Carlos Olalla*. LQSomos. Junio 2017

Este viernes se estrena en España The promise, la última película del director Terry George (Hotel Rwanda, En el nombre del padre) centrada en el genocidio armenio, uno de los peores crímenes de la humanidad vergonzosamente silenciado y olvidado hoy en día. Protagonizada por Oscar Isaac, Charlotte Le Bon y Christian Bale, se rodó a finales de 2015 en España, Portugal y Malta. Drama épico en la línea de Doctor Zhivago, de David Lean, The promise es una película bella y necesaria, una película de las que ya no se hacen. Por desgracia, aunque narra el primer genocidio ocurrido en el siglo XX, está más actual que nunca. Hace ya más de cien años el Imperio Otomano decidió aniquilar al pueblo armenio. La guerra con su vecina Rusia le sirvió de excusa. Más de un millón y medio de inocentes fueron asesinados impunemente. Hoy la barbarie, tan tozuda como la Historia, se repite y la muerte de miles de inocentes vuelve a apoderarse de aquellas tierras. No deja de ser simbólico que los refugiados armenios de entonces intentasen hallar refugio en Alepo, tristemente famosa hoy por la crueldad de sus masacres. Son millones los refugiados que hoy huyen de la guerra y de la muerte. Tan solo hay una diferencia con los de entonces: los armenios que lograron huir fueron acogidos con los brazos abiertos en Inglaterra, Francia, Estados Unidos… los de hoy son abandonados a su suerte tras los muros con los que les cerramos la entrada. Los beneficios de esta película irán a ONG’s especializadas en la defensa de los derechos humanos como Amnistía Internacional, etc.

The promise es una película que no se olvida. La música de Gabriel Yared es soberbia, como soberbios son también los temas de intérpretes armenios que intervienen en ella, entre los que no podía faltar Ara Malikian. El montaje con los coros de Komitas mientras vemos las escenas de violencia es magistral. Como lo es también la fotografía de Javier Aguirresarrobe, que convierte cada fotograma en un cuadro que te llega muy dentro y que, una y otra vez, reaparece en tu memoria. Tuve la oportunidad de verla en versión original en una de las pantallas más grandes de Madrid en el pase que la productora organizó la semana pasada para el equipo. Ver esta película en versión original y en la pantalla más grande posible es algo que recomiendo a todos los que amen la belleza y el cine, el verdadero cine. Consciente de que su película está siendo comparada desde su presentación en el Festival de Toronto con las de David Lean, Terry George se siente halagado, aunque recuerda que él rodó su película en 72 días mientras Lean empleaba entre seis y nueve meses para hacerlo. Los tiempos han cambiado, sin duda, pero el buen cine no. Es de agradecer que hoy en día se haya podido hacer una película como ésta. Ahí el papel jugado por la productora española Babieka Films ha sido fundamental. Lo cierto es que esta película se ha podido hacer gracias al sueño de un visionario: Kirk Kerkorian, un empresario norteamericano de origen armenio que, entre otros negocios, compró la Metro Goldwin Mayer para reflotarla cuando estaba prácticamente quebrada y venderla después logrando fantásticos beneficios. No contento con hacerlo una vez, repitió la operación en tres ocasiones. Kerkorian había soñado durante muchos años con hacer una película que denunciase el genocidio de su pueblo. Amante del cine, sabía que no podía ser una película exclusivamente histórica, sino que, si quería llegar al gran público, debía darle lo que las grandes producciones de Hollywood le habían dado: una historia personal a través de la que se pudiera empatizar con los personajes y lo que les pasaba. Todo el mundo recuerda la historia de amor de Dr. Zhivago, y todo el mundo conoció la revolución rusa gracias a aquella historia. Por eso The promise se articula en torno al triángulo amoroso que forman Oscar Isaac, dando vida a Michael Boghosian, un joven estudiante de medicina armenio; Christian Bale, un fotoperiodista estadounidense que está cubriendo las agitaciones que preceden a cualquier guerra, y Charlotte Le Bon, la joven institutriz de origen armenio de la que los dos se enamoran. Kerkorian, uno de los hombres más ricos del mundo, no tenía problemas presupuestarios para ver su sueño convertido en realidad, pero no tenía prisa, quería que lo llevara adelante el mejor equipo posible y, además, hacerla coincidir con el centenario del genocidio armenio. En 2013 creó una productora específicamente para producir esta película (Survival Pictures) En septiembre de 2015 arrancó el rodaje. La vida, cruel a veces, hizo que muriese apenas tres meses antes de que se iniciase.

Esta no es la primera vez que el genocidio armenio intenta llevarse al cine. Ya en los años 30 había habido un proyecto para llevar a la gran pantalla la novela “Los 40 días de Musa Dagh”, que iba a ser protagonizada por Clark Gable. Nunca llegó a rodarse. Las presiones de Turquía, que siempre ha negado la existencia del genocidio armenio, lo impidieron. A día de hoy Turquía sigue negándolo y utilizando su fuerte posición geoestratégica para impedir que se hable del genocidio armenio (basta recordar que es uno de los principales países de la OTAN y el encargado de frenar la llegada de refugiados a la Unión Europea). Es significativo que, tras tan solo dos pases de la película en Toronto, la página de IMDB recibiera más de 70.000 votaciones calificando con la peor puntuación a The promise. Y es significativo porque el aforo de la sala no llegaba a mil personas por lo que era imposible que aquella gente que tan injustamente calificaba la película la hubiera visto. El pueblo armenio está diseminado por todo el mundo y a la mañana siguiente empezaron a llegar miles y miles de votaciones con la máxima calificación desde los lugares más insospechados. Fueron más de 70.000 y colapsaron la web. No contenta con esta maniobra, Turquía no ha dudado en emplear las más variadas estrategias para desacreditar esta película e impedir que el mundo se entere de la existencia del genocidio armenio. Así, pocas semanas antes del estreno mundial de The promise, llegaba a las pantallas de cientos de cines otra película (El teniente otomano) con un reparto encabezado por Ben Kingsley que da, precisamente, la versión oficial de Turquía que niega el genocidio del pueblo armenio.

Esta política negacionista se ha visto favorecida desde el final de la primera guerra mundial. El genocidio armenio tuvo mucho eco en su época en los medios de comunicación internacionales, estadounidenses principalmente, pero, poco después del armisticio, el interés de Inglaterra y Francia de dividir Armenia permitió que ya no se hablase de él y que acabara cayendo en el olvido. El propio Christian Bale ha reconocido que, cuando le llegó el guión de la película, para su vergüenza, desconocía casi todo del genocidio armenio. A día de hoy son pocos los países que lo reconocen y lo llaman como tal. Estados Unidos, por ejemplo, pese a las reiteradas promesas de Barak Obama, nunca ha llegado a hacerlo. Turquía sigue presionando y consiguiendo sus resultados. Una razón más para que quienes defendemos los derechos humanos vayamos a ver esta película y la recomendemos a nuestros amigos.

Terry George es un director que selecciona mucho sus historias, al que le gusta documentarse a fondo antes de elegir un proyecto y que escribe los guiones de las películas que dirige. Preocupado por la realidad que le rodea, suele elegir temas que denuncian la injusticia, y lo hace centrando sus historias en gente corriente, en gente como tú y como yo que, sin saber cómo o porqué, se ven inmersos en conflictos de magnitud histórica frente a los que tienen que tomar partido. Eso es lo que hace Terry: tomar partido. Y lo hace desde la mayor honestidad porque en el tema de la defensa de los derechos humanos no se puede ser neutral.

Otro de los puntos fuertes que tiene esta película es, sin duda, el que nos aporta el personaje de Christian Bale: el del papel de los medios de comunicación y el derecho a la información. En las guerras de hoy la verdad es la primera víctima en caer. En un momento dado de la película, cuando se le cuestiona al periodista lo fácil que es cubrir un conflicto y escribir tranquilamente la crónica desde la seguridad de tu casa, él defiende su profesión diciendo que, sin periodistas, la información jamás llegaría a los ciudadanos.

No quiero hacer un spoiler de la película por lo que no desmenuzaré su historia, pero sí quiero comentar que trabajar en ella ha sido una de las experiencias más impactantes de mi vida. Hice el casting para el papel del profesor de medicina que da clase al personaje encarnado por Oscar Isaac. Se trata de una única secuencia en la que dirijo una autopsia que los estudiantes están realizando a un cadáver. Mi personaje sólo tenía tres frases. Cuando me dijeron que había ganado el casting me comentaron que rodaría en Lisboa y que querían que mi personaje fuera un médico de origen turco educado en Oxford, por lo que su acento debía ser muy próximo al de un inglés nativo pero en el que se notara un leve deje turco (es menos fuerte que el armenio llegaron a indicarme). Me dijeron que por eso no me preocupase porque pondrían a mi disposición a una coach de acentos que estaba trabajando con todos los actores y actrices (no solo los españoles como Alicia Borrachero, Abel Folk, Simón Andreu o Julián Villagrán entre muchos otros, sino también con Oscar Isaac ayudándole a lograr el acento armenio que muestra en la película, etc.). Fue una experiencia que me enseñó lo lejos que está nuestro cine del norteamericano en cuanto a recursos: tuve una charla presencial de media hora con la coach para preparar mis tres, porque eran tres, frases. Y no contentos, con eso, como la fecha de rodaje todavía estaba lejos, tuvimos tres clases más a través de Skype también de media hora cada una para trabajar mis celebérrimas tres frases. Esta coach formaba parte de un equipo de cuatro especialistas en acentos que estuvieron presentes todos los días de rodaje. Gracias a ella, el día que me tocaba rodar llegué de lo más confiado al set. Era consciente de que mi inglés con leve acento turco, al menos para aquellas tres frases, era impecable.

Ver a la coach en el set también me gustó, todo hay que decirlo, aunque no tanto como poco después llegué a comprobar. Terry estuvo de lo más cordial conmigo explicándome cómo iba a ser la secuencia y lo que quería que hiciera. Solo tuvo un pequeño detalle que me descolocó por completo. Me dijo que había decidido que no le gustaba el texto que él mismo había escrito en el guión y que quería que improvisara en la escena. Solo Dios sabe lo que agradecí encontrarme entonces con los ojos de la coach que, desde fuera del set, presenciaba la situación. Diez minutos con ella me bastaron para preparar aquella improvisación. Tuvimos que repetir la toma más de una decena de veces no por problemas con el texto (por eso no fueron más de dos), sino por cambio de tipo de plano, de encuadre, de movimientos de cámara… y una más porque era la que hacían para la versión que se pasará en las televisiones norteamericanas donde no permiten que se vea fumar (a Terry le había gustado una foto que había visto de un doctor dirigiendo una autopsia a principios de siglo fumando en pipa y me preguntó si me importaría fumar en escena. Cuando le contesté que no había ningún problema, los de arte pusieron ante mí una veintena de pipas para que eligiera y no menos de treinta paquetes de tabaco y diferentes sucedáneos para que escogiera el que más me gustaba).

La diferencia de medios entre una producción de Hollywood y cualquiera de las nuestras no solo está en detalles como el del coach o la pipa, sino en todo lo que te rodea. Empezó por sorprenderme que me enviasen en avión a Lisboa la víspera de mi sesión de rodaje cuando solo un día antes una gran parte del equipo había ido en un vuelo chárter en el que sobraba alguna plaza. El hotel en el que nos alojaron a todos, es importante remarcar que éramos todos, era uno de los mejores de la ciudad. Al llegar a la habitación me encontré con un dossier sobre la película en el que estaban los nombres, correos y teléfonos de los miembros del equipo y una descripción de Lisboa, de sus tradiciones y costumbres y de todo lo que podía encontrar en los alrededores del hotel. También contaba el dossier con un pequeño diccionario inglés/portugués de las palabras más comunes. Hasta indicaban cuáles eran las farmacias de guardia de cada día. Me comentaron que me recogerían a las diez de la mañana en la puerta del hotel. Tras un desayuno que fue a todas luces inolvidable, salí a la puerta y me encontré con un BMW todoterreno recién estrenado. Un chófer que hablaba portugués e inglés a la perfección me dijo que no esperábamos a nadie más y que cuando quisiera podíamos salir. Le pregunté si el set de rodaje estaba muy lejos y si teníamos que ir por carreteras sin asfaltar, habida cuenta del tipo de coche en el que me había venido a buscar. Mi cara de sorpresa debió ser un poema cuando me dijo que íbamos a un edificio del centro de la ciudad que estaba a solo dos minutos andando del hotel. Y digo que debió ser un poema porque, sin necesidad de preguntarle nada más, me dijo: “Imagen, es una cuestión de imagen”.
Al llegar al campamento base, que estaba junto al set, me encontré con no menos de diez enormes trailers aparcados. Cada uno estaba dividido en tres partes, tres camerinos individuales. Me acompañaron al mío (sí, sí, solo tenía tres frases pero allí tenía mi propio camerino), donde me encontré una espléndida bandeja con fruta fresca y pastas. El camerino tenía nevera, televisión, un sofá de dos plazas, una mesa para trabajar, varias sillas, retrete, ducha y armario. Allí encontré colgada e impecable toda la ropa de mi personaje. Al acabar de vestirme llamaron a la puerta. Era Mary Kay, la coach, que venía a repasar conmigo mis célebres, y después nunca dichas, tres frases.

El ambiente de rodaje era muy relajado y distendido. Estaba claro que querían que todos nos sintiéramos a gusto. El equipo estaba formado, en su mayor parte, por técnicos españoles, por lo que no era extraño escuchar un batiburrillo de conversaciones cruzadas en diferentes idiomas. Cuando entré en el set es cuando Terry me informó de las novedades: la primera fue que, en lugar de tener la secuencia con Oscar Isaac y Marwan Kenzari y tres figurantes, la iba a tener con ellos y doscientos figurantes más que llenarían la sala a los que tendría que dirigir mi texto. Ah, me dijo, improvisa lo que quieras porque esta mañana me he dado cuenta de que no acaban de gustarme las frases que escribí. Es ahí cuando vi la mirada salvadora de Mary Kay que, en los pocos minutos que teníamos antes de empezar a rodar, preparó conmigo el texto que le propuse corrigiendo mi pronunciación inglesa para darle el leve matiz turco que querían. Grabar una secuencia en esas condiciones, dirigido por uno de tus mitos como es Terry para mí, y dándole la réplica a actores de la talla de Oscar y Marwan es una de las mejores escuelas por las que he pasado a lo largo de mi carrera. Ya en el camerino, al quitarme la bata, la levita y el chaleco de mi personaje, vi que el negro de los tirantes que llevaba… se había quedado marcado en el sudor de la camisa.

Al día siguiente regresé a Madrid. Ellos siguieron rodando la película 70 días más. Antes de iniciar el rodaje habían organizado una fiesta (la kick off party) para que nos conociésemos todos los que íbamos a trabajar en la película. Una vez finalizado el rodaje organizaron otra, la de fin de rodaje. Fueron muchas las anécdotas que unos y otros intercambiamos allí. Todo el mundo estaba feliz por el trabajo realizado. Habían decorado la sala con elementos del rodaje que te transportaban al Estambul de 1915, y las fotografías de la película que proyectaban en la pantalla te hacían desear poder verla ya. Y más cuando Terry me dijo que había montado ya mi secuencia y que estaba muy contento de cómo había quedado ¡El año y medio de espera hasta poder verla se me ha hecho eterno!

Me siento realmente orgulloso de haber formado parte de un proyecto como éste. Es necesario recordar la Historia para impedir que nuestros errores puedan volver a repetirse. El propio Hitler, cuando masacró a los judíos de Varsovia, se justificó ante sus generales diciendo, “¿Quién recuerda hoy el genocidio de los armenios?”. Ojalá esta película contribuya, aunque solo sea un poco, a que abramos los ojos ante lo que está pasando hoy con los refugiados a los que cerramos la puerta y a que no olvidemos una de las frases más impresionantes que he escuchado en mi vida que dice el personaje de Charlotte en la película: “Nuestra venganza será sobrevivir”

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