Carlos Olalla*. LQSomos. Mayo 2017

Acabo de leer una novela de las que dejan huella: “Tierra de campos”, de David Trueba. Desde un planteamiento muy original y cinematográfico, el viaje que un hijo hace en un coche fúnebre para llevar a enterrar el cadáver de su padre a su pueblo natal en el que únicamente le acompaña un chófer latinoamericano, vamos recorriendo con él los diferentes paisajes de nuestra soledad que pasan por la ventanilla. Junto a esos páramos, urbanos unas veces, desiertos las más, a través de los ojos de Dani Mosca, el protagonista de la novela, lo que vemos no son sus soledades o sus recuerdos, sino los nuestros. Por la ventana de ese coche vemos todo lo que hemos ido dejando atrás: nuestra ya lejana adolescencia, aquel primer amor que no hemos olvidado nunca, las amistades indestructibles que se llevó el tiempo o la vida, aquellas a las que nos robó la muerte, la casi siempre difícil relación con nuestros padres, los temas siempre silenciados, los secretos mal guardados, el puñado de sueños con el que nos lanzamos aterrados y alegres a vivir los primeros pasos de nuestra vida adulta, lo que hoy queda de ellos, los miedos que nunca nos han dejado, los errores que cometimos, las palabras que callamos, los besos que no dimos… todo eso que nos ha llevado a ser quienes somos hoy, burdo y certero esbozo de lo que seremos mañana.

Quizá, si quieres, Guaranteed, de Eddie Vedder, puede ser una inmejorable compañera para este viaje:

La capacidad que tiene Trueba de generar imágenes es fascinante y sobrecogedora. Te atrapa, te sacude, te sorprende y, sobre todo, te tiende la mano para acompañarte hasta lo más hondo de ti mismo, porque, de una manera u otra, sabes que está hablando de ti. No le conoces de nada, nunca has hablado con él, pero en sus palabras sientes que te conoce como pocos. Esa es la grandeza del arte, de la literatura: la siempre misteriosa relación que se crea entre escritor y lector a través de unas páginas que, más allá de espacio o tiempo, hablan de ti. Poco o nada importa que las haya escrito alguien a quien no conoces o que ni siquiera haya vivido en el mismo país o en el mismo siglo que tú. Mientras el escritor, cualquier buen escritor, busca y rebusca en su yo más íntimo los sueños, los amores o los desamores que nos quiere contar, que necesita contarnos, no se da cuenta de que, en realidad, donde está hurgando es en lo más profundo de nosotros, los lectores. Leer un libro como “Tierra de campos” es como leer una carta personal que Trueba hubiera escrito para ti, o simplemente las páginas de ese diario que todos escribimos, aunque sea en el aire. Nos habla de la claridad de nuestras noches y de la oscuridad de nuestros días, de lo que somos, de lo que nos hubiera gustado ser, de lo que aún podemos llegar a ser, haciéndonos revivir la sensación imborrable de aquella mirada, de aquella caricia, que nos han acompañado siempre.

Profundo conocedor del alma humana, Trueba nos invita a viajar en ese coche fúnebre acompañados de un entrañable y dicharachero chofer y de un ataúd que en su silencio guarda parte de nuestra vida. “Tierra de campos” nos recuerda lo importante que es no perder nuestras raíces, renunciar a lo que somos, pero también nos recuerda que si permanecemos demasiado atados a ellas jamás podremos volar. Y nos habla de un tiempo que fue, que no ha de volver, un tiempo que nos parecía sempiterno pero no duró más que cualquier otro. Es el que nos tocó vivir, nosotros no lo elegimos. ¿Mejor o peor que otros? Puede, pero ¿eso qué importa? Fue el nuestro e hicimos con él lo que nos atrevimos a hacer. Seguro hay quienes lo habrán vivido más intensamente, quienes habrán hecho más cosas, pero ¿eso qué importa? Al final somos hijos de nuestras elecciones, de lo que creíamos que debíamos hacer entonces. Y todos, en mayor o menor medida, elegimos muchas cosas, y todos, en mayor o menor medida, también renunciamos a muchas cosas. Que la vida de Dani Mosca transcurra en la época de “la movida” no es casualidad. Ser joven en aquellos años es algo que nos ha marcado para siempre. Eran los años en los que creímos que podríamos cambiar el mundo, en los que soñábamos sueños compartidos, en los que vivíamos ansiando llegar a tener la libertad tantas décadas prohibida. A aquellos tiempos de esperanza les han seguido los del desencanto, los de darnos cuenta que la libertad no era esto, los de sentirnos solos y perdidos en un mundo que ya no sueña…

Y ahora, al volver la vista atrás, vuelven a visitarnos los amigos que se fueron, los amores que perdimos, los sueños que ya pocos quieren compartir… todo aquello que nos recuerda que hemos vivido, que aún estamos vivos, y que cuando hayamos enterrado ese ataúd que lleva nuestras raíces, la carretera se abrirá de nuevo frente a nosotros. ¿Dónde nos llevará? Eso poco importa, lo verdaderamente importante es lo que aprendamos mientras la recorremos, lo que nos atrevamos a vivir y a compartir en ese viaje a ninguna parte que es nuestra vida. Puede que el viaje no sea largo, que no nos queden muchos kilómetros por recorrer y que no sean muchas las cosas y los amores que podamos vivir, pero por eso, precisamente por eso, no debemos perder ni un momento y salir de nuevo a la carretera para vivir nuestra realidad y nuestros sueños intensamente, devorando cada instante, saboreando y disfrutando del milagro que es estar vivo.

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