Redacción. LQSomos. Julio 2017

La guerrilla antifranquista en la Siberia extremeña y la Jara toledana (1936-1950)

Benito Díaz y José Ignacio Fernández nos adentran en la guerrilla antifranquista en la Siberia extremeña y la Jara Toledana a través de “Mujeres y hombres de la sierra. La guerrilla antifranquista en la Siberia extremeña y la Jara toledana (1936-1950)”. El libro recoge, entre otros temas, el importante papel de la mujer al lado de los guerrilleros en la sierra y las dificultades particulares que éstas tuvieron que afrontar, dada su condición, frente a los hombres; la mayoría de las veces ocupadas de asuntos de intendencia, tareas de enlace y, raramente, protagonistas de acciones guerrilleras. De los casi 6.000 guerrilleros que hubo en España, apenas cien fueron mujeres, y de ese número, un gran porcentaje se concentró en las sierras extremeñas, en Ciudad Real y en Toledo.

Qué mejor presentación que la lectura de la “Introducción” de este libro editado por el Colectivo Arrabal, que gentilmente nos cede la reproducción:

Introducción

Aunque el general golpista Francisco Franco afirmaba en su discurso victorioso del 1 de abril de 1939 que la guerra había terminado, la paz no llegó por completo a amplias zonas de la geografía española. Las autoridades franquistas, con la bendición de la Iglesia triunfante, en lugar de apostar por una política que favoreciese la inserción de los vencidos en la sociedad, construyeron un complejo ordenamiento jurídico para castigar a los derrotados defensores de la legalidad republicana (1).

En unas parodias de juicios, el fiscal solía pedir para los republicanos detenidos las penas más elevadas, a pesar de que no estuviese probado que el acusado hubiese cometido los delitos que se le imputaban. En los Consejos de Guerra no se practicaba prueba alguna, pues el atestado policial, conseguido generalmente mediante tortura, servía de prueba única y constituía la base del sumario (2).

Según el periodista John T. Whitaker, que presenció algunos de estos juicios en Talavera de la Reina (Toledo), ciudad en la que permaneció dos meses tras ser conquistada por las tropas rebeldes el 3 de septiembre de 1936, bastaba una audiencia de dos minutos para condenar a una persona a la pena capital (3). Este corresponsal fue muy bien acogido inicialmente por los militares franquistas, que vieron en él a un aliado ideológico, ya que había sido condecorado por el dictador fascista Benito Mussolini por sus informaciones partidistas sobre la intervención italiana en Etiopía. Sin embargo, John Whitaker, ante las reiteradas matanzas que presenció, acabó sintiendo gran aversión por los franquistas (4), llegando al extremo de ser amenazado de muerte por el capitán Gonzalo de Aguilera, conde de Alba de Yeltes (5).

Este cúmulo de irregularidades cometidas por las autoridades españolas hizo que la ONU dictase dos resoluciones, la n.º 32 de 9 de febrero de 1946 y la n.º 39 de diciembre de 1946, en las que se declaraban “ilegales los actos de la dictadura integrados en conductas tipificadas como delitos contra la humanidad” (6).

La situación que se vivió en la España de posguerra no se pareció ni de lejos a la defendida por el ultraconservador alcalde de Baralla (Lugo), Manuel González Capón, que en un pleno municipal celebrado el 26 de julio de 2013 afirmó que “quienes fueron condenados a muerte” durante el régimen de Franco “sería porque lo merecían”. Sin embargo, decenas de miles de españoles fueron fusilados o asesinados por el mero hecho de defender los valores democráticos, lo que está muy lejos de poder ser considerado como un crimen, a no ser que se milite en postulados fascistas y en este caso cualquier tipo de disidencia política sobra. Por desgracia, la actitud de este político ultraconservador no es una excepción.

Recientemente los también militantes del Partido Popular, Ana Rivelles, alcaldesa de Alberche del Caudillo, Antonio Pozo, alcalde de Guadiana del Caudillo, y Juan Antonio Morales, secretario provincial del PP en Badajoz y diputado en la Asamblea de Extremadura, han participado en un acto de exaltación del totalitarismo franquista, dando por buenos sus numerosos crímenes y su implacable represión de las libertades y de los valores democráticos.

Para no someterse a esta violencia institucionalizada, complementada con un amplio catálogo de recursos violentos no codificados, unos pocos republicanos, a la espera de que la situación política pudiese mejorar y entonces disminuyese la actividad represora del Régimen, se ocultaron en las zonas montañosas comprendidas entre Toledo, Ciudad Real, Cáceres y Badajoz. El principal objetivo de estos fugitivos era salvar la vida, encontrándose muy lejos en aquellos momentos de estar guiados por un espíritu guerrillero de oposición a un enemigo que ya los había derrotado cuando formaban parte del ejército republicano, compuesto por cientos de miles de soldados. Con muy escasos medios, estos primeros huidos malvivían con los recursos que les proporcionaban familiares y enlaces, así como con los víveres obtenidos en asaltos a labranzas, robos en chozos y a transeúntes, y del dinero que conseguían con algún que otro secuestro. Armados con escopetas, viejos fusiles y pistolas, con muy poca munición, solo en contadas ocasiones buscaron el enfrentamiento con las fuerzas represivas que los combatían, pues su objetivo era la supervivencia.

En la línea de lo señalado por el exguerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos, la insurgencia armada contra el Franquismo no nace por tanto de un “romanticismo ideológico”, sino por la existencia de una implacable y sangrienta dictadura militar (7).

Para detener a estos “marxistas huidos” o “huidos políticos”, que es como fueron denominados inicialmente por los militares franquistas, se distribuyeron varios batallones militares por las sierras del centro peninsular (8) y se reforzaron de manera considerable los destacamentos de la Guardia Civil. El acoso al que fueron sometidos los huidos por parte de las fuerzas represivas, que abatieron a un buen número de ellos en la zona centro en los primeros meses de 1940, y sus nulas perspectivas de futuro, llevaron a José Manzanero, destacado dirigente comunista, que durante la guerra fue secretario general del Comité Regional del PCE en Extremadura, y a otros cinco huidos a intentar escapar a Francia en marzo de 1940, pero no tuvieron éxito en su aventura y debieron regresar al lugar del que partieron, los Montes de Toledo, adonde solo llegaron cuatro, pues el pacense Francisco González Rebollo y el toledano Julián Muñoz murieron en el intento. Sí tuvieron éxito cuatro republicanos, evadidos el 4 de enero de 1940 del campo de concentración de Castuera (Badajoz), que tras 79 días de largas caminatas lograron cruzar la frontera francesa (9).

Después del fracaso del grupo de José Manzanero, un buen número de los refugiados en las sierras del noroeste de Ciudad Real, oeste de Toledo, norte de Badajoz y sureste de Cáceres, volvió a intentarlo en abril de 1941 aunque esta vez lo hicieron por el oeste, vía Portugal, pues en Lisboa existía una oficina del Comité Intergubernamental para los Refugiados (CIR), para desde aquí viajar a América, pero la presión de la policía salazarista abortó esta operación (10).

Este organismo, tras experimentar varios cambios, pasó a denominarse en 1947 Organización Internacional para los Refugiados (OIR). Sus oficinas fueron aceptadas a regañadientes por el dictador portugués Oliveira Salazar, que las acusó de favorecer a los republicanos españoles y de proporcionarles documentación falsa (11).

Una muestra más que evidente de que los huidos no pretendían continuar una lucha que en esos momentos consideraban estéril, son los casos de los extremeños Valentín Jiménez Gallardo “Sabina” y Santiago Mijarra Gallego “El Guerrillero” que, tras entrevistarse con el teniente coronel Manuel Gómez Cantos, y prometerles éste que podrían vivir sin ser molestados en sus pueblos, Navalvillar de Pela y Casas de Don Pedro, se entregaron el 19 de febrero de 1942 junto con otros dos huidos (12). De haberse generalizado la extraña actitud conciliatoria de este vesánico oficial, o de haber tenido éxito los repetidos intentos de huir de España de los resistentes antifranquistas de la zona centro, el fenómeno de los huidos, como el de la posterior guerrilla, apenas habrían tenido relevancia y, por lo tanto, el nivel alcanzado por la violencia en el mundo rural de posguerra habría sido menor.

Hasta hace pocos años, a pesar de la dimensión que alcanzó la guerrilla antifranquista, no se le ha prestado la atención que se merece; es todavía algo secundario en la historiografía española, pese a que se trata de la oposición más seria y sólida a la que tuvo que hacer frente la dictadura del general Franco. Los primeros que estudiaron el mundo de los huidos y de las guerrillas fueron guardias civiles: en 1957, el teniente coronel Eulogio Limia Pérez escribió un informe en el que estudiaba el problema del bandolerismo en Toledo, Ciudad Real y Granada, que él conocía perfectamente por haber dirigido con gran éxito la lucha antiguerrillera en esas provincias (13). Este informe, tal vez porque no estaba destinado a ser publicado, no es excesivamente tendencioso ni cae en los reiterativos juicios de valor que emplean con asiduidad otros autores. En su escrito, Eulogio Limia pedía que una “pluma esclarecedora” contase los pormenores de esta larga y costosa lucha, que había terminado con una gran victoria para la Benemérita.

Hacía años que en España había desaparecido el peligro de dar a conocer a la opinión pública estos hechos. El Régimen estaba en esos momentos plenamente consolidado y contaba con el apoyo de las democracias occidentales y de Estados Unidos, a pesar de su carácter totalitario y de su estrecha vinculación con las derrotadas potencias fascistas. La propuesta de Eulogio Limia no cayó en saco roto, pues fue aceptada por varios guardias civiles, entre los que destacan Antonio Díaz Carmona, Ángel Ruiz Ayúcar, Eduardo Munilla Gómez y Francisco Aguado Sánchez. Estos autores afrontaron este interesante reto, por lo general, con bastante más pasión que oficio, desde posiciones ideológicas muy conservadoras y con pocas concesiones al rigor y a la objetividad (14). Pero lejos de esclarecer el tema, lo que hicieron fue enturbiarlo con sus abundantes difamaciones y errores, y eso que tenían a su entera disposición toda la documentación que había generado la lucha contra la guerrilla; material que los historiadores que han venido detrás no han podido consultar hasta hace poco tiempo, y de una manera muy dosificada y escasa.

Tras la muerte del dictador Francisco Franco y con la recuperación de la democracia en España, proliferaron las investigaciones, basadas en espacios geográficos concretos, que lograron rescatar del olvido esta importante parcela de la historia de nuestro país, en la que se mezclan páginas gloriosas con otras llenas tema fue muy importante la publicación en 2001 del estudio elaborado por Secundino Serrano sobre la guerrilla antifranquista en España (16).

A la hora de abordar este fenómeno, uno de los aspectos que más interés y polémica suscita es el de la cuestión semántica. ¿De qué hablamos?, ¿de huidos, marxistas huidos, huidos políticos, escapados, fugados, emboscados, los del monte, los de la sierra, bandoleros, malhechores, salteadores, maquis, guerrilleros…? Las autoridades franquistas utilizaron inicialmente los términos huidos o huidos políticos, que nos parecen correctos, y bandoleros para denominar a los resistentes que se refugiaron en los montes, lejos de las acciones represivas del nuevo régimen totalitario. Con ello pretendían negar la existencia de la violencia política y reducirlo todo a una mera cuestión de delincuencia común. La denominación de bandoleros fue considerada, con razón, como una infamia por aquellos hombres que con el paso del tiempo se convertirían en guerrilleros y que se consideraron como los verdaderos patriotas que luchaban por restablecer las libertades y la democracia en España. Para contrarrestar esta campaña difamatoria, los guerrilleros distribuyeron propaganda política en la que se decía: “No somos bandoleros ni atracadores ni estamos dirigidos por extranjeros, como dice calumniosamente la propaganda falangista. Franco podrá golpearnos pero no difamarnos. Somos españoles de la cabeza a los pies como lo era El Empecinado, como lo era Mina, como lo era Riego, como lo era Mariana Pineda…” (17).

No es posible establecer una periodización del movimiento guerrillero válida para toda la geografía española, pues la lucha armada contra la dictadura franquista fue una especie de reino de taifas, donde en cada territorio se combatía de manera aislada, sin apenas conexión con el resto. No obstante, para la zona que abordamos en este estudio, se pueden señalar varias fases en su desarrollo: un inicial periodo de huidos, que abarcaría desde la finalización de la Guerra Civil hasta el otoño de 1944, momento en el que, en total sintonía con el desarrollo favorable de la guerra mundial para los ejércitos aliados y gracias a la apuesta del PCE, los huidos se fueron dotando de una organización militar de la que antes carecían; a partir de noviembre de 1944 entraríamos en una nueva fase, la de la guerrilla propiamente dicha, que se extendería hasta mediados de 1946. Luego vendría un periodo de absoluta agonía de la guerrilla, en la que los escasos restos del naufragio serán eliminados uno tras otro. Solo unos pocos, tras muchas penalidades y largas caminatas, lograrán alcanzar la frontera francesa.

Es difícil dar una cifra exacta del número de huidos y guerrilleros que hubo en toda España. Para el teniente coronel de la Guardia Civil Aguado Sánchez, entre 1943 y 1952 hubo un total de 5.560 efectivos (18). Si a estos sumamos los numerosos huidos que murieron o fueron detenidos entre 1939 y 1943, y los guerrilleros que lograron huir a Francia, nos daría un mínimo de 6.000 resistentes antifranquistas, a los que hay que añadir decenas y decenas de miles de enlaces y colaboradores: unas 70.000 personas fueron detenidas en España acusadas de colaborar con la guerrilla antifranquista (19).

A lo largo de los capítulos de este libro mostramos que los republicanos huidos al monte al final de la guerra hubieran tenido aún menos posibilidades de supervivencia de no ser por los apoyos recibidos de una población campesina constantemente vigilada y finalmente aterrorizada y martirizada. Si la resistencia al franquismo en la posguerra, aún siendo un asunto secundario en la historiografía, ha dado nombres de líderes que aparecen rodeados de una aureola de leyenda como José Méndez “Manco de Agudo”, Joaquín Ventas “Chaquetalarga” o Francisco Blancas “Veneno”, no se recogen sin embargo en los estudios sobre el tema las vivencias de los sin historia: los enlaces. No obstante, componían un grupo de personas anónimas, de una importancia capital, pues constituían la base de aprovisionamiento material sobre la que se sostenía la guerrilla. Los enlaces (agents de liaison, en su origen francés) eran conscientes de su responsabilidad y de los riesgos que corrían. La mayoría de ellos, una vez implicados en la resistencia, decidieron seguir en la lucha convencidos de la necesidad del momento histórico, aun conociendo los procedimientos brutales empleados y sabiendo que a la vuelta de cualquier esquina podían encontrar la muerte; pero eso no justificaba tirar la toalla y dejar en desamparo a quienes tanto los necesitaban.

¿Qué les movía para comprometerse en esta aventura tan arriesgada? Aparte de los lazos familiares o de amistad, se encuentran motivos basados en la solidaridad hacia hombres desvalidos revestida de explicaciones de origen religioso, de amor al prójimo como deber de todo ser humano; no bastaba decirlo o predicarlo, había que demostrarlo y el prójimo estaba ahí, a la vista, y era el momento de amarle y no solo con palabras o con solo hacer la señal de la cruz delante del altar.
Los motivos ideológicos fueron determinantes. De hecho los guerrilleros buscaban preferentemente el apoyo de los hombres y mujeres de izquierdas, antiguos republicanos que habían combatido por la causa y que en aquellos momentos formaban parte de los derrotados y humillados por el Régimen. Ninguno de entre estos perdedores creyó que la dictadura se iba a eternizar, ya que una vez terminado el conflicto mundial, que por supuesto debía decantarse a favor de las fuerzas y países democráticos, el dictador tendría que ser expulsado del poder.

Esa esperanza de cambio político mantuvo viva la lucha de muchos de los del monte y de los del llano, para quienes no era igual aguantar uno o dos años que tener ocultos o proporcionar intendencia durante tanto tiempo a cantidad de miembros de la guerrilla que se movían por el territorio. Es más, desde finales de 1944 el aumento de los efectivos guerrilleros provocó serias dificultades de abastecimiento a los enlaces. Aquella fue la esperanza que se desvaneció por lo que el tiempo jugó en contra de ellos y a favor del Régimen, que los fue acorralando sin escapatoria posible hasta que consiguió el desmoronamiento de la resistencia armada.

En este sentido se produjeron muchas frustraciones, pero no solo en el entorno de los españoles que se vieron afectados al sufrir el problema en sus propias carnes, sino por las causas que originaron el naufragio: nadie se esperaba la reacción de unos países que habiendo luchado contra el fascismo al final terminarían por reconocer al Régimen de Franco, enviando de nuevo a España a sus embajadores y así entablar nuevas relaciones diplomáticas y comerciales. Y fue entonces cuando la resistencia recibió aquel jarro de agua helada y se derrumbaron muchas esperanzas, con las consabidas consecuencias.

La traición siempre estuvo ahí como posibilidad y fue ampliamente utilizada como arma por las fuerzas represivas e incluso fue elevada a la categoría de figura jurídica como instrumento de lucha contra la insurgencia (20). Los oficiales más astutos de la Guardia Civil ofrecían a los enlaces que habían sido descubiertos la impunidad, una rebaja sustancial de la pena o una recompensa en metálico si delataban a sus compañeros del monte. Pero la amenaza velada que se cernía sobre la supervivencia de sus familias fue el argumento más convincente, mucho más que la recompensa en unos años de falta de medios económicos y de escasez en todos los órdenes.

En esta obra también abordamos el papel desempeñado por las mujeres en la lucha antifranquista, que merece más atención de la que hasta ahora se le ha prestado, siendo silenciada su labor debido a cuestiones de índole tanto política como de género (21). A través de los testimonios orales surgen figuras femeninas de una talla humana incomparable, que actuaron movidas por la solidaridad y generosidad con sus familiares y vecinos, por el amor a sus parejas y a sus hijos. A pesar de estar inmersas en una sociedad rural de carácter patriarcal que las relegaba a su rol tradicional de proveedoras de alimento y de cuidado de la descendencia, las mujeres de la zona estudiada tuvieron un protagonismo destacado en la resistencia armada al régimen franquista. Tomaron partido conscientemente no solo por lealtad hacia sus seres queridos sino también, en algunos casos, por una conciencia política ya formada durante la década anterior, que las había llevado a participar en organizaciones de izquierdas. Ya sea por motivos ideológicos, familiares o por puro interés material (que también lo hubo) el apoyo de las mujeres a sus parientes, hijos, maridos, padres o hermanos fue esencial para la supervivencia de estos en el monte. Pusieron a su servicio su ser y su saber hacer mediante una labor abnegada. Fueron las encargadas de proporcionar a los combatientes lo más necesario para su supervivencia: alimentos, medicinas, armamento, ropas, información y medios de comunicación con sus familiares y, llegado el caso, con las organizaciones clandestinas (22). A los elementos materiales se añade otro fundamental: el apoyo moral y afectivo a los parientes y amigos. Sobre las premisas de protección a sus seres queridos, presentes en la actuación de la generalidad de las mujeres, no percibían como un acto político la ayuda a los guerrilleros. A pesar de lo cual, las autoridades franquistas las persiguieron y se ensañaron con ellas al igual que con los hombres. Sufrieron también en sus propias carnes la represión brutal que el Régimen desencadenó en las zonas donde actuaba la guerrilla.

En varios textos carcelarios escritos por mujeres se describe a estas campesinas silenciosas y enlutadas cuyo sufrimiento era mayor que el de las presas concienciadas políticamente, porque “no podían entender su culpabilidad […], habían ayudado a su familia o a sus amigos en peligro, sin fines políticos” (23).

Algunas, como Elisa Paredes Aceituno “Golondrina”, dieron su vida al lado de sus parejas; otras, como Bonifacia Gallardo Miranda, murieron por ser madres de guerrilleros (¿cómo iban a denunciar a sus hijos?), otras muchas fueron apaleadas o encarceladas o reducidas a la indigencia. Bajo las balas de las fuerzas represivas cayeron algunas que llevaban un hijo en el vientre. Otras tuvieron que abandonar a sus hijos recién nacidos para darles la posibilidad de una vida mejor que la que llevaban en el monte.

Nuestra investigación aporta una visión global integradora de la resistencia en la que se pone de manifiesto el trabajo de los enlaces y la aportación de las mujeres. Tiene como objetivo demostrar que los resistentes emboscados que se defendían con las armas en la mano eran personas que tenían familia y miembros de una sociedad rural que no los dejó abandonados a su suerte en los perores momentos, sino que sufrieron juntos la represión salvaje de las fuerzas del orden establecido: todos fueron víctimas de la violencia. Baste como ejemplo el caso de la “Golondrina”, a la que al parecer la contrapartida ofreció la posibilidad de salir de la fila de los que iban a ser ejecutados en la casilla de los Cojos de Minas de Santa Quiteria (Toledo). Ella contestó que prefería morir al lado de su compañero sentimental.

Para la elaboración de esta obra hemos hecho uso de las fuentes documentales del Archivo General Histórico de Defensa (Madrid), Archivo General Militar de Ávila, Servicio Histórico de la Guardia Civil, Archivo Histórico del Partido Comunista de España, Archivo del Tribunal Militar Territorial Primero de Madrid (24), Centro Documental de la Memoria Histórica (Salamanca), Archivo Histórico Nacional y Fundación Pablo Iglesias. También hemos accedido a archivos municipales y a un buen número de registros civiles. Asimismo, para esta investigación han sido de gran valor los fondos de los archivos particulares de Moisés Calderón Alías (Herrera del Duque, Badajoz) y de Jaume Valls, presidente de la Asociación Pont de la Llibertad (Hospitalet de Llobregat, Barcelona).

Notas:
1.- M. Ortiz Heras, Violencia política en la II República y el primer franquismo. Albacete, 1936−1950, Madrid, Siglo XXI, 1996, p. 379.
2.- Mª L. Suárez Roldán, Recuerdos, nostalgias y realidades. Sobre la defensa de las víctimas del franquismo, Albacete, Bomarzo, 2011, pp. 281-282.
3.- J. Atenza Fernández y B. Díaz Díaz, “La mortalidad en Talavera de la Reina durante la Guerra Civil española”, en Cuaderna, n.º 16−17 (Talavera de la Reina, 2008−2009), p. 183.
4.- J. Keene, Luchando por Franco. Voluntarios europeos al servicio de la España fascista, 1936-1939, Salvat, 2002, p. 117.
5.- L. Arias González, Gonzalo de Aguilera Munro, XI conde de Alba de Yeltes (1886-1965). Vidas y radicalismo de un hidalgo heterodoxo, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2013, p. 163.
6.- Mª L. Suárez Roldán, Recuerdos, nostalgias y realidades…, p. 281.
7.- J. Villalobos, “De Robín Hood a Pablo Escobar”, en El País, Madrid, 24 de marzo de 2008.
8.- Archivo General Militar de Ávila, Documentación Nacional, Comandancia de Talavera de la Reina, armario 10, legajo 452, carpeta 20.
9.- A. Garrido, Une longue marche. De la répression franquiste aux camps français, Toulouse, Privat, 2012, p. 156.
10.- J. Cervera Gil, “Su segunda posguerra. Los refugiados republicanos en el Sur de Francia (1945-1947)”, en Espacio, Tiempo y Forma, UNED. Serie V. Historia Contemporánea, t. II, (Madrid, 1998), p. 195.
11.- L. M. García Domínguez y J. R. González Cortés, “Disidencias al franquismo en Extremadura: guerrilla y exilio extremeño a Portugal durante el franquismo”, en O Pelourinho. Boletín de relaciones transfronterizas”, n.º 11 (Badajoz, 2001), p. 44.
12.- Archivo General e Histórico de Defensa (en adelante AGHD), causa n.º 125.295 contra Valentín Jiménez Gallardo y tres más.
13.- E. Limia Pérez, “Reseña general del problema del bandolerismo en España después de la Guerra de Liberación”, Madrid, Dirección General de la Guardia Civil, 1957 (texto mecanografiado).
14.- A. Díaz Carmona, Bandolerismo contemporáneo, Madrid, Compi, 1969; A. Ruiz Ayúcar, El Partido Comunista. Treinta y siete años de clandestinidad, Madrid, Editorial San Martín, 1976; E. Munilla Gómez, “Consecuencias de la lucha de la Guardia Civil contra el bandolerismo en el período 1943-1952”, en Revista de estudios históricos de la Guardia Civil, n.º 1 (Madrid, 1968), pp. 49-63; F. Aguado Sánchez, El maquis en España. Su Historia, 2ª ed., Madrid, Editorial San Martín, 1975.
15.- F. Alía Miranda, La guerra civil en retaguardia. Conflicto y revolución en la provincia de Ciudad Real (1936-1939), Ciudad Real, Diputación Provincial, 1994; J. Chaves Palacios, Huidos y maquis. La actividad guerrillera en la provincia de Cáceres, 1936-1950, 3ª ed., Salamanca, 1996; J. M. Azuaga Rico, La guerrilla antifranquista en Nerja, 2ª ed., Málaga, Izquierda Unida, 1996; J. A. Romero Navas, La guerrilla en 1945. Proceso a dos jefes guerrilleros: Ramón Vías y Alfredo Cabello Gómez-Acebo, Málaga, Diputación Provincial, 1999, y Censo de guerrilleros y colaboradores de la Agrupación Guerrillera de Málaga-Granada, Málaga, Diputación Provincial, 2004; L. M. Sánchez Tostado, Los “maquis” en sierra Mágina. (Una aproximación criminológica a los “Hombres de la Sierra”). Jaén, Ayuntamiento de Albanchez de Úbeda, 1998; M. Yusta Rodrigo, La guerra de los vencidos. El maquis en el Maestrazgo turolense, 1940-1950, Zaragoza, Institución Fernando El Católico, 1999; B. Díaz Díaz (coordinador), La guerrilla en Castilla-La Mancha, Almud Ediciones, 2004; J. Sánchez Cervelló y otros, La Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, Barcelona, Flor del Viento, 2003; Mikel Rodríguez, Maquis: la guerrilla vasca, 1938−1962, Tafalla, Txalaparta, 2001; F. Sánchez Agustí, El maquis anarquista, Barcelona, El Milenio, 2006; C. Fernández Rodríguez, Madrid clandestino. La reestructuración del PCE, 1939-1945, Madrid, Fundación Domingo Malagón, 2002; F. Moreno Gómez, La resistencia armada contra Franco. Tragedia del maquis y la guerrilla, Barcelona, Crítica, 2001.
16.- S. Serrano, Maquis. Historia de la guerrilla antifranquista, Madrid, Temas de Hoy, 2001.
17.- Fundación Pablo Iglesias, Archivo Amaro Rosal Díaz (AARD 298−18), Folleto de la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, junio de 1948.
18.- F. Aguado Sánchez, El maquis en España…, p. 246.
19.- Estimación de J. A. Jiménez Cubero en “Sagrario Vera, María Esquivel, Josefa Bermejo. Una historia desconocida de mujeres guerrilleras”, en Público.es de 18 de diciembre de 2016.
20.- Art. 8 del Decreto-Ley sobre represión de los delitos de bandidaje y terrorismo, de abril de 1947 (BOE n.º 123 de 3 de mayo de 1947, pp. 2618 a 2619).
21.- C. Ruiz Serrano, “Traigo la camisa roja de sangre de un compañero: la mujer en la guerrilla antifranquista”, en Revista Canadiense, v. 36.1 (2011), p. 170.
22.- Declaraciones de José Antonio Jiménez Cubero en “Sagrario Vera…”.
23.- M. Yusta Rodrigo, “Campesinos y Maquis: El Maestrazgo turolense y la guerrilla antifranquista”, en IV Jornadas el maquis en Santa Cruz de Moya. Crónica rural de la guerrilla española. Memoria histórica viva. Santa Cruz de Moya (Cuenca), 2, 3 y 4 de octubre de 2003. Ver también: M. Yusta Rodrigo, Guerrilla y resistencia campesina: la resistencia armada contra el franquismo en Aragón (1939-1952), Prensas Universitarias de Zaragoza, 2003, p. 13.
24.- Hace años consultamos diferentes sumarios de militantes antifranquistas en este archivo, que posteriormente y por diferentes motivos, no hemos podido volver a consultar en el Archivo General Histórico de Defensa.
25.- El 30 de septiembre de 1992, el alcalde de Talarrubias (Badajoz) le cerró las puertas del Ayuntamiento diciéndole que el pasado había que olvidarlo, como él lo había hecho, a pesar de que su padre había sido fusilado (M. Calderón Alías, El pobre de la Siberia, memorias inéditas, archivo familiar).

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