Javier Nix Calderón*. LQSomos. Mayo 2017

Hace poco más de dos siglos, Francisco de Goya pintaba uno de los cuadros más importantes de la Historia del Arte. Tal día como hoy del año 1808, las tropas francesas fusilaban a los patriotas españoles que habían participado en el levantamiento popular del 2 de mayo contra la invasión napoleónica. Su cuadro “Los fusilamientos del 3 de mayo” ha quedado como el testimonio pictórico de uno de los acontecimientos históricos más relevantes de la historia de nuestro país. Es una pintura diseñada para impresionar. No solo por su tamaño, de aproximadamente 3 de metros de largo y alto, sino por la crudeza de la imagen reflejada. Su potencia visual lo ha convertido en una de las mejores radiografías de la brutalidad de la guerra.

Recapitulemos. El día anterior, el 2 de mayo, los madrileños observaron cómo la familia real era sacada de palacio en dirección a Francia. Los que presenciaron la escena en la Plaza de Oriente comenzaron la revuelta. Se lanzaron contra los coraceros franceses que protegían el convoy real. Pronto, la noticia recorrió la ciudad, electrizando el ánimo ya de por sí soliviantado de los madrileños. En aquel momento exacto, el país entero fue consciente de la ocupación francesa. Los madrileños, de forma totalmente espontánea, corrieron por las calles de Madrid organizando la resistencia popular contra el ejército de Napoleón. Dos puntos cobraron especial relevancia en el levantamiento: la Puerta del Sol y el cuartel de artillería de Monteleón, situado en lo que hoy es la plaza de Manuela Malasaña. El pueblo enfurecido se lanzó contra los soldados franceses armados con navajas y los pocos trabucos que habían conseguido reunir. El general Murat, encargado del ejército de ocupación, envió a los mamelucos, un cuerpo de ejército reclutado en Egipto. La lucha en la Puerta del Sol entre estos y los madrileños fue fielmente retratada por Goya en su archiconocido “La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol”. La violencia dialéctica del combate entre los mamelucos y los madrileños se refleja en los cuerpos acuchillados de los soldados, en los rostros desencajados por la ira, en la multitud que se agolpa de fondo, mientras los edificios de la Puerta del Sol delimitan la escena creando una atmósfera claustrofóbica, opresiva. No resulta difícil imaginar el ruido de los sables, los relinchos angustiados de los caballos heridos, el griterío ensordecedor de la multitud cargando contra el ejército francés. Es la guerra, y la guerra se revela por fin despojada de épica y heroísmo. No hay banderas, pendones o símbolos militares. Solo hay muerte. Ni siquiera podemos percibir el espíritu patriótico de la revuelta. Solo la sangre, el polvo suspendido en el aire, los cadáveres, el cielo ennegrecido.

Los combates se sucedieron a lo largo de toda la mañana en diferentes puntos de Madrid. El general Murat dio la orden a los 20.000 coraceros franceses apostados en la ciudad de aplastar la rebelión. A primeras horas de la tarde, el levantamiento popular había sido sofocado. Se dio la orden de apresar a cualquier madrileño que se encontrara con armas en su poder. El número llegó a 3.000. Fueron recluidos en cuarteles a la espera de la decisión del Estado Mayor Francés. Aunque hubo fusilamientos espontáneos esa misma tarde del 2 de mayo en la zona de Recoletos y el Salón del Prado, en lo que hoy sería la plaza de Cibeles, la orden de los fusilamientos masivos llegó esa misma noche.

Los madrileños presos fueron tomando conciencia de su situación a lo largo de la noche. Ya de madrugada, largas hileras de prisioneros se encaminaron hacia la montaña del Príncipe Pío, situada en el punto exacto en el que hoy se levanta el Templo de Debod. Los fusilamientos comenzaron aproximadamente a las 4 de la mañana. Este es el momento elegido por Goya para mostrar la brutalidad de la guerra en toda su dimensión. Francisco de Goya pinta la obra que, sin género de dudas, le convertirá en inmortal.

Lo primero que llama la atención del cuadro es la perspectiva desde la que se nos presenta la imagen. La acción ocurre frente a nosotros, como si alguien agachado, que se ha arrastrado por algún camino cercano, se ocultase entre las sombras para presenciar la escena. Pero, ¿quién es ese testigo? ¿Quién se agazapa en la noche para contarnos el horror de los fusilamientos? ¿Es Goya, que ha acudido a la zona para observar lo que ocurre? No. El testigo somos nosotros. Ante nosotros se desarrolla la escena, un fotograma eterno de la tragedia colectiva de la guerra. Los prisioneros forman una hilera. En ellos se nos muestran los tres estadios de la experiencia humana del tiempo: el pasado, el presente y el futuro. El pasado son los que ya han sido asesinados, con sus cuerpos desarticulados sobre el suelo en posiciones grotescas. Son más monigotes que hombres, pues la muerte ya ha se adueñado de sus cuerpos. La sangre mana de sus heridas y su rastro se pierde en los márgenes del cuadro. Los que están a punto de morir componen el presente. En ellos se encuentran reflejadas las diversas actitudes ante la muerte: algunos, aterrorizados, ocultan su rostro entre las manos; un fraile entrelaza los dedos mientras reza con la mirada fija en el suelo y la boca abierta en una mueca. En el centro de la composición, el hombre de camisa blanca, iluminado por la luz del farol que alumbra la escena, alza los brazos ante el pelotón de ejecución. Su camisa, de un blanco inmaculado, quizás el símbolo de la libertad y el triunfo de la valentía ante la muerte, atrae nuestra mirada como un relámpago que restalla en la noche. Ese prisionero es quizás el alma de un pueblo que no se resigna a vivir arrodillado, aunque la muerte sea el castigo por luchar por la libertad. Es el único símbolo patriótico de una pintura que no trata de ser sino relato de lo ocurrido, fotografía de la tragedia, reflejo de las pasiones más bajas del ser humano. Los que esperan su turno para morir, tapándose los ojos ante la inminencia de las balas, son el futuro. El miedo sobrevuela la escena. Todos son reflejados en actitudes humanas, todos menos los soldados. Los soldados no tienen cara. No hay ningún rasgo en ellos que nos permita identificarlos. Goya no quiso pintarlos como seres humanos, sino como un instrumento bélico, una pieza más de la inmensa maquinaria de la guerra, el brazo ejecutor de la muerte. Sus uniformes, de colores grisáceos y ocres, acrecientan esa sensación. Al fondo, Madrid aparece iluminada como una ciudad fantasmal, como una ciudad con un halo tétrico, de cementerio. Madrid se desangraba a través de los cuerpos de los fusilados, que las crónicas sitúan en un número que oscila entre 500 y 3.000. Sus cadáveres fueron enterrados en una fosa común en lo que hoy es el Parque del Oeste, cerca del Teleférico.

Goya no pertenecía a su tiempo. Quizás tampoco al nuestro. Goya fue un incomprendido en su época, un mensajero de los tiempos que estaban por venir. Su cuadro parece anticipar el horror y ese horror nos interpela desde el cuadro. Es un cuadro atemporal pese a los uniformes y a las ropas de los prisioneros. Nosotros estamos allí, agazapados en un vértice del cuadro, como testigos del horror. También fueron testigos los que existieron antes que nosotros. En Los fusilamientos del 3 de mayo se encuentran los republicanos fusilados por Franco tras el final de Guerra Civil Española, los judíos asesinados por los Einsatzgruppen en Europa Oriental durante la Segunda Guerra Mundial, los bosnios fusilados en Srebrenica por los serbobosnios en la Guerra de Yugoslavia, los civiles ejecutados por el Estado Islámico en Siria o Irak. Goya no está interesado en la política, sino en la Humanidad, en su posición frente a la muerte y en la insignificancia de la vida cuando la brutalidad y el odio entran en escena.

No hay ni un ápice de patriotismo o reafirmación nacional en la pintura. Goya no permite que su obra se ensucie con el barro de la política. Todo en ella es profundamente humano, o inhumano. Goya se convierte, a través de este cuadro, en el representante de esa máxima latina de Terencio que reza “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, o “Hombre soy; nada humano me es ajeno”. Convendría recordarlo, para que la carne de los fusilados deje de abonar la tierra que, por otra parte, parecemos empeñados en destruir.

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