Arturo del Villar*. LQSomos. Noviembre 2017

La Iglesia ortodoxa resulta tan ridícula como la catolicorromana. El 20 de agosto de 2000 el patriarca de Moscú y de todas las Rusias, Alexei II, declaró santos al último zar, Nicolás II, justamente apodado en la historia El Sanguinario y El Verdugo Coronado, y con él a su familia. El motivo: haber sido ejecutados por los revolucionarios soviéticos en 1918, acusados de crímenes contra el pueblo, muy evidentes y demostrados. A las sectas religiosas les gustan los dictadores, llámense zares, emperadores o reyes, porque facilitan la simbiosis tradicional entre el altar y el trono, en mutuo beneficio.

Durante toda la existencia de la Unión Soviética se la estuvo acusando en Occidente de perseguir a la religión, cuando es palpable que la secta denominada ortodoxa, lo que parece convertir a las restantes en heterodoxas, persistió entre algunas gentes con todos sus ministros en libertad. Aunque aseguró Marx que “la religión es el opio de los pueblos y la rémora del progreso”, como está más que demostrado en la historia, los gobernantes soviéticos permitieron su predicación para seguir captando adeptos. Preocupados por la aplicación del ideario político para equilibrar las condiciones sociales del pueblo y defenderse de las agresiones imperialistas, descuidaron precaverse contra el fanatismo religioso.

El 23 de setiembre de 2015 se exhumaron los restos de Nicolás II y su mujer Alejandra, en la catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo, en donde habían sido inhumados en 1998 con tres de sus hijas, todas ellas grandes duquesas. La Iglesia ortodoxa quiere analizar su ADN para compararlo con los restos de dos cuerpos supuestamente pertenecientes a la otra gran duquesa y al llamado zarevich, con objeto de rendirles culto con la seguridad de no equivocarse de cuerpos. Esta secta resulta más putrefacta todavía que la catolicorromana.

Altar y trono en Rusia

En realidad no debiéramos sorprendernos, porque la Iglesia ortodoxa rusa estuvo siempre con los zares y contra el pueblo. El 31 de diciembre de 1917, cuando el ex zar y su familia se hallaban deportados en Tobolsk, antigua capital de Siberia, acudieron a una ceremonia litúrgica de fin de año; el oficiante los bendijo, dándoles sus antiguos tratamientos, como era norma de la Iglesia ortodoxa: para los popes el ex zar seguía siendo la única autoridad válida. Unos días después Tijon, patriarca entonces de Moscú y de todas las Rusias, excomulgó a los bolcheviques en general, a la vez que bendecía al ex zar y su familia. Sabía que podía hacerlo con total impunidad, porque los revolucionarios respetaban las costumbres del pueblo, incluso cuando eran claramente dañinas para su inteligencia.

Y muy poco después, Hermógenes, patriarca de Tobolsk, organizó la liberación de los deportados, para entregarlos a la facción militar opuesta a la Revolución. Al descubrirse el plan, se preparó rápidamente el traslado de la familia ex imperial a Ekaterimburgo, a una casa próxima a un monasterio. Desde ese momento acudía un clérigo a celebrar la liturgia con los deportados, y además a diario les enviaban alimentos especialmente cocinados para ellos en el cercano monasterio. La Iglesia ortodoxa nunca estuvo alineada con el pueblo, sino con los gobernantes zaristas, a pesar de sus crímenes reiterados, de los que se hizo cómplice.

El 23 de enero de 1918 el Soviet de los Comisarios del Pueblo decretó la separación entre el Estado y la Iglesia, hasta entonces unidos en sus intereses comunes. Los popes continuaron su tarea de adoctrinamiento.

Fanático religioso antisemita

Repasemos someramente los méritos de Nicolás II El Sanguinario para ser santo. Proclamado zar el 1 de noviembre de 1894, a la muerte de su padre, fue un autócrata dictatorial, que sólo se dejó aconsejar, para su desgracia, por su esposa, la princesa alemana Alix de Hesse-Darmstadt, llamada Alejandra Fiodorovna en Rusia tras su conversión a la religión ortodoxa. Nieta de la reina Victoria del Reino Unido de la Gran Bretaña y emperatriz de la India, de quien heredó la hemofilia, fue una histérica que vivió rodeada de brujos y curanderos, el más conocido de los cuales fue el siniestro Rasputín, en un vano intento por curar a su único hijo varón de la hemofilia que le había transmitido.

Podríamos equiparar esa corte con la de Isabel II en España, donde gobernaba la desvergonzada sor Patrocinio, llamada la monja de las llagas, en el papel de consejera áulica de la golfísima soberana. O con la corte de Alfonso XIII, el que consagró España al Corazón de Jesús, no al resto del cuerpo, dañada también por la hemofilia que padecían los varones. Los dos borbones y sus familiares fueron expulsados de España, en 1868 y 1931, pero no se les ajustició, como sí se hizo en Rusia, por lo que la dinastía se perpetúa todavía.

El zar era un fanático religioso, contagiado además de las chifladuras de su esposa por los santones. Su fervor religioso le convirtió en un feroz antisemita, por considerar a todo el pueblo judío causante de la muerte de Jesucristo y pretender vengarle. Durante su reinado se sucedieron continuamente los pogromos, ejecutados sin discriminación por la todopoderosa y omnipresente policía zarista, que no por el pueblo ruso, a quien nada molestaban los judíos.

La policía se había introducido en todos los estamentos, incluido el de los revolucionarios, y hasta en el extranjero, lo que le permitía conocer sus planes y desbaratarlos de la manera más sanguinaria. Durante los exilios de Lenin, los policías infiltrados seguían sus pasos tranquilamente, así que al llegar a Rusia ya le esperaban otros en la frontera y lo detenían. El zarismo se mantuvo gracias al régimen de terror impuesto por los policías y los cosacos.

Miseria, hambre y analfabetismo

El pueblo ruso padecía un hambre crónica. La servidumbre fue abolida en 1861 por el zar Alejandro II para sus 22 millones de vasallos, pero se impuso a los liberados el pago de una indemnización por el uso de las tierras, más los impuestos inevitables. A causa de ello los campesinos nunca superaban la pobreza. El analfabetismo era general, porque así les convenía a los dirigentes, para evitar que el pueblo pudiera meditar sobre su situación desesperada. Odiado por el pueblo sufrió varios atentados, y en 1881 murió a consecuencia de uno de ellos. Su hijo y sucesor Alejandro III fue un autócrata despótico que ordenó reprimir a sangre y fuego a los opositores al Régimen: un hermano de Lenin fue ejecutado en 1887. También se atentó contra su vida, pero le mató una nefritis en 1894.

Nicolás Alexandrovich Romanov, el futuro santo, continuó el ejemplo de su abuelo y padre, gobernando despóticamente. Quería presentarse como el padrecito de sus vasallos, para mantener la tiranía. Así, con motivo de los festejos organizados por su coronación conforme al ritual ortodoxo, el 14 de mayo de 1896 (según el calendario juliano vigente en Rusia), él mismo distribuyó alimentos a los habitantes de Jodynskoye, cerca de Moscú. No obstante, el disfraz quedó al descubierto, ya que llegaba a tales extremos el hambre de la gente, que se produjo una avalancha en la que murieron 1.389 personas, según datos oficiales, y otras tantas aproximadamente resultaron heridas, en el afán por conseguir uno de los panes regalados por el generoso tirano.

Tales muertes no fueron causadas directamente por una orden del zar, aunque se debieron al hambre crónica del pueblo, y eso sí era culpa suya, por desinteresarse de la situación social en la que vivían sus vasallos. Pero las fiestas de la coronación no se interrumpieron por tan vulgar motivo, ni al zar se le ocurrió hacer un gesto más trascendente para aliviar el hambre de sus súbditos: no eran siervos oficialmente, pero en la práctica carecían de derechos.

En guerra dentro y fuera

Otra demostración de la supuesta santidad del zar fue la ley que promulgó en 1897 sobre el trabajo en las fábricas: quedaba limitado a once horas y media diarias, y solamente diez horas los sábados. Pues a pesar de tanta benevolencia, el pueblo se quejaba de trabajar mucho y no ganar ni para pagar los impuestos. La miseria aquejaba a los campesinos y obreros, en tanto los llamados nobles disfrutaban de sus rentas alegremente, sin otra inquietud que cobrar los impuestos. Las huelgas se hicieron continuas en Rusia, a pesar de las feroces represalias tomadas contra los huelguistas. Una película magistral de Serguei Eisenstein, titulada precisamente La huelga, filmada en 1924, su primer largometraje, describe con un realismo documental admirable una organizada en una fábrica en 1903 con sus consecuencias. El protagonista colectivo es el pueblo desesperado, que protesta contra la tiranía porque ya no puede continuar soportando su situación afligida.

Peor fue cuando Japón declaró la guerra a Rusia en 1904. Los ministros habían advertido al zar que debía abstenerse de intervenir en China, porque Japón no iba a tolerarlo, pero el autócrata ordenó ocupar Manchuria. La escuadra japonesa destruyó completamente a la rusa en pocos meses, y Rusia tuvo que ceder a Japón varias posesiones asiáticas. La economía de guerra aumentó el hambre, pese a que los soldados estaban muy mal pagados, cuando cobraban el sueldo.

Con el descontento popular crecieron las manifestaciones de protesta. El 9 de enero de 1905, según el calendario juliano vigente en Rusia, 22 según el gregoriano occidental, es conocido en la historia como el domingo sangriento de San Petersburgo: el ejército zarista disparó contra una manifestación pacífica dirigida por el pope Georgi Gapon, que pretendía llegar al Palacio de Invierno, residencia de la familia imperial, para solicitar pan que remediara su angustia. Se calcula que hubo alrededor de mil muertos y unos dos mil heridos. No se facilitaban datos oficiales sobre los crímenes militares. Fue entonces cuando se aplicó a Nicolás II el sobrenombre de El Sanguinario y El Verdugo Coronado, con el que es reconocido oportunamente en la historia mundial.

Represión a sangre y fuego

El 27 de junio del mismo año se produjo la rebelión del acorazado Potemkin, sin que el resto de la escuadra interviniera para sofocarla, porque toda la marinería se solidarizó con los amotinados. Este acontecimiento fue heraldo de la Revolución inevitable, y queda reflejado con fidelidad artística en la película de ese título dirigida por Serguei Eisenstein en 1925, considerada por muchos historiadores la obra maestra del cine.

Las huelgas se sucedieron por todo el país, y el futuro santo dio orden de reprimir contundentemente las manifestaciones. En diciembre el pueblo de Moscú se sublevó, pero después de ocho días de resistencia fue vencido por el ejército zarista. Hubo millares de muertos y muchos más de deportados, sin que puedan conocerse las cifras porque la policía las ocultaba. El barrio obrero de Presnaya fue eliminado por completo.

Son incontables las ejecuciones realizadas entre 1905 y 1907, en aplicación de la ley marcial decretada por el zar. Pueblos enteros quedaron arrasados. Pero como no se interrumpían los atentados contra el tirano y las personas próximas a él, Nicolás II decretó exterminar totalmente a los revoltosos. El terror dominó en Rusia, por lo que entre 1907 y 1912 el pueblo fue asesinado y amordazado, a consecuencia de las órdenes represivas dictadas por Nicolás II. Pese a ello las huelgas se sucedieron en las principales fábricas del país. Todas estas acciones criminales contra el pueblo son merecedoras de la santidad, en opinión de la Iglesia ortodoxa rusa, que con su silencio se hizo cómplice del asesino.

Europa en guerra

En junio de 1914 había dos millones de huelguistas en Rusia, cuando el día 28 el patriota serbio Gavrilo Princid ejecutó en Sarajevo al archiduque austriaco Francisco Fernando. Sin tener en cuenta el estado de desesperación dominante en Rusia, el zar ordenó una movilización general de las tropas el día 30, y pactó un acuerdo con Serbia. Como resultado de ello, el káiser Guillermo II declaró la guerra a Rusia el 1 de agosto.

Catorce millones de rusos fueron enviados mal armados al frente, sin recibir la paga y sin moral, en un conflicto que no les importaba nada, por lo que resultaron inevitables las derrotas espectaculares. Se culpó de ellas a los judíos, denunciados como espías de Alemania, y se detuvo y ejecutó a muchos, para satisfacer los instintos asesinos del zar.

Desde el exilio en libertad, Lenin declaró que se trataba de una guerra imperialista, y advirtió a los soldados de todos los ejércitos enfrentados que no debían combatir entre ellos, por ser igualmente parias asalariados, sino disparar contra los oficiales que les obligaban a matarse en beneficio de los intereses económicos de sus señores.

El hambre mata tanto como la guerra

Nicolás II, sin ninguna experiencia o preparación en tácticas bélicas, se puso al frente de sus tropas. En los desfiles, por supuesto, él no iba a arriesgar su vida en una batalla. Dejó como regente a su esposa, alemana de nacimiento, detestada por el pueblo siempre, pero mucho más en esa ocasión en que se combatía contra Alemania. La economía se hundió por falta de mano de obra en el campo y las fábricas. También escaseaban las materias primas. La inflación era impresionante. Los ganados caballar y vacuno fueron requisados para el ejército. El hambre crónica se incrementó en Rusia, y mató a millones de personas; nunca se conocerán las cifras, ocultadas por el zarismo. El inmenso país se convirtió en una tumba interminable, y los vivos parecían muertos.

Una cadena de huelgas enlazó 1915 y 1916. Los obreros de las industrias bélicas se negaban a trabajar, porque no les pagaban y porque eran contrarios a la guerra. El zar ordenó reprimir a sangre y fuego cualquier manifestación y aniquilar a los huelguistas. Especialmente sanguinaria fue la represión contra los obreros de la fábrica de Putílov, productora de armamento, una acción con la que pretendían colaborar en la retirada de Rusia del frente de batalla. No sirvió de nada su gesto ante la belicosidad del zar, solamente para incrementar el número de muertos.

El invierno de 1916-17 resultó pavoroso, por el hambre y el frío. Los campos de cultivo se hallaban abandonados por falta de mano de obra joven, ocupada en los campos de batalla. Lo padecieron igualmente los obreros y campesinos y los soldados. La desmoralización alcanzó a todo el pueblo ruso, pero el zar y la llamada nobleza no la sintieron, porque se hallaban bien alimentados. Se calcula que en 1916 las bajas en el ejército ruso ascendían a ocho millones de soldados, entre muertos, heridos y prisioneros. Muchos desertaban para evitar los combates, y porque sospechaban que los enemigos los tratarían mejor que sus oficiales.

La Revolución Soviética

Diez días que cambiaron el mundo. Recordando el triunfo de la Revolución Socialista de Ocubre. K.R.

En febrero de 1917 tuvo lugar una huelga general, como protesta contra la desastrosa intervención de Rusia en la guerra. El zar, siguiendo su costumbre, ordenó a su ejército liquidarla con las armas. Sin embargo, muchos regimientos dispararon contra sus mandos y se sumaron al pueblo. Ante el cariz de los acontecimientos, los exiliados políticos regresaron ocultamente a Rusia, con el deseo de participar en los previsibles sucesos revolucionarios. Uno de los primeros en hacerlo fue José Stalin, llamado a tener un puesto de honor en la historia.

El 12 de marzo los trabajadores y los soldados de Petrogrado, nuevo nombre de la antigua San Petersburgo, asaltaron el palacio donde se reunía la Duma o Parlamento y proclamaron el Soviet. Nueva orden del zar de exterminar a los amotinados: El Sanguinario hacía honor a su apodo; pero ya nadie la cumplió. En otros lugares siguieron su ejemplo y fueron apareciendo en toda Rusia los soviets de obreros y campesinos.

La Revolución era imparable: el 15 de marzo el Soviet depuso al zar, y el pueblo quiso lincharlo por ser su enemigo, sin reconocer esa santidad que le veían los popes. En cambio, cuando el 16 de abril regresó Lenin a Petrogrado fue recibido como un héroe del pueblo, y se le empezó a considerar el libertador de Rusia. Expuso sencillamente su programa a la masa que le vitoreaba: “Camaradas, soldados, marineros y obreros, es el momento en que todos los pueblos vuelvan las armas contra los explotadores capitalistas”. Él sí fue considerado un héroe por el pueblo, en vida y después de muerto, el artífice principal de la Revolución Soviética que rescató al proletariado ruso de la tiranía zarista. Lanzó una consigna seguida jubilosamente por el pueblo: “Todo el poder para los soviets”.

El pueblo libre se organizó

La Revolución triunfó el 25 de octubre, según el calendario juliano vigente en Rusia, 7 de noviembre según el gregoriano, de 1917, por lo que se la conoce como la Revolución de Octubre. La Guardia Roja guió al pueblo en Petrogrado para tomar el Palacio de Invierno, símbolo de la tiranía zarista, sin derramamiento de sangre. También Eisenstein relató esa hazaña popular en su magistral película Octubre, rodada en 1928.

El Gobierno Obrero y Campesino conquistó el poder para dar la libertad total a los rusos. Los dos primeros decretos aprobados, a propuesta de Lenin, fueron una invitación de paz a los países combatientes, y la abolición de la propiedad de la tierra, repartida entre los campesinos que la estaban cultivando para beneficio de sus amos, así como la colectivización de las fábricas expropiadas a los capitalistas.

El zar pretendió exiliarse con su familia, pero ni Francia ni sus parientes de Alemania y del Reino Unido de la Gran Bretaña los aceptaron. El Gobierno provisional los envió a Tobolsk, en Siberia. La familia imperial fue ejecutada el 17 de julio de 1918 por el Soviet de Ekaterimburgo, una justicia popular en justa correspondencia a sus crímenes.

Justificación del tiranicidio

A un zar o emperador o rey que lanza a sus fuerzas armadas contra manifestantes pacíficos, se le declara inmediatamente un enemigo del pueblo, y merece ser ejecutado con sus cómplices por ese mismo pueblo que lo padece. El tirano que mantiene las mazmorras de su reino ocupadas por presos políticos acusados de pretender expresar sus opiniones sociales en paz sin ninguna violencia, sólo puede ser calificado de enemigo del pueblo, por lo tanto digno de ser ejecutado con los cómplices perpetradores de sus órdenes despóticas.

Un zar o emperador o rey que se mantiene en el trono por la fuerza bruta de su ejército y policía, con el seguimiento de unos jueces y fiscales servilones dispuestos a enviar a las mazmorras reales a los disidentes, como única razón de continuidad de la dinastía, a pesar de las protestas, los silbidos y los insultos de la multitud cuando se muestra en público, es un tirano enemigo del pueblo, y por ello debe ser eliminado con violencia, ya que no se somete a votaciones que decidan la aceptación o el rechazo de su Régimen. Las revoluciones populares tienen ese origen y ese fundamento argumental.

Así ha sucedido siempre, y así continuará sucediendo. El tiranicidio convierte en héroes a sus ejecutores; por ejemplo, a Aristogitón y Harmodio, por apuñalar al tirano de Atenas Hiparco en el año 514 antes de nuestra era, o a Bruto y Casio como principales ejecutores del apuñalamiento de Julio César, dictator perpetuus de Roma, en el 44 igualmente antes de nuestra era. Les sucedió lo mismo que a ellos a los emperadores romanos que se creían divinos, a Carlos I de Inglaterra, Escocia e Irlanda, decapitado en 1649; a Luis XVI de Francia, guillotinado en 1793; a Alejandro I de Yugoslavia, ejecutado en 1934, y a otros tiranos de su estilo, para no salir de Europa.

El tiranicidio cuenta además con la aprobación de los filósofos y los teólogos. Por ejemplo, el jesuita Juan de Mariana publicó en 1599 el tratado De rege et regis institutione, en el que basándose en la doctrina emanada de Tomás de Aquino justifica la revolución popular contra el rey tirano, al que se debe dar muerte.

Ahora ha caído en desuso esa costumbre, debido a que apenas quedan monarquías en Europa: de los 27 estados integrantes de la Unión Europea 21 son repúblicas, en las que es posible deponer al jefe del Estado elegido democráticamente si no cumple bien sus funciones, sin necesidad de acabar con su vida. Las monarquías son absurdas anomalías en el siglo XXI, por lo que se hallan en estado de extinción.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio
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