Carlos Olalla*. LQSomos. Junio 2017

Acaban de cumplirse 50 años de su muerte y sigue presente en nuestra memoria como uno de los mejores actores de todos los tiempos. Pocos como Spencer Tracy han sabido transmitir honestidad y verdad con la naturalidad con la que él lo hizo. Podía encarnar todo tipo de papeles. Le creías. Te llegaba a lo más hondo. Sin duda su físico de hombre corriente y bonachón le ayudaba en papeles de juez, abogado o sacerdote, pero también supo encarnar a la perfección personajes mucho más complejos (su Dr. Jekill y Mr. Hyde ha pasado a la historia del cine). Querido por públicos de todo el mundo y de todos los tiempos, no tuvo, sin embargo, una vida fácil. Su fuerte carácter y su espíritu rebelde marcaron su vida desde los primeros años. Como también lo marcó su nunca ocultado alcoholismo, un alcoholismo que le venía de familia ya que su abuela, su padre y un tío carnal suyo también lo fueron. Sin embargo, nunca permitió que esa adicción interfiriese en su carrera profesional.

Pero si hay algo que caracteriza a Tracy fue la historia de amor que vivió con Katharine Hepburn. Ella fue el amor de su vida, la mujer con la que compartió (escondiéndolo en lo posible) más de 25 años a pesar de estar casado desde los 23 años y hasta su muerte con Louise Treadwell. Su ascendencia irlandesa y sus creencias católicas le impidieron divorciarse de ella. En sus memorias, Katharine Hepburn, relata cómo se enamoraron en cuanto se conocieron (rodando la película “La mujer del año”, en 1941). Aquel amor les llevó a permanecer juntos hasta 1967, cuando, apenas dos semanas después de haber terminado la última película que hicieron juntos (“Adivina quién viene a cenar esta noche”), le encontró muerto en el cuarto de baño víctima de un fulminante ataque al corazón. A pesar de que todo el mundo en Hollywood conocía la relación entre ellos, Katharine, por respeto a Louise, le cedió todo el protagonismo en el funeral y el entierro, a los que no asistió.

Nacido en Milwaukee (Wisconsin) en 1900, recibió una rígida educación religiosa en colegios católicos. Por mucho que curas y monjas lo intentaron, no pudieron doblegar la fuerte personalidad de aquel chaval rebelde e hiperactivo que iba por libre desde sus primeros años. Pero aquellas lecciones e intentos por domarle no fueron vanos del todo. Tracy siempre reconoció que fue gracias a los curas que aprendió a leer y a escribir, algo que él encontraba de máxima utilidad ya que le permitían disfrutar de su verdadera y más temprana pasión, el cine, al poder leer los subtítulos de las películas mudas que veía en su infancia.

Fue ese carácter indómito el que le llevó a alistarse en el ejército junto a un amigo para ir a luchar en la Primera Guerra Mundial. Nunca llegó a entrar en combate ya que jamás llegó a salir del cuartel donde recibía adiestramiento militar. Acabada la guerra regresó a los estudios, pero la vida quiso poner frente a él el mundo del teatro. De una forma totalmente accidental participó en una obra junto a otros jóvenes y descubrió que aquel era su mundo. Fundó su propio grupo de teatro (“Los actores del Campus”) y participó en montajes teatrales y coloquios a nivel universitario donde pronto pasó a ser un personaje conocido y reconocido por todos. La interpretación le atrapó por completo, hasta el punto de dejarlo todo para irse a vivir a Nueva York para poder asistir a la American Academy of Dramatic Arts. En 1922 debutó en un teatro de Nueva York con la obra “Los invitados a la boda” y tres meses más tarde lo hacía en Broadway en la obra RUR, en la que interpretaba a un robot.

A pesar de sus prometedores inicios, los primeros años de la carrera de Tracy fueron muy duros y a punto estuvo de arrojar la toalla y renunciar a su sueño más de una vez. El destino quiso que George M. Cohan, una de las figuras más importantes del teatro norteamericano, se cruzara en su camino. La química entre ambos fue inmediata. De Tracy, Cohan llegó a decir: “Eres el maldito mejor actor que conozco”

Cuando todo parecía irle sobre ruedas a Tracy y ya era una figura en el teatro norteamericano, el crash del 29 se llevó la industria teatral por delante. A punto estuvo de renunciar a todo para volver a su Milwaukee natal a vivir una vida más segura y convencional. Pero Tracy no se rindió y aguantó como pudo en Nueva York hasta que, un año después, le ofrecieron protagonizar una obra que cambiaría definitivamente su vida: “The last mile”. Encarnaba en ella a un hombre que baja a lo más profundo de su ser para intentar redimirse a sí mismo. El éxito fue absoluto y no tardó en verle en escena la persona que le daría oportunidad de entrar en el mundo del cine sonoro que se estaba abriendo paso: John Ford.

A pesar de las reticencias de la productora sobre Tracy, del que llegaron a decir que no daba bien en cámara, Ford se impuso y consiguió que Tracy protagonizara “Río arriba” junto a Humphrey Bogart. Una vez montada la película, antes de su estreno, la FOX vio el enorme potencial en pantalla de Tracy y, consciente de las necesidades económicas que tenía (uno de los dos hijos que había tenido de su matrimonio con Louise se había quedado sordo a causa de la polio), le ofreció un contrato a largo plazo. Tracy no obtuvo el éxito inmediato en el mundo del cine y el hecho de que dedicarse a él le apartara definitivamente de lo que más amaba, el teatro, (solo volvió a subirse una vez más en su vida a un escenario) tampoco contribuyó a que sus relaciones con la productora fueran buenas. Si a eso le sumamos su carácter y su dependencia del alcohol, no es difícil imaginar cómo acabó aquel contrato. Durante cinco años había realizado 25 películas, pero ninguna supuso el éxito de taquilla que la productora había esperado. Fue la Metro Goldwyn Mayer la que, necesitada de un nuevo actor protagonista y consciente de las posibilidades de Tracy, le ofreció un contrato a 7 años que le liberó del que había firmado con la FOX. Con la Metro Tracy consiguió sus mayores éxitos y llegó a auparse al privilegiado lugar de la historia del cine que, desde entonces, ha ocupado.

Son, somos, muchas las personas que le consideramos uno de los mejores actores de la historia y es normal que pensemos en él cuando pensamos en la imagen de un abogado, de un juez, o de un padre. Para él, ajeno a toda la parafernalia que rodea el misterio de la interpretación, actuar era lo más sencillo del mundo: “Nunca he sabido lo que es actuar, ¿quién puede decir con sinceridad lo que es? … Me pregunto qué se supone que son los actores si no ellos mismos… Finalmente lo he reducido a que, cuando empiezo una escena, me digo a mí mismo, este es Spencer Tracy como un juez, o este es Spencer Tracy como un sacerdote o como un abogado, y dejarlo en eso. Lo único que un actor tiene que ofrecer a un director y, finalmente, a la audiencia, es su instinto, eso es todo”. Realmente es difícil definir con más honestidad y humildad lo que es esto de actuar.

Si bien Tracy es un actor que no se caracterizó por exponer sus ideas políticas públicamente (consideraba que no era bueno que los actores se mezclasen en política), lo cierto es que si nos atenemos a la elección de los papeles que hizo, sobre todo en su última época, nos damos cuenta de que estamos frente a un ser humano comprometido que anteponía la justicia, la libertad y los derechos humanos frente a todo lo demás. Imposible olvidar su alegato final como juez en la película “¿Vencedores o vencidos?” que protagonizó sobre el proceso de Nurenberg. Pese a la profunda admiración y respeto que le merece el personaje del jurista nazi encarnado por Burt Lancaster, no duda en condenarle como criminal de guerra por los actos que cometió o que permitió que ocurrieran. Pocas veces se ha expuesto de forma tan clara que, frente a la barbarie, no valen excusas como la “obediencia debida”, y que, cuando estamos frente a un tema de derechos humanos, todos y todas somos responsables de lo que hacemos y de lo que dejamos de hacer, de lo que permitimos que otros hagan, de la omisión de prestar auxilio o ayuda a quien la necesita, porque frente a un tema de esa gravedad nadie puede permanecer neutral.

Otro de los alegatos que han quedado como testamento de Tracy es el que hace en la que fue su última película: “Adivina quién viene a cenar esta noche”. En ella encarna a un liberal padre de familia que se encuentra con que su hija le da la sorpresa de que el hombre al que ama y con el que quiere compartir su vida en la Norteamérica de los años sesenta, marcada por la segregación y el odio racial, es negro. Todos los cimientos de sus más firmes convicciones se tambalean cuando debe enfrentarse a vivirlos en la realidad. Le cuesta entenderlo, pero finalmente lo consigue y las palabras que dice su personaje son palabras que están más actuales que nunca y que nadie, absolutamente nadie, debería dejar de escuchar.

Pocas parejas como la formada por Hepburn y Tracy nos han hecho soñar con sus películas y, sobre todo, con lo que nos mostraron en la vida real: que, a pesar de los pesares, es posible amar por encima de todo y de todos en el mundo que nos ha tocado vivir. Fueron dos seres humanos irrepetibles, marcados por una personalidad fuera de lo común, dos intérpretes que marcaron para siempre el mundo de la actuación, y dos amantes a los que nada ni nadie pudo separar.

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