Carlos Olalla*. LQSomos. Agosto 2017

¿Llegamos realmente a vivir eso que se ha dado en llamar el amor de nuestra vida?, ¿de verdad existe o ha existido ese amor?, ¿no será algo que idealizamos cuando, recorrida ya la mayor parte de nuestro camino, echamos la vista atrás?, ¿Por qué lo perdimos, si es que alguna vez lo llegamos a vivir?, ¿Cómo es posible que no fuésemos capaces de reconocerlo y valorarlo cuando lo vivíamos?, ¿en qué nos equivocamos entonces?, ¿qué habría sido de nuestra vida si…? Estas son las cuestiones sobre las que se basa “Regreso a Montauk”, la última película de Volker Schlöndorff, quizá su película más autobiográfica ya que, como él mismo reconoce, está inspirada en una historia de amor que tuvo en Nueva York años atrás. La película tiene un inicio magistral: su protagonista mirando a cámara contándonos la historia de ese amor y las palabras que le dijo su padre semanas antes de morir: en la vida solo hay dos cosas que realmente importan, lo que no has hecho y debiste hacer, y lo que hiciste y nunca debiste hacer. Ese monólogo inicial es de los que te llegan dentro, muy dentro. Schlöndorff tenía muy claro que quería empezar así a contarnos su historia: “Hay tantas cosas cinematográficas en el cine… nos bombardean con imágenes, con sonidos, todo tan rápido y pensé, ¿no estaría bien empezar con alguien en primer plano sentado contando una historia y tú cómo espectador haces tu propio flashback? (…) El suspense es que, escena a escena, vas descubriendo quiénes son, nada de presentación del personaje, directamente saltamos dentro de la narración y me pareció un juego muy satisfactorio”. Es a partir de ahí donde Max Zorn, un escritor nórdico soberbiamente interpretado por ese monstruo que es Stellan Skarsgard, de regreso a Nueva York para presentar su nueva novela, decide buscar a Rebeca (una Nina Hoss fascinante) la que él recuerda como su gran amor. Es tal la necesidad que tiene de reencontrarla que poco o nada le importa ocultárselo a Clara, su actual pareja (una Susanne Wolff antológica).

El egocentrismo con el que vivimos nuestras vidas hace que veamos a los personajes de Rebeca y de Clara no como son en realidad, cómo sienten, cómo piensan, cómo sueñan, cómo aman, sino como los ve ese escritor que vive encerrado en su propio mundo de fantasía, ese mundo que los artistas tantas veces confunden con la realidad. Schlöndorff es plenamente consciente de esta situación y no duda en reconocerla: “Creo que el hombre que es artista vive dos mundos a la vez, el real y el que vive en sus fantasías. Los creadores cambian a las personas, las moldean a su antojo, hacen una versión de ellas, y acaban confundiendo las dos cosas. En el caso de este escritor no es que sea malo, es que va con su vocación. La literatura es más fuerte en él que su vocación de vivir. Las dos mujeres están inspiradas en las personas reales. Y cuando me ocurrió eso a mí, tuve que entender que quizás yo no era tan importante en sus vidas como creía. Me había hecho un ideal de ellas, las había transformado en fantasía, pero no las escuchaba de verdad. Descubrir aquello fue devastador. Él le dice a su antiguo amor que hubiera querido tener hijos con ella, pero ella ya le ha dicho que tuvo otro amor, un gran amor que fue mucho más importante que él, y murió. Ella es ahora una mujer sin hijos y demasiado mayor para tenerlos, enamorada todavía de aquel hombre. Los hombres nos vamos a vivir con una mujer más joven para volver a empezar. Las mujeres están más cerca de la tierra, por eso, en una situación así, ella es una figura trágica y él hace el ridículo. Regreso a Montauk es la tragedia de un hombre ridículo”

No deja de ser muy clarificador que Schlöndorff sea un director que en su cine ha querido reflejar siempre historias del pasado para reflexionar sobre cómo afectan a nuestro presente y, sin embargo, en esta ocasión, lo que haga es visitar su propio pasado desde el vacío que siente en su presente. Como también lo es el lugar que ha escogido para ubicar la historia que nos quiere contar: la ciudad de Nueva York, una ciudad que como dice uno de los personajes empuja a la soledad, y Montauk, ese lugar fin de todo donde Rebeca y Max se reencuentran, el lugar donde todo acabó en el pasado, esas playas desiertas donde solo habitan el mar, el viento, una luz cegadora y el solitario faro tan presente en los desolados cuadros de Edward Hopper. Es allí, en ese Montauk que ella elige como lugar para el reencuentro que él le propone, donde escuchamos una frase que ella le dice a él y que nos llega a lo más hondo porque sabemos que no es a ese pobre escritor a quien se la dice, sino a quienes estamos frente a la pantalla: “Nunca entendiste nada”.

El paso del tiempo y el vacío que muchas veces sentimos en nuestra vida nos llevan a intentar darle un sentido a todo, a lo que hicimos y a lo que no nos atrevimos a hacer, a lo que somos, a lo que fuimos, a lo que habríamos podido ser… a lo que creemos que aún podemos ser. Eso es lo que empuja a este escritor a rebuscar en el pasado para intentar enmendar los errores que cometió. El arrepentimiento, la culpa y su falta de compromiso no son buenos compañeros para afrontar lo que le queda de vida. Lo sabe. Cuando menos lo intuye. Por eso se lanza a intentar rehacer lo que pudo haber sido y no fue. Pero, a veces, la vida nos pone en nuestro sitio y hace que nos demos cuenta de que no fuimos lo que creemos que fuimos, de que nunca nos atrevimos a amar, de que para aquella persona que tan importante fue en nuestra vida nosotros no lo éramos… y que, quizá, no fue ella sino lo que idealizamos de ella tras haberla perdido lo que realmente fue importante en nuestra vida.

“Regreso a Montauk” es un espejo que Schlöndorff pone frente a nosotros, un espejo que nos habla de la vida que hemos vivido donde podemos ver reflejado nuestro miedo a amar, a entregarnos, a vivir el presente, a devorar la vida, a vivir el amor sin límite ni concesiones, y también, junto a esas devastadoras imágenes, ese espejo refleja lo que de verdad somos, ese ser que nos ha acompañado durante toda la vida al que no podemos cambiar, pero sí llegar a conocer. Solo desde ahí, desde nuestro propio conocimiento personal, podemos afrontar el reto que tenemos enfrente: vivir en nuestro aquí y nuestro ahora todos los amores, quimeras y sueños que podamos encontrar en lo que nos queda de camino, y, eso sí, hacerlo con total pasión y total honestidad con nosotros mismos y con quienes nos salgan al camino. Los verdaderos amores no viven en ese pasado que con tanta facilidad idealizamos, ni en ese futuro con el que fantaseamos y que, con toda seguridad, nunca llegará. No solamente somos lo que hacemos, sino lo que hacemos en nuestro aquí y en nuestro ahora, y mientras no lo entendamos será absurdo buscarle algún sentido a nuestra vida.

Puede que el tiempo que nos ha tocado no sea el más fácil para intentarlo, pero es el que tenemos. El único que tenemos “Pensábamos que el mundo era más sencillo porque todo lo veíamos desde el punto de vista ideológico, la izquierda y la derecha. Los conceptos de Guerra Fría, soviéticos, EE.UU. simplificaban todo. Ahora me doy cuenta de que el mundo era igual de complicado que hoy. Diría que ahora es más interesante. Ya nada puede volver a ser lo que fue. Hoy tenemos que aprender a vivir en un mundo en el que todos corren de un lado a otro y donde nadie puede decir que tiene una visión clara del mundo. Es el fin del mundo cartesiano. Antes la racionalidad podía resolverlo todo. Ahora hay otras fuerzas en movimiento que no controlamos. No es una cuestión de crisis, es un mundo de pánico y de histeria” Y es ahí, precisamente en ese desolado mundo de pánico e histeria, donde, si queremos que algo de todo esto tenga sentido, tenemos que aprender a conocernos para atrevernos a amar.

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