Arturo del Villar*. LQSomos. Julio 2017

EL Museo Mexicano de San Francisco está avergonzado. Ha debido admitir que el 96 por ciento de las piezas supuestamente precolombinas expuestas en sus salas son una falsificación. Había ido aceptando donaciones de personas particulares, que decían entregar objetos de las culturas prehispánicas, sin verificar su autenticidad, y ahora acepta el informe de un experto que denuncia su falsedad.

¿Y qué? Hasta ayer los visitantes admiraban esas piezas expuestas, y desde ayer carecen de interés. Pero las piezas son las mismas, fundamentalmente vasijas. Es una cuestión derivada de la sacralización del arte, que concede a una obra calidades excepcionales por haber salido de unas manos famosas. Consecuencia de la sacralización es la comercialización, ya que una pieza de autor famoso alcanza una gran valoración económica debido a la importancia de su firma.

No obstante, los grandes pintores renacentistas poseían talleres en los que trabajaban aprendices. El maestro enseñaba la técnica, el discípulo la aplicaba, y por fin el maestro solía darle el toque magistral para terminarla. En los museos se encuentran numerosas pinturas que carecen de autor concreto, sino que se adjudican a un taller de maestro famoso. Al no ser enteramente del maestro, carecen de sacralización, y por lo mismo su valoración económica es reducida. Sin embargo, su realización es muy correcta, como que fue aprobada por el maestro. Son objetos estéticos tan dignos de admiración como los firmados por un nombre cotizado comercialmente, pero al carecer de firma están minusvalorados.

La naturaleza del arte

En el Museo del Prado acaba de ocurrir lo contrario que en el Mexicano. El pasado 5 de junio se presentó un retrato del rey Felipe III, que seguirá expuesto hasta el 29 de octubre. El cuadro estuvo atribuido a un pintor devaluado, por lo que se subastó en Londres sin darle importancia, pero después de su restauración se consideró obra de Velázquez, y por consiguiente de gran valor económico. Sin embargo, la obra era la misma antes de la atribución al pintor cortesano, y en consecuencia debía apreciarse ahora lo mismo que antes, si nos refiriésemos al arte como disfrute de los sentidos, y no como simple negocio financiero en manos de especuladores dedicados a sacralizar las piezas de su interés.

Es sabido que muchos supuestos dalíes con su firma no los hizo él, sino que se limitó a firmar lo que sus secretarios para todo le ponían delante. Lo cito como ejemplo de sacralización escandalosa de una firma, no porque valore esas obras. Hay personas adineradas y carentes de gusto que las compran, debido a la sacralización de la firma, considerada una inversión económica segura, no porque les gusten.

En las subastas internacionales de arte a menudo alcanzan determinadas obras precios astronómicos, pagados por compradores anónimos que impiden publicar sus nombres. Es que no son coleccionistas, sino especuladores que pasado cierto tiempo volverán a subastarlas, con precios de salida basados en la cotización anterior, convertida en precio de mercado. El objeto estético creado por el artista es sometido a un proceso de sacralización para incrementar su precio. Nada de esto tiene relación con el arte, sino que lo destroza, al motivar una sobrevaloración de ciertos materiales productivos de escaso valor estético. Se trata de la disparidad entre valor y precio, que tanto inquietaba a Machado.

La producción de objetos

Los trabajadores que realizaron las vasijas verdaderamente antes de la conquista española no eran artistas creadores de arte, sino artesanos productores de objetos para su utilización en el hogar. Nunca pretendieron colocar las obras en unas vitrinas, que ni sabían lo que eran. Sin embargo, esas obras artesanales están sacralizadas y han pasado a ser consideradas arte, con su precio correspondiente.

Los autores de las copias actuales de obras prehispánicas tampoco pueden ser calificados como artistas, debido a que no crean, sino que imitan unas piezas utilitarias en su origen, ahora sacralizadas. Ni unos no otros deben ser aceptados como artistas, y debido a ello se les debe conceder la misma calificación que a sus modelos. En consecuencia, todas esas consideradas falsificaciones, hasta ayer admiradas por los visitantes del Museo Mexicano de San Francisco, pueden y deben continuar en sus vitrinas, aunque se aclare que no son auténticas obras utilitarias prehispánicas.

La finalidad de las artes, de todas las artes, consiste desde su origen en satisfacer los sentidos de los espectadores que las ven o las escuchan. La sensibilidad del artista creador se alía con la del espectador, y se produce la comprensión de las artes. Es absolutamente lógico que los artistas vendan los productos que confeccionan, para que vivan de su trabajo, como cualquier otro trabajador. Sin embargo, se admite que los artistas dignos de tal nombre crean por el simple placer de hacerlo.

Artistas y artesanos

No es posible equiparar, y menos confundir al artista y al artesano, porque las obras estéticas no son utilitarias. No lo son aunque los bancos y las grandes empresas adquieran esculturas o lienzos para decorar sus locales, porque sus autores trabajaron con intención creadora, lo que no se da en el trabajo artesanal. El artesano elabora mercancías, en tanto el artista conforma objetos estéticos. La sacralización se produce cuando el valor estético se somete al comercial, y no se da importancia al objeto, sino a la firma que delata al autor. Es la perversión del arte, sacado de su motivación.
Debe separarse nítidamente en los museos la clasificación entre arte y artesanía. Los objetos artesanales tienen entrada en sus instalaciones, pero como artes aplicadas. En el imaginativo Museum of Modern Art de Nueva York han acogido objetos utilitarios, como representativos de la civilización del siglo XX, si a ese siglo se le puede calificar de civilizado, lo que parece una exageración. Son elementos definidores de la sociedad actual.
A ningún espectador sensato se le va a ocurrir comparar ninguna de esas piezas con Les Demoiselles d’Avignon, por mencionar solamente el cuadro más valioso de su colección: Picasso era consciente de trazar un objeto estético cuando lo pintaba, con el que iba a revolucionar las artes. Ejecutó un trabajo material forzosamente, pero sin comparación posible con el de un artesano. El método de composición es lo que señala el carácter final del producto, a partir de la actitud del productor.

Arte y comercio

Lo conseguido por el artista es reproducir la conciencia estética de su tiempo y su cultura, algo imposible en un objeto artesanal. Por seguir con el ejemplo citado, Picasso materializó la descomposición de las artes en un momento crítico de la evolución histórica europea, que se hallaba también en plena descomposición, camino de la que sería denominada La Gran Guerra. Vivía de manera bohemia, es decir, pobremente en el Bateau Lavoir, y no supuso que al inventar aquella escena iniciaba el camino hacia su consagración y transformación social hasta ser millonario.

Los artistas entregan las obras a sus marchantes o galeristas, para su comercialización. Son creadores, no mercaderes. En ese momento el arte se convierte en comercio, aunque la realidad del objeto conserva su esencia ética y estética, sea cual sea la especulación sacralizadora sobrevenida.

Los autores de las vasijas precolombinas auténticas no quisieron crear arte, sino hacer un servicio utilitario a su pueblo. Tampoco sus imitadores actuales, incapaces de crear, como es esencial en las artes, sino limitados a copiar, muy probablemente con la exclusiva finalidad de obtener un valor económico. Pero esto no implica que debamos valorar las obras precolombinas auténticas y despreciar sus copias modernas. Es absurdo advertir a un visitante del Museo Mexicano que las piezas que le agradaba contemplar ayer no valen nada hoy. Puede que no valgan económicamente, al haber perdido la sacralización especulativa, pero mantienen intacto su valor objetual. Intentemos acabar con la especulación de la cultura.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio

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