Los príncipes soeces

Antonio Pérez. LQSomos. Julio 2017

No more with tender lip, nor musical labial sound,
But out of the night emerging for good, our voice persuasive no more,
Croaking like crows here in the wind.
Walt Whitman, Leaves of Grass

A finales de junio de 2017, el príncipe Charles y su esposa Camilla, comenzaron una gira por el Canadá ártico. Uno de los primeros actos oficiales de la parejita royal consistió en presidir en la ciudad de Iqaluit un encuentro folklórico con los indígenas Inuit -antes, esquimales-. La actuación más esperada era un recital del cántico con garganta (throat-singing), una de las cumbres de la cultura inuit y, además, un género artístico único en el mundo. Pues bien, ante el asombro mundial, la indignación de quien suscribe y delante de las cámaras, Charles y Camilla se burlaron a carcajadas del arte inuit.

No se trató de unas risitas o de unos cuchicheos sino de una burla con alevosía. Teniendo en cuenta que los reyes y príncipes no tienen otro trabajo que respetar las reglas de etiqueta que ellos mismos han inventado, hemos de suponer que su escándalo en Iqaluit no fue un desliz sino toda una provocación. Quizá estaban hartos de que las ceremonias se celebraran en inuktitut, el lenguaje de los Inuit, en lugar de su amado idioma inglés. En tal caso, que se hubieran quedado en su casa. Que no viajen si no les gustan las otras lenguas -históricamente, no les gustan porque es colosal el número de ellas que ha exterminado el Imperio Británico-.

Los futuros reyes del United Kingdom y próximos Emperadores de la Commonwealth (desde Canadá hasta Nueva Zelanda pasando por las Bahamas), recalaron en Iqaluit (en el silabario inuktitut, ᐃᖃᓗᐃᑦ; antigua Frobisher Bay) porque esta ciudad es ahora la capital de Nunavut, el enorme territorio autónomo reconquistado por los Inuit. Debo suponer que la información que tenían sobre este pueblo se reducía a saber que esquimales (= comedores de carne cruda) es un insulto y, quizá, a haber visto in illo tempore la película “Los dientes del diablo”.

Pero los royals ni siquiera asimilaron ese clásico del celuloide (The Savage Innocents, 1960, dirigida por Nicholas Ray con Anthony Quinn disfrazado de inuit y la japonesa Yoko Tani fungiendo de su esposa). Ni siquiera aprendieron de alguno de sus diálogos. Por ejemplo: en una de las secuencias que más daño han causado al entendimiento de la cultura inuit, un policía le recrimina a Inuk-Quinn que ofrezca a los visitantes el cariño de Asiak-Tani a lo que Inuk responde que así lo dicta la ley y la costumbre de su pueblo. Asimismo, cuando el policía le advierte que ha matado a un misionero y que eso está prohibido por La Ley, entonces Asiak-Tani le aplasta con una sentencia de validez universal: “Cuando vengan a una tierra ajena, ustedes deberían traer a sus mujeres, no a sus leyes”.

Por otra parte, debemos comprender -aunque no perdonar- que Ray & Co. disponían de una documentación etnográfica rayana en la caricatura. Por ejemplo: en 1954, Adamson Hoebel dedicó a los Inuit el primer ensayo de su libro The Law of Primitive Man, capítulo que concluyó asegurando que entre estos indígenas sólo existía una “rudimentary law in a Primitive Anarchy”. En aquellos mismos tiempos, Geert Van den Steenhoven, que hizo trabajo de campo entre los entonces llamados ‘esquimales’, documentó muchos conflictos intra-indígenas pero sólo para dictaminar que no se podía demostrar la existencia de ninguna clase de ley entre los Keewatin Inuit. Si hubiéramos de creer a estos etnógrafos, los Inuit no sólo eran primitivos anarquistas sino una manada de salvajes sin amo ni ley. Así pues, al prestar una voz sensata a Asiak-Tani, esa película dejaba atrás algunos tópicos sobre los indígenas del Ártico, aunque no a todos -justamente, esos en los que todavía parecen creer los royals ingleses-.

Antes de continuar con el desplante principesco, repasemos sucintamente quiénes son estos indígenas: los Inuit viven en el mismo sitio desde hace no menos de 4.000 años. Cerca el año 1450, es posible que fueran visitados por los vikingos pero, especulaciones escandinavas aparte, es seguro que el grueso de los europeos llegó en 1576. Por ende, los Inuit llevan casi cinco siglos en forzada convivencia con el invasor blanco. Y, una fecha que suele omitirse en las cronologías históricas: en 1835, los anglos abrieron en Kingston (Ontario), la primera cárcel prioritariamente destinada para los indígenas ‘canadienses’. Por influencia de la película antes citada, es probable que el (dudoso) rasgo etnográfico más conocido popularmente sea que practican el suicidio altruista -en ese film, una anciana moribunda espera fuera del iglú a ser devorada por un oso en la creencia de que, después, sus hijos comerán de ese oso-.

En lo que atañe al cántico ofrecido a Carlos y Camila señalemos que el canto-de-garganta inuit, el katajjaq, suele cantarse por un dúo femenino. Cánticos relativamente parecidos son practicados por otros pueblos circumpolares como los Chukchi de Siberia y también por los Ainu, últimos indígenas del Japón. El katajjaq es una especie de torneo en el que es derrotada la primera que se ríe o pierde el aliento; esto es, si los royals hubieran tenido un mínimo de arte o de empatía y hubieran intentado cantarlo, hubieran sido descalificados instantáneamente.

Al invadir el territorio inuit, lo primero que hicieron los misioneros cristianos fue prohibir el katajjaq amparándose en la excusa habitual: que era un canto diabólico del que, además, sospechaban que formaba parte esencial de los luciferinos ritos practicados en el angakkuuniq (chamanismo) Hasta los 1980’s, no consiguió ser público. Desde 2004, es Patrimonio cultural e inmaterial de Quebec.

En realidad, el katajjaq es un canto profano nada chamánico. Lo conforman una repetición de temas y de morfemas generalmente sin lógica narrativa -es decir, que no narran ninguna historia-. A veces, se introducen palabras arcaicas, nombres de antepasados, topónimos, gritos de animales, himnos religiosos, nanas para bebés e incluso sílabas inventadas. Y se canta a cualquier hora y en cualquier día. Además de su función placentera, es un buen ejercicio respiratorio.

Al prohibirlo, los invasores siguieron la misma obsesión patológica que en el resto del planeta: se les hacía odioso que los indígenas cantaran. De esta manera, amputaron a la Humanidad de un gigantesco acervo cultural que se extendía por todos los continentes. Como no podía ser menos, los amerindios también sufrieron la “extirpación idolátrica” de este patrimonio inmaterial. Uno de los casos más conocidos es el andino del Taqui Oncoy o ‘movimiento del canto enfermo’. Su verdugo más notorio fue el visitador Cristóbal de Albornoz quien, en la segunda mitad del siglo XVI, para condenarlo y reprimirlo se hizo eco de la crónica de Bartolomé de Álvarez, un misionero que narró con estas palabras el hallazgo de este movimiento: “Tienen… en veneración, como a hombres dedicados a su diabólico culto: llaman a este ejercicio en lengua aimará talauso y en lengua Cuzco taquionqo, que quiere decir canto enfermo. Cuando se comenzó a entender la maldad de los indios que ha muchos años estaba toda la tierra contaminada de suerte que del disparate morían algunos, el remedio que a esto se puso fue tan liviano que no bastó a que cesase; y, si en algo cesó, no fue más que en la publicidad…. porque en lo secreto se hace como en todas las otras cosas que he contado. Y así en la confesión lo he sacado que como es ordinario en ellos confesar los pecados ajenos y callar los suyos, si se hallaron con otros que hacían ese canto diabólico, o mirando u obrando, dicen lo que vieron y no lo que hicieron”.

Volviendo al Charles ártico: Nunavut nunca ha sido plato de gusto para los qallunaat (non-Inuit) ni para Ottawa ni, menos aún, para la corona británica, teórica autoridad máxima en Canadá. Ese desprecio fue materializado cuando, en la mismísima ceremonia de recibimiento a Charles, el delegado del Reino Unido -el decorativo ‘Gobernador General’-, dijo que Nunavik acogía gozoso a la parejita royal. Grave error: para los oídos occidentales, Nunavut y Nunavik podrán parecerse -o no- pero el segundo es la parte septentrional de Quebec y no tiene nada que ver con el Nunavut autónomo.

Un ninguneo más a adjuntar a un interminable memorial de agravios que, para no hacer el cuento largo, concluiremos con un incidente que involucró precisamente al katajjaq: en 2013, una fábrica de ginebra canadiense se lanzó a publicitar Ungava, una nueva etiqueta para sus mejunjes espirituosos. Para ello, se le ocurrió lanzar Discovering the Inuit, un video que mostraba en animación a unos dizque Inuit remando a través de iglús y de osos polares en una canoa propia de los indígenas norteamericanos. Era un claro disparate etnográfico pero lo peor es que la banda sonora se basaba en una voz masculina y anglosajona remedando a un katajjaq al que, lógicamente, dieron en titular ‘Ungava’. Evidentemente, los Inuit navegan en kayaks, no en canoas y el katajjaq es un canto femenino nunca maltratado por los hombres. Gracias a la protesta de los indígenas Inuit, en 2016, ese fabricante de gin retiró las menciones a los Inuit.

Visto que se burlan de un excepcional cántico indígena y suponiendo -pese a ese dato abrumador- que preferirán algún otro canto, cabe preguntarse en general: ¿qué música les gusta a nuestros mentados royals? Sólo disponemos de un dato objetivo: en 2005, la boda Charles vs. Camilla fue amenizada con música de cámara a cargo de una filarmónica y de un coro infantil; una contralto cantó un Credo ruso-ortodoxo al que siguió una cantata de J.B. Bach. En contra de lo murmurado y aunque era muy plausible, no cantaron Elton John ni Bono. Por lo pronto, no podemos decir que sus gustos sean muy originales. Por ello, escuchar con el debido respeto el katajjaq de bienvenida hubiera mejorado su gusto estético -y no hubieran agraviado a los Inuit-.

Así que los royals se burlan del refinadísimo arte inuit… pues por ello los plebeyos nos reímos de este royal tan soez como para escribir a su novia Camila “querría ser un tampax para estar siempre dentro de tu coño”. Y por la misma razón en castizo peninsular les llamamos el Orejas y la Caballo. A tal señor, tal honor. Por su parte, los Inuit viven en el Ártico desde hace no menos de cuatro milenios. En el otro extremo, ¿cuán vieja es la dinastía de los Windsor?: en este año 2017 cumple exactamente un siglo pues fue creada en 1917 a partir de retales de la nobleza europea, mayormente teutona. En consecuencia, los qallunaat Charles y Camilla hubieran debido guardar compostura antes gentes cuarenta veces más aristócratas que ellos.

Al parecer, es el signo y la obligación de estos tiempos dizque democráticamente globalizados: evolucionar del genocidio a sólo el etnocidio. Ayer, los Charles de turno mataban a los esquimales; hoy les llaman por su verdadero nombre -Inuit. Ayer, el indígena era bombardeado y aperreado por el Invasor. Hoy, los Charles de turno sólo se burlan de su arte.

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