Antonio Pérez* LQSomos. Noviembre 2017

[Octubre de 1923, Franco tiene 31 años y Carmen Polo, 23. Se acaban de casar como manda la tradición: en la ciudad de ella, en Oviedo, en la iglesia de San Juan el Real. Se han ido de noche de bodas a La Piniella, una finca propiedad de ella, muy cerca de Oviedo. Hace frío y ventisca; a voluntad del montaje, a veces truena y relampaguea. Como es una noche de perros, los perros aúllan]

[Paco Franco y Carmen von Collares entran en el dormitorio nupcial. Él se quita meticulosamente la gorra de plato y los correajes; deja el pistolón en la mesilla de noche pero antes lo besa. Se hace un pequeño lío con el sable y la fusta. Ella no sabe qué hacer, va de un lado a otro del dormitorio sin desvestirse. Ni siquiera de quita el gorro Julieta con el que ha salido de la iglesia, pese a que este tocado llevaba 30 años de moda y ya estaba demodée.

 

Mientras se acomodan actriz y actor, el CORO va cantando –el Coro callará en breve, cuando el montaje lo aconseje]:

Casáronse, pues, en fin,
hubo gran juego de cañas,
bailes de muchas maneras,
el bolero y la pabana,
el villano y el romero,
seguidillas italianas,
hubo muy grandes comidas
y todas diferenciadas:
primero pan y limón,
para que les abran ganas,
el vino de Valdepeñas,
de Alquibias y de Alcarrias,
y para los desposados
tienen vino de Peralta,
pavos, manchego, esquijote,
avilcuz y cabra asada,
pavos con sus pepitorios
y gallinas rellenadas,
empanadas de ternera
y pollas esperdigadas,
cubiletes de pasteles,
arroz, conserva, avellana,
higos, nueces, peras, guindas,
melocotones, castañas,
y el postrer plato salió
de aceitunas sevillanas.

F.- Sí, mucho banquete pero de regalos de boda, muy pocos. Y menos mal que a nadie se le ocurrió bailar una de esas barbaridades modernas, el tango o el jazz, ese ruido de negros que debería estar prohibido.

C.- ¡Ay, Paco, mi Paquito!, no seas así, los buenos carbayones son despaciosos.

F.- Y tu padre debe ser el más lento porque ni siquiera fue a la iglesia. Qué mal te ha hecho quedar, una boda a la que no asiste el padre de la novia. Qué mala educación tiene tu padre. No le gusto, sigue creyendo que soy un cazadotes. Pero ya me las pagará.

C.- Él es así pero te quiere y más que te querrá cuando le demos un nieto. Pero no te quejes. ¿Has visto cuántas cosas lleva mi dote?… un ajuar completo, desde mis camisones hasta tus calzoncillos. Y no olvides que en mi dote está esta casona y esta finca que son nuestras.

F.- Todavía no lo son. Ya sabes que puedo hipotecar la mitad de tu dote. Aunque creo que tus bienes dotales no han sido gran cosa.

C.- ¡Uy que no! ¿No estás contento? Dejémoslo así. Bueno, pero esta finca será nuestra. Y quédate tranquilo, que en mi familia no hay cuadros de esos horribles que ahora llaman abstractos. Horribles, ya te digo. Pero ya lo ves en esta casona, no hay ni uno.

F.- Ni lo habrá en mi casa por mucho que los vendan a precios exorbitantes.

C.- En nuestra casa [Franco sigue sin hacerle ni caso].

F.- Quien lleva los pantalones soy yo, no lo dudes [extienden un montón de regalos de boda y los revisan, tantean y miran al trasluz con detenimiento, como si estuvieran en un comercio. No se tocan entre ellos, no hacen risas, si acaso burlas crueles a costa de algunos regalos que consideran de poco valor económico].

F.- Mira, Carmen, qué bonita pistola. Debe ser regalo de uno de mis compañeros de milicia. No, estas medallas de ropavejero deben ser ocurrencia de alguno de tus tíos, no sé si tomármelo como una indirecta pero ya les demostraré que las obtendré de verdad porque las merezco. Y este bastón de mando… fíjate, empuñadura de plata maciza, un kilo pesa -por lo menos-, esto vale mucho.

C.- [mientras se da crema de importación para el acné] ¡Por fin!… Yo cantaba con mis amigas: “Franquito del rey, ramito de escoba, ¿cuántos años faltan para mi boda?”. Bueno, pues ya ha sido. ¿Te digo una poesía que no te escribí en mis cartas?? [es una de Villegas]:

Yo vi sobre un tomillo
Quejarse un pajarillo,
Viendo su nido amado,
De quien era caudillo,
De un labrador robado:

Y saltando en la grama,
Parece que decía:
Dame, rústico fiero,
Mi dulce compañía;
¿Y que le respondía
El rústico?: «No quiero.»

F.- No recuerdo esa carta.

C.- No me escuchas, ¿no te digo que no te la escribí?

F.- Déjate de monsergas: ha llegado la hora.

C.- ¿No rezamos antes? [Con un apenas audible “Y no tardes”, Franco la señala el biombo. Con un mohín más despechado que coqueto, santiguándose, Carmen se retira detrás del biombo].

[Cuando está solo en el dormitorio, F. juega con la fusta. Carmen sale de detrás del biombo. Está vestida con un camisón ‘de ventano’, cerrado en el cuello y en las mangas. En salva sea la parte, hay un agujero con forma de corazón contoneado por un letrero bordado que reza: “No es por vicio ni por fornicio / sino por hacer un hijo / en vuestro santo beneficio”. Franco la mira con desinterés e incluso con un cierto desprecio; entra detrás del biombo y sale vestido con un pijama negro que más parece una mortaja].

C.- [se interrumpe cuando está a punto de santiguarse] Ya me tienes toda. Soy tuya, mi Cid Campeador. Ahora tú, enséñame dónde te hirieron.

F.- Yo tenía 24 años. Fue en El Biutz, pero de eso hace ya siete años.

C.- No te escapes, no te pregunto en qué batalla sino en qué parte de tu cuerpo [musita] ¿Y qué le respondía el rústico?: «No quiero.»

F.- No quieras saber más de lo que yo te cuente. Tiempo habrá. Ahora tenemos que tomar otra trinchera. ¡Viva España!
[La desfloración y el coito se desarrollan –‘celebrar’ sería decir demasiado- debajo de las sábanas y mantas. Es un acto rapidísimo, por los movimientos se intuye que la desflora con los dedos y que el coito es tipo eyaculatio precox].

F.- [Su mano sale de las mantas con dos dedos ensangrentados] ¡Ya está!

C.- Ayyyy, ¡qué daño me has hecho!, ¡esto me lo tienes que pagar!

F.- Era necesario. Quien bien te quiere te hará sufrir.

C.- Así es, así es. Aprenderé. Guarda la fusta, por favor. Yo limpiaré la sangre, me da vergüenza que lo haga el servicio. Pero vayamos a lo bonito: me sé una de Campoamor y te la voy a dedicar [comienza a recitar “Cuentan de un sabio que un día / tan pobre y mísero estaba… o algún ripio archi-manido pero no se oyen bien sus palabras porque entra el CORO, adaptando unos versos también de Campoamor]:

CORO.- Niña, ¿por qué, desvelada,
suspiras con tal empeño?

El porqué, Paco, no es nada;
sólo me siento hostigada
por las quimeras de un sueño.

El rostro, niña, sepulta
en la holanda, que el espanto,
viendo las sombras, se abulta.

Así derramaré, oculta
entre sus pliegues, mi llanto.
Pronto, la noche ahuyentando,
llamará el alba a la puerta.

EL DÍA DE TORNABODAS

[En los días previos a la boda, Franco había llamado a un capitán médico, muy amigo de la pareja, para que, el día de tornabodas, comprobara que Carmen era virgen y que había sido bien desflorada. Como capitán, es inferior a Franco, precaución que ha tomado el Comandantín para evitar sorpresas desagradables.

El capitán entra en la sombra. Franco hace una seña autoritaria a Carmen quien, obediente, sigue al capitán. No veremos la ceremonia ginecológica porque se desarrolla detrás del escenario] [No me lo he inventado, le pasó a una amiga que se casó con un militar]

F.- [mientras Carmen sale a escena un poco descompuesta pero sumisa] ¿Has visto que amable es el capitán Filomeno? Y es una eminencia médica. En África nos ha salvado a muchos oficiales, por eso le tengo en gran estima, aunque sea mi ayudante. Por eso le ordené que viniera esta mañana. Y me ha traído un regalo [señala a una sombrerera con lacitos pero no la abre].

C.- [recomponiéndose] Sí, muy amable. Virgen santísima [dicho con resignación. Durante la noche, sólo ha tenido un gesto religioso; ahora los tendrá a menudo] Ya le conocía, ¿recuerdas que hemos salido juntos con su mujer varias veces? No me ha hecho ningún daño [le sirve un copioso desayuno] ¿Con mucha azúcar?, ¿unas gotas?, ¿de anís o de coñac?

F.- [no mira la bandeja, no contesta] No me habrás echado en el café ninguna cosa rara, ¿no?

C.- ¡Por Dios y por la Virgen, Paco!, ¡qué cosas tienes!

F.- Mira que yo las huelo a distancia. Nunca se te ocurra hacerlo o me las pagarás.

C.- ¡Por Dios, Paco!, esas guarras de las moras de África sabrán de esas cosas. Yo no, yo soy limpia y civilizada. Paco, me da mucha vergüenza preguntártelo: tú estás limpio, ¿no?, esas guarras no te habrán pegado nada, ¿no?

F.- [airado, está a punto de darle un manotazo pero se contiene porque no es colérico] ¡¡¿Por quién me has tomado?!! Nunca, nunca lo repitas. ¡Nunca! [cambia de tercio] Gracias a Dios, el capitán Filomeno me confirma que yo he hecho un trabajo impecable “de lo mejorcito que he visto nunca” -me dice- y que tú has sido buena.

C.- Sí, Paco, te creo, creo que estás limpio porque eres limpio. Gracias a Dios y a la Virgen, yo he sido buena y más que lo seré. Te seré fiel toda la vida. No tienes por qué dudarlo. Sólo tengo ojos para ti, ya ves que no he llorado por la muerte de Rodolfo Valentino.

F.- En efecto, no tengo por qué dudarlo. Y mejor para ti que así sea. Lo vas a aprender con un cuento que me contaron unos paisanos tuyos [es cuento popular asturiano]:

“Yo sabía de uno que se casó con una muyer muy mandona, siempre tenía que ser lo que ella dijera. Se fueron a correr la luna de miel con una burra, por un prado. Y dijo él:

—Bueno, pues ahora voy a matar la burra.
—¡Ay, no mates la yegua!, ¡No mates la burra, por Dios y por la Virgen, no la mates!, ¿por qué la vas a matar?
—La mato porque aquí es lo que digo yo, no es lo que dices tú. [Y la mató] Y al día que tú riñas conmigo, ¡te hago como con la burra!

Después, cada vez que reñía con ella, ella quería ganar y él la decía:
—¡Oye, ten cuidiao!, ¡acuérdate del pellejo de la burra, eh!”

C.- ¡Qué bonito! Eso es amor de verdad, amor divino.

F.- Y también me sé otra de Campoamor:

El mentir de las estrellas
Es muy seguro mentir;
Porque ninguno ha de ir
A preguntárselo a ellas.

C.- ¡Qué bonito! La conocía porque me la escribiste en una de tus cartas, ¡qué bonitas eran! [en un aparte] Pero a mí me va a dar algo, menos mal que me he traído las píldoras para los nervios [del neceser, entre estampitas, crucifijos y reliquias, caen montones de grageas, pastillas y jarabes]

F.- [muy enfadado] ¿Qué estás tomando?

C.- Nada, píldoras para la tos. Me las da el obispo.

F.- Pero si no tienes tos… A ver que llevas en ese neceser [lo inspecciona] Se acabaron las píldoras, tíralas y que no se repita porque desde ayer eres mía. Exclusivamente mía.

C.- Tenemos que ver al capellán de mi familia y a mis tías. Y, por la tarde, tenemos que rezar el rosario.

F.- Lo que me faltaba… No iremos a verlos, ni hablar. Eso son costumbres pasadas de moda.

C.- ¡Ay, Paco!, qué moderno eres, yo creía que en África os volvíais todos medio salvajes.

F.- Pues ya ves, Carmen, al revés: estamos civilizando a los salvajes. El jarabe de plomo obra maravillas. La letra con sangre entra. Por cierto, voy a ver qué me ha regalado el amigo médico que te ha auscultado [del montón de regalos, saca una sombrerera, la abre y extrae una cabeza de moro] ¡Anda!, ¡qué buen regalo, la cabeza Ben Barek, el lugarteniente de Abdelkrim! Mira Carmen, mira que regalo más original.

C.- [mira la cabeza con mirada bovina, no parece asqueada] ¡Qué feos son los moros!, son más feos que los ateos –uy!, y sin haberlo intentado me ha salido un pareado.

F.- No, si ya veía por tus cartas que eras poetisa. Pues olvídalo porque nos esperan hazañas mayores y no es cuestión de perder el tiempo.

C.- Lo sé, Paco, lo sé. Tú estás predestinado y yo también. Lo primero que quiero es que nos libres de los ateos anarquistas [Franco no responde] Porque tú me librarás de los anarquistas antes de que me maten. Los aplastarás, ¿verdad? Porque lo exige la sangre de Cristo. Bueno, coge el rosario y vámonos dar un paseo, que nos dé el aire de mi Asturias patria querida.

F.- Carmen, no pienses nunca más en pequeño, ni en ateos ni en asturianos. Tenemos que salvar a una Patria mucho más grande. Y yo lo haré. Lo mismo que te he conquistado, conquistaré a España.

C.- ¿Por la sangre de Cristo?… ¿con sangre?

[Franco no responde. Mete en un bolsillo la pistola y duda si sacar la fusta pero, al final, la deja. Se medio santigua pero olvida coger el rosario. Vestidos de sport, salen del dormitorio].

CORO.- Estar tres días sin probar ni el pan [alguien grita “¡Fue sólo un día!”]
Respirando el aroma de un común,
Sentir en el ombligo un alacrán,
Eso es el matrimonio y nada más.

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