Carlos Olalla*. LQSomos. Octubre 2017

¿Cómo rendir homenaje a las miles de personas inocentes que se están ahogando en nuestras costas? ¿Cómo guardar duelo a los miles que, hacinados en la frontera de nuestra vergüenza, se ven obligados a emprender la ruta más peligrosa para poder atravesar los muros que construimos para mantenerles alejados de nuestro bienestar? ¿Qué hacer para que dejemos de mirar a otro lado ante tanta barbarie legalizada? La escultora colombiana Doris Salcedo ha venido hasta Madrid, al Palacio de cristal de El Retiro, a invitarnos a hacerlo, a enseñarnos cómo desde nuestro silencio podemos escuchar sus voces.

Ella ha transformado el inmenso palacio en un panteón, en el panteón de los olvidados. Les ha devuelto la vida al recuperar sus nombres. Detrás de cada nombre hay una historia, la que nosotros queramos imaginar que tuvieron. Viendo sus nombres podemos entender por qué decidieron jugarse la vida para venir. Leyendo sus nombres sabemos que estamos frente a personas, no frente a esos gélidos números y adjetivos tras los que intencionadamente nos esconden que son seres humanos como tú y como yo. Y para escribir sus nombres Doris ha elegido el elemento que les mató: el agua, porque el agua es símbolo de vida y jamás debimos permitir que lo transformaran en un instrumento de muerte. Sobre un suelo liso compuesto por decenas de plataformas de piedra que nos recuerdan a las lápidas que nunca tendrán, Doris ha conseguido la magia de esculpir el agua. Obligándonos a mirar al suelo, a rendirles pleitesía, vemos como, de repente, surgen diferentes surtidores de agua. Son tan pequeños, sutiles y humildes como quizá lo fueron sus vidas. Y ante nosotros, de la forma más poética que jamás se ha escrito palabra alguna, esas pequeñas gotas de agua se van uniendo para formar los nombres de quienes murieron. El sol que entra por las acristaladas paredes del palacio hace brillar esos nombres, les da la vida que nuestra indiferencia les quitó. ¡Hay tanta belleza en ese lento fluir del agua! ¡Tanta vida en esos nombres que van apareciendo ante nosotros! Si nos fijamos atentamente veremos que, bajo esos nombres que el agua hace brillar hay otros que parecen borrados por el tiempo y el olvido. Dice la Real Academia Española de la Lengua que palimpsesto es un manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente. En el de Doris los nombres que aparecen borrados sobre la arena son los de las personas migrantes que murieron ahogadas antes del año 2000 y los que sobre ellos escribe el agua los de los muertos entre 2011 y 2016. Nuestro presente está escrito sobre nuestro pasado, en nuestros genes llevamos los de quienes nos precedieron, parece gritar ese suelo de piedra cada vez que surge el agua para volver a desaparecer de nuevo. Somos impermanencia, tan solo estamos aquí de paso, recorriendo el viaje de la vida, un viaje que nuestro egoísmo y nuestro egocentrismo ha truncado a todas esas personas a las que por negarles les negamos hasta los sueños.

Como bien dice el programa de la exposición “El objetivo de Salcedo es contribuir a (re)construir la historia, incompleta y fragmentada, de los seres que habitan la periferia de la vida. No en vano esta escultora, que suele describirse a sí misma como una escultora al servicio de las víctimas, concibe su obra como una oración fúnebre con la que trata de dirigir los principios de una “poética del duelo”. Y lo hace desde la premisa de que solo a través del duelo, que ella considera la acción más humana que existe, se puede devolver la dignidad y la humanidad arrebatadas”

Doris es poco dada a conceder entrevistas, prefiere dejar que sean sus obras las que hablen. Como hizo el año pasado cuando el pueblo colombiano rechazó en referéndum el acuerdo de paz entre la guerrilla y el gobierno de su país, Doris cubrió la plaza Bolívar de Bogotá con un lienzo blanco de 11.000 metros cuadrados formado por dos mil pedazos de tela cosida por diez mil colombianos sobre el que escribió con ceniza cientos de nombres de personas de ambos bandos muertas durante la guerra. En aquella ocasión dijo: “En este momento, cuando nos vemos de nuevo abocados a la posibilidad del enfrentamiento, considero importante recordar, con nombre propio, a aquellos seres a quienes nos hemos acostumbrado a denominar de manera genérica víctimas o excluidos. La identidad de esos seres humanos merece ser nombrada, reconocida, recordada. Esta es la única razón de ser de Sumando ausencias. La función principal de la violencia es destruir y desarticular el lenguaje para reducir a sus víctimas al lamento, a la queja, a un estado anterior al lenguaje. Al arte, por el contrario, le corresponde articular un modo de expresión para que las experiencias extremas sufridas por las víctimas resulten inteligibles. Así, tan solo así, dichas experiencias pueden ser compartidas y quizás comprendidas… Intento demarcar un espacio que nos permita superar el olvido por medio de una acción colectiva. Algunos eventos que forman parte del pasado deben ser traídos a nuestro presente. Como artista creo necesario pensar en el desastre, pero también, pensar más allá del desastre. Con cada obra que elaboro, reafirmo una fe inquebrantable en la capacidad del arte para articular aquello de lo que nadie quiere hablar, aquello que hemos relegado al abismo del olvido. En un momento tan crítico como el que vivimos en Colombia, siento la necesidad de generar imágenes capaces de oponerse a la hegemonía simbólica que imponen la violencia y la guerra…Creo que la imagen poética ofrece la posibilidad de elevar nuestra condición, aun en los momentos más difíciles…Tal vez, estas obras nos ayuden a entender que existen mecanismos no violentos para superar conflictos. Sería bueno ser conscientes de cómo nos degradamos con cada acto violento, con cada expresión vulgar, con cada acto de irrespeto, con cada mentira. Vivir así no puede ser normal”.

Sus reflexiones sobre Palimpsesto en el vídeo oficial de la exposición y en la espléndida entrevista que concedió al diario ABC nos hablan de la sensibilidad y el compromiso de una artista que entiende el arte como herramienta de transformación social y que afronta la realidad que le rodea, por dura que sea, apoyando a las víctimas y ayudándonos a encontrar belleza incluso en el dolor: “Me pongo muy enfática con las cuestiones de identidad. No me interesa hacer obras con los que son como yo. No. Desde Colombia, un país pobre del que poco se menciona su dignidad, estamos pensando sobre vidas perdidas que han salido de África, de Siria, del Kurdistán, y que, tratando de llegar a Europa, mueren en el Mediterráneo. No tuvieron un ritual funerario, nadie les llora… Es difícil definir esta obra. A mí lo que más me interesa es ofrecer una acción de duelo. Esa sería para mí su definición más clara. De esta y de toda mi producción. Solo así podremos recuperar algo de la dignidad que perdemos cada vez que estos actos terribles ocurren… Por eso el título es «Palimpsesto». Esta es una obra en la que trabajo, sobre todo, con el olvido. Me ocupo del carácter inconsistente de nuestra memoria. Somos seres incapaces de recordar. La tragedia de ayer olvida la de hace un mes, que a su vez borra la de hace dos… Dejamos que todas esas tragedias se apilen sobre nuestros hombros, sobre algo que llamamos «pasado» y que nunca termina de pasar porque forma el presente. Por eso la obra consta de una capa de nombres escritos sobre la arena que pertenecen a emigrantes que murieron antes de 2000 y, sobre ella, surge una segunda de personas que se ahogaron de 2011 hasta 2016, y que se crea con agua. La obra viene, presenta el nombre y se va. Deja clara nuestra inconsistencia para recordar pero también la persistencia del dolor de la madre que perdió a su hijo. Es la persistencia del duelo, que viene, se repite, y salta en el momento menos esperado… Sabemos que las personas que vienen en las pateras, las que recordamos en Madrid, están vivas, pero, ¿que tengan vida?, ¿que tengan derecho a ser amados, a leer, a disfrutar con un baile? Todo eso lo bloqueamos. Lo que quiero es que, mirando hacia abajo, de pronto, nos situemos frente a esas vidas y reconozcamos esos nombres que dan singularidad a todo un universo que decidimos no ver… La violencia lleva aparejada una representación absurda. Y eso lo sabe Hollywood, también los dictadores y asesinos, que dejan una huella sobre el ser que atacan. El arte es todo lo contrario porque opera en el silencio, en lo invisible. Tiene que haber un vacío para que se produzca una comunicación entre el espectador y la memoria de la vida destruida que carga la obra. Pero si esa memoria es explícita, simplemente nos encontramos con el horror y no con la vida que fue destruida. Lo que yo trato es crear un silencio lo más radical posible. Y hacer la obra lo más invisible posible para que se llene de las memorias. Mi labor es puramente técnica. El acto creativo es del espectador y es maravilloso que este quiera hacerlo posible”.

Adentrarte en el mundo que propone Palimpsesto es llegar a lo más hondo de ti mismo, es callar todos tus prejuicios y convicciones para dejar que sean esos nombres los que hablen, que tomen la palabra que les negaron, que nos cuenten sus vidas, que compartan con nosotras y nosotros sus sueños y sus recuerdos. Tenían derecho a vivir y les robamos la vida. Tienen derecho a que les recuerden. Solo de nosotros depende que no caigan en el olvido. A estas personas no las ahogó el agua, las ahogó nuestro egoísmo y nuestra indiferencia. Hoy sabemos que son miles las que mueren cada año frente a nuestras costas. A veces esas muertes incluso ocupan algún lugar de nuestros telediarios. Pero no sabemos nada de sus vidas. Les negamos el derecho a vivir. Quienes consiguieron arribar a nuestras costas sufren hoy y aquí, en esta España que se viste de banderas, odios y orgullo patrio, la sinrazón de la sociedad que hemos creado, una sociedad en la que el racismo es institucional, en la que la aporofobia está tan extendida que permitimos que salga a las calles disfrazada del “yo no soy racista, pero…”. Hemos dejado que nuestro gobierno incumpla impunemente su compromiso de permitir que 17.000 refugiados viniesen a vivir con nosotros; dejamos que los derechos humanos sean sistemáticamente pisoteados en nuestras fronteras a pesar de las repetidas condenas de los organismos internacionales; permitimos que la violencia gobierne en esos Guantánamos particulares que hemos creado bajo el nombre de Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE’s); no hacemos nada por evitar las redadas racistas, las expulsiones express o las deportaciones en vuelos de la vergüenza de personas que llevan años, décadas a veces, viviendo entre nosotros, que están totalmente arraigadas e integradas en nuestras ciudades, que dejan aquí a sus familiares, que son llevadas contra su voluntad a países calificados como de riesgo por los organismos internacionales… Permitimos que todo eso pase a nuestro alrededor y no hacemos nada. Por eso intervenciones como Palimpsesto son hoy más necesarias que nunca. Quizá a través de ellas logremos escuchar el silencio que perdimos, ese silencio necesario para poder escuchar a los demás.

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