Carlos Olalla*. LQSomos. Marzo 2017

La primera vez que vi uno de sus cuadros me quedé atrapado en él. ¿Quién podía pintar con aquella fuerza, quién desataba toda la furia del color? Jamás había visto colores tan vivos cubriendo de una sensualidad sin límite el insoldable misterio de las formas. Flores, mujeres, gatos, peces, loros…todo cobraba vida ante mí. Su pintura es una explosión de la vida, un canto a la libertad del color. Alguien me dijo que él mismo preparaba el papel de arroz sobre el que su pincel, en una ancestral ceremonia sin tiempo, desgranaba color tras color amamantando la vida. Su pintura me transportó a una lejana China de la que yo no sabía nada, una China exultante de misterio y alegría que, con tres simples trazos, era capaz de dibujar mis sentimientos más profundos. Intenté averiguar algo sobre la mano que pintaba aquellos cuadros. Poco o nada conseguí. Supe que era conocido como Walasse Ting, que había nacido en China y que, con apenas 17 años, había iniciado un largo peregrinar tras el arte que le llevó a vivir en París, Nueva York o Amsterdam. También supe que había navegado en las procelosas aguas de los Warhol, Appel, Alechinsky y Sam Francis. Supe que, como tantos, había pasado hambre hasta que consiguió vender sus primeros cuadros. Supe también que su pintura era ahora conocida en todo el mundo y que se había transformado en un icono universal. Supe que fue director teatral. Supe que una hemorragia cerebral le dejó maltrecho en un hospital holandés los últimos años de su vida. Y también supe que, además de pintor, era poeta. Me acerqué a su poesía y fue entonces cuando le encontré. Vivía en uno de sus versos: “Tú hablas a las montañas, yo escucho al mar; tú abrazas el arco íris, yo beso la lluvia”.

Desde entonces esos versos y su pintura han formado parte de mi vida. Esos versos me enseñaron que vivir es escuchar, escuchar lo que tenemos frente a nosotros, y que vivir también es amar, amar a quien tenemos más cerca. En ellos aprendí que mi búsqueda no debía perderse hablando a quien no puede escuchar o abrazando lo intangible, sino escuchándote a ti y besando tus labios. Hoy, cuando veo cualquiera de sus cuadros colgado en los principales museos del mundo o simplemente humanizando las impersonales paredes de cualquier despacho, acuden a mí esos versos recordándome que la eternidad vive en cada instante y que hay vida en cada poro de mi piel.

Harto ya de los sempiternos negros y de la tristeza de los colores oscuros, el paso de los años me ha empujado a amar cada vez con más fuerza la viveza de esos colores indescriptibles con los que Walasse Ting pintó su mundo, un mundo donde la sensualidad y el erotismo prevalecen sobre todo lo demás, un mundo que nos invita a no desvelar los misterios sino a vivirlos intensamente, a vivirlos con toda la locura. Amarillos, fucsias, rojos, verdes o naranjas de intensidades sin límite resaltan alegres sobre el fondo azul con el que suele pintar sus cuadros. Contemplándolos siento que ese azul es el mar que él escucha y que amarillos, fucsias, rojos, verdes o naranjas no son más que las gotas de la lluvia que él besa.

Sin duda la pintura tradicional china y el Pop Art influyeron en su concepción del mundo, como le influyeron también el profundo erotismo y la soledad que habitan los cuadros de Gustav Klimt y Egon Schiele. Todo está en los cuadros de Walasse Ting. Viéndolos parece como si él se hubiera parado a escuchar todo lo que esos cuadros tenían que decirle para, desde su silencio, dejar que aflorase ese universo tan particular y tan propio que ha impregnado toda su obra. Incluso el Gauguin haitiano se ha colado en sus últimos cuadros para hacernos la mejor de las invitaciones que el arte nos puede hacer: vivir intensamente nuestras vidas, devorarlas con la locura de los sabios y el desenfrenado erotismo de la juventud.

Contemplar un cuadro de Walasse Ting, cualquiera de sus cuadros, nos transporta a ese cosmos de emociones y sentimientos que pueblan nuestra soledad. En ellos solo veremos lo que nosotros llevamos dentro, solo encontraremos todo lo que somos aunque, a veces, en esta sociedad del vacío y la huida permanentes, ni siquiera sepamos que lo somos. Porque la vida, si es vida, es sensualidad, es locura, es dejarse llevar y fluir más allá de lo que quieren que seamos. Incluso en las condiciones más duras, en los momentos más oscuros, si nos atrevemos a escuchar, podemos sentir cómo nace un verso, un poema o un beso. Cuando Walasse Ting decidió emprender su viaje a Europa no tenía un duro. Para poder seguir su sueño se embarcó como marinero en un carguero que le trajo a nuestras costas. Fue allí donde el mar, siempre generoso, le susurró su primer poema. El mar le regaló la poesía. Y fue la lluvia quien le regaló la pintura. Gota a gota, beso a beso, el color fue poblando todos sus cuadros. Walasse Ting entendió que el arco iris no es más que la descomposición de la luz, esa descomposición que nos trae la promesa de que no lloverá más. Pero él amaba la lluvia, amaba esas gotas de todos los colores que le empujaban a vivir, que le daban la vida… Esta noche, mientras escribo estas líneas, escucho que empiezan a caer las primeras gotas de la lluvia. Te dejo. Salgo a besarlas. Nos vemos en las calles.

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