta y cinco euros. La pela es la pela. Se horrorizan los señores obispos ante la investigación con células madre -que podría en un futuro salvar muchas vidas- y se rasgan las vestiduras ante la sola idea del aborto aduciendo en ambos casos la protección de vida inocente. Sorprendentemente, no abren la boca para clamar contra los poderosos gobiernos y grupos de poder que permiten el que cada dos segundos muera de hambre una persona en el mundo, amén de los que mueren asesinados en guerras injustas, los que mueren de desesperanza e insolidaridad, los explotados por las grandes potencias y un largo etcétera de horrores mucho más denigrantes para la raza humana que la simple permisividad de un aborto o una manipulación celular. Quizá piensen los señores
obispos que si abren la boca al respecto abrirían la caja de
Pandora. Puede que su rebaño -de fieles- se preguntara si las
enormes riquezas de la Iglesia no deberían tener un Y no me vengan con esas, porque
su obligación, como pastores y guías del rebaño
-de fieles- es la de enseñar a esos devotos a encauzar sus donativos
a empresas dignas de mejor causa. Es posible que a los señores obispos les suene esta carta a pura herejía y consideren a su autor merecedor de una de las monstruosidades de las que impartía la ¿Santa? Inquisición. Por mi parte no habría objeción a que me excomulgaran, habida cuenta de que no se muestran muy proclives a aceptar la apostasía -de hecho no soportan el que ninguno de los apuntados en su club pida la baja voluntaria y públicamente- , a juzgar por la negativa del arzobispo, creo que de Valencia, a un colectivo que deseaba apostatar. De su Dios hace muchos años que apostaté sin necesidad de intermediarios, peticiones ni permisos. Atentamente |
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La Calle
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| Año V. / | |||||